Pocos libros hay que, como éste, demuestren la estrecha conexión existente entre la economía y la historia; si desde Marx, al menos, el historiador no puede ignorar los fenómenos económicos para la atinada comprensión del pasado, no parece suceder lo mismo entre los economistas al valorar la incidencia de los factores históricos en la evolución, en los avatares de la realidad, al fin y al cabo, humana, que merece su atención; en efecto, asombra saber que, en los planes de estudio actuales de las correspondientes facultades y escuelas universitarias la Historia Económica es una ''maría'' desdeñada, marginal; la base matemática, en cambio, es potenciada como si de este modo ese conocimiento adquiriera un mayor prestigio científico, mayor exactitud. No vamos aquí a caer tampoco en el error contrario cuando el objeto de interés está en la ''microeconomía'', la contabilidad y la estadística aplicada a los estudios de mercado, pero no olvidemos que todo ello se inscribe en la rúbrica de lo técnico, y así ha sido durante largo tiempo, mientras era materia de estudio en las escuelas de comercio. La teoría económica, en su dimensión macroeconómica (que incide luego, inexorablemente, en los fenómenos particulares), no es comprensible más que desde una perspectiva histórica, pues, lejos de reflejar unas condiciones permanentes y ''químicamente puras'' (mercado natural, fuerzas actuantes medibles ''in abstracto''), no tiene más opción que dar entrada a lo atípico, a la perturbación del esquema por la presencia del elemento decisorio, la voluntad humana, tanto a nivel de decisiones de gobierno como de alternativas barajadas por los individuos comunes. Cualquiera que hoy juegue a la bolsa sabe que el análisis ortodoxo, desnudo de referencias a variables psicológicas, políticas, climáticas, etc. es el camino más rápido al desastre y la ruina.
Entrar en los parámetros de la historia, sin embargo, no es entrar en el caos, sino en otro orden de esquemas mentales, en la utilización de una gama mucho mayor de causas y efectos. No hay ejemplo más claro de ello que la insistencia con que Pierre Vilar advierte del error reduccionista, esto es, la tentación de explicarlo todo a partir de un elemento determinante, en este caso la moneda. Por contra, introduce la noción de '''coyuntura'', gran acierto de la escuela francesa de ''Annales'', aunque de inspiración marxista, para clarificar fases con características específicas, más o menos largas; en esas coyunturas lo fundamental es la interacción de los factores: causas y consecuencias se enlazan, se cruzan, se condicionan mutuamente, de modo que, una vez han sido sustituidas por otras, aún resulta complejo saber el papel que cada elemento ha jugado en ella.
Fácil lo tenía Vilar al elegir el tema aquí tratado para enfatizar la importancia que a lo largo de la historia ha tenido el dinero - el oro y la moneda -. Hubiera recibido de inmediato una confirmación tácita por parte de la opinión común, que suele ver en el dinero la palanca que mueve al mundo. Una extraña constante de origen psicológico ha creado el mito de la moneda como medida inmutable, como ancla y punto de referencia fijo desde el cual juzga y planea su visión de la realidad económica y aún total. Si así fuera, nos encontraríamos que en la base de la ciencia económica no hay más evidencias racionales que en el pensamiento religioso; pero daría la impresión, falsa, de que tan endeble fundamento generaba una sólida construcción sometida al cálculo y a la revisión.
No hay tal. La moneda no explica por sí sola los fenómenos económicos; las más de las veces, sus fluctuaciones son consecuencia en lugar de causas. Quizá veamos esto más claro si comprendemos que, en gran parte de los casos, las súbitas apariciones de nuevos filones de metales nobles no son milagrosos hallazgos que traen consigo una revitalización de la actividad económica; por el contrario, una sociedad ya en vías de expansión busca y encuentra esas minas, que son el corolario de un proceso en marcha. Y cuando no es así, la presencia del metal no actúa como elemento vivificador; es más, sociedades enteras han dispuesto de él sin darle ninguna importancia económica (América Precolombina); y eso sin entrar en el efecto perverso que la presencia de metales puede ejercer sobre una sociedad no preparada para integrarlo en una coyuntura adecuada (caso de España).
Hemos, por otra parte, necesitado llegar al siglo XX para apreciar con el rigor adecuado los aspectos conceptuales en torno a palabras como oro, plata, moneda y dinero. Hoy el dinero es un instrumento abstracto - moneda fiduciaria, cada vez más alejada de contravalores sobre los que asentarse el propio -. Tenemos fe en que quien la emite (el Estado) garantiza con su autoridad el valor. Hasta en las transacciones internacionales, tras la Segunda Guerra Mundial, también el dinero es fiduciario porque confiamos en el poder político y económico de los Estados Unidos, dueño del dólar. Ya el oro no sale de los sótanos de los bancos centrales. Y su papel es insignificante, pues no cubre ni con mucho teniendo en cuenta su cotización actual las necesidades del comercio internacional. Si quisiéramos volver al patrón oro, sería necesaria una revaluación tan brutal que provocaría un cataclismo económico mundial de imprevisibles consecuencias.
Aun así, subsiste un error que fue común a los economistas del período de entreguerras. Acostumbrados a una estabilidad monetaria que duraba ya un par de siglos (desde que se introdujo el patrón oro y comenzó la industrialización), creyeron que las locas hiperinflaciones de los años veinte, fruto de la emisión incontrolada de moneda de papel eran un fenómeno nuevo en la historia, consecuencia de las alteraciones impuestas por la economía de guerra y la necesidad de las reparaciones posteriores. Por ello esa obsesión en volver al patrón oro contra la que tanto clamaba Keynes en sus artículos de esos mismos años. Pensaban que el oro, como medida de valor permanente, crearía los necesarios mecanismos estabilizadores haciendo que el mercado volviese a estar regulado sin sobresaltos.
Lo curioso es que, como bien aduce Pierre Vilar, las fluctuaciones monetarias, lejos de ser una característica del siglo XX o una consecuencia del empleo de moneda fiduciaria, han sido una constante en la historia, y lo que representó una excepción fue precisamente la estabilidad monetaria de los siglos XVIII y XIX (y no olvidemos que, aunque ocasionalmente, también en esa época se produjo un fenómeno similar, como demuestra el triple caso de los asignados franceses, los vales reales españoles y la moneda de papel de curso forzoso emitida por el Reino Unido durante las guerras napoleónicas). El oro y la plata, a lo largo de la historia, también han sido admitidos como instrumentos de cambio valiosos en función de un consenso social de raíces míticas. Ese valor, sin embargo, dependía en cada momento de otros elementos coyunturales: en primer lugar, su mayor o menor escasez le hacía comportarse como una mercancía más, sujeta a la ley de la oferta y la demanda. Y, desde que los gobernantes inventaron la moneda y la dotaron de un poder liberatorio y de una garantía en cuanto a su contenido, el oro y la plata pasaron a cumplir el papel de medio de pago referente de valor para las demás mercancías. Pero esos gobernantes, desde el principio prácticamente, sometieron la integridad metálica de las monedas a sus necesidades de política económica y fiscal; cuando los impuestos no bastaban, se procedía a devaluar la moneda ''de hecho'' aunque se mantenía el valor legal inscrito en ésta; al desajustarse el precio del metal-mercancía y del metal-moneda, se imponía el primero por la propia dinámica del mercado y, en consecuencia, subían los precios. Con lo cual ya tenemos aquí lo que podíamos llamar inflación por deterioro material de la moneda metálica. También la inflación podía llegar, como ahora, por exceso de medios de pago, y así sucedió en España con la moneda de vellón a principios del siglo XVII (moneda que, por otra parte, nunca se correspondió con su valor intrínseco). Del mismo modo la inflación se podía producir por un aumento de la demanda (que cuando se unía al segundo tipo daba lugar a subidas de precios muy acusadas, tal como sucedió con la demanda americana de productos europeos durante un par de siglos). O por disminución de la oferta (mayor escasez de productos ante una demanda sostenida o disminuida en menor medida). Está claro, por tanto, que la moneda metálica no fue históricamente, ni mucho menos, un referente fijo y estable en la formación de los precios.
Pero hay más todavía. Durante siglos la humanidad ha utilizado, simultáneamente, dos metales para las monedas, el oro y las plata (en realidad, tres, con el cobre, solo o mezclado con la plata, vellón). El bimetalismo, ha sido, pues, una constante. Tal uso acarreaba un inconveniente: la falta de una relación fija de valor entre ambos; hoy es de 1/16 más o menos, pero han pasado por períodos de relación distinta (el mínimo ha sido, a favor de la plata, pero siempre menos valiosa que el oro, de 1/9, es decir, una equivalencia de un gramo de oro por nueve de plata). Por motivos culturales en su más amplio sentido, algunos países han tenido tendencias determinadas (China siempre ha sobrevalorado a la plata, lo que creó un tráfico de intercambio de monedas de Europa a China vendiendo a ésta plata a cambio de oro, con la consiguiente ganancia por el precio que ésta tenía en Europa). Cuando el desajuste era evidente, dentro de un país, se atesoraba la moneda sobrevalorada por el mercado y se usaba la devaluada (no siempre correspondió cada papel, respectivamente, al oro y la plata, incluso en Europa), y así lo vio Gresham cuando emitió su famosa ley (''La moneda mala expulsa a la buena'').
El bimetalismo permitió a los reyes manipular la moneda en su beneficio sin perjudicar el comercio internacional; la moneda de plata o de cobre, de curso interior por lo general, no respetaba la relación entre su valor legal y su valor metálico, llegándose en ello a distorsiones enormes. En cambio la moneda de oro se acuñaba con mayor afinidad al valor mercantil del oro y se usaba para los intercambios internacionales: así sucedió, por ejemplo, con los dinares o los besantes, y luego con los ducados y los florines. Pero también se daba el caso, inverso, de una moneda de plata fuerte, aceptable en todo el mundo (peso duro español, base del dólar; táleros austríacos de María Teresa, también ajustados al mismo valor - sobre cinco gramos de plata por pieza -, y de donde vendrá el nombre mismo de dólar). No es, por tanto, una novedad la coexistencia actual de monedas nacionales y monedas internacionales de reserva, pero sí es un factor diferencial el hecho, positivo para un país, de evitar la exportación de moneda ''de buena ley''.
La moneda, en consecuencia, no ha sido, históricamente, sino un elemento más de las actividades económicas, sometido como todos los demás a factores de diverso orden; en algunos momentos - nuevos filones, fiebres del oro o de la plata - los metales amonedables protagonizaron espectaculares situaciones, pues la súbita riqueza por la fortuna de encontrar una mina llenaba la imaginación de millones de personas, y se arrostraban peligros inimaginables en otros casos. Pero esto es una prueba más del fundamento mítico de lo que se ha considerado la quintaesencia de la riqueza.