La Teoría de la Historia admite muchos enfoques distintos, y, por ello, pocos son los libros que se titulan así (de entre los recientes, sólo el de Carlos P. Rama). Tales enfoques suelen coincidir con presupuestos relacionados con una tendencia o corriente determinada: los positivistas hacen hincapié en la metodología y las técnicas de investigación, de modo que el historiador se aparte lo más posible de lo subjetivo; los historicistas puros destacan sobre todo la historia de la historiografía, que da una visión dinámica y en estrecha asociación con los condicionamientos de cada época; los deterministas o finalistas prefieren abordar el terreno de la filosofía de la historia, donde es posible encontrar un sentido al proceso humano buscando un hilo conductor (providencial, material, orgánico); otros, que ven a la historia como un instrumento fundamental para la comprensión del presente, extraen de éste la problemática en forma de cuestiones a las que el pasado debe responder lo más vivamente posible, y por ello ponen el énfasis, en el campo del conocimiento histórico, en los aspectos definitorios, de los cuales derivarán luego, subordinados, los elementos creativos de su labor.
Esta ''Introducción'' (muy a la alemana) resulta en principio difícil de clasificar, de entrada, en alguno de los grupos señalados. Publicada poco después de la Primera Guerra Mundial, algo más tarde que la ''Decadencia de Occidente'' (y traducida al español magníficamente por Luis García de Valdeavellano veinte años después), recoge y analiza todas las tendencias historiográficas menos, claro está, las tres que son posteriores (Toynbee, la ''historia total'' de L. Febvre y el estructuralismo). Y de tal análisis no se puede deducir la adscripción del autor, pues destaca de todas ellas las deficiencias que les impiden responder con plenitud a sus exigencias. En este sentido el libro es una crítica, una panorámica con pretensiones de imparcialidad, pero si seguimos otro camino, el de la exposición de la materia y la importancia relativa que a cada apartado concede, la conclusión a que llegamos es la de que Bauer encaja en mayor medida dentro de la escuela positivista. De ello dan prueba: lo exhaustivo del tratado, la gran extensión de las partes correspondientes a la técnica historiográfica, el predominio que alcanza la labor heurística y la nula presencia, como capítulo específico, de la hermenéutica. Como buen profesor universitario alemán demuestra conocer la situación del conocimiento histórico coetáneo y, por lo mismo, el formidable ataque que por todos lados se lanzaba contra el positivismo aséptico del siglo XIX. Pero, representante, al mismo tiempo, de lo que podríamos llamar ''línea profesional'', elimina del positivismo todo aquéllo que tenía de apriorístico o conceptual (ahistórico, según él), para quedarse sólo con la faceta instrumental; si el positivismo se veía a sí mismo como científico en cuanto a la detección de leyes generales sociológicas, Bauer ve lo científico única y exclusivamente en la rigurosidad del procedimiento, y a ello dedica la mayor parte del libro.
Desde luego, el índice lo abarca todo: un primer capítulo, breve, reúne una serie de consejos para el estudiante que se interesa por la historia y quiere dedicarse a ella; todos estos consejos u orientaciones se resumen en la necesidad de dosificar el acceso al conocimiento de las técnicas de investigación para evitar lagunas o para no sentirse desbordado ante la magnitud del esfuerzo. En el segundo (''Los fundamentos teoréticos de la historia'') aborda la definición del concepto, en nuestra opinión con poca fortuna, al menos en la claridad: ''Historia es la ciencia que trata de describir, de explicar y de comprender los fenómenos de la vida, en cuanto se trata de los cambios que lleva consigo la situación de los hombres en los distintos conjuntos sociales, seleccionando aquellos fenómenos desde el punto de vista de sus efectos sobre las épocas sucesivas o de la consideración de propiedades típicas, y dirigiendo su atención principal sobre los cambios que no se repiten en el espacio y en el tiempo''. Es una ciencia, pero de lo particular y no repetible, frente al concepto de ciencia establecido para el conocimiento de la naturaleza. Esa misma distinción es válida para diferenciar la historia de la sociología (en ello se aleja de la tesis de Comte). Más sutil es la frontera con la política y la filología, pero queda claro que la historia de las ideas políticas o la filología en sí tienen objetivos específicos no incluibles en la historia. Tampoco la filosofía de la historia es historia pura y se descarta por ello como parte integrante de ésta. Así queda fijado el marco de relaciones con otros saberes y se afirma la especificidad del nuestro.
''El suceder histórico en sus elementos'' (cap. III) contiene, a la vez, un análisis de la relación entre la acción humana y los condicionamientos externos (naturaleza y raza), el problema de quién es el sujeto de la historia-realidad (de lo sucedido, no de su representación científica) y las doctrinas derivadas de ambas cuestiones. En todo ello, Bauer se alinea sin duda en contra de cualquier tipo de determinismo, da validez tanto al protagonismo del individuo como de elementos colectivos según qué tipos de acontecimientos y con un tratamiento distinto en cada caso (el comportamiento de las masas se presta más a sacar conclusiones de carácter general y repetible), dedica un apartado final al marxismo, del que sólo salva la aportación que hace para un mejor conocimiento de realidades soslayadas antes.
Qué pone de sí mismo el historiador cuando realiza su trabajo es el motivo del siguiente capítulo (''Los fundamentos psíquicos de la investigación histórica''). Aquí el eclecticismo se manifiesta con plenitud: el buen historiador debe utilizar desde luego su intelecto como guía racional y metódica, pero también ha de participar el sentimiento, evitando considerar la materia sobre la que se trabaja en el sentido que lo hace un naturalista, pues precisa conectar con las vivencias humanas que se transmiten a través de los documentos y otros testimonios. También la fantasía, la capacidad de recreación, forma parte de una buena percepción del pasado, más en el terreno de la capacidad de exponer los hechos que en el de formular hipótesis previas. De ahí pasa a considerar el problema de la objetividad, problema que no se da en la investigación de fenómenos naturales, sino sólo cuando nos enfrentamos a los actos humanos; esa objetividad había sido rara, casi nula, en las fases previas a la creación del método científico, y en su lugar proliferaba la tendencia ''sentenciosa'', los juicios de valor de tipo ético o ideológico: ''frente a esto, el moderno conocimiento histórico se procura el hallazgo de valores relativos, es decir, quiere medir una época en su propia (aunque todavía tan complicada) esencia e idea''. Y más adelante aclara, citando a Burdach: ''debiérase acabar de una vez con la costumbre de juzgar los procesos psíquicos, los actos lógicos de los hombres de la Edad Media y del Renacimiento, equiparándolos tácitamente con los modernos, de los que están en realidad separados por un abismo infranqueable''. Del mismo modo, niega objetividad también a lo que él llama el ''pensamiento ahistórico'', es decir, los modelos o esquemas de procedencia filosófica utilizados para someter a la historia a un corsé o hipótesis, pues la deformación resultante llega a lo tendencioso. Por el contrario, sí debe exigírsele al historiador una calidad suficiente en la forma de exposición (''historia y arte''), para que no sólo transmita contenidos veraces sino que éstos sean captados por el lector con claridad y de forma amena. En cuanto a los límites y la seguridad del conocimiento histórico, hay que distinguir lo que corresponde al objeto y lo que afecta al sujeto el investigador; en el primer caso, esos límites los marca la masa de testimonios existente, que puede ser mayor o menor para una época o un aspecto concreto, y a veces en el azar el que ha determinado la riqueza o pobreza de esos materiales; por fortuna, en muchas ocasiones se amplían las posibilidades cuando se descubren nuevos documentos o los ya conocidos nos proporcionan más información (por ejemplo el desciframiento de escrituras); por su parte, el historiador dispone de pocos medios para averiguar las verdaderas y profundas motivaciones que han movido a los personajes en tal o cual dirección, si bien esa dificultad se atenúa al analizar los fenómenos de masas, colectivos, cuyas causas suelen ser más diáfanas.
El capítulo V entra ya en la configuración y la división de la materia, punto en el que durante los últimos decenios se han producido grandes novedades que hacen el tratamiento aquí expuesto un tanto obsoleto. Comienza abordando dos puntos de orden previo, que proporcionan el armazón general en el que depositar los datos: el primero consiste en la creación, por parte del historiador, de ''tipos históricos'', que, una vez puestos en circulación, facilitan la comprensión de determinados fenómenos; de ese modo han surgido tipos como ''renacimiento'', ''antiguo régimen'', ''mercantilismo'', ''romanticismo'', a veces tomados de otras disciplinas; esos tipos cobran vida propia y se convierten en lugares comunes para la gente culta, pero conllevan problemas también: pronto los historiadores se lanzan a mayores precisiones y se producen debates sobre los límites cronológicos o sobre el contenido del tipo, hasta el extremo de que a menudo queda finalmente desfigurado e inservible. Por otro lado, la periodificación, la creación de referentes cronológicos, indispensable si no queremos perdernos en un proceso tan largo como es la vida de la humanidad, ha surgido no de un modo sistemático, sino por acumulación, en diversos momentos (primero, la Antigüedad y la Modernidad como recuperación de aquélla; luego, la Edad Media para marcar la etapa de discontinuidad; más tarde la prehistoria; el autor no distingue ninguna Edad Contemporánea, que engloba en la Moderna); esa periodificación exige fechas concretas de delimitación, que son otras tantas convenciones no coincidentes con la lenta transformación de los procesos históricos, y por ello existe gran disparidad en su fijación; cuando, además se ha llegado a conocer mejor a nivel mundial el desarrollo de las sociedades humanas, se ha evidenciado la falta de adecuación a ellas de períodos válidos sólo para una parte de la historia europea. En ese marco, sin embargo, indispensable, corresponde luego situar los hechos y fenómenos que, a su vez, se pueden agrupar de diversas maneras. El procedimiento que permite englobar más ampliamente la materia da lugar a la Historia Universal (General, del Mundo o de la Humanidad), que totaliza espacial y temporalmente el conjunto del devenir humano; el origen de esta forma estaría en Polibio, aunque son los cronicones medievales los que más los utilizaron; sin embargo, si tenemos en cuenta que sólo a partir de la Edad moderna hay conexión entre las distintas partes del planeta, y si aceptamos que la universalidad requiere la efectiva comunicación, habría que restringir a tiempos recientes el procedimiento (o bucear en otros más antiguos - relaciones hoy poco conocidas); el autor, por su parte, se inclina por un criterio restrictivo del concepto dándole un valor temático concreto (lo que hoy llamaríamos Relaciones Internacionales). Por otro lado, la división de la materia tiene múltiples posibilidades: la primera de ellas corresponde al marco geográfico (historias particulares), que plantea la cuestión territorio-nación-pueblo-Estado y puede resultar por ello difícil de clasificar. De otro modo, la materia puede parcelarse atendiendo a una división según los fenómenos de la vida práctica, otra seguir los fenómenos de orden volitivo, y una última según los fenómenos del espíritu, terminología por completo superada y sustituida en la actualidad por otra que resulta más concreta y permite una mejor y más clara delimitación: historia social y económica, historia política, historia de las relaciones internacionales, historia de la cultura, historia del arte; cada una de ellas con sus propias subdivisiones internas.
En el capítulo V Bauer reúne simultáneamente dos cuestiones: La
forma de exposición (nivel formal), y las modalidades de pensamiento
histórico, incluidas las filosofías de la historia ya abordadas en otro
lugar. Tampoco parece hoy adecuada esta perspectiva, y quizá menos aún
la tipificación que hace de cada una: así, habría ''una
historiografía narrativa, que se satisface con comunicar lo real del
suceder histórico; la llamada historiografía pragmática, que tiende a
entender el curso del suceder histórico según causas y efectos, y a extraer,
según las circunstancias, de la fundamentación así obtenida
consecuencias para la vida, el Estado, los partidos, la escuela, etc.; la
historiografía genética, que concibe todo fenómeno histórico como
algo que se ha producido paulatinamente, como punto final de ese devenir, y
hace recaer el peso principal de su interés sobre las distintas etapas por las
que ha pasado la situación de aquel fenómeno; y 4
,
la historiografía sociológica, que solamente ve en el suceder
histórico un curso de fenómenos en los cuales encuentra su expresión
la ley histórica que opera detrás de los mismos''.
En la actualidad
descompondríamos todo ello del modo siguiente: un nivel formal, donde
no resultarían incompatibles sino complementarias la narración, la
utilización de textos estadísticos y gráficos, elementos descriptivos, la
explicación causal en un sentido o en otro, la búsqueda y seguimiento de
fenómenos evolutivos y la valoración de los fenómenos dentro de un
contexto más o menos amplio; y por otro lado, un nivel que podríamos
llamar interpretativo o intencional (también teleológico o
metahistórico), que coincidiría con las grandes corrientes o escuelas
pasadas o actuales (positivismo, historicismo, marxismo, organicismo,
estructuralismo, y otras muchas).
Con mucho, la parte más extensa del libro es la dedicada a la heurística, es decir, a todo el trabajo que el investigador tiene que realizar antes de proceder a crear su obra, la búsqueda en general de sus materiales y la verificación de éstos, pues aunque sólo el capítulo VII lleve ese título, en realidad hasta el XII y último todo gira alrededor de los procedimientos de la técnica historiográfica, de la que se descarta todo lo referente a la hermenéutica. Las fuentes, pues, son aquí el protagonista. Dado el enorme cúmulo de ellas, se precisa en primer lugar establecer cuáles de ellas, sin ser en sí históricas, resultan indispensables para el trabajo posterior; es éste el terreno de las llamadas ''ciencias auxiliares'' de la historia, que proporcionan no sólo información objetiva, sino que simultáneamente se convierten en herramientas personales del investigador (ambas facetas se reúnen en el caso de la filología); Bauer identifica con prioridad como tales a la geografía histórica, la filología, la paleografía, la epigrafía, la ciencia de los incunables y la cronología.
Una vez en posesión de esos instrumentos y localizados por otra parte los materiales a utilizar, el investigador procede a la ''crítica externa'' de éstos, es decir, el examen previo de las fuentes (cap. VIII) que incluye la determinación de la época de origen, del lugar de origen, del autor, de la autenticidad, de las recíprocas relaciones de dependencia entre fuentes, la colación de textos (fijación del texto definitivo a partir de varias versiones, si existen) y la edición de fuentes. Pero éstas tienen un inconveniente: la multiplicidad de origen, que las hace casi inabarcables como se puede ver en el cap. IX, en el cual se enumeran hasta 29 tipos, desde las etnológicas a diversas formas de fuentes orales, una gran variedad de fuentes escritas (que incluyen diarios, memorias, cartas, protocolos...) y las fuentes plásticas.
La siguiente fase consiste en la ''crítica interna'', la clarificación de la veracidad de los documentos en sí mismos (''Estaba el autor en disposición de decir la verdad? Quiso el autor informar de la verdad?''). Muchas de las dudas que surjan en estos casos se pueden despejar yendo a la comparación de fuentes y viendo su contenido, y, en caso de discrepancia, hay que buscar la que merezca más crédito a la luz de comprobaciones cronológicas, grafológicas o de cualquier otro tipo. Finalmente, obtenida plena satisfacción en ese terreno, se puede proceder a la construcción, a la síntesis, que no adquiere aquí otro carácter que la simple redacción del trabajo.
Esos frutos de la investigación (''Los medios estilísticos de expresión de la ciencia histórica'', cap. XI) son muy diversos; atendiendo a la extensión hay opúsculos (artículos más o menos largos), monografías (que para el autor incluyen trabajos de la amplitud espacio-temporal y temática), siendo éstos el verdadero libro de historia, el arquetipo. Como procedimiento aparte indica la recensión, la reseña crítica (que debe no sólo valorar la aportación del autor sino integrarla en el ámbito de la problemática tratada). Deja también espacio para referirse a la exposición oral (didáctica o en forma de conferencia, más sistemática la primera, atenta sobre todo al desarrollo coherente de las ideas la segunda).
Para guiar al historiador neófito que, superada la etapa educativa, se va a dedicar a la labor creativa, se extiende Bauer todo un capítulo, que adopta la forma de un prontuario para la confección de tesis, desde la elección de tema, bibliografía y fuentes hasta la localización de los archivos, revistas y bibliotecas más importantes, con especial mención, como es lógico, de las alemanas, lo que obliga al traductor a añadir por su parte las correspondientes a nuestro país hasta 1941.
Al acabar tan largo recorrido se tiene la sensación de no quedar ningún aspecto de la teoría de la historia por tratar, cosa poco habitual en la literatura del género, y queda claro que se dirige especialmente al mundo profesional, no al gran público; es así una verdadera Introducción de gran utilidad para el estudiante que ya ha elegido el camino; de otro modo penetraría en él sin otro bagaje que el entusiasmo y sin otra técnica que la derivada de la autocorrección de los propios errores. Pero quien busque aquí ese sentimiento y esa fantasía que el autor incluye como parte destacada del quehacer del historiador se llevará una gran decepción.