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Nicolás BERDIAEFF: EL CRISTIANISMO Y LA LUCHA DE CLASES

La lucha de clases, clave de la metodología marxista, es un fenómeno real, pero actual; no es universal (hay países todavía no estructurados a nuestro modo capitalista), ni tampoco se dio en todo tiempo, con lo cual cree que falla el sistema marxista de explicación de la historia. Hace además una crítica de la palabra ''burguesía'' según sus diferentes sentidos; para él, lo burgués es diferente, algo independiente del capitalismo; es una forma de existencia fundada en lo material y que coincide con los postulados del marxismo. Por tanto ''el comunismo no aparece ante nosotros como antiburgués sino en la medida en que sigue siendo algo invisible que exige, por ende, una fe, un sacrificio y un entusiasmo. En cuanto llega a la realización se vuelve tan burgués como el capitalismo''.

El punto de vista cristiano en la lucha de clases reside en la valorización del trabajo en tanto que faceta sustancial del hombre. El trabajo no es un fenómeno material, es un fenómeno de creación, de libertad, ahogado por la necesidad. ''El hombre está obligado a trabajar por el mundo material, por la necesidad, y el hecho de que posea igualmente un espíritu libre permite aceptar su carga como una vía espiritual, como un ministerio ejercido en relación con una causa suprahumana''. El capitalismo no lo ve, desde luego, así, y merece por ello la misma descalificación que el materialismo histórico.

El capitalismo y el comunismo ven al hombre como un engranaje social, colectividad impersonal. La libertad surgida de la Revolución Francesa es una libertad ficticia porque aunque resuelve el problema del hombre en lo formal (el hombre es libre e igual ante la ley), en lo económico esta libertad no existe. Ahí está el fallo del humanismo capitalista: ''la libertad exige de la sociedad una organización que garantice a cada hombre la posibilidad material del trabajo y la creación''. Las clases deben sustituirse por las profesiones. Rechaza el autor la ''igualdad mecánica'' porque es contraria a la estructura del ser humano: ''sólo una sociedad de profesiones activas y de vocaciones creadoras, que haya rebasado los órdenes sociales y las clases se hallará depurada de ficciones y de imposturas''. El proletariado ha de dejar su espíritu resentido para colaborar en ese nuevo orden de cosas.

En consecuencia, la lucha de clases existe, pero debe subordinarse al ''principio espiritual supremo''.

Esa lucha de clases, esa diversificación social, presenta tipos humanos diferenciados claramente, y, de entre ellos destacan el aristócrata, el burgués y el obrero. El aristócrata actual es un hombre engolado por su fortuna, su cuna, sus bienes, sus relaciones. Ha de cambiar o morir. La aristocracia verdadera, según Berdiaeff, está en lo espiritual e intelectual, con lo cual la aristocracia alcanza su función social positiva. Lo mismo viene a decir del burgués, que debe ser el obrero más capacitado, el obrero de los obreros. El burgués se sale de su función productiva y de su plan de dirección para convertirse en un ''burgués'', en un hombre dominado por el mundo material, el bienestar económico. Hay también un aburguesamiento católico. Y el socialismo persigue el aburguesamiento de todos: ''Lo que nos preocupa no es solamente el superar las relaciones entre burgueses, entre hombres, relaciones que alcanzan en la sociedad capitalista su mayor expresión, sino la de superar la actitud burguesa frente a la vida''.

El cristianismo, la Iglesia, deben tomar parte en la lucha a favor de la clase obrera no ''en nombre de esa clase, sino en el del hombre, de la dignidad del obrero, de su alma aniquilada por el capitalismo''. Pero por desgracia, la dignidad del cristianismo está acompañada por la indignidad de los cristianos (subtítulo de la obra), que no son fieles ni consigo mismos ni con su fe. También han sido captados por el fantasma del bienestar material.

En fin, los argumentos que el autor emplea para llegar a la conclusión de que tanto el capitalismo como el comunismo son superables, y que éstos representan una visión del hombre completamente falsa, desembocan en el criterio de la superioridad del espíritu humano sobre lo material, y ese espíritu tiene su razón en el destino sobrenatural del hombre. Es una visión cristiana del problema del hombre frente al trabajo y frente a la vida. Dividiremos en dos partes estos argumentos:

a) contra el capitalismo: todo lo que se dice sobre el capitalismo es algo aceptado universalmente: la complicación económica, la inestabilidad, la dependencia del hombre respecto a la empresa. Es especialmente interesante el estudio que hace de los tipos humanos de la sociedad capitalista. Y el tema del contenido de la libertad en ese contexto está enfocado con realismo, si bien su valoración entra de lleno en terrenos muy lejanos a los hechos históricos.

b) el marxismo, en cambio, es sobre todo un competidor peligroso del cristianismo, más que una posible solución. Basa su rechazo en que sus fines son idénticos a los del capitalismo: llegar al supremo bienestar material. No le ve posibilidades de dignificar al individuo, sino que lo deshumaniza en una sociedad colectivizada.

La solución que propone es muy simple (si se le puede llamar solución): organizar la sociedad de acuedo con la creencia en el hombre como ser digno, superior a la naturaleza e igual a los demás, y destinado a un fin sobrenatural. Da una solución muy poco concreta. Se basa en el azar, en la posibilidad de que todo el mundo se convenza, antes, de ello. Además, la organización profesional, corporativa que propone ha tenido su expresión práctica en ciertos regímenes (aparte de los fascistas, donde era un contenido orientado en un sentido muy distinto, en los de la derecha autoritaria como Austria y Portugal, donde sí que se manifestaba la misma inspiración de origen cristiano pero quedó en proyecto formal, desprovisto de base real y subordinado a intereses puramente políticos). También se le puede reprochar lo mismo que él aduce respecto al marxismo: organizar la sociedad exclusivamente de acuerdo con una preidea materialista o religiosa es un atentado del mismo calibre contra la libertad del individuo.

Escrito en 1939, este libro se explica en un triple contexto: uno, de carácter general, el enfrentamiento ''a muerte'' de las ideologías, la dislocación de la sociedad europea en una época de crisis económica y de valores, con señuelos atractivos de todo orden para involucrar a las masas en proyectos totalitarios. Otro, la crisis espiritual francesa, el desgarramiento de su élite intelectual, dividida entre ''comprometidos'' con el marxismo y aspirantes a dotar a Francia de un estímulo que rompiera con el cómodo aburguesamiento al que hacía responsable de su decadencia espiritual (y en este punto los lazos con ''Action Française'' son más que evidentes). Y, por último, la condición personal del autor, de origen ruso, que portaba con él ese mesianismo tan consustancial con el pensamiento eslavo, que tendrá su referencia en un Dovstoyevski y, mejor en este caso, en un Tolstoi.

La doctrina aquí expuesta ha tenido, a su vez, una doble transcendencia. Por un lado, en la misma Francia, hay un hilo conductor que la relaciona con el movimiento intelectual, aparecido en los años cincuenta y sesenta, que pondrá de nuevo el énfasis en las cuestiones espirituales en plena época de la sociedad de consumo. Son los Powels y Bergier de la revista ''Horizontes'', cuya búsqueda de respuestas alejadas del definitivo - al parecer - triunfo de la sociedad materialista les llevará a explorar ''otros mundos'', interiores y exteriores, cuestionando incluso lo que el racionalismo moderno tiene de cerrado y formalista. Por otro, el mensaje, que no ha arraigado en el ámbito cristiano, sí lo ha hecho en el islámico de modo muy similar a como lo plantea el autor. Por eso nos resulta hoy tan complicado entender el fundamentalismo islámico como un fenómeno que rechaza simultáneamente al capitalismo y al socialismo. Pero que en el Corán se encuentren esa dignidad del hombre y de la mujer por la que aquí se aboga es más que cuestionable.


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