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Francisco VILLAR: LOS INDOEUROPEOS Y LOS ORIGENES DE EUROPA

Desde hace siglos la gente culta sabía que el latín y el griego eran lenguas emparentadas entre sí, y con ello seguían la opinión ya corriente en la época clásica; la leyenda y la superioridad literaria del griego hacían, además, de éste el padre de aquél. Pero hace doscientos años la familia se amplió, en forma de gran fraternidad, al incluirse en la nómina a las lenguas germánicas y al sánscrito. Fue el origen de la lingüística comparada y de la lingüística histórica, nuevos campos que enriquecieron los estudios filológicos. Los creadores fueron un ramillete de sabios en su mayoría alemana (Bopp, J. Grimm, W. Humboldt, F. Schlegel) y un danés (Rask). Fueron ellos los que hablaron por primera vez de una lengua común, anterior a las conocidas históricamente, lengua que después de muchas vacilaciones llamaron indogermánico, indoeuropeo y también ario. La búsqueda de ese idioma ancestral no sólo era un asunto gramatical, sino que obligaba a preguntarse por los hombres que lo utilizaban y su lugar de origen. Así, la filología ofreció un nuevo tema a la historia, en este caso a la arqueología. Ya no se trataba solamente de una lengua, sino también de un pueblo. Y de ahí que el término ''indoeuropeo'' tenga hoy ese doble significado.

La preferencia por la designación ''ario'', durante un tiempo, se justificó creyendo que era la forma en que se llamaban a sí mismos sus hablantes (como ahora los iranios) y la prueba estaba en que se mantenía en las ''áreas laterales'' del territorio que ocuparon (Irán-Irlanda); el significado de ''señor'' y las teorías, entonces dominantes, de un origen nórdico de este pueblo (rubio, alto, de ojos azules) se convirtieron en una de las plataformas del pensamiento racista (que llegó a su extremo con los nazis). En la actualidad sabemos que ni la correlación Irán-Irlanda es cierta, ni el lugar de partida era el norte de Europa ni la palabra ''ario'' era indoeuropea con toda seguridad (se puede tratar de un préstamo de una lengua semita). Así que no disponemos ya de este posible nombre endoétnico ni de ningún otro del mismo tipo genérico.

Durante todo el siglo XIX se fue consolidando una metodología, tanto en lo lingüístico como en la arqueología, para sentar sobre bases seguras los nuevos conocimientos. Surgió además una ciencia intermedia, la Paleolingüística o Arqueología lingüística que alcanzó la primacía sobre las otras especialidades implicadas. La metodología lingüística dio a luz a varias leyes: la ley de Grimm, luego llamada de Rask-Grimm (rotación de las consonantes oclusivas, en alemán ''Lautverschiebung'', que explica el diferente consonantismo del germánico y el latín, y luego del primero con el indoeuropeo); la ley de Grassmann (disimilación de las consonantes en caso de reduplicación, como en griego, fenómeno que no ocurriría en la lengua común); la ley de las ''áreas laterales'' ya mencionada (que da consistencia a elementos lingüísticos iguales en lenguas derivadas cuando éstas hace tiempo que perdieron contacto); y la ley del ''área mayor'' (concerniente sobre todo a la fonética, y en especial al vocalismo, que prioriza los datos extraídos de un grupo mayoritario de lenguas derivadas, sobre la minoría). La arqueología lingüística trabajaba especialmente en el aspecto semántico, buscando correlaciones entre términos geográficos, botánicos y zoológicos, y el posible lugar de origen de los primeros indoeuropeos. Los arqueólogos puros, por su parte, se lanzaron a explorar lugares hasta entonces pobres en testimonios (zona báltica, sur de Rusia, Danubio). De todo ello, en una fase que llega hasta el siglo XX, se extraen ya ciertas conclusiones: división en dos grupos (centum y satem, según se palatalicen o no las consonantes sordas), el primero occidental, el segundo oriental, como resultado de las migraciones del II Milenio; lugar de origen aún hipotético, pero con preferencia por el área europea; mayor cercanía al lenguaje original del sánscrito y el griego por la existencia del vocalismo o/e, previo al vocalismo en ''a'' (suponiendo que hubiera sólo cuatro vocales, que algunos lingüistas redujeron incluso a una sola, todo ello en contraste con el vocalismo de las lenguas derivadas, que suele ser de diez entre largas y breves). El optimismo subsiguiente a estas conclusiones llevó incluso a intentar la reconstrucción del ''indoeuropeo'' traduciendo sencillas fábulas.

El descubrimiento sensacional de las lenguas anatolias (hitita y luvita, y sus derivados cario, lidio y licio), que presentaban un mayor arcaísmo que el sánscrito, revolucionó los conocimientos y trajo consigo nuevas teorías: alteración de la cronología (que penetra más allá del II Milenio), cambios de localización del espacio común inicial (Anatolia, Cáucaso, y, después de las investigaciones de María Gimbutas acerca de la cultura de los ''kurganes'', las estepas del sur de Rusia, hoy todavía la hipótesis de mayor credibilidad), y, sobre todo, aceptación de la existencia de varios ''indoeuropeos'' comunes, correspondientes cada uno de ellos al momento previo a cada una de las migraciones.

Con todo ello ya se podía dar una imagen más o menos aproximada de lo que era el ''fenómeno'' indoeuropeo: un pueblo poco numeroso en sus inicios, de raza blanca, consolidado en una zona al norte del mar Negro, agrícola y ganadero, conocedor del caballo (en principio sólo como animal de tiro), con estructura social patriarcal, poco original en lo artístico, creador de una lengua más capaz que sus coetáneas para expresar pensamientos abstractos y complejos mediante una estructura gramatical rica en flexiones verbales y nominales, temeroso de los dioses celestes, se lanza en oleadas separadas por milenios (quizá la inicial estaría en el V Milenio) ocupando otros territorios (Danubio, Anatolia) desde los cuales, a su vez se reiniciaría el camino hacia los extremos, tanto occidental (España) como oriental (India, Turquestán chino en el caso del tocario). Un segundo estrato se superpondría más tarde y, probablemente un tercero hasta llegar a los albores del primer milenio. En realidad, el proceso continuó más tarde (invasiones germánicas) y se ha convertido en mundial cuando los descendientes de aquellos pocos indoeuropeos comenzaron la conquista del planeta desde el siglo XVI.

Los territorios de arribada no estaban vacíos. Las poblaciones preindoeuropeas, en algunos lugares muy poco densas (Europa occidental y septentrional), en otros más numerosas (Creta, Próximo y Medio Oriente), recibieron el nuevo o nuevos sustratos en condiciones de inferioridad (no conocían el caballo ni tampoco más tarde el hierro); por ello se produjo una aculturación de tipo indoeuropeo, con préstamos lingüísticos, técnicos, religiosos y artísticos de los sometidos que, a la larga, fundirían en un sólo pueblo los distintos componentes, pero con impronta final indoeuropea. Por ello no cabe hablar, en esta fase ya temprana, de características físicas determinadas, como se había hecho antes, si bien no se puede negar que dentro de la raza blanca, los pueblos de origen indoeuropeo contienen un índice mayor de individuos prototípicos (los antiguamente llamados jafetitas) nórdicos o caucásicos.

La enumeración de todas las etnias que ya en tiempos históricos se pueden identificar como indoeuropeas resulta abrumadora: celtas (o galos), germánicos, eslavos, itálicos, ilirios, dacios, tracios, helenos, anatolios, persas, medos, indios, tocarios, ramificados a su vez desde la protohistoria. Nosotros, producto de la fragmentación de esas variedades, representamos más de un centenar de pueblos actuales. Y si hubiera que seleccionar uno de ellos como el que mejor conserva los elementos originarios de tipo lingüístico, la elección recaería en los lituanos (que entre otras cosas aún poseen una compleja flexión nominal).

La lingüística comparada no se ha conformado con llegar a explicar el indoeuropeo. Partiendo de una hipótesis poco lógica, pero que se ha mantenido como creencia firme en el ámbito judeo-cristiano, la de una primitiva lengua común de toda la humanidad (o al menos de la raza blanca), se ha intentado, a su vez, integrar al indoeuropeo en un conjunto mayor que agruparía, junto con él, a las lenguas semíticas y camíticas. Hay quien ha visto paralelismos significativos con el coreano, el chino, el aino del norte del Japón y con las lenguas polinesias, paralelismos estructurales y no sólo de léxico (que es de fácil intercambio entre lenguas distintas). De entre todas las propuestas, la que más fortuna ha tenido ha sido la que afirma la vinculación, en una lengua anterior común, de indoeuropeos, semitas y camitas; por coincidir los tres en el espacio del antiguo Mare Nostrum se le ha llamado ''nostrático'' y sus propulsores han sido investigadores rusos. Y lo mismo que sucedió el siglo pasado con el indoeuropeo, se ha intentado asimismo ''construir'' textos en base a lo que se supone era tal lengua.

El autor, que ya por los años 70 hizo una primera aportación de envergadura al tema (única síntesis en español) con su libro ''Lenguas y pueblos indoeuropeos'', parcialmente revisado ahora y, en algunos aspectos invalidado (por aquel entonces Villar suscribía la tesis de un indoeuropeo convergente, esto es, producto del contacto entre lenguas vecinas, y dudaba de la existencia de la unidad previa), es, como Rodríguez Adrados y antes Antonio Tovar, uno de los investigadores más prestigiosos a escala internacional, y no se limita a exponer el estado de la cuestión, sino que realiza significativas aportaciones tanto en el terreno de las estructuras lingüísticas como en la problemática indoeuropea de la Península Ibérica.

Apoyándose en las opiniones de otros investigadores actuales, que hablan de una ''vieja Europa'' para referirse a una fase (allá por el V Milenio) primigenia de expansión indoeuropea, encuentra la clave del elemento lingüístico diferencial (respecto al indoeuropeo ''clásico'' posterior) en el vocalismo: habría cuatro vocales, con ausencia de las alternantes (temáticas) e/o y presencia clara de la ''a'', al revés de lo que sucedió en la fase siguiente (tan bien representada por el griego). Esta afirmación, de base lingüística (tras el análisis de las lenguas derivadas más antiguas), se complementa y sirve como explicación para algo que hasta ahora carecía de ella: la abundancia de hidrónimos con ese vocalismo en la Europa central y occidental al menos y que, a pesar de tener raíces indoeuropeas, no encajaban en el sistema aceptado habitualmente. Como sabemos ya que los nombres de los ríos son quizá de los que más se conservan a pesar de los cambios lingüísticos sobrevenidos (aunque pronto dejan de ser ''parlantes'') para Villar se trataría de un decisivo ''testigo'' de aquella lengua luego subsumida en las posteriores fases de expansión en una variante nueva del indoeuropeo. Así tendríamos no uno, sino dos y posiblemente más estratos de esta procedencia que nos introducirían en el momento de la difusión de la revolución neolítica. Fueron precisamente estos primeros indoeuropeos los que trajeron la agricultura a nuestro continente?

Esta explicación también sería útil para resolver ciertos problemas que plantea el fenómeno indoeuropeo en España. La cronología de éste en la Península Ibérica suele coincidir con la llegada del primer milenio, y el pueblo concreto que vino fue el celta; su expansión es conocida, teniendo sus límites en el valle del Ebro, zona litoral levantina, parte de Andalucía y varios núcleos del norte (celtas y celtíberos, por supuesto, son dos nombres que identifican al mismo pueblo y cultura, sin ninguna diferencia real). Pero lo primero que no encaja (si nos atenemos a topónimos y a los breves testimonios que han quedado) es la pertenencia de los lusitanos a este pueblo celta, pues, aun siendo su lengua de vocalismo o/e, no pierde la oclusiva sorda (cuando esto es una constante en la lengua celta y ha persistido en la evolución del latín al castellano la degradación de la sorda en sonora, e incluso posteriormente la desaparición de ésta si es intervocálica); son abundantes los ejemplos tanto en gutural como en labial. La conclusión es clara: se trataría de una oleada anterior a la céltica y habría que situarla en el segundo milenio.

Pero la cosa no acaba aquí. Observando, como en el caso europeo, la hidronimia (y en parte la toponimia general) Villar encuentra numerosísimos ejemplos de temas indoeuropeos con vocalismo en ''a'' (y ausencia por tanto de o/e) que desborda el área tradicional de presencia céltica y lusitana, llegando hasta el litoral mediterráneo; se apoya en términos como Pallantia y Páramo como los más representativos (así se explica el nombre del río saguntino, tan parecido al de la ciudad castellana). La coincidencia arqueológica se establece con los llamados ''campos de urnas''; así este sería, según Villar, el pueblo que introdujo tal rito funerario. En este caso, sin embargo, cabe cuestionar su deducción si tenemos en cuenta que la cronología que se da a esos restos es bastante reciente, de principios del segundo milenio, y por ellos sería más pertinente establecer la relación de los ''urnenfelder'' con los lusitanos.

Denso y exhaustivo, este libro es una magnífica panorámica que del conocimiento del problema indoeuropeo se tenía en 1991, fecha de la edición. Salvo discrepancias de orden secundario, parece que hoy por hoy existe ya un consenso científico amplio en los términos que el texto expresa. Pero no queda por ello cerrado el tema, pues bien la arqueología o bien el desciframiento y mayor comprensión de restos escritos pueden abrir otro proceso ascendente en el conocimiento de las raíces históricas de gran parte del viejo mundo. Esperemos que ahí esté de nuevo Francisco Villar para contárnoslo con tan inspirada prosa como aquí lo ha hecho.


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