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Werner SOMBART: EL BURGUES

''Es un burgués''; ''La culpa de todo la tiene el capitalismo''... Desde hace siglo y medio, al menos, estas expresiones se han convertido en comunes y lapidarias. Su carga acusatoria no deja lugar a dudas tampoco. El mundo en el que vivimos, imposible de imaginar sin el protagonismo del tipo humano y del sistema económico que se identifican con aquellas, los condena tanto con argumentos milenarios basados en principios religioso-morales como desde el sentimiento de envidia y rencor que han suscitado en la clase desplazada (aristocracia) y en la subordinada (trabajadores a sueldo). En el terreno del análisis histórico también las primeras aproximaciones al estudio de ambos fenómenos tuvieron un carácter negativo, correspondiendo a escritores de estirpe señorial (Montaigne, Montesquieu) las descalificaciones mejor trazadas. Luego serían los socialistas y anarquistas los creadores de visiones amplias, coherentes y fáciles de transmitir fuera del mundo intelectual, con tanto éxito que, salvo en los Estados Unidos, se ha generalizado hasta el presente una imagen radicalmente negativa del capitalismo y de su referencia concreta más visible. Sin ánimo de defenderlo pero sí de contribuir a su comprensión, Max Weber dota al burgués de una motivación religiosa que le impulsaba a buscar en el trabajo y en la vida frugal la salvación de su alma (''El protestantismo y el espíritu del capitalismo'') siguiendo las implicaciones de la variante puritano-calvinista del cristianismo. Y no se puede decir tampoco que Sombart, en éste como en anteriores escritos (''Guerra y capitalismo'', ''Capitalismo moderno'' y ''Los judíos y la vida económica'', no traducidos al español) haga una apología del burgués o una refutación de las críticas en boga; en realidad, ya en las últimas páginas, añade dos notas que le hacen valorar con cierto escepticismo la mentalidad del burgués (Vale la pena, de verdad, dedicar la vida en exclusiva a ese afán nunca satisfecho de tener más?) y el futuro del capitalismo (a esa mentalidad creadora, combatiente, del burgués le sucederá, como ya estaba pasando en la Inglaterra de finales del XIX, la mentalidad del rentista, antítesis del espíritu del capitalismo).

Sombart es más ambicioso de lo que el título sugiere; por ello tiene que completarlo con un subtítulo más amplio: ''Contribución a la historia espiritual del hombre económico moderno''. Y tampoco aquí se integra todo el caudal informativo de la obra. Lejos de ser una biografía-tipo, se trata de un estudio del capitalismo del que destaca sólo uno de sus componentes, que ni siquiera tiene una configuración definida y cerrada. Su principal mérito consiste en diversificar los fenómenos que han confluido en conceptos sólo aparentemente unívocos (burgués, capitalismo, empresa), huir de esquematismos funcionales pero no respaldados por los resultados de una investigación adecuada. No entra a jerarquizar los distintos fenómenos por ser, a su juicio, insuficiente todavía, en 1913, el conocimiento que el historiador puede tener del tema. Sabe que las discrepancias con sus colegas (siempre dentro del campo académico, sin connotaciones ideológicas) son profundas (la mayoría cree que el espíritu del capitalismo es consecuencia de la existencia previa del sistema, mientras que él opina lo contrario y a ello dedica la mayor parte del texto); alguna de sus afirmaciones deriva de la atmósfera darwiniana y hasta racista en que la Europa de entonces estaba envuelta (tal es el caso del componente biológico que asigna, aunque no en exclusiva, al tipo de empresario capitalista, valorando de este modo a ciertos pueblos como más propensos a desarrollar las cualidades necesarias). Invalida la tesis weberiana (aquí sí que el sistema actúa, según él, sobre el tipo humano y obliga a éste a replantear sus principios religiosos, de por sí ferozmente anticapitalistas y guiados hasta entonces por la exaltación de las virtudes de la pobreza, para a través del trabajo y una vida austera contribuir al bien común y a la racionalización de su conducta, lejos de sus instintos).

Pero quizá lo que más llama la atención, por lo novedoso y por lo radical del viraje, es la forma en que aborda la posición del catolicismo en relación con los valores burgueses y el espíritu de empresa: siempre se había recalcado que la prohibición de la usura (préstamo con interés, de cualquier tipo) era signo claro del rechazo de la mentalidad capitalista (''el dinero no puede criar dinero''), y por ello los judíos cubrieron el vacío dejado por los cristianos, temerosos éstos de contravenir las normas eclesiásticas. Por el contrario, opina Sombart, esta actitud encauzó las inversiones monetarias hacia la producción, iniciativa mucho más cercana al mundo capitalista que el simple préstamo al consumo, y lejos de ser un resultado casual, el mismo Santo Tomás de Aquino aprueba tal uso de las ganancias. También el sabio dominico, al postular la racionalización de la conducta privada y la contención de los impulsos instintivos estaba propiciando un empleo del tiempo y unos objetivos vitales más cercanos a la mentalidad burguesa que a los valores aristocráticos. Bien es verdad, aclara, que en este caso la postura de la Iglesia era nueva y poco acorde con la tradicional loa de la pobreza que desde los primeros tiempos se había predicado y que el primer protestantismo recuperará (Lutero sobre todo); por ello, éste es un fenómeno de adaptación de la Iglesia a los tiempos al que no es ajeno el clima de auge de los negocios que Santo Tomás vivió en su Italia natal; si no estimulante original, la Iglesia se convirtió en defensora ''a posteriori'' de las novedades surgidas en la sociedad; la misma corte pontificia fue la iniciadora de otros componentes del espíritu capitalista: el establecimiento, antes que en el ámbito civil, de una administración financiera racionalizada, con el empleo de las más adecuadas técnicas contables de la época.

Quien esperaba encontrarse con una descripción del tipo humano llamado ''burgués'', como anuncia el título de la obra, quedará bien satisfecho. Es la parte más sólida y la que merece un mayor detenimiento. Para Sombart son dos los tipos burgueses, aunque muchas características permanezcan invariables: hay un primer burgués, precapitalista y protocapitalista, y otro que vendrá a coincidir con la era industrial.

El burgués precapitalista está representado, como paradigma, por el negociante florentino Alberti, mientras que el protocapitalista ideal sería Benjamin Franklin. La contrafigura de ambos sería el aristócrata, cuya mentalidad económica está presidida por la consideración de que el dinero está para gastarlo y que estos gastos han de ser medidos en función de sus necesidades de representación, lo que le lleva a estar continuamente endeudado. Por el contrario, el burgués fija sus gastos de acuerdo con sus ingresos procurando que haya un excedente; sus necesidades no son de representación, sino referidas a una vida frugal y honesta; la ''santa economicidad'' se convierte en su norma clave; por otro lado su tiempo no puede desperdiciarse en actividades de holganza, que llevan a la desidia, ni a la ociosidad: debe estar ocupado en aumentar su peculio para su propio bien y el bien de los demás; dos fines justifican esta actitud: el temor de Dios, que le lleva a no caer en vicios incompatibles con una conducta racional, y una bien ganada ancianidad, retirado de los negocios y esperando plácidamente la entrega de su alma. El trabajo y el afán de riqueza, por tanto, no son sino medios para conseguir estos objetivos, y cuanto antes mejor. No hay tampoco avaricia en quien así actúa, sólo en los que se dedican al préstamo de dinero y esperan, sin hacer nada, a que su inversión fructifique. En Franklin la meticulosidad, el autocontrol, la disciplina y la obsesión por un correcto uso del tiempo llega al máximo, así como también el deseo de presentarse ante Dios libre de pecado. Un católico (Alberti) y un puritano (Franklin), separados por cuatro siglos de distancia, ofrecen una imagen muy parecida de una mentalidad que se fue abriendo paso, poco a poco, frente a la desocupada y festiva forma de vivir de los aristócratas.

Muy distinta será la trayectoria del burgués surgido de la revolución industrial, el prototipo que llegará a su cumbre en Estados Unidos con un Carnegie o un Vanderbilt. Aquí ya no hay ni fines religiosos ni límites temporales: el gusto por los negocios, por las ganancias, se sitúa en primer lugar; los medios se convierten en fines; en unos será la incontrolada voluntad de tener más la justificación de una dedicación absoluta al trabajo, con el sacrificio de todo lo demás; en otros casos es la dinámica de las empresas, la necesidad de ir hacia adelante para no retroceder, lo que transforma al capitalista en prisionero de su iniciativa. No hace Sombart ninguna referencia a la ''erótica del poder'' ni al jugador que hay en el fondo de la personalidad de muchos empresarios, interpretaciones muy recientes de la psicología del hombre de negocios.

El plan de trabajo del autor es demasiado prolijo para que nos sirva de pauta en este comentario, que, de seguir aquél, nos obligaría a extendernos en exceso; también hay reiteraciones que, aunque no superfluas, pueden restar claridad al conjunto. Por ello es conveniente que resumamos en grandes líneas el resto del contenido respondiendo a unas pocas y sencillas preguntas. La primera sería: Es el burgués el único iniciador del espíritu capitalista? Se contesta que no, pues tal espíritu no sólo está vinculado al ahorro y la pacífica obtención de beneficios; el ''condottiero'', el pirata, el aristócrata que explota sus minas o monta manufacturas en su feudo también es empresario, con independencia de la forma en que adquieran el capital. Del mismo modo aquí se da una capacidad de organización, una disciplina, al igual que en la estructura administrativa de los nuevos Estados, gran parte de cuyos recursos no se destinarán por entero a cubrir gastos bélicos sino a inversiones productivas. Es más, en los grandes magnates americanos parece que hay una clara actitud depredadora, de filibustero, lejos de la parsimonia burguesa.

Qué papel han jugado las doctrinas religiosas en el desarrollo del espíritu capitalista? En el caso del judaísmo, decisivo: el doble trato dado por la Tora a los creyentes y a los gentiles permitió desde un principio ''explotar'' a estos últimos sin escrúpulos, aunque con la prudencia que requería el peligro de represalias. En el caso del cristianismo, tanto católicos como protestantes ''se adaptan'' a ese espíritu y pasan de un modelo de vida basado en la pobreza a otro en el que la riqueza no es un mal en sí cuando es adquirida y administrada honestamente.

Qué factores han estimulado, desde dentro o desde fuera, el desarrollo del espíritu capitalista? Parece que ya desde antiguo las virtudes predicadas por la filosofía estoica estaban muy cerca de las virtudes burguesas: un Catón, un Columela, un Marco Aurelio no tienen nada que envidiar, en su capacidad de racionalizar el tiempo o de establecer objetivos vitales, a Franklin. Esa filosofía será, pues, un elemento más que a través de la cultura humanista servirá para confirmar las tendencias nacientes en la Italia del Trescientos, verdadero germen, según Sombart, del espíritu burgués. A esa formación del carácter hay que añadir las ''oportunidades'' ofrecidas por las circunstancias históricas. Estas son muy numerosas y decisivas para la generalización y triunfo de lo que, de otro modo, hubiese quedado como indicador minoritario de una época. Ese marco favorable va a estar integrado por el Estado, cada vez más involucrado en actividades económicas (el arquetipo sería la Francia de Colbert); por las migraciones (que al decir de Sombart siempre mueven a los elementos más decididos y capaces prestos a romper con las prácticas tradicionales y a buscar nuevos caminos), especialmente la de los judíos y las que llevaron a América a millones de colonos dispuestos a crearse un futuro; los grandes descubrimientos mineros, de oro y plata, desde el siglo XV (Bohemia) hasta el XIX (sin ese capital monetario el crecimiento económico hubiera carecido de la ''sangre'' suficiente; los avances de la técnica (no como consecuencia, sino como factor externo, por iniciativas ajenas a la motivación económica; luego será al revés, la técnica engendrará técnica de un modo casi automático); y la actividad profesional precapitalista (no sólo comerciantes, sino también artesanos y hasta especuladores o arbitristas crearán una atmósfera apropiada para el triunfo del espíritu burgués y empresarial).

Poco queda del burgués aún predominante en 1913. Un año más tarde la Primera Guerra Mundial trastocaría ese mundo tan bien ordenado, tan fiel a sí mismo. Las grandes inflaciones del siglo XX han dado al traste con el espíritu de ahorro. La religión y la economía son mundos distintos y hasta antagónicos, el capitalismo se despersonaliza cada vez más y se convierte en una actividad dominada por sociedades anónimas, y los nuevos ideales aportados por la filosofía, por el mundo intelectual, están más cerca del viejo espíritu aristocrático, lúdico y despreciador del dinero, que de quienes siguen opinando que una vida laboriosa es un buen camino hacia la felicidad personal y hacia el bien común.


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