Ha habido desde siempre, y es comprensible, una cierta propensión a asimilar la historia de la Humanidad a la historia de Europa; Asia y Egipto serían simples prolegómenos que permitieron el nacimiento de una civilización europea, a su vez extendida luego por el resto de la Tierra; y es justificable tal tendencia si tenemos en cuenta que la Historia como ciencia es algo propio, hasta hace muy poco tiempo, de este continente, que se ha visto a sí mismo como el centro de todo el planeta. Como por otra parte la modernidad tiene en Francia su más destacada patria, no es tampoco extraño encontrar en ella el mayor caudal de obras históricas de síntesis, empezando quizá por Voltaire. Este amor por la historia de los escritores franceses, no necesariamente especialistas, es difícil encontrarlo en otro país aún hoy; parece como si formara parte de su misma trayectoria, al menos desde el momento en que creyeron descubrir que la civilización, surgida al sur del Mediterráneo, luego trasplantada a Grecia y Roma, tras vacilaciones no demasiado intensas, arraigó definitivamente en Francia; el Siglo de Luis XIV vendría a situarse en plano de igualdad con el de Pericles y el de Augusto, y será, a su vez, la fuente de la que surgirá la definitiva consolidación de los rasgos más peculiares de nuestro mundo actual: racionalidad, sentido del progreso. De este modo, la lectura de cualquier libro de historia, sea de Francia o de períodos determinados de su pasado, nos proporciona la misma sensación: el escritor, con independencia de su punto de vista ideológico, no se ve asistiendo solamente a ideas o hechos de interés particular, sino que observa en ellos una transcendencia universal. Es curioso que este fenómeno, en apariencia clara manifestación de un nacionalismo muy arraigado, es también una negación del irracionalismo nacionalista contemporáneo, pues tanto como destaca la decisiva contribución francesa al avance de las sociedades humanas afirma de continuo como razón de ello la permeabilidad de la cultura francesa, su capacidad receptiva, pues no surge ''ex nihilo'', sino del contacto fructífero con otras sociedades: esa cualidad asimiladora, unida por tanto a una generosa voluntad de compartir con otros pueblos las novedades resultantes de su misión reelaboradora, hacen comprensible que la historia de Francia parezca una copia en pequeño de la historia universal porque, al mismo tiempo, sólo a través de ésta se ve el sentido de la primera actitud girondina, anterior y posterior a la existencia de esta corriente revolucionaria.
Voltaire, Guizot, Michelet, Lamartine, Thiers, Seignobos, Halphen, Bloch, Febvre...Todos ellos han hecho la Historia de Francia porque querían entender al hombre; todos, además, superaron en su vida la sola condición de historiadores, y, en algunos casos, es por su labor política o filosófica por lo que han alcanzado fama perdurable. Y ésa es también una característica diferencial respecto a sus colegas de otros países.
En el siglo XX hay un hombre que es lo más parecido al intelectual completo, al escritor de anchos horizontes, entre los cuales la historia tiene parte significativa. Recuerda a Montaigne por la falta de prejuicios, pero también por el estilo; a Voltaire por el esfuerzo de racionalidad que desarrolla; a Michelet y sus contemporáneos por el orgullo que, a pesar de todo, le proporciona el pasado de su país; a los positivistas por el rigor al tratar de los mitos y, en fin, a la última escuela por no dejar fuera de su campo de interés ninguna parcela de la vida colectiva. Se trata, claro está, de André Maurois; su enorme cultura personal, su propia biografía (hombre puente entre lo francés y lo anglosajón; entre el mundo católico, el protestante y el judío; entre la literatura y la historia; entre la Francia de antes y la de después de 1945) anticipan una especial competencia para abordar la visión de la historia de Francia lejos de la pura erudición y de los parámetros del investigador profesional. A veces, una breve frase, suya o recogida oportunamente, identifica y explica una situación, un fenómeno, una atmósfera, cuando cualquier historiador hubiera tenido que valerse de largas disquisiciones o cuadros estadísticos. Volvemos a encontrarnos con Tucídides al desgranar los factores que hacen inteligibles los hechos, pero también con la mordacidad de Suetonio al describir a los personajes, con el trasfondo ético de Tácito, pero también con la frescura narrativa de un Joinville. Ningún fanático encontrará aquí armas para su causa. Todos los lectores podrán extraer, de aquí o de otras obras del mismo autor, razones suficientes para comprobar la complejidad del pasado humano y lo peligroso que puede resultar cualquier intento de simplificación. La densidad del libro - cerca de seiscientas páginas - no se traduce en pesadez, pues tanto el lenguaje como el mismo interés de lo tratado transmiten al lector una sensación de ligereza que se une al placer intelectual. Dividida en seis libros, éstos en capítulos, y, finalmente, en apartados, la obra recorre los siglos enmarcándolos en períodos tradicionales: Los orígenes, la Edad Media, Renacimiento y Reforma, La Monarquía Absoluta, La Revolución Francesa, El tiempo de las oscilaciones, y La Tercera República. Publicada en 1947, recién acabada la Segunda Guerra Mundial, la obra recoge, sin embargo ya todas las novedades que van a hacer variar el rumbo de la Francia de posguerra.
A lo largo de todo su pasado, Francia - podíamos también decir Europa, o la Humanidad - ha estado tan sujeta a radicalismos, a enfrentamientos, como cualquier otro país, y más si cabe por la especial posición geográfica que presenta. Por ella han nacido acontecimientos que han sembrado la discordia, que han roto sociedades estables anteriores o que han anunciado el advenimiento de otras más gratificantes para el hombre. Siempre ha habido algo, por tanto, que ha dividido a los franceses (actitud ante los romanos, ante el cristianismo, ante el poder político de los reyes, ante las grandes líneas de su política exterior, ante Inglaterra, ante la Reforma, ante la Ilustración, ante la Revolución, ante Napoleón, ante las transformaciones industriales, ante la nueva Europa nacionalista, ante Alemania, ante el marxismo, ante Petain y De Gaulle...). Pero, más que en ningún otro lugar, es en Francia donde siempre ha existido un llamado Tercer Partido, minoritario, difuso, culto, transigente, pragmático, optimista, que ha intentado, con o sin éxito, contribuir a la armonía social y política; quizá el más conocido de sus distintos momentos fue aquél en que, con el nombre de Partido de los Políticos, terció en la pugna intransigente que enfrentó a católicos y hugonotes durante la Regencia de Catalina de Médicis; papel similar, y con más fortuna, tuvo el bonapartismo, que intentó hacer la síntesis entre Revolución y Antiguo Régimen con Napoleón I y entre burguesía y proletariado con Napoleón III, lo que le llevó finalmente a una especie de esquizofrenia ideológica. Cuando alguien definió a la Tercera República como el régimen que menos dividía a los franceses, estaba de hecho identificándola con ese partido moderado, que, por desgracia acarreeaba como estigma el aburrimiento, la aparente falta de ideales grandes, tan gratos a los franceses. Muchas veces, éstos echaban por la borda el sentido común para embarcarse en aventuras absurdas, aunque heroicas (la manía de Nápoles o en general de Italia, la caída de la monarquía de Julio); pero nunca sin embargo ha persistido la añoranza del pasado como hilo conductor: las restauraciones han sido efímeras; hay, por el contrario, una tendencia a ir hacia adelante, con mayor o menor perseverancia.
Maurois es un hombre de este Tercer Partido, y no es difícil averiguarlo leyéndole; ello se detecta tanto en sus simpatías hacia quienes lo han representado en cada momento, como en la capacidad de comprender los móviles, ideas y aspiraciones de los otros partidos, de las demás posiciones. No es difícil entender, por tanto, su análisis del papel de la monarquía capeta, que va a reconstruir a Francia frente a la anarquía nobiliaria, pero también frente a los intentos hegemónicos del Papado; verá en Michel de L'Hôpital al político consciente de la necesidad de superar las divisiones religiosas en nombre de la convivencia, y, en el mismo sentido, romperá una lanza en favor de la denostada Catalina de Médicis, de idénticos objetivos. Observa los aspectos positivos del reinado de Luis XIV, al crear una sensibilidad que dará a Francia la primacía cultural en Europa sin imposición, pero le reprochará el estéril esfuerzo en hombres y dinero que su política agresiva reportó; se había desviado el Rey Sol de la línea marcada por Richelieu, cuya acción exterior, realista, era defensiva, para evitar el imperialismo austracista. Lamenta, como buen anglófilo, que el fortalecimiento del poder político francés se hiciera a costa de las instituciones locales, y ve en ello un factor claro de desequilibrio, que hará de París, a lo largo de tres siglos, el árbitro de los acontecimientos; aunque comprende al Primer Cónsul, se sitúa luego junto a Talleyrand cuando el Emperador hipoteca los logros conseguidos al lanzarse a la conquista de Europa; acierta al considerar a Luis XVIII como un posible puente hacia la reconciliación, destruido en poco tiempo por Carlos X, y lo mismo a Luis Felipe, víctima burguesa del exaltado romanticismo de la época, como a Napoleón III, cogido en sus propias contradicciones internas y externas. También representará de nuevo, con dificultades, la voluntad de reconciliación (si bien con muchos cadáveres a sus espaldas) triunfante finalmente. Pero ese triunfo, la Tercera República, esconde una división centenaria de los franceses, alineados a la derecha (monárquicos, clericales) o a la izquierda (republicanos, laicistas); el cura y el maestro, dice el autor, serán en cada pueblo el símbolo de este enfrentamiento, de este divorcio bajo un régimen que a todos se les antoja provisional a pesar de su progresiva consolidación.
La Francia de Vichy y la Francia Libre, Petain y De Gaulle, van a polarizar ambas posturas en los tristes momentos de la derrota, y, sin embargo, el autor logra extraer razones suficientes para ver en la actuación de cada uno de estos dos militares dos honrados caminos seguidos por interés nacional. La represión de posguerra, terrible, no le hace abdicar de su tono conciliador. Ahí lo deja, y nos queda una cierta desilusion por no poder llegar a leer su versión de polémicas posteriores (guerra de Indochina, de Argelia, política de ''Grandeur'' gaullista, antiamericanismo), pero también: construcción de la unidad europea, desplazamiento desde Europa (es decir, Francia) hasta América del corazón de la cultura occidental, disminución del papel de Francia en el mundo después de siglos de protagonismos...