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Josef H. REICHHOLF: LA APARICION DEL HOMBRE

El historiador es un deudor constante de otros historiadores que antes han cultivado su campo; de quienes simultáneamente trabajan en él; de los que lo van pacientemente desbrozando con monografías de interés en principio local o muy especializado; de otros investigadores que aportan técnicas o hipótesis científicas cuando aquél agota las suyas por haber llegado al límite de sus recursos de análisis y pide auxilio a otras parcelas del saber. Esto sucede en todos los casos, pero la dependencia del historiador es mayor cuanto más retrocede en el tiempo y escasean los testimonios más familiares a sus ojos (documentos, restos culturales y artísticos); puede entonces reunir también la condición de arqueólogo, aunque pronto se encuentra con que no basta, pues como tal también nota que le falta competencia para entender el entorno geológico, climático o paleontológico de los restos que estudia; por ello no tiene otra solución que confiar en colegas que, desde aquellas especialidades, respondan a sus dudas. Nada más espectacular que la contribución que en este sentido hizo la química a la prehistoria al aplicarse desde 1951 el método del carbono-14 para la datación de restos orgánicos y para así poder obtener una cronología absoluta, al menos hasta bien entrado el paleolítico superior; otros procedimientos (potasio-argón) llegan más lejos, y en algunos casos (glaciaciones) hasta la respuesta puede venir de los astrónomos.

Por lógica, una de las ciencias más asociadas al conocimiento del origen de la humanidad es la biología, pues al fin y al cabo el gran problema es saber cómo, cuándo, dónde y por qué un determinado animal da el paso cualitativo y se escinde del mundo de los mamíferos para seguir un camino distinto. De ahí vinieron, desde principios de siglo, las principales aportaciones, que los historiadores se limitaron a registrar y utilizar para llegar a sus propias conclusiones; aceptado el supuesto de la evolución, se buscaba el ''eslabón perdido'', se evaluaba el grado de ''hominización'' de cada fragmento encontrado, se polemizaba sobre la importancia relativa de cada elemento diferenciador (dentición, capacidad craneana, índice facial, prognatismo, contextura, forma del arco superciliar, tipo de alimentación, etc.). La aparición de los australopitécidos condujo a aceptar de golpe, hacia 1972, una antigüedad mucho mayor que la sostenida antes (se pasa de unos seiscientos mil a más de dos millones de años, ya en la era terciaria), y se crea el tipo de ''homo habilis'', pero no sin duras controversias (como las que enfrentaron a Leakey con Johanson). También se iba perfilando la evidencia de que Africa era la cuna de la humanidad, si bien sólo por ser el lugar de mayor presencia de testimonios hasta el momento (ya había dicho jocosamente el abate Breuil que la humanidad tenía una ''cuna de ruedas'', por lo efímero de las conclusiones apoyadas en la fortuna de los arqueólogos). Pero tanto en un caso como en otro la información era muy fluida, a mitad de camino entre la hipótesis y los hechos demostrados.

La confirmación de ambas cosas ha venido precisamente del campo biológico, en concreto gracias a la bioquímica, el estudio de la célula. Fue en 1987 cuando en la universidad de Berkeley se pudo analizar por vez primera, mediante un nuevo tipo de microscopio, un elemento ya conocido pero hasta entonces inobservable: las mitocondrias; se trata de una especie de bacterias que en un momento dado penetraron en las células y que, provistas de su propio código genético, se interaccionaron con aquéllas; estas mitocondrias también evolucionan dando lugar a variaciones genéticas; estas variaciones se producen sólo en las células femeninas (los espermatozoos carecen de mitocondrias) y su ritmo es lento (en un millón de años se produce una variación del 2 al 4 por cien). Una vez sabido esto, se ha comprobado que la población africana tiene una variabilidad genética mayor que la de otros continentes, de modo que tal variabilidad, además, disminuye a medida que ampliamos el espacio geográfico y es mayor la amplitud temporal; si tenemos en cuenta, por otra parte, que, según parece, no hubo mezcla genética en las diversas oleadas de homínidos que sucesivamente partieron de Africa hacia otras zonas (''homo erectus'', ''hombre de Neanderthal, ''hombre de Cro-Magnon'') y que las dos primeras de tales oleadas se extinguieron y no tienen relación alguna con el hombre actual, que es otra especie (''homo sapiens sapiens''), se llega a la conclusión del origen africano-oriental (máxima variación del ADN de las mitocondrias). Ese mismo estudio permite también afirmar a Allan Wilson que nuestra especie, tal y como hoy existe, surgió en un período comprendido entre hace 290 y 140 mil años, y su primera salida de Africa se efectuaría hacia 180/90 mil años. A Europa llegaría hace unos 40.000 y a América, sólo 12.000; cifras que, además, no modifican sustancialmente la antigüedad que se ha venido atribuyendo al ''hombre de Cro-Magnon'', del cual descendemos todos.

Pero quedan otras preguntas por responder. Por ejemplo, cómo se produjo la transición al género ''homo'' (que incluye nuestra especie y las desaparecidas ya citadas); en este sentido la respuesta la encontramos en un homínido, un antropoide, el australopithecus (''mono del sur''), que a su vez había surgido hace unos cinco millones de años; su presencia en Africa y sólo allí queda avalada por la gran cantidad de restos encontrados, sobre todo en las zonas altas del Africa oriental (sur de Etiopía, norte de Tanzania, norte de Kenia, zona del lago Victoria); en 1974, para mayor corroboración, se descubrió un esqueleto completo de un ejemplar femenino al que se bautizó con el nombre de ''Lucy''. Estos australopitecos ya aparecen divididos en varias especies, de entre las que destacan el ''robustus'' (más corpulento y pesado) y el ''africanus'', más grácil y ligero (sobre veinticinco kilos y una altura de metro y medio); es de este segundo, por razones de alimentación y energéticas - factores dependientes entre sí - de donde procederá el hombre, pero en todo caso los australopitecos habrían realizado ya el cambio hacia la postura erguida y serían bípedos; su hábitat no sería la selva, sino la sabana y la pradera.

El autor, como buen biólogo, se desliza luego hacia atrás, para a su vez buscar los orígenes de los australopitécidos, remontándose de este modo hasta los primeros mamíferos, surgidos cuando los grandes reptiles poblaban la Tierra (mesozoico) y que, al revés que éstos, sobrevivieron y tuvieron éxito gracias al tipo de alimentación (muy nutritiva) y a la adaptación de su organismo; por ello más tarde el cambio del entorno (aparición de las fanerógamas y proliferación de insectos) les abrió nuevas posibilidades y algunos de ellos buscaron su alimento no en tierra, sino en el aire (como los murciélagos) o en lo alto de los árboles, lo que requería nuevas adaptaciones que darían lugar a los primates, de entre los cuales surgiría otra doble adaptación: monos platirrinos en Sudamérica, y catarrinos en el viejo mundo. Y ahora es cuando el autor entra de nuevo en conexión con nuestros directos antecesores en la escala biológica, pero antes tiene que averiguar la causa de por qué fue en el viejo mundo y no en el nuevo (América) donde se había de producir el cambio decisivo; a ello dedica un par de capítulos que le retrotraen a los fenómenos geológicos terciarios (fase orogénica y fase posterior de vulcanismo y aparición de la definitiva imagen de las masas continentales); todo ello perjudicó la supervivencia de los animales en el hemisferio occidental y, en cambio, creó las condiciones idóneas en Africa (expansión de gramíneas a costa del bosque, enriquecimiento del suelo en nutrientes por el vulcanismo en una zona fracturada tras los cambios geológicos). En ese medio, la alimentación podía ser más equilibrada que en el bosque; el australopiteco, en vez de refugiarse en la selva como los simios (fundamentalmente herbívoros) utilizó los recursos de la pradera, con lo que obtuvo unos nutrientes más ricos en féculas y proteínas (más concentradas en sus fuentes de alimentos) que incidieron decisivamente en las funciones cerebrales, sobre todo el contenido en fósforo. De dónde lo extraía? No parece dudoso afirmar que el australopiteco, y luego el ''homo habilis'' (en una transición difícil de precisar) practicaron una doble actividad económica: eran carroñeros, y esto les hacía hasta cierto punto aprovecharse de luchas ajenas entre otros mamíferos, y también recolectores (para obtener el resto de nutrientes). Por otra parte, el caminar erguido no sería un estadio posterior a una fase simiesca de vida en los árboles, sino que el tipo precedente se desplazaba con preferencia por el suelo (los simios fueron una rama colateral que se adaptó de distinta forma). Y ese caminar erguido, junto con la dieta alimenticia, fueron los factores que provocaron el crecimiento del cerebro, lo más característico del ser humano. Este órgano adquiere toda su contextura - neuronas - antes del nacimiento del niño; el tamaño, mayor en proporción que el de cualquier otro animal en ese momento, aumenta todavía más en la fase siguiente a la gestación debido a la flexibilidad de la estructura ósea del cráneo. La larga gestación y la posterior atención durante mucho tiempo a las crías exige un comportamiento social distinto, también exclusivo del ser humano, consistente en la formación de una familia estable y una división del trabajo de uno y otro sexo (curiosamente, la aportación alimenticia del hombre a base de proteínas de origen animal sirve para el alimento de la mujer y del feto, mientras que las féculas e hidratos de carbono recogidos por la mujer sirven al hombre como ''combustible'' para sus correrías en busca de carne).

''Con el desarrollo de la capacidad del habla, el ser humano superó la última gran barrera de su evolución''. En este caso, la tesis biológica entra en contradicción con otros testimonios. Según el autor, el lenguaje no sólo precisa de un cerebro pensante y que comprende lo que se le dice, sino de un órgano material, la laringe, que permite emitir sonidos articulados; pues bien, ni el ''homo habilis'', ni el ''homo erectus'' ni el ''hombre de Neanderthal'' disponían de una laringe adecuada, pues estaba demasiado alta; a lo sumo emitiría sonidos para comunicarse. Esto plantea, sin embargo, la cuestión de los enterramientos rituales, que presuponen una cierta espiritualidad, a su vez asociada al lenguaje como elemento básico de verbalización de ideas o conceptos. Dejemos, en todo caso, este asunto como un nuevo campo de controversia y sigamos.

En un momento dado, que el autor sitúa en relación con el comienzo de la era glacial (hace medio millón de años), la actividad carroñera del hombre le proporcionaría una experiencia que pronto supo aprovechar: constataría que, después de un gran incendio en la pradera, los animales muertos y quemados se conservaban mejor; así, su primer contacto con el fuego le serviría para mejorar sus condiciones de alimentación; más tarde vendrían otras dos utilidades: aprovechar el fuego como fuente de calor y como medio para ahuyentar a los depredadores. No se especifica qué especie humana fue la primera en utilizar el fuego, pero se deduce que al menos corresponde al ''homo erectus'' o al de Neanderthal. Así, el uso del fuego precedió al lenguaje con mucho y fue más o menos simultáneo al aprovechamiento de las pieles de los animales para resguardarse del frío.

Si el ''homo habilis'' no salió nunca de Africa (parece que es una afirmación cuestionable, después de la aparición del ''hombre de Orce''), el ''homo erectus'', los pitecantrópidos sí lo hicieron. La causa fue no sólo un aumento de población sino unas condiciones favorables que coincidirían con una fase interglacial en Europa y Asia. Una segunda oleada (hace doscientos mil años) llevaría a los neandertales también fuera de Africa, pero en una fase glacial, y su éxito fue enorme, pues desarrollaron una gran capacidad de adaptación (muy robustos y con una dieta rica en grasas); su mismo triunfo les llevaría a la ruina: estaban tan especializados que cuando sobrevino el cambio climático (fin de la era glacial) y desaparecieron los grandes animales de que se alimentaba, se produjo también su extinción (hace diez mil años). Así, de nuevo nos encontramos con una contradicción cronológica y causal con otras fuentes de conocimiento, que dan al ''hombre de Neanderthal'' una antigüedad menor, lo sitúan viviendo en el musteriense (fase interglacial) y se le da por extinguido precisamente cuando llegan otra vez los hielos (Würm), hace cuarenta mil años; sería el hombre de Cro-Magnon, no él, quien se adaptaría a esta etapa fría y a él pertenece, desde luego, la cultura que corresponde al paleolítico superior (Altamira).

Este hombre de Cro-Magnon, tercera variante del género de nuestra especie, procedía, como los anteriores, de Africa; el cambio morfológico esencial fue la variación en la posición de la laringe, con lo que ya tenemos así el principio del lenguaje articulado. Más pequeños (también el cerebro) que los neandertales, con menor pilosidad (serían igual que los negros actuales), estaban menos especializados en todos los sentidos que sus predecesores y esa versatilidad era una ventaja; su alimentación también era más variada e incluiría en alto grado el consumo de gramíneas junto a la caza.

Y ahora viene la última pregunta: Por qué abandonaron Africa, un lugar donde se daban condiciones óptimas de vida, al parecer, un paraíso terrenal, y se extendieron nuestros antepasados por Asia, Europa, Oceanía y América, en este orden? El autor llega a la conclusión de que el factor determinante fue el efecto mortal de la mosca tsé-tsé, cuya área de acción, en los espacios pluviales (interglaciales) se amplió considerablemente abarcando no sólo las zonas siempre húmedas de la selva tropical sino también la sabana y la pradera. Desprotegido el ser humano ante el ataque de esta mosca - al ir desnudo no tenía medios para evitarlo - se vio obligado a abandonar el territorio y con ello a readaptarse a otros lugares. Fue una ''expulsión'', no el atractivo de otras tierras, lo que produjo, por tanto, esta definitiva implantación del ser humano en toda la superficie del Globo a partir de un marco inicial reducido y hasta entonces bastante satisfactorio.

Así concluye este largo recorrido que nos lleva a los orígenes de nuestra especie y de las que sucumbieron en él. Y ''este proceso evolutivo no se debe ni a una cadena de casualidades ni a la predeterminación. La vieja discusión relativa a los orígenes del hombre llamaba a una puerta equivocada. Cuanto mejor conozcamos los procesos de nuestra historia genealógica, mejor comprenderemos nuestras particularidades y nuestros problemas, y tanto más conscientes deberíamos ser de los estrechos vínculos que nos unen a la naturaleza, de la cual procedemos y de la que formamos parte''. Ni esta conclusión resulta diáfana ni algunas de las hipótesis desarrolladas eliminan las dudas sobre algunos de los problemas sobre nuestros orígenes, pero con libros como éste se amplia el horizonte y se enriquece la conexión entre saberes que se fecundan mutuamente.


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