La historia social ha sido la última parcela en desarrollarse dentro del conglomerado de nuevas materias incorporadas al estudio del pasado; después de las instituciones, de la cultura (finales del XIX) y de los fenómenos económicos, ha sido la gran novedad en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, propulsada especialmente por la escuela francesa. Su estructura interna estaba por determinar, pues el concepto ''social'' es de lo más ambiguo: Clases sociales? Grupos sociales? Vida cotidiana? Mentalidades? Nada es excluyente siempre que un enfoque particular no lo pretenda.
Esta dimensión tan amplia de las relaciones humanas precisa un soporte sin el cual los resultados serían poco útiles: la historia de la población. Es necesario saber cuánta gente hay en un país y en una época, su evolución, los componentes estructurales de ella y las variaciones consiguientes para poder explicar luego los otros aspectos de la vida y de la trayectoria de las sociedades y de los estados. A su vez, la política, la religión, la economía, las costumbres inciden sobre aquélla modificando sus efectivos (y no sólo en el caso de las migraciones) y creando expectativas, positivas o negativas, en los sujetos que en última instancia deciden o no procrear, permanecen o prefieren buscar otros lugares para su existencia. En otras ocasiones, no las más, es la naturaleza la responsable de cambios significativos en la estructura poblacional (clima, pestes), que ésta transfiere luego en forma de condicionantes al resto de las actividades.
Aunque esporádicamente ha habido gobernantes interesados en conocer los datos sobre los recursos humanos y también ha habido estudiosos que se han preocupado de hacer cálculos acerca de su volumen, hay que esperar a la llamada ''Era estadística'' (mediados del XIX) para poder encontrar series sistemáticas al respecto. A partir de ahí algunos historiadores se aventuran a reconstruir la demografía de tiempos anteriores utilizando documentos o deduciendo conclusiones a partir de otros elementos (como el perímetro de las ciudades, por ejemplo), esfuerzo meritorio que en general resulta bastante creíble.
Por si fuera poco, en los momentos actuales los problemas derivados del enorme crecimiento de la población en los últimos decenios han pasado a primer plano. Desconocerlos es una grave ignorancia, porque suele ser éste un tema en el que las falacias y los errores de apreciación abundan. Sin llegar al alarmismo del Club de Roma, es evidente que el futuro del mundo pasa por el sesgo que tome la evolución vegetativa en dos tercios de la humanidad, los más pobres.
Parece, por otra parte, que los geógrafos han dominado esta parcela del conocimiento y a ellos se debe la mayoría de los estudios realizados, no ciñéndose sólo a las estructuras actuales sino buscando en períodos anteriores el material de investigación. Con ellos han confluido los historiadores locales que, con paciencia erudita, reconstruyen, a esa escala y por cortos espacios temporales, los efectivos de la población de un municipio de una comarca.
Resultó, por ello, altamente satisfactorio que en muy poco tiempo (1965, 1966) aparecieran dos obras de síntesis que respondían de lleno a las necesidades que existían de disponer de historias temáticas de esta materia: una, de ámbito universal, la ''Historia general de la población mundial'', de Reinhardt y Armengaud, y la de Nadal, para el ámbito español.
Hemos escogido la segunda, sin demérito para la otra, por varias razones: la peculiar evolución demográfica peninsular, la relevancia del autor a nivel nacional como especialista en toda el área socioeconómica (que le permite tener una visión más abierta de los fenómenos), y el hecho de haber sido reelaborada hasta recoger datos bastante cercanos, hasta 1984, lo que, respecto a la primera edición, obliga a analizar el gran cambio producido por la crisis de los años setenta. No negaremos que el resultado final está lejos de la perfección, tanto por las dificultades y la escasez de las fuentes como por el carácter más descriptivo que conceptual de la narración. La profusión de tablas estadísticas, de elaboración propia o de procedencia oficial, da al lector la oportunidad de valorar las conclusiones en mayor medida que en otros casos. Algún ''lapsus'' reiterado puede prestarse a confusión, como sucede en el último apartado, referente al crecimiento vegetativo español en los últimos decenios que, por error involuntario del autor, presenta en tantos por mil coeficientes que corresponden a tantos por diez mil (de lo contrario nuestro crecimiento sería pavoroso).
España, como el resto de Europa antes, y ahora todo el planeta, ha conocido el paso del ciclo demográfico antiguo al moderno, la llamada transición demográfica. Muchos factores nos han unido a los avatares del continente, sobre todo de tipo catastrófico (sequías, pestes) en el primer caso, y de influencia ya cultural en el segundo (progreso sanitario, desarrollo económico). Pero en ambos períodos la Península Ibérica se comporta con ritmos propios, bastante desacompasados respecto a sus vecinos del norte.
En los últimos siglos de la Edad Media (época fuera de este estudio por la falta de suficiente información que lo permita) no se denota un especial contraste. Es desde el siglo XVI cuando comienza un proceso atípico que hará de España, en el contexto europeo, un país despoblado, más si tenemos en cuenta que en la etapa romana la población peninsular era sensiblemente superior a la de las Galias y muchísimo mayor que la de Britania. Los documentos utilizados como base (recuento de Quintanilla, relaciones topográficas de Felipe II, algunos censos parciales del XVII, censos de Floridablanca y de Godoy) son tan escasos y tienen tanto margen de error que Nadal se ve obligado a complementarlos y contrastarlos con datos procedentes de los registros parroquiales (ya que hasta 1870 no hay oficialmente registro civil), de entre los que destacan los que el mismo autor ha tabulado (sobre todo los de la parroquia gerundense de San Feliu). En otros casos se ha servido de estudios particulares de otras áreas (Cuenca, Galicia) para depender menos de testimonios demasiado restringidos territorialmente.
Nadal parte de una estimación baja de la población española en la época de los Reyes Católicos: no llegaría a los cinco millones de habitantes (menos que en el siglo II d.C.), cifra que obtiene aplicando un coeficiente multiplicador de 4, en vez de 4'5 o 5 que emplean otros historiadores (los datos censales solían aparecer, no por personas, sino por vecinos o fuegos, esto es, por familias). Esta cifra se mantendría más o menos estable hasta 1530; pero desde entonces hasta 1591 se produce un incremento notable que llega a situar la población en algo más de seis millones y medio. El siglo XVII es un período aciago: catástrofes y causas humanas harán que la pérdida de población sea aquí mucho mayor que en el resto de Europa, y se acentúan en mayor medida en Castilla que en la antigua Corona de Aragón. Tomando como referencia la dicotomía centro-periferia, las pestes son el fenómeno decisivo en el segundo caso, pero el hambre y otras enfermedades asociadas con ésta en el primero (''el hambre baja del Norte y la peste sube del Sur''). Las migraciones son también un factor decisivo: la hemorragia americana (que afecta sólo a Castilla, lo mismo que las levas de soldados, en ambos casos varones en edad de trabajar) y la expulsión de los moriscos (que incidió de un modo brutal en la demografía valenciana) reducen tanto como la alta mortalidad los efectivos humanos, con la única contraprestación de los inmigrantes franceses (gascones) en Cataluña, una verdadera riada que, iniciada ya en el siglo XV y de máximo impacto en el XVI, va a disminuir precisamente en la segunda mitad del XVII.
El siglo XVIII trae consigo, en la Europa occidental, un cambio sustancial; las pestes se acaban (no se sabe muy bien por qué, aunque en ello parece que fue decisivo el deplazamiento de un tipo de rata por otro), las grandes carestías se hacen menos frecuentes, los gobiernos introducen medidas profilácticas para evitar especialmente la mortalidad infantil, la higiene se extiende tanto por acatamiento de las normas como por cambio de costumbres. Es verdad que la viruela siega demasiadas vidas, pero la inoculación primero y más tarde la vacuna harán que retroceda y sea controlada a finales de siglo. La población española experimenta una subida espectacular (1717: 7.500.000 habitantes) que se confirma en 1797: 10.500.000. Es una evolución parecida a la europea, con máximos sorprendentes (como el caso de Valencia, que casi cuadruplicó su población, siendo factor secundario la inmigración).
En el siglo XIX es cuando de nuevo se bifurcan las tendencias entre España y el resto de Europa occidental: mientras que durante la primera mitad del siglo países como Gran Bretaña, Francia e Italia conocen una reducción muy apreciable de la mortalidad, la tasa española sigue siendo alta, con lo que el crecimiento vegetativo también es menor. En la segunda mitad se desacelera el incremento en la países industrializados por disminución de la natalidad (hasta tal punto que Francia se convierte en receptora sistemática de inmigrantes), pero España continúa a un ritmo lento debido a una larga fase (1860-1914) de emigración transatlántica o hacia el norte de Africa. De todos modos se pasa de los 10.500.000 habitantes de principios de siglo a los 18.500.000 de 1900, sin llegar a duplicarse la población. Prueba del inferior ritmo de nuestro crecimiento es la persistencia, en los inicios del siglo XX, de una elevada mortalidad infantil.
La disminución de las emigraciones definitivas tras la Primera Guerra Mundial (salvo hacia Francia) y el descenso de la mortalidad produjeron, por fin, la entrada plena de España en la fase de transición demográfica en la segunda década del siglo XX (1930: 23.500.000), pero los desajustes económicos no permitieron que ello se tradujera en mejores oportunidades vitales. Tras la guerra civil, cuya incidencia negativa fue mayor en ausencia de nacimientos que en exceso de defunciones (250.000 muertos por efecto directo de la contienda, más los emigrantes definitivos, que serían otros tantos) se produce el fenómeno, nuevo aquí, de la disminución de la natalidad, que del 32 % en 1910 baja al 20'4 % en 1965 y al 18'6 % en 1975 (descenso que con posterioridad ha ido en picado hasta llegar al 10 % en 1991, una de las cifras más bajas del mundo); como, por su parte, la disminución de la mortalidad no ha ido a la zaga, hasta la década de los años setenta el crecimiento vegetativo ha sido constante y ha permitido en sólo 75 años volver a doblar la población (37.700.000 en 1981). Este crecimiento se ha visto afectado, en los años sesenta y setenta, por un nuevo fenómeno emigratorio, esta vez a Europa y en general de carácter temporal (tres años de media), pero que en conjunto ha restado un contingente definitivo de cerca de tres millones de habitantes. Pero mayor incidencia, no en el volumen poblacional, sino en la distribución regional de la población, han tenido las migraciones internas a partir de los años cincuenta y también hasta la crisis económica de 1973: millones de españoles se han trasladado, primero a su capital provincial (éxodo rural típico), luego de región a región (centro-periferia, sur-norte), creando en el centro un vacío (sólo compensado por el ''oasis'' madrileño) y desequilibrando en algunos lugares de llegada (Cataluña, País Vasco) la proporción entre autóctonos y alógenos (con grave preocupación para los nacionalistas de viejo cuño, añade Nadal). A partir de mediados de la década de los setenta el flujo se amortigua y hasta algunas áreas antes receptoras ahora se convierten en emisoras de población (Vizcaya, Asturias, Guipúzcoa), y otras invierten la tendencia en sentido contrario (Málaga, Baleares).
No llega este libro a contemplar el fenómeno inmigratorio norteafricano y sudamericano en la España de los años ochenta ni la incidencia futura que la pertenencia a la Unión Europea tendrá sobre los movimientos de población en una u otra dirección. En todo caso reafirmaría la tesis del cada vez mayor acercamiento de España a las pautas demográficas europeas, con la salvedad de que nuestro atípico comportamiento en siglos anteriores perpetuará una menor densidad de población.