La vitalidad intelectual de este gran especialista francés en Relaciones Internacionales persistió hasta los últimos días de su larga vida (cerca de 80 años) y este libro sirve de prueba, pues, publicado en 1984, hacía ya meses que su autor había fallecido. Obra menor desde el punto de vista cuantitativo (apenas doscientas páginas), no se puede comparar en extensión con la larga serie de volúmenes que desde muy joven escribió abarcando múltiples temas interdisciplinares, con preferencia inicial por lo sociológico, pero con manifiesta decantación progresiva hacia la politología. Su contenido y también el momento de su elaboración le da el doble carácter de postmemorias (las Memorias le precedieron en unos pocos años) y de última incursión en los candentes temas de actualidad, tras largos años de analizar para los lectores de ''L'Express'' o de ''Le Figaro'' las tendencias del poder de los Estados y sus interrelaciones. Consciente de la inminencia de su salida de la escena, deja aquí un a modo de testamento intelectual donde, en coherencia con sus ideas anteriormente expresadas, se aventura a establecer las líneas generales del camino que el mundo recorrerá en los años finiseculares.
Para su propósito le sirve de punto de referencia otra famosa obra suya, aparecida veinte años antes: ''Paz y guerra entre las naciones''. En ella había establecido su tesis acerca del futuro de las relaciones entre las grandes potencias de la ''guerra fría'': ''paz imposible, guerra improbable''. El paso del tiempo le ha dado la razón, en el sentido de que no se ha producido la tan temida Tercera Guerra Mundial, pero la primera de sus conclusiones, válida en 1983, en plena escalada de armamentos, ya no lo es desde 1991, cuando sólo habían pasado ocho años de su reafirmación. La Unión Soviética ya no es el enemigo permanente de los Estados Unidos y hasta ahora no ha surgido otra fuerza que pueda sostener de nuevo, a escala mundial, una línea de separación tajante. Y no extraña que Aron, al hacer previsiones mirando hacia los años venideros, jamás se plantee que la bipolaridad pueda acabar debido a la desaparición de uno de los dos factores de tensión internacional; no entra en sus cálculos, y, de haberse suscitado el tema, probablemente lo hubiese considerado absurdo, como corresponde a una persona que se guió por parámetros no especulativos. Por eso, entre otras razones, he creído conveniente hablar de esta obra y comentar las ideas del autor, pues es el prototipo de analista serio, profundo y alejado de sesgamientos nacidos de la servidumbre ideológica o del apresuramiento de los cronistas. Es una prueba contundente de la desinformación que en el mundo occidental ha habido sobre la realidad estructural de la antigua URSS, y, en honor a su perspicacia, adelantaremos que un fenómeno tan nuevo y cercano al momento del análisis como la crisis polaca es captado en toda su importancia y aparece claramente diferenciado de las anteriores crisis del bloque soviético (Budapest, 1956; Praga, 1968), lo que le permite afirmar que lejos de ser resuelta con el mismo procedimiento (los tanques rusos), desarrollará una dinámica propia bastante imprevisible, que podría dar al traste con el partido comunista siguiendo el camino de los sindicatos oficiales y colocar al ejército como árbitro a medio camino entre la obediencia a la doctrina de la soberanía limitada y el reconocimiento de las fuerzas reales de la sociedad representadas por Solidaridad, la Iglesia Católica y los propietarios campesinos. Todos sabemos que fue por ahí, precisamente, por donde vino la primera fisura que acabaría en un tiempo breve con la aparente fortaleza del Pacto de Varsovia y, luego, con el propio sistema comunista. Las consecuencias estratégicas de la desaparición de un eslabón tan importante como Polonia, entre la frontera de los bloques y el centro imperial, provocando una peligrosa discontinuidad logística, quedan, pues, también anunciadas.
Son dos los enfoques dados a la cuestión general: en una primera parte (''Los últimos años del siglo'') Aron trata los seis temas que para él alcanzan mayor interés: el modelo de sociedad internacional, los Estados y la economía internacional, la disuasión, el control de armamentos, la naturaleza del régimen soviético y un mapa geopolítico del mundo. Una apostilla final recoge su título del poco afortunado augur Oswald Spengler: ''Los años decisivos?''.
La sociedad internacional, afirma, es y seguirá siendo una sociedad interestatal; no se anuncia por tanto el fin de los Estado-Nación. Esa sociedad, en contra del análisis marxista, no se encuentra determinada prioritariamente por factores económicos, sino que la interrelación obedece y obedecerá a medio plazo a planteamientos múltiples, autónomos, de carácter geopolítico, de prestigio o ideológicos. Rousseau tenía razón al distinguir entre estado de naturaleza y estado de paz y asignar el primero a las relaciones entre los Estados (sin leyes que realmente les coarten en su soberanía exterior) y el segundo a las relaciones de los individuos con el Estado, y, por tanto, sometidos a leyes coercitivas que crean la paz. Pero a la altura de los años 80 Aron distingue tres tipos de fenómenos a escala mundial: los fenómenos transnacionales, los internacionales y los supranacionales. Los primeros, no necesariamente económicos pero más acentuados en ese campo, traspasan las fronteras estatales y tienen una clara autonomía en su desarrollo: ''los Estados contribuyen, mediante sus políticas, a formar el sistema económico, pero éste, determinado de forma desigual por los Estados según el peso de cada uno de ellos, constituye un sistema diferente del sistema interestatal''. Para no centrar en lo económico el concepto añade, como fuerza transnacional (al mismo tiempo que interestatal, por la doble condición de la URSS de Estado y de ''Roma comunista'') a la III Internacional, que según él hay que considerar vigente aún en aquellos días. El ejemplo más significativo de lo supranacional sería el Tribunal de La Haya, mientras que la expresión ''sociedad internacional'' o ''mundial'' convendría a la suma de todas las relaciones, tanto de Estados como de personas, y englobaría a las dos anteriores también.
La economía internacional ha tenido en los Estados Unidos su punto de referencia desde 1944 (Bretton Woods); fueron ellos quienes establecieron las nuevas reglas, a su decisión se debió la rápida reconstrucción europea, y al doble papel del dólar (moneda interna y moneda internacional de reserva) hay que atribuir las ventajas que para ellos tiene el no preocuparse por su deuda comercial; esta inhibición no pudo mantenerse cuando esa deuda, y la interior, debilitaron tanto al dólar que ya no era suficiente con pedir a otros (Alemania y Japón) que revaluaran sus monedas, sino que fue preciso acabar con la ficción del dólar como valor estable de referencia y devaluarlo (1971, 1973) en relación con el oro, su ''alter ego''. Así acaba el sistema de paridades fijas y comienza un nuevo período, hasta el presente, de flotación según el mercado. No entra el autor a tratar de la solución a medio o largo plazo de este problema, ni de las alternativas posibles; prefiere enfatizar el beneficio que produjo, en mayor medida a Europa y Japón que a los propios Estados Unidos (pues éstos tenían su moneda permanentemente sobrevalorada y los capitales americanos afluyeron a otros lugares creando riqueza y enseñando sus procedimientos de producción y gestión). Tampoco acepta el criterio leninista de la explotación internacional ni hace responsable al ''centro'' (países ricos) del empobrecimiento de la ''periferia'' (países subdesarrollados). Ni los ''imperios'' son compactos (caso americano) ni tienen una dimensión económica de base (caso soviético). Se da la situación, además, paradójica, de que la Unión Soviética, cabeza de un imperio muy disciplinado, es la proveedora de materias primas a sus socios menores, más industrializados, y que su ayuda económica a los países bajo su influencia ideológica (sobre todo en Africa) es nula, salvo el caso de Cuba, y si no consideramos dentro de este concepto la ayuda militar.
La disuasión nuclear y el control de armamentos, aun figurando en dos apartados autónomos vienen a coincidir en una común perspectiva. En primer lugar, Raymond Aron hace una descripción de los distintos niveles de peligrosidad derivados de la confrontación, todos ellos barajados por los equipos gobernantes de Estados Unidos, con discrepancias sobre hipotéticas reacciones soviéticas. La tesis general en la que coinciden todos es que una escalada nuclear traería consigo, inexorablemente, una guerra total, que en palabras de Richard Nixon se podría enunciar como MAD (Destrucción Mutua Asegurada). Por ello, el hecho de que las dos grandes potencias tuvieran en los años ochenta la capacidad de destruir al adversario, independientemente de quien empezase, convierte el equilibrio nuclear en un seguro de paz. Sin embargo, el autor discrepa y cree que se podría producir una guerra con empleo de armas nucleares tácticas que no llevarían por fuerza a la utilización de las armas nucleares estratégicas. Tampoco concede mucha importancia al desequilibrio cuantitativo en efectivos convencionales y en vectores a favor de la URSS, pues por el otro lado se compensa con una superioridad tecnológica. Ya hemos visto, por fortuna, que no ha habido necesidad de darle o no la razón a nadie, puesto que la confrontación ha desaparecido. El autor no llega a percibir en el momento en que escribe el formidable despliegue de la Iniciativa de Defensa Estratégica (vulgo ''Guerra de las Galaxias'') que dejó muy atrás, en armas estratégicas, a la URSS. Es más, su previsión, equivocada, iba por una progresiva hegemonía soviética en ese terreno. Y la alternativa de la ''opción 0'' (ideada como caramelo envenenado por Reagan y luego esgrimida propagandísticamente por Gorbachov) aún le parece más inverosímil y atentatoria contra la estabilidad mundial: la confrontación entre ejércitos convencionales repetiría la historia de las guerras anteriores, ya que el ataque no comportaría de un modo necesario la autodestrucción.
El capítulo dedicado a la naturaleza del régimen soviético contiene, desde nuestra posición de espectadores del final de la función, aciertos y errores. Es un acierto el análisis de los objetivos del sistema, todos tendentes a subordinar la economía al potencial militar; es una economía de guerra cada vez más onerosa en relación con los recursos del país, con una progresión anual del 5 % sobre el presupuesto, lo que le lleva, a principios de los años ochenta, a representar el 15 % del PIB frente al 5 % de los Estados Unidos, cuyo PIB absoluto era el doble del soviético. Pero la conclusión que extrae no es que, inexorablemente, llegará un momento en el que no pueda seguir la carrera si los Estados Unidos aumentan su capacidad militar; para él la composición específica del PIB soviético (mucho más dependiente del sector secundario) le permite extraer para inversiones militares más recursos que a Estados Unidos; y, por otro lado, los niveles de pobreza de la población, homologables con los del tercer mundo, no suponen para la clase gobernante un problema prioritario a resolver. En definitiva, la Unión Soviética seguiría siendo una superpotencia militar cada vez mejor armada y una sociedad subdesarrollada. No iba muy errado en esto, pues hoy es la imagen que Rusia, heredera de la URSS, sigue dando.
El mapa geopolítico del mundo, enmarcado por la rivalidad de las dos superpotencias, tiene teatros, escenarios diversos con tendencias propias que en parte representan fisuras en el esquema general. En este hay una diferencia esencial entre los dos Imperios: el soviético es compacto, disciplinado, con aceptación de la ''doctrina Breznev'' de soberanía limitada (asumida también por Occidente como se vio en los casos de Hungría y Checoslovaquia); el imperio americano es de ''influencia'' indirecta, y permite discrepancias (Francia) e incluso cambios de alineamiento cerca de su territorio (Cuba, Nicaragua); la opinión pública de su propio ámbito no le permite aplicar principios ideológicos intervencionistas, y, si lo hace, las consecuencias son negativas (Vietnam); ello a su vez deja el camino libre al otro bloque para penetrar en el área de influencia norteamericana, no mediante una invasión directa de tipo militar, sino estimulando movimientos revolucionarios de ideología marxista-leninista, los cuales, una vez en el poder, varían su adscripción y se unen al bloque soviético. Esta progresión, siempre favorable a la URSS, terminaría por darle el dominio planetario sin recurrir a una guerra generalizada. La ideología serviría de vehículo y la fuerza militar haría luego que se consolidara la fidelidad del territorio incorporado. El único problema para que todo esto se desarrolle de tal modo lo presentan aquellas áreas donde los Estados no se sienten partícipes de la bipolaridad; el caso más claro es el del Próximo y Medio Oriente: primero Nasser, luego Jomeini se sentirán motivados por ideologías propias, nacionalistas o fundamentalistas, y las grandes potencias, más que ordenar el juego, van a tener que acomodarse a la iniciativa de estas nuevas fuerzas. La ruptura de la dialéctica Este-Oeste tendría en esta zona, tan vital para los intereses económicos del resto del mundo, una transcendencia superior a la de cualquier otro lugar, si exceptuamos China, fuerza emergente y rival de su homólogo ideológico. La desaparición de la bipolaridad ha puesto, en efecto, en primer plano a estos subsistemas ya captados por Aron.
Como el mismo autor manifiesta, la segunda y última parte tiene una temática coyuntural: por un lado nos resume su polémica con el experto norteamericano George Kennan, antiguo funcionario en la embajada de su país en Moscú y responsable, con sus informes de los años cuarenta, del endurecimiento de la política norteamericana, la llamada ''política de contención''; olvidando su experiencia, Kennan viene en los años ochenta a aconsejar una política aislacionista creyendo que a los jerarcas soviéticos no les anima ya una actitud agresiva tras la muerte de Stalin. Raymond Aron, que en la primera ocasión se mostraba menos contundente que ''Mister X'' en su valoración negativa de la URSS, se opone de nuevo a su colega en sentido contrario ahora, y aclara que no hay que confundir aventurerismo con voluntad de expansión; niega a los dirigentes rusos el primer defecto, pero da la alarma sobre una errónea creencia respecto al abandono soviético de su proyecto de dominio universal. Buena coyuntura para ello se les ofreció con la presidencia de Carter, prisionero de su defensa de los derechos humanos y culpable a pesar suyo del gran paso adelante, en todos los continentes, dado por su rival, libre de prejuicios humanitarios (Afganistán, Mozambique, Nicaragua). La llegada de Reagan a la Casa Blanca significa la vuelta de la confrontación ideológica de la ''guerra fría'' y una política de rearme para restablecer el equilibrio. La diplomacia reaganiana aún estaba en sus comienzos al cerrarse este capítulo y el autor tampoco estaba en condiciones de prever que, tras una etapa de hostilidad manifiesta, se llegaría al entendimiento con el gran enemigo cuando éste, de grado o por fuerza, abanderó el fin de la carrera de armamentos y puso fin a la doctrina Breznev.
El resumen de su tesis sobre el inmediato futuro se puede hacer sólo con el título del último de los estudios aquí reunidos: ''Hacia el hegemonismo soviético?''. Aun con las dudas que evidencia el interrogante, Raymond Aron seguía viendo en el potencial militar soviético un factor decisivo de la trayectoria de las relaciones internacionales de fin de siglo. Hubiera sido así de no haber triunfado Gorbachov frente a la vieja Nomenklatura del Kremlin? La lucidez de un escritor no puede ser juzgada por el sesgo de acontecimientos que se le escapan; con los mimbres que tenía, Aron supo encontrar respuestas honestas y dignas de pertenecer a un agudo observador de la realidad internacional.