En los veinticuatro años que van desde la publicación de ''Ferrán II i la ciutat de Barcelona'' y la fecha de su muerte (1936-1960) Vicens elaboró obras de envergadura tanto en extensión como en aportaciones originales en el plano de la interpretación (''Los Trastámara'', ''Historia General Moderna'', ''Historia Económica de España'', ''Geopolítica de España y el Imperio'', ''Introducción a la Historia de España''...), todas las cuales marcaron un camino nuevo para sus colegas y discípulos. Aún le quedó tiempo, sin embargo, para dirigir el Índice Histórico Español por él creado, la Escuela de Historia Moderna y cumplir con admirable seriedad con sus clases universitarias. Y por si fuera poco, cada año aparecían artículos de la más variada temática que enriquecían las revistas de investigación y los Congresos (españoles y extranjeros, como los famosos de Roma, en 1955, y de Estocolmo, en 1960, tan representativos de las nuevas tendencias historiográficas por él alentadas), opúsculos que fueron recogidos en una miscelánea e incrementados posteriormente, pues en 1960 aún realizó varios de ellos. Una selección de estos textos breves, incluyendo los últimos trabajos salidos de su pluma y presentados, póstumamente, al Congreso de Estocolmo, forman este libro, cuyo título reproduce el de uno de ellos, el que abre la edición.
Cataluña planea sobre cada uno de los estudios, sin que en ningún momento resulte superfluo ni distorsionado el enfoque. El segundo de los trabajos, ''La economía de los países de la Corona de Aragón en la Baja Edad Media'' es en realidad el análisis de la progresión del comercio y la artesanía catalanes en el ámbito mediterráneo, con referencia secundaria a Aragón y Valencia, pues para Vicens Barcelona fue durante todo el período la capital económica, y aún política ''de facto'', del conglomerado pluriestatal. Y es Barcelona, en realidad, más que Cataluña, la protagonista esencial, desde el momento en que tras la conquista carolingia se convierte en puerto comercial, que realizó sus primeras andaduras en la trata de esclavos. A mediados del siglo XIII serán sus comerciantes los que se beneficiarán de la conquista de las Baleares (que habían promovido), pero en esta primera fase parece que la importancia de Mallorca residía en su calidad de escala para la relación de intercambios (y de piratería) con el norte de Africa. La posterior conquista de Sicilia (y Cerdeña poco más tarde) abrió mercados a los productos barceloneses (textiles sobre todo) y creó una nueva ruta, hacia Alejandría, dando origen a un comercio triangular (las especias allí compradas se pagaban con el oro africano que era obtenido con la venta de mercancías catalanas). Ese circuito llegó a su mayor auge en la primera mitad del siglo XIV, comenzando a partir de entonces la decadencia, cuya causa principal (que afectó a toda Europa) fue la peste, con su tremendo impacto demográfico; la vitalidad catalana se resintió gravemente, lo que fue aprovechado por otras ciudades mercantiles (Génova, Marsella) para aumentar su implantación a costa de Barcelona; el comercio catalán siguió, además, pautas anticuadas (no alcanzó la especialización, con lo cual no podía competir en precios), y el número de barcos que hacían la ruta alejandrina disminuyó, aunque no se interrumpió la comunicación ni siquiera cuando el Papa Nicolás IV excomulgó a quienes comerciaran con Egipto (las multas resultaban rentables). A partir del siglo XV el imperio marítimo catalán, hasta entonces sostenido y creado por causas económicas, va a transformarse en una talasocracia vinculada a los intereses políticos, con lo cual el dominio no sólo se conservó sino que se amplió (Nápoles), pero ello no se tradujo en una reactivación clara de la vida económica barcelonesa. Por otro lado, a nivel interior, la crisis había acentuado las tensiones, que derivarán a partir de 1462 en franca guerra civil, de modo que la formación de la monarquía hispánica de los Reyes Católicos vino a resolver mediante nuevos objetivos territoriales, económicos y financieros el callejón sin salida en que se encontraba esta Corona. En el caso de Valencia, Vicens habla de un comercio ''colonial'' durante los siglos XIII y XIV y hasta principios del XV (exportación de materias primas agrícolas y similares) y sitúa en la segunda mitad del XV la expansión que convirtió a este reino en el centro financiero de la monarquía.
En tercer lugar Vicens se interesa por ''La estructura administrativa
estatal en los siglos XVI y XVII'' en Europa. El planteamiento, como siempre, es
novedoso y sugestivo: hay que eliminar el tópico que identifica esta época
como el nacimiento de la monarquía absoluta (esto ya se ha generalizado
y, por fortuna, se ha impuesto, por la influencia de Vicens y Reglá, el uso
del concepto de ''monarquía autoritaria o preeminencial'').
La confusión venía dada por una excesiva dependencia, entre los
historiadores, de la teoría política de la época (originada en la
aplicación del derecho romano, redescubierto por los legistas), y del
ejemplo ''empírico'' de los
pequeños estados italianos. Pero en realidad, el poder teórico no se
corresponde con el mando efectivo, sujeto a múltiples limitaciones, de entre
las cuales destacan: 1
) a nivel territorial, la
presencia de una
jurisdicción señorial y eclesiástica que ejercía de hecho la
autoridad y que, lejos de disminuir, en muchos casos incrementó su
influencia, aunque sin disputar la soberanía eminente al rey;
2
) a nivel institucional, en la esfera del poder
central, el monarca tenía que compartir con las Cortes y otros organismos
las
iniciativas legislativas; y 3
) en el marco de la propia
jurisdicción se fue creando una burocracia permanente que si anuncia con
claridad la aparición del Estado moderno (incluido un nuevo ejército
profesional), no va a ser sólo una correa de transmisión de la voluntad
real sino que, a su vez, tendrá, cuando aquélla no sea firme, sus propios
objetivos; en este sentido Vicens hace una distinción entre las trayectorias
de Francia y España, la primera en sentido centralizador, la segunda
orientada a una ''refeudalización'' política (lo que en otros textos Vicens
llama ''neoforalismo''); las causas de este doble camino corresponden a dos
órdenes: por un lado, la diferencia en cuanto a la homogeneidad de las
unidades políticas integradas (fuerte en Francia, muy escasa en
España), y, por otro, la forma en que se abordó el problema de la
corrupción: En Francia, la venalidad de los cargos trajo consigo,
paradójicamente, una mejor selección del personal administrativo y una
disminución de la corrupción individual; en España la corrupción
personal se derivó de la permanente situación de agobio de la hacienda
real y el escaso salario de sus servidores; además, las circunstancias
negativas que acarreó el siglo XVII (disminución de los salarios efectivos,
depresión económica, fabulosos gastos militares) acentuaron las
prácticas de las exacciones ilegales. Cuando los Borbones llegan a España,
desmontan todo el tinglado (régimen polisinodial) que era el resultado de la
perversión de lo que en origen surgió como sistema administrativo
especializado al servicio de la Corona, pero que había derivado en
organismos autónomos lentos, inoperantes, caros y sólo preocupados por
sus privilegios.
Primero, tercero y quinto forman un bloque temático interrelacionado. ''Coyuntura económica y reformismo burgués'' busca las raíces del industrialismo catalán, dentro de la evolución de la economía española, desde mediados del siglo XVIII hasta el final del reinado de Fernando VII. Hay, antes que nada, que especificar el significado de ''industrialización'' aquí usado, pues se refiere, no a la introducción del maquinismo o de la máquina de vapor (que corresponden, respectivamente, a la segunda y tercera décadas del siglo XIX en Cataluña) sino el comienzo de la actividad económicas manufacturera en un sentido capitalista desvinculado del mundo gremial, su gran enemigo. Así, Vicens va desgranando por generaciones, la evolución de la industria (y el crédito) en Cataluña empezando por el período inmediatamente anterior a las leyes de libertad de comercio de Carlos III (1778), en el cual los factores internos serían de mayor fuste que los externos (sin olvidar la ampliación de mercados que representó la promulgación de los Decretos de Nueva Planta); en todo caso, se acaba aquí la larga fase decadentista que había postrado a Cataluña desde el siglo XIV, y a partir de ahora todo será un proceso ascendente, luchando contra condicionamientos políticas negativos o beneficiándose (e imponiendo a veces) de criterios favorables a sus intereses. La segunda generación se abrirá al comercio con América y se aprovechará además de los acontecimientos en Francia, que convirtieron a Barcelona en un lugar privilegiado, con un enorme volumen de negocios (de los cuales saldrán las primeras grandes fortunas especulativas). La guerra de la Independencia arruinó en parte a esta nueva clase burguesa, variada en su composición (banqueros, grandes fabricantes y pequeños tejedores), que no se pudo recuperar de inmediato debido al ciclo depresivo que siguió al fin de la época napoleónica (1817-1830); ese tiempo fue, sin embargo, aprovechado por los más decididos para la renovación tecnológica, a pesar de las prohibiciones inglesas, y también para jugar, a nivel nacional, la carta de la moderación política, apoyando a Fernando VII en su intento ''centrista'' hacia 1827 (clamoroso recibimiento al rey en Barcelona), opuesto al integrismo realista y al liberalismo revolucionario. Vicens destaca esa alianza entre el capitalismo innovador catalán y el rey y lo ejemplifica aduciendo el nombramiento como tesorero real (por recomendación de López Ballesteros, el gran ministro de Hacienda de la época) de Gaspar de Remisa, el más rico y el más avispado de los banqueros de Barcelona.
Muy estrecha relación con esta problemática tiene la desarrollada en el siguiente título, ''La industrialización y el desarrollo económico de España de 1800 a 1936'', que apunta el contenido de los últimos capítulos de otras obras suyas, redactadas por aquel tiempo (''Historia Económica de España'' e ''Historia Social y Económica de España y América''), a las cuales se remite. Aquí aparece con claridad Cataluña como el único núcleo peninsular que había alcanzado la industrialización en la primera mitad del siglo XIX, mientras que el País Vasco, el segundo polo, sólo entrará de lleno en tal fase a finales de siglo, y el resto aún presentarán mayor retraso (hundimiento de las posibilidades de la industria sedera valenciana y poca continuidad en las explotaciones mineras asturianas). Todo el siglo XIX es para Cataluña un intento de conseguir que el Estado practique una política económica que no entorpezca su desarrollo (sobre todo en la época de crisis económicas internacionales), hasta conseguir un triunfo definitivo en tal camino tras los aranceles superproteccionistas de 1891 y 1906. Pero el gran problema de España será la débil demanda, originada por un campesinado con bajo poder adquisitivo; la agricultura tendrá, por tanto, la primacía en la renta nacional (en beneficio de los grandes propietarios) hasta bien entrado en siglo XX, como bien se observa en nuestras exportaciones (en las que comparten su situación con la minería). La aportación de capitales exteriores (desde 1850 en los ferrocarriles, desde 1869 en las minas, desde 1898 en la banca, en este caso capitales españoles repatriados de Cuba) tendrán en los primeros casos la contrapartida de la succión de los beneficios, lo que hizo que hasta 1914 nuestra balanza de pagos fuera deficitaria. Por fortuna, la Primera Guerra Mundial fue para nosotros un negocio fabuloso (se canceló la deuda exterior y la balanza comercial, por primera vez en la historia, tuvo superávit), con el efecto negativo de la subida de los precios y la falta de renovación tecnológica; la década de los veinte sirvió, mediante una política desarrollista ''prudente'', para acelerar el crecimiento del sector secundario, hasta que la crisis del 29 y la inestabilidad política posterior cambió el signo de la coyuntura. En definitiva, un desarrollo lento, que no superaba el crecimiento demográfico y que no era capaz de absorber los excedentes humanos del campo (que en su mayoría emprendieron, hasta 1914, el camino de la emigración exterior).
El último estudio, ''España 1868-1917'', es una reflexión global sobre las principales cuestiones que la actividad política, la evolución económica y las realidades sociales suscitaron. Es tal la magnitud de ellas y tan compleja su tratamiento que Vicens, lejos de adoptar posturas doctrinarias o hacer valoraciones en el aire, prefiere presentarlas y, a lo sumo, entender su génesis. Adopta para ello una primera divisoria cronológica, que separará en dos el período, antes y después del fatídico 1898. En la fase anterior, tras los avatares del sexenio revolucionario, ''el país vivió en un espejismo'', preocupándose sólo de cosas menudas, cansado de los radicalismos anteriores. Cánovas intentó, y consiguió en primera instancia, crear un marco de convivencia política permitiendo el disfrute del poder a las fuerzas más propensas al entendimiento sobre unas bases mínimas constitucionales, que consolidaban el Estado liberal y descartaban el protagonismo de los militares, pero el pesimismo que traslucía el arreglo dio paso a una falta de verdadera voluntad de convertir el régimen en políticamente auténtico (el sufragio universal sirvió para envilecer más las prácticas corruptas del caciquismo), y a una indecisión suicida en la solución del problema cubano. Resuelto éste del peor modo posible, se despliega el abanico de las tensiones antes camufladas, que una ineficacia política pertinaz hará más patentes (la ''generación del 98'', con sus contradictorias visiones de la realidad social y espiritual, no aportó solución alguna). Así, Vicens va desgranándolos: regionalismo, radicalismo, reformismo autoritario (Maura), la crisis de 1909 (la ''Semana Trágica''), el asesinato de Canalejas (el político más receptivo, capacitado y con voluntad de romper con la inercia del sistema), los desajustes económicos ya analizados arriba, la agitación social (con esa gran incógnita que es la presencia del anarquismo), la evolución de la Iglesia (que aunque se modernizó e hizo más eficaz su mensaje, buscó más la recristianización de la burguesía que otros objetivos de menor rentabilidad para su influencia social), y el ejército (de vuelta al protagonismo, esta vez más centrado en la obsesión por su prestigio, tan malparado, que en ideales que lo trasciendan). Y todos estos problemas, no resueltos, origen de otros, permanecerán vivos hasta 1936, pero tendrán su punto de encuentro anterior en 1917, en la para Vicens extraña conjunción que, en plena euforia económica, hizo aflorar al mismo tiempo la crisis militar, la agitación social y la crisis política del sistema canovista.