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H. PASDERMADJIAN: LA SEGUNDA REVOLUCION INDUSTRIAL

Tras un prólogo de André Siegfried, miembro de la Academia Francesa, plenamente identificado con la exposición del autor, éste, en su introducción, delimita la primera y segunda revoluciones industriales poniendo como fecha divisoria la década de 1870-1880, y, como causas, la aplicación de nuevos procedimientos técnicos (mecanización) y administrativos (organización): ''El objeto de esta obra es describir y hacer resaltar esta evolución - esta segunda revolución industrial - que representa una nueva etapa en la vida económica de las sociedades humanas y cuyo conocimiento es necesario para la explicación de nuestro tiempo, de nuestra manera de vivir, cada vez más dominada por la idea de rendimiento y de productividad, tanto intelectual como industrial''.

El capítulo primero abarca la exposición del desarrollo de toda la tecnología moderna (refiriéndose también a la primera revolución industrial): máquinas motrices, electricidad, máquinas-herramientas, nuevas técnicas siderúrgicas, mecanización de la agricultura, y los medios técnicos de transmisión (hoy diríamos de comunicación).

Hay una serie de encadenamientos (causas-efectos-causas) entre los diversos medios antedichos que impulsan decisivamente la nueva situación. Los inventos se han ido haciendo a lo largo del siglo XIX, pero adquieren forma en el último tercio. Cada uno de ellos representa un avance sobre lo anterior, pero al mismo tiempo crea nuevas necesidades técnicas, las cuales, al subsanarse, originan otras. Es una espiral en la que cada instrumento de producción impulsa el desarrollo de los restantes.

Características técnicas de esta segunda revolución industrial son: sustitución de la maquina de vapor por la electricidad, el motor de explosión y el Diesel; perfeccionamiento de las máquinas - herramientas; desarrollo de la química orgánica (en la primera la inorgánica); descubrimiento de nuevos procedimientos para obtener acero; fibras artificiales, plásticos, industria petrolífera. En resumen, si la primera está caracterizada por la industria textil, la segunda lo está por la industria pesada en todos sus procesos: ''los (hechos) más importantes son la invención del motor de explosión y de combustión interna, así como la aplicación industrial de la energía eléctrica. Ellos son los que dan al siglo XX una fisonomía diferente de la del siglo anterior''.

En el capítulo segundo se trata de la organización. Para él, la lucha fundamental de toda la vida económica del siglo XX está en que la organización se hace imprescindible para controlar y racionalizar el proceso industrial. El pionero de esto fue el ingeniero norteamericano F. Taylor. Su intención era elevar la productividad por medio del aprovechamiento integral de los diferentes factores productivos: máquinas y mano de obra, para lo cual se hacía necesario disponer de unos ''modos operatorios'', es decir, de una técnica de organización del trabajo. Pero llegó a más, el ''planning'', organización a nivel no de taller, sino de toda una empresa. Se precisa entonces la especialización de funciones para que cada cual realice una tarea determinada dentro de una jerarquía que iría desde el empresario hasta la máquina. Entre estas funciones destacan dos: preparación y ordenación de las fabricaciones (estudio de posibilidades y transmisión de planes para ser ejecutados, respectivamente). Esto es la organización científica de la producción.

En la ''Influencia de la organización y de la mecanización sobre los hombres y las empresas'' las tesis son éstas: la organización reduce el margen de variabilidad de la producción al someter la intuición a la labor de estudio; como inconveniente tiene el que la iniciativa personal cuenta menos cada vez, e incluso es perjudicial. La mecanización (parte técnica) conduce a una disminución de la importancia cualitativa del obrero; este aprende en horas su labor especial; ha de ajustarse a lo que le marcan; no tiene casi ni que pensar. No tiene, por otro lado, dificultad para cambiar de puesto, porque su única labor consiste en recibir instrucciones. Todo ello produce una falta de promoción de los más emprendedores y aptos, que no interesan fuera del plan trazado. Pero si las dimensiones de la empresa son excesivas, la organización se complica por la distancia entre los diversos niveles operativos. La misma organización ha de ser organizada. Los modernos métodos de trabajo burocrático (material mecánico de oficina) disminuyen tal complicación en gran parte.

La producción en serie, fruto de la racionalización, tiene su réplica en la venta en serie (cap. 4: Los procedimientos de distribución), en grandes almacenes, empresas con sucursales múltiples y almacenes de precio único. La amplitud de ventas compensa el escaso margen de beneficios por pieza. Entra aquí también la especialización y la organización, como es lógico. En consecuencia, la producción en serie desarrolla la venta y ésta, a su vez, a aquélla.

Los medios de administración han evolucionado de acuerdo con el aumento del trabajo que realizan. A las cuentas por partida doble sustituyen las cuentas especializadas (diarios especiales y Mayor); a la pluma, la máquina de escribir; al contable la máquina contable. La estadística y la cibernética han abierto nuevas y enormes posibilidades de simplificación (no hay que olvidar la fecha de traducción de esta obra: 1960, para valorar tanto el lenguaje empleado como referencias que hoy nos parecen obvias, pero no lo eran hace cuarenta años). Con ello cierra el capítulo dedicado a la administración de las empresas.

Por último, las consecuencias económicas y sociales (cap. 6) que resume así: bajan los precios como resultado de la mayor productividad; aumenta la producción; aumentan los salarios (Ford) para crear mercados de consumo. La producción en serie está al alcance de cualquiera.

La conclusión tiene un lado optimista - progreso indefinido de los bienes de producción - y el pesimista - peligro de que el bienestar económico perjudique la espiritualidad de la sociedad.

Una vez leída, se destaca como primer mérito de la obra el sistematizar los elementos fundamentales de la actividad económica derivada de la segunda revolución industrial. Ha concedido singular importancia a dos de ellas: la mecanización y la organización, más al segundo que al primero, aunque viéndolos en función de una recíproca influencia: la planificación utiliza la maquinaria en grado integral; la maquina facilita la labor planificadora.

Desde el punto de vista histórico, la obra está enfocada en relación con sociedades superindustrializadas. Los problemas que expone y el grado de desarrollo de los elementos estudiados no se presentan puros, ni siquiera en aquellos países. Hay limitaciones perturbadoras: falta de capitales, limitación de mercado exterior, nivel dispar de la política empresarial de salarios... El siglo XX, en suma, ha dado a luz esos elementos, pero todavía no son sino pioneros en un mundo en el que existen sociedades que no conocen aún la primera revolución industrial o que están en pleno desarrollo de ésta (en 1960 y en 1996).

A través del libro, sin embargo, puede llegarse a dos conclusiones más que tienen una proyección futura: la sucesiva complicación del engranaje técnico-administrativo hasta el punto de hacer desaparecer la empresa privada por falta de capitales suficientes, con el inconveniente mayor de la posible saturación del mercado, y, en segundo lugar, el desplazamiento del hombre por la máquina en la función operativa (habría máquinas para máquinas...) reduce el número de la población activa con el consiguiente problema de la disminución de la jornada, como bien se demostró en la crisis del 29.

La novedad que significó, en el campo historiográfico, acuñar el término ''segunda revolución industrial'' ha quedado atrás al haber aparecido con posterioridad el de ''tercera revolución industrial'', también de origen americano (y popularizado por Alvin Toffler con el nombre de ''Tercera Ola'' en su famoso libro de igual título). Ello obliga a desgajar de la segunda todos aquellos elementos que han caracterizado a la última como por ejemplo la cibernética, todavía en ciernes en los años cincuenta. En otros aspectos, sin embargo, se aprecia una cierta continuidad entre una y otra, sobre todo en lo referente a la expansión de recursos de las empresas, que han dejado de ser realmente privadas en el sentido tradicional para convertirse en corporaciones dirigidas por ejecutivos y cuyos propietarios, cientos de miles de accionistas minoritarios, se limitan a aportar sus ahorros.


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