La prospectiva es una de las grandes novedades de la investigación de las últimas décadas. Lo mismo que las empresas procuran planificar sus objetivos después de hacer previsiones de mercado a corto o medio plazo, el futuro del Estado, de la sociedad, de la economía incide sobre el presente, lo condiciona. Hoy esto es posible gracias a instrumentos bastante fiables de evaluación de la trayectoria de todos aquellos factores medibles y cuantificables; la estadística permite, a partir de datos bien contrastados, establecer expectativas que, al menos en un horizonte no excesivamente largo (máximo 30 años, según el autor de este libro), pueden ofrecernos una panorámica anticipada del futuro que, a su vez, en el caso de no ser satisfactoria, resulta útil al darnos la oportunidad de rectificar el rumbo.
Desde las pesimistas advertencias del Club de Roma, allá por los años setenta, persistentes y cada vez más alarmantes en la medida en que son ignoradas por la opinión pública (asombra que el gran problema de la explosión demográfica no sea una preocupación general, y sólo la amenaza ecológica ha movilizado a sectores, por otra parte interesados, de la vieja izquierda), pasando por el optimismo tecnológico de Alvin Toffler (creador del concepto de Tercera Revolución Industrial) y el análisis de la sociedad posindustrial (Daniel Bell), futuro hecho realidad ya en algunos ámbitos y en algunos países, toda una literatura de ''anticipación'' no fantástica, sino con el carácter de ensayos plagados de datos, estudios y opiniones de expertos e instituciones prestigiosas, se está imponiendo a la hora de proceder a valorar nuestro propio mundo actual. En lugar de recibir del pasado, de la experiencia anterior, el contraste necesario para tener un punto de referencia, se busca en el futuro la respuesta extrapolando hacia él el camino iniciado y observando, mediante esa especie de realidad virtual, los accidentes que pueden sobrevenir.
La crisis de 1973 vino, por otra parte, a sacudir la ingenua confianza que se tenía en una sociedad encarrilada hacia el crecimiento indefinido. Logros aparentemente definitivos peligraban y la economía de los Estados más avanzados se tambaleó; la inflación de dos o más dígitos reapareció tras casi cincuenta años y pasó de ser creadora, a pequeña escala (según el pensamiento keynesiano) a amenazar los cimientos del sistema capitalista. Sería la economía planificada, el socialismo, la solución? Aquí en España parece que hasta los más conservadores se inclinaban por un triunfo a largo plazo de las teorías colectivistas.
Pero hete aquí que en 1989 se abrió el cascarón del mundo soviético y apareció vacío. La falta de transparencia estadística, la desinformación económica y razones ideológicas de peso convirtieron lo que era el proceso lógico de un disparate organizativo y un genocidio mesiánico en un acontecimiento sorprendente. La izquierda marxista pasa de dueña del futuro y el progreso a testimonio del mayor error del pasado, y sin capacidad para reaccionar, encastillándose en la autoasumida misión de depositaria de la verdad (mientras busca una nueva). La derecha, eufórica, cree que la historia ha terminado y el capitalismo ha vencido (así lo afirma Fukuyama). Por desgracia, la realidad del mundo excomunista era mucho peor de lo esperado y lo que parecía el final de una pesadilla (la guerra fría) se convierte en un problema gravísimo: cómo integrar el Este en una economía de mercado sin capitales, con infraestructuras peligrosas (Chernobil, centrales termoeléctricas de Alemania Oriental), y sin experiencia empresarial?. Las dificultades de la unificación alemana han sido mucho mayores de las previstas y la falsa valoración que se había hecho del estado real de la economía de la por otra parte ''joya'' y escaparate del sistema de planificación centralizada ha puesto en peligro la estabilidad de la República Federal y su papel de locomotora de Europa. Sólo China, que mantiene la dictadura política puede, con la disciplina que esto conlleva, hacer la transición a la economía capitalista sin saltos en el vacío.
De pronto pasan a ser cuestionadas en Occidente todas las modalidades de intervención económica. Keynes es sustituido por Friedman. Los economistas clásicos, monetaristas, se imponen de nuevo. La inflación es pecado. El Estado es un monstruo que ha crecido en exceso y ese crecimiento ha sido canceroso, pues ha esterilizado los recursos que, en la esfera privada, hubieran sido invertidos más sabiamente. Los nuevos países industriales del Extremo Oriente ofrecen, por el contrario, un espectáculo preocupante por su rapidísimo crecimiento económico y su enorme competitividad. Hay que luchar en un mundo global de puertas abiertas (ahí está la OMC como árbitro del futuro comercio libre) y los países de economía social de mercado están en desventaja. Reagan y M. Thatcher así lo advierten y preparan a sus países para ese futuro inmediato. El resto de la Europa Occidental está todavía dudando, pues el Estado de Bienestar parece un símbolo irrenunciable del presente y del porvenir Quién puede atreverse a decir que ese bienestar no es un derecho inalienable? Y sin embargo vienen los expertos, con sus números, sus datos...
En esa línea se inscribe el libro de Diego Hidalgo, privilegiado español con acceso a las más valiosas fuentes de información y cercano a los mejores cerebros preocupados por el tema. En ningún momento se cuestiona las consecuencias del impacto de las nuevas tecnologías sobre el binomio hombre productor-hombre consumidor, en el que la oferta y la demanda han sido en el pasado dos caras de la misma moneda; el paro tecnológico es tratado, a lo largo de la obra, con el mismo criterio que se suele juzgar la aparición del maquinismo durante la primera revolución industrial, como un estimulante del mercado, que abaratando las mercancías y ampliando la demanda, activa la oferta y crea a su vez nuevos puestos de trabajo; se reconoce, eso sí, que el marco económico de referencia es global, no nacional ni regional, y la lucha por la conquista de cuotas en ese espacio será el determinante principal de la política económica. La alternativa, la creencia en que estamos ante una situación nueva, insólita, donde la tecnología es en verdad amortizadora de puestos de trabajo hasta en el sector terciario no ha sido asumida como planteamiento serio por los economistas y afines; queda todavía en el campo de la especulación, advertida tal sólo por unos cuantos visionarios. Ni siquiera se considera pertinente revisar la jornada laboral y, por motivos que luego se verán, aún se aboga por la prolongación de la vida laboral de los trabajadores. Posiblemente es un reto excesivo para la imaginación encontrar la manera de conservar una demanda adecuada que no proceda de las rentas del trabajo.
Todas las premisas de la obra se asientan sobre esta evidencia: durante los próximos treinta años la economía mundial se moverá dentro del esquema capitalista, con variantes ya conocidas y en escenarios identificables y variados, con diversas escalas de conflictividad que se corresponden también con ''desiderata'' de distinta gratificación.
El primer y el segundo escenario son los más aproximados a un curso regular de los acontecimientos. En el primero se impondrían criterios de capitalismo duro, de competitividad comercial muy activa. Como dice el autor, la caída del comunismo ''fue acelerada por un gran avance tecnológico: la aparición del microprocesador trajo consigo la necesidad de democratizar la toma de decisiones...que eventualmente un sistema político excesivamente centralizado no pudiese sobrevivir''. Habrá inconvenientes, como una mayor diferencia entre ricos y pobres, y se desarrollarán conflictos por rechazo de este camino (fundamentalismo, ecologismo, nacionalismos de extrema derecha). El país que quiera estar en primera línea tendrá que cumplir cuatro requisitos: estabilidad política, economía abierta, sistema jurídico comprensible y adiestramiento tecnológico. Cada vez tendrán menos importancia los recursos naturales y más los recursos humanos, verdadera fuente de riqueza, la nueva tecnología permitirá a nuevos países con población joven avanzar y a viejos países con hábitos conservadores los estancará.
El segundo escenario es el patrocinado por el Club de Roma, el Grupo de Lisboa y prestigiosas tratadistas como Paul Kennedy. En una línea de capitalismo moderado, cerca de la economía social de mercado aún dominante, sólo ve una solución a la progresiva complejidad del futuro inmediato: la cooperación global bajo un gobierno, bien planetario, bien de macrofederaciones continentales, siguiendo la tendencia aglutinadora de la Unión Europea. La ONU podría asumir funciones de soberanías que armonizaran los intereses contrapuestos. La Conferencia de Copenhague de 1995 identificó tres grandes problemas mundiales: pobreza, desempleo y falta de integración social, y resolver esos desafíos sería el principal objetivo de los organismos de cooperación. El mismo Hidalgo concluye que, a la vista de las relaciones que actualmente mantienen los Estados y de las tendencias disgregadoras dentro de los mismos ''considerar el escenario 2 como una alternativa verosímil requiere un acto de fe'' difícil de hacer.
El resto de escenarios son menos tranquilizadores: el tercero se correspondería con un estallido, una atomización de los núcleos políticos, que comportaría diversas consecuencias. Según Naisbitt, sobreviviría una forma práctica de relación entre ellos a nivel comercial; para Kaplan será la anarquía. Por su parte, Macrae opina que la desarbolación de los organismos públicos será total: ''todas las actividades económicas, incluidas las del antiguo gobierno, estarán privatizadas y orientadas a hacer beneficios''. No se descarta, por último, una vertebración religiosa de la sociedad en sustitución de la política.
El escenario cuarto, poco analizado, sólo presenta una variante: la robotización de la sociedad, sin que los límites entre la esfera del robot y del hombre queden marcadas con claridad. Es casi ciencia-ficción. Y, por último, el escenario quinto es el de la catástrofe (epidemias, colapsos económicos, actos terroristas, terremotos, etc.); este escenario no es descartable pues pudo ser realidad hace tiempo, como bien recuerda en sus ''Memorias'' Robert McNamara en relación con la crisis de los misiles de Cuba en 1962.
A la hora de alinearse con los optimistas (Maynes, Quigley) o con los pesimistas (Connelly, Kennedy, Mearsheimer, Huntington), Hidalgo elige a los primeros y por ello su estudio da por supuesto que serán los escenarios 1 y 2 los más adecuados para atisbar el futuro y prepararlo.
Analizando los distintos sectores observables (tecnología, demografía, sanidad, medio ambiente, energía y educación) sólo manifiesta alarma respecto al segundo, pero concluye que no será un problema de la población mundial, fácilmente abastecida por una más que productiva agricultura, sino de ciertas áreas con crecimiento desbordado, sobre todo el Africa Subsahariana. En los demás sectores los avances contrarrestarán sin duda a los problemas planteados.
Una vez hechas tales consideraciones, el autor pasa a imaginarse cuál será la situación del mundo en el año 2020, y lo hace por áreas geográficas, bien que teniendo en cuenta una premisa general: ''la libertad de movimientos para el capital y para el comercio de bienes y servicios no existirá para las personas''. Tampoco habrá capitales suficientes para promover un desarrollo global si bien ''cabe esperar que la inversión extranjera produzca niveles de vida generalmente más altos en el mundo a medida que la conversión global a la economía de mercado vaya permitiendo que los capitales sean invertidos en los proyectos más rentables y en los países que más necesitan esos fondos''. Seguirá habiendo también terrorismo y la Unión Europea no será homogénea, sino que se asemejará a una cebolla con capas sucesivas de integración varia. Africa retrocederá de un modo dramático por sus propios pecados (gravísimos errores de política económica, corrupción institucionalizada, crecimiento vegetativo muy alto) como por factores ajenos (catástrofes naturales, caída de precios en las materias primas). El Próximo Oriente y el Magreb, por motivos religiosos y por el derroche de los fondos provenientes del petróleo, seguirán abocados a la ruina, con la particularidad de que la enorme presión demográfica creará tensiones peligrosísimas para los países vecinos, en especial España. En Extremo Oriente el milagro chino sustituirá al milagro japonés, como ya está sucediendo; también despertarán otros ''tigres'' (Indonesia, Tailandia, los NICs). América del Norte no perderá su liderazgo en ese horizonte temporal, pero se enfrentará a retos importantes en su capacidad de adaptación, sobre todo en la enseñanza (salvo la superior). Para América Latina se prevé una evolución positiva, siempre que Estados Unidos ayude mediante inversiones amplias y que el clima político no sufra alteraciones graves.
El autor vaticina una Europa cada vez más integrada, desechando los temores de una disolución de la Unión Europea, a su juicio irreversible. Pone sin embargo su atención en la trayectoria de la unión monetaria, cuyo éxito será decisivo para que el conjunto, y cada país por separado, afronten las dificultades de adaptación al nuevo escenario. Y aunque se hable de ''euroesclerosis'', se puede prever un despegue más que suficiente mediante una intervención pública de mayores dimensiones que en otras áreas geográficas; aquí, el papel de las inversiones en infraestructuras lo tendrá que asumir el sector público, dada la tradición de que esto sea así y teniendo en cuenta que con ello se pueden evitar dilaciones que una iniciativa privada poco motivada para ello acarrearía. Rusia, por último, resulta una incógnita mucho mayor, con cuatro alternativas, de entre las cuales una sería la desaparición de la unidad del país, convertido en un mosaico de microestados sumidos en el caos. Pero las razones para confiar en un desenlace positivo también existen (materias primas, abundancia de mano de obra cualificada, exceso de capacidad infraestructural, enorme demanda en potencia, y accesibilidad a las nuevas tecnologías informáticas).
Sólo después de estos prolegómenos el autor se considera en condiciones de adentrarse en la verdadera materia del libro: el futuro de España partiendo del análisis de la realidad actual. Otra vez un ''técnico'', no un historiador, va a enfrentarse con el problema, como hace un siglo lo hizo Lucas Mallada, y con un apabullante paquete de datos, no con apriorismos. España no se puede plantear un camino propio y, le guste o no, tendrá que integrarse en un mundo cada vez más interdependiente; las reglas del juego vienen de fuera; el error se pagará con el empobrecimiento y la marginación del país en el contexto global. Las señales de alerta están identificadas, pero ni los políticos ni la opinión pública se muestran interesados en tenerlas en cuenta; la rentabilidad política no pasa por asumir soluciones a medio y largo plazo, y la desinformación alarmante de los ciudadanos en el terreno económico se une a expectativas individuales o de grupo carentes del mínimo realismo; se exigen niveles de satisfacción material que no tienen, ni a corto plazo, su soporte correspondiente, y por otro lado la población desempleada, la mayor de Europa y una de las más numerosas del mundo, no tiene otra alternativa que el subsidio o la ayuda familiar, mientras los sindicatos defienden la inmovilidad de los puestos de trabajo y las empresas, sometidas a múltiples cargas laborales y fiscales temen que la ampliación de plantillas agudice sus problemas y las haga menos competitivas en los mercados exteriores y, también ahora, en el mercado interior. El empresario sigue siendo considerado como una figura negativa y el Estado pone trabas burocráticas, como hace un siglo, a las nuevas iniciativas. No hay siquiera consenso a la hora de establecer una jerarquía de problemas. Los expertos se inclinan por estos seis: nacionalismos y separatismos, falta de alternativas políticas, corrupción, influencia perniciosa de los medios de comunicación, desmoralización y falta de ideales de la juventud, servicio militar, deficiencias del sistema fiscal (con un diseño complejo e ineficiente del impuesto, exceso de impuestos directos, excesivos impuestos marginales y falta de equidad).
En las encuestas de opinión, por su parte, se sitúa el paro como problema principal, seguido por otros cuatro: la drogadicción, la delincuencia, la crisis económica y el terrorismo. Para el autor, sin embargo, son seis las verdaderas cuestiones, que, de no resolverse, hipotecarán el futuro, tanto próximo como de las dos generaciones siguientes: la convergencia de España con la Unión Europea, el Magreb y el Islam, el desempleo, las pensiones y su impacto en las finanzas públicas, la educación superior, y el funcionariado vitalicio. Y se da el caso de que ''en el único problema identificado, el desempleo, los votantes no tienen ideas claras de sus causas, su magnitud o sus posibles soluciones''.
La convergencia hacia Europa, a su vez, tiene cinco requisitos: la paridad de la peseta, la tasa de inflación, los tipos de interés, el déficit presupuestario y la deuda pública. En 1996 España no cumple los mínimos en ninguno de los casos. Y lo grave es que el alejamiento es cada día mayor. Desde 1977, fecha en que nuestra diferencial con Europa era la más positiva, hemos ido bajando y, desde 1989 (tras la huelga general de diciembre del año anterior), y sobre todo desde 1992 (con el descubrimiento de los principales casos de corrupción que han bloqueado la labor de gobierno), se ha llegado a niveles cada vez más alarmantes de deterioro.
La presión magebrí, por desgracia, está fuera de control y en el mejor de los casos exigirá medidas de contención o de ayuda en inversiones que obligarán a España a hacer un esfuerzo añadido.
Al tratar del desempleo, Hidalgo se desmarca del tópico que se suele manejar para explicar el por qué de la relativa calma social: la economía sumergida, que en su opinión es muy inferior a lo supuesto, y, además, se irá reduciendo. Por contra, afirma que hay un desempleo oculto representado por puestos de trabajo no productivos, especialmente burocráticos, que ocultan parte del problema, más grave en consecuencia de lo que se acostumbra a decir. En fin, ''sólo 31 de cada 100 españoles están empleados, el 44'5 % de la población en edad de trabajar, mientras que en la UE trabaja el 61 %, en Estados Unidos el 70 % y en Japón el 75 %; ''el paro entre los jóvenes menores de 24 años es del 45 %. Sólo si la economía española creciera durante diez años a una tasa anual sostenida del 5 % crearía 400.000 puestos de trabajo al año y en 2005 el desempleo habría bajado del 25 al 5 %; pero estas previsiones del estudio del Centre for Economic Policy Research, de marzo de 1995, aunque tienen una base sólida (ha aumentado la rentabilidad y la productividad de las empresas españolas), no parece realista en otros parámetros (hemos retrocedido en competitividad y una mayor rentabilidad no se tiene que traducir forzosamente en creación de empleo, y así parece suceder). Por otro lado es difícil identificar los sectores en que se puede crear empleo; está claro que en los servicios, pero de un modo limitado; frente al optimismo del economista Franco Modigliani, que espera del Estado inversiones básicas estimulantes, opone la práctica imposibilidad de ello debido a la hipoteca gigantesca de las finanzas públicas.
Si no se saben las causas del paro será más difícil resolver la cuestión. Por ello el autor se remite a quienes han abordado el tema con más rigurosidad y selecciona de entre ellos a Julio Segura, Ramón Tamames y el Instituto McKinsey. El primero señala tras la evolución demográfica, el cambio tecnológico y la inadecuación de organizaciones e instituciones económicas. El reciente libro de Tamames ''La economía española, 1975-1995'' las establece de otro modo: la excesiva generosidad del seguro de desempleo, las altas indemnizaciones de despido, las subvenciones, los sueldos (excesivos en relación con la productividad), la rigidez de las contrataciones, la falta de movilidad geográfica de los trabajadores, el coste extrasalarial del trabajo (seguridad social), las regulaciones laborales, el exceso de presión fiscal, y la ineficiencia de la administración pública. Las conclusiones de McKinsey son: escasa creación de puestos de trabajo (más que destrucción), las rigideces del mercado, empeoramiento de costes en el sector secundario, falta de adecuación de las plantillas, falta de terreno urbanizable, monopolios estatales y falta de reglas claras. Sin descartar ninguna de las ópticas parciales obtiene un elemento común inteligible: ''la mejora del problema del desempleo depende más de la política que de la economía''. Por ello ''las mejoras del sistema educativo, la aceleración del proceso de convergencia con Europa y la reestructuración del sistema de pensiones tendrán a corto o a largo plazo repercusiones favorables sobre el empleo''. La búsqueda de nuevos mercados exteriores y, sobre todo, la explotación de nuestros activos en el sector terciario (turismo cultural como novedad para otro tipo de visitantes no playeros).
La lectura del capítulo dedicado a las pensiones pone los pelos de punta. De seguirse así, para el año 2050 el déficit será de 146'4 billones de pesetas anuales (en pesetas corrientes, menos mal); aun deflactando esa cifra al valor de la peseta de 1996 quedaría un agujero muy superior al billón actual. Ni los cotizantes ni las arcas públicas mediante impuestos podrán financiar el sistema vigente y habrá que pasar de las pensiones públicas a un sistema mixto o a otro plenamente privado pero con garantías frente a la quiebra de las empresas. El principio de capitalización (ahorro) debe sustituir al de reparto (vía cotizaciones, impuesto social en realidad). El problema más grave será el de convencer a la opinión pública de la inviabilidad del sistema actual, pero en todo caso el Estado siempre habrá de mantener una línea de pensiones no contributivas para los ciudadanos no protegidos por planes individuales, garantizando un mínimo vital.
Los niveles educativos no universitarios resisten la prueba de comparación con los europeos y son más eficaces que los norteamericanos, pero en cambio en la enseñanza superior la desventaja es grave: recientes estudios, según el autor, han clasificado al sistema universitario español como el peor de Europa, de acuerdo con quince parámetros; de entre todos ellos parece achacar la responsabilidad mayor al procedimiento de selección del profesorado y a la precipitada y nefasta reforma que, mediante el autogobierno, ha encastillado la mediocridad de la mayoría de los docentes en posiciones ya definitivas. El estudiante, víctima o cómplice, no ha cambiado mucho desde la época de la Casa de la Troya: tiempo de juerga interrumpido por períodos de memorización estéril de unos cuantos folios de apuntes. Las consecuencias son: un índice de paro del 17 %, subempleo y altas tasas de fracaso escolar. Y no se olvida de las soluciones, al menos parciales: mejora del conocimiento de idiomas, potenciación de las áreas de humanidades relacionadas con el arte y la cultura (con vistas al turismo de calidad), encarecimiento del coste del puesto escolar para los alumnos poco eficientes, bono escolar, libertad de creación de centros privados, alternativas fuera del marco universitario, tanto para introducir instituciones de alto rendimiento intelectual como para ofrecer especialidades de formación profesional que proporcionen técnicos bien adiestrados en las nuevas tecnologías. La última recomendación nos retrotrae a la época clásica, la posibilidad de elegir profesor; otra vez el Pórtico podría acoger a los amantes del saber, dando un golpe mortal al profesor-funcionario.
Y ya estamos, con el término ''funcionario'', en el último de los temas a considerar. No es una novedad que todos los españoles hayan aspirado desde hace un par de siglos al menos a tener un puesto vitalicio en la administración pública. El ''colócanos a todos'' que las multitudes mitineras cantan a sus líderes políticos en el fondo de su corazón hoy se ha convertido, no en un deseo de seguridad y trabajo fácil, sino casi en la única alternativa, pues la empresa privada no cubre apenas su papel de empleador. Hacer oposiciones, esa cosa tan española, puede resultar imperativo ante el fantasma del paro. Pero la cuerda se ha estirado demasiado: en el período 1982-1996 se ha pasado de poco más de un millón de funcionarios a casi dos millones y medio. Si antes ya parecía excesivo el número, y era cantinela corriente bromear sobre ello, hoy representa una verdadera losa sobre los presupuestos del Estado y una traba cada vez mayor para la buena gestión de los intereses de los ciudadanos; el carácter vitalicio, la falta de incentivos, la jerarquía de la obediencia y no del mérito, la tendencia a la irresponsabilidad (''pregunte en la otra ventanilla''), los privilegios, todo ello contrasta con la imagen del resto del país, sometido a unas exigencias mucho mayores, a la inestabilidad y a la incertidumbre. Por ello se impone congelar el número de funcionarios y reducirlo a unas dimensiones adecuadas que correspondan realmente a las necesidades de una administración ágil y colaboradora del ciudadano. Si el Estado ha de desprenderse de la gestión de todo aquéllo que la iniciativa privada hace mejor, si las nuevas tecnologías informáticas van a desplazar a la lenta elaboración de expedientes, no sólo debe reducirse el número de funcionarios sino también cambiar su condición laboral haciendo de ellos trabajadores sometidos a las mismas exigencias y condiciones que el resto de los empleados. De no ser así, este sector sería un factor retardatario y lastrante respecto al futuro del país.
Y he aquí ya los escenarios de ese futuro: Cómo será la España del 2025?
En el supuesto de un escenario europeo con fracaso de la UE no es descartable que también España se atomice en varios Estados, o como mínimo, sin Cataluña, País Vasco y quizá Galicia. Pero el autor prefiere imaginar una Europa unida. En tal caso, a su vez se podrían dar varias alternativas, según las decisiones que se tomen en 1996 por el partido popular:
a) Falta de previsión: por exceso de prudencia, escasa percepción de la realidad o contestación masiva de los sectores afectados, el Gobierno no habrá actuado en la dirección adecuada. No se podrá ingresar en la Unión Monetaria en 1999, los parados alcanzarán la cifra de cuatro millones hacia el año 2003 y la deuda pública será del 100 %; la situación estará fuera de control. Por ello hacia el 2008 un gobierno de emergencia nacional tendrá que adoptar soluciones drásticas: reducción de las pensiones y de los sueldos de los funcionarios en un 25 %, a pesar de lo cual el PIB caería un 20 % hacia el 2012 aun con el aumento del turismo hasta cerca de los cien millones de visitantes; referenda por la independencia de Cataluña y el País Vasco, con corto resultado en contra. En 2015, por fin, vendría la estabilización pero con una renta per cápita de 8.000 dólares, casi la mitad de la actual (en pesetas constantes). La población, por efectos migratorios, habrá bajado a 35 millones y la natalidad será de 100.000 (el 25 % de la presente). Hidalgo apostilla: ''los libros de texto europeos y españoles señalan el ejemplo de España como el más impresionante período de caída en picado producida por la mala gestión y decadencia en Europa, desde comienzos de los noventa''.
Un segundo escenario no diferiría mucho, sólo retrasaría en cuatro años los efectos negativos del anterior. El Gobierno, algo más concienciado de la situación, se limita a reducir la inversión pública para paliar el déficit. No sería posible ingresar en la Unión Monetaria hasta el 2020.
El tercer y último escenario, con soluciones ya estructurales, no sólo llevará a España a cumplir los requisitos de Maastricht, sino a ser uno de los países de primera línea: ''El plan incluiría un sistema de pensiones capitalizado..., reducción de los subsidios de paro, reducción de las contribuciones de las empresas a la Seguridad Social, reforma fiscal, privatizaciones amplias, desregulación del sector servicios y recorte en la remuneración de los cargos públicos...''. El Gobierno no se arredró ante las huelgas ni otros medios de presión. El paro había bajado en 2005 al 15 % (diez puntos menos que en 1996), crecieron las exportaciones, el turismo aumentó según la previsión ya conocida y la emigración, por su parte, fue escasa. Cada vez más europeos eligen España para retirarse y vivir tranquilos...
Tal es la panorámica ofrecida. Cabe reprochar una excesiva obsesión por el cumplimiento de las exigencias de la Unión Europea (No puede España, como Japón o Corea, sobrevivir por separado desarrollando al máximo sus mejores oportunidades en cada uno de los tres sectores económicos?). No será difícil comprobar los aciertos y errores de esta prospección. Pero una cosa sí se debe considerar desde ahora: nada hay más alejado del puro arbitrismo, de los apriorismos dogmáticos, de los prejuicios ideológicos o de la ambigüedad informativa como un libro así, que si abruma por lo árido de parte de su contenido advierte lo serio del reto que el futuro nos presenta Habrá algún esfuerzo más útil? Es un ensayo, pero donde lo subjetivo queda por fuerza difuminado.