1942, año de la publicación de este libro, queda ya bastante lejos del estado actual de la investigación en el terreno de la Prehistoria, parcela del conocimiento que a pesar del título, vertebra gran parte de su contenido. En realidad la fecha está a la misma distancia respecto al presente (1996) que el comienzo de la existencia autónoma de la Prehistoria como rama del saber que pregunta al pasado. Aún faltaban treinta años para que se produjese otro salto cronológico, tan vertiginoso como el primero, llevando los orígenes de la Humanidad, no al Cuaternario (que ya de por sí significó un cambio de perspectiva formidable teniendo en cuenta la hasta entonces vigente cronología bíblica, apenas cinco milenios desde la creación del mundo), sino a la Era Terciaria, la cifra que indica el inicio de la hominización.
Childe ya había comenzado con precoz entusiasmo su incursión en el estudio del pasado quince años antes con el doble bagaje de una clásica formación intelectual en Oxford y un personal alineamiento con las tesis marxistas del devenir humano. Lo primero le permitió rápidamente asimilar los progresos de la arqueología de campo, en plena época de fecundidad bien gratificada por sensacionales descubrimientos (sobre todo de la Protohistoria). Lo segundo es probable que estimulara en él su tendencia a la síntesis, a la teorización, a no quedarse anclado en la pura labor descriptiva de los restos inventariados; pero partía, en este caso, casi de cero. En efecto, el materialismo histórico no había explorado apenas lo que en su esquema se denomina época del comunismo primitivo o del salvajismo; había sido, por otro lado, un antropólogo norteamericano de mediados del XIX, Morgan, quien había aportado, a través del estudio de sociedades primitivas supervivientes, una primera sistematización del modelo; a su vez Engels, en su famoso libro ''El origen de la familia, la propiedad y el Estado'', recoge las investigaciones de Morgan y las incardina en una visión más amplia e inteligible, aún hoy sorprendente por la sencillez y claridad expositiva. Pero quedaba por hacer lo más trabajoso: pasar del plano ensayístico, o, si se prefiere, de aportación de materiales analógicos, a su verificación aplicando los más rigurosos procedimientos exigidos por la nueva especialidad. Más fácil lo tuvo cuando desplazó su centro de interés hacia etapas ya plenamente históricas como el mundo helenístico y el romano, pues ahí se le había anticipado, aunque por poco, otro investigador de alto bordo, no marxista ortodoxo pero sí, como Pirenne, pionero en la apertura de un nuevo campo de estudio, la historia económica y social; se trata, claro, de Rostovtzeff.
Ni la limitación que su tiempo le impuso ni su óptica materialista invalidan, sin embargo, el esfuerzo. Hoy quedan todavía en vigor muchas de sus aportaciones: a nivel conceptual, la distinción introducida en el esquema marxista entre salvajismo y barbarie como etapas diferenciadas del otrora comunismo primitivo, se profundiza al analizar lo que el llama el ''equipo instrumental'' utilizado por los grupos humanos y su evolución, así como la paralela de su equipo espiritual; éste no siempre ejerce un papel tan innovador como el primero, sino que tiende a un mayor conservadurismo y ello explicaría en muchos casos que la evolución posterior de las sociedades fuera distinta, en razón de la fuerza restrictiva del progreso que las estructuras culturales no materiales tuviera en cada lugar. Así pues, no sólo niega un determinismo del medio (y lo hace reiteradas veces), sino que destaca el coprotagonismo, a veces triunfante y esclerotizador, del elemento espiritual que modeló la mentalidad de las sociedades primitivas. Su fama, desde luego, viene de la utilización de otro concepto, el de difusión, como base explicativa de los cambios sobrevenidos en las técnicas y también en las costumbres. La polémica posterior entre difusionistas y partidarios de relaciones de convergencia ha sido enriquecedora y ha dado la razón en parte a cada una en momentos, técnicas y lugares determinados. Y en honor a la verdad hay que decir que Childe no se manifiesta en modo alguno como un difusionista sistemático y admite multitud de casos de paralelismos, incluso desde un principio, en el mismo proceso de hominización o, por ejemplo, en la domesticación de caballos; serían soluciones hasta cierto punto sobrevenidas por la propia dinámica de las situaciones. Lo que queda claro, y hoy nos tiene que servir de recordatorio práctico para evitar egotismos culturales, es que con el avance de las sociedades se produce también, y además por ello, una intercomunicación cada vez más acusada entre aquéllas, con intercambios que afectan no sólo al equipo material sino de modo similar al espiritual (como bien se observa, en este último caso, al crearse el gran marco de relaciones del Imperio Romano, que permitió la mescolanza de tantas religiones y la expansión del cristianismo).
El autor, por otra parte, aporta una novedad expositiva muy de agradecer al romper con la rígida separación que las especialidades académicas habían establecido entre Prehistoria, Protohistoria e Historia Antigua, integrando los tres niveles en un todo explicativo donde, además, lo más sustancial es precisamente el análisis de los mecanismos de cambio que llevan desde una fase a la otra; esos nexos, esos saltos que en cada visión parcial son puntos de partida para exponer las posteriores estructuras más permanentes, son para él lo más significativo, tanto en su contenido como en su ritmo o su dimensión espacial. Asoma el peligro de que una exposición tan ambiciosa en el plano temporal reste calado a una obra que pretende tanto ser original como seria y profunda; nada más lejos, sin embargo, de lo que sería una simple vulgarización o un libro de texto plagado de ideología. Es verdad que al adentrarse en la obra el lector especializado (al menos, iniciado en el conocimiento histórico) no encuentra datos nuevos y está familiarizado con los que el autor expone; y no faltan incluso errores puntuales en este sentido; pero la concatenación de esos datos, su tratamiento, abren todo un mundo de posibilidades para que en vez de permanecer como elementos dispersos o de significación limitada se jerarquicen de acuerdo con el valor que de ellos emana tanto para quienes fueron sus protagonistas como para la comprensión de un proceso diacrónico.
Como dice Childe muy expresivamente, el hombre paleolítico (del salvajismo) era un parásito de la naturaleza, pero el hombre del neolítico (de la barbarie) es un socio de la misma. El concepto de ''revolución neolítica'' es un afortunado hallazgo del mismo autor, aunque admite que no es la calidad del nuevo instrumental lo que define el cambio sino el comienzo de la agricultura y la ganadería. También aquí la investigación posterior ha permitido adelantar fechas y lugares de origen (del sexto milenio al octavo, de Palestina a Jarmo), pero la exposición de los cambios sigue siendo convincente. La barbarie, a su vez, tiene una segunda fase, la Edad del Cobre (barbarie superior). En este caso el tránsito es de una economía agraria cerrada a otra en la que ya existirían excedentes que, por su parte, permitirían mantener a nuevas clases económicas que no intervengan directamente en la producción de alimentos. Su escenario ''puede ser demarcado provisionalmente: está limitado por el Sahara y el Mediterráneo, al Este por el desierto del Thar y los Himalaya, al Norte el espinazo eurasiático - Balcanes, Cáucaso, Elburz, Hindu-Kush - y al Sur por el Trópico de Cáncer. Después del mago, surgido en etapas anteriores, ahora es el especialista metalúrgico el nuevo profesional liberado de las obligaciones comunes e incluso de la pertenencia a un determinado grupo. Un paso más y estamos en la ''Revolución urbana'', que Childe coloca en la Edad del Bronce inicial. La aldea se convierte en ciudad. El palacio y el templo estimulan el progreso técnico en su beneficio, pero ello no impide que se extienda a toda la sociedad la gratificación material que conlleva. La población aumenta de un modo acusado. Y la complejidad de las nuevas formas económicas exige también un avance en el equipo no material: la escritura será el resultado más transcendental, para poder hacer frente, en un principio, a la administración de los recursos; pero la primera fase de la escritura, ideográfica, pictográfica o simbólica, reforzará el poder de la minoría que también controlaba el mundo de las creencias, y, en ocasiones, el poder político. Para Childe es ahora, además, cuando se da otro paso en el esquema económico, pues los excedentes, ya más considerables, se integran en una red de intercambios que exige ''el uso de un medio, una ''mercancia'' de mercancías de referencia''; no hay todavía moneda física en el sentido técnico, pero ya hay una economía monetaria en sentido amplio, con independencia del objeto real que sirve de médula (barras de plata o cobre).
Tras detenerse con más detalle en los casos específicos de Egipto y la India, el autor pasa a analizar un nuevo momento histórico de cambio, alrededor de mediados del tercer milenio, aún en plena época del Bronce. En este caso, bien por invasiones, bien por disolución interna, el sistema productivo se transforma; en ambos casos se produce una regresión, pero no al nivel anterior; caen las estructuras políticas existentes, centralizadas y hasta autosuficientes en gran parte, y esto produce un efecto positivo al liberar de una excesiva dependencia institucional a los profesionales especializados. Hay por tanto una mayor ''liberalización'' del mercado y a la larga su efecto será enriquecedor: ''las civilizaciones rejuvenecidas de Mesopotamia y Egipto del segundo milenio difieren profundamente de sus precursores del tercero por la mayor preponderancia de una clase media de comerciantes, soldados profesionales, escribas, sacerdotes y artesanos expertos, ya no recluidos en las ''grandes casas'', sino subsistiendo independientemente al lado de éstas''. Y ese segundo milenio verá, además, incorporarse al grupo de sociedades civilizadas a las del Extremo Oriente, sobre el río Amarillo, y a otras, las del Egeo y Europa Occidental y Central, les será dado, gracias al comercio sobre todo, integrarse en el ámbito mediterráneo, si bien a un nivel alejado aún de la cohesión alcanzada por las áreas más antiguas. En una de ellas, la mesopotámica, se producirá un avance sustancial en los conocimientos matemáticos, punto de partida de lo que, a través de la Jonia del primer milenio, la Alejandría helenística y la intermediación árabe se convertirá en la base científica acumulada antes del enorme despegue técnico occidental en la Edad Moderna.
Otra vez se produce una aparente regresión con el inicio de la Edad del Hierro. Se desploman los grandes imperios y nuevas invasiones aniquilan gran parte de los bienes acumulados durante la época anterior. La posesión de armas de hierro - cuyos minerales son mucho más abundantes que los de cobre o estaño - ''democratizan el equipo material y los pueblos más bien pertrechados relevan a las sociedades del Bronce convirtiéndose en élites dirigentes y ampliando más que nunca el espacio intercomunicado, desde las costas atlánticas de España hasta el Yaxartes en Asia central y el Ganges en la India, desde el sur de Arabia hasta las costas septentrionales del Mediterráneo y el mar Negro''. Y esta expansión fue también mayor en profundidad, pues al nuevo metal hay que agregar, como equipo instrumental del alfabeto y la moneda (en realidad, moneda ''menuda'' para pequeñas transacciones, pues la otra ya existía). Si el hierro permitió una explotación más eficaz de la tierra y la moneda creó la posibilidad del ahorro privado, el alfabeto acabó, gracias a su sencillez con el monopolio sacerdotal en los sistemas de escritura. Los pueblos que mejor aprovecharon los tres nuevos instrumentos fueron aquéllos que, impelidos por las limitaciones de su propio entorno, se lanzaron al mar para buscar en sus costas lugares de asentamiento y productos de intercambio. Griegos y fenicios no dejarían pasar la oportunidad.
Las nuevas condiciones modifican también el ámbito de la política, la religión y la ciencia. La Edad del Hierro trae consigo, junto a la existencia de nuevos imperios calcados de los antiguos, la aparición de sistemas de gobierno donde la monarquía deja paso a la tiranía (apoyada en la clase poseedora de la riqueza monetaria) y la democracia (allí donde la clase media y la baja triunfaron sobre los antiguos privilegios de sangre). Surgen, por otra parte, las primeras manifestaciones de religiones universales o de universalización de las anteriores (como la hebrea a través de sus profetas). Y el ''equipo espiritual'' permite ir más allá y trata de buscar representaciones del mundo por vía racional: ''la filosofía griega de la Edad del Hierro era la especulación personal de individuos emancipados de la completa dependencia del grupo, gracias a las herramientas de hierro y a la moneda acuñada''.
Desde el 330 a.C. (Alejandro) hasta mediados del siglo II de nuestra Era se extiende un período que Childe llama de ''apogeo de la civilización antigua''. El espacio intercomunicado es mayor y permite, vía indirecta, el comercio oriente-occidente, del Pacífico al Atlántico. Tanto Alejandro como Roma crean además un ámbito político y económico unificado donde antes, y después, proliferarían los compartimentos cerrados. Las innovaciones técnicas en el comercio y la industria multiplicarán la riqueza. Pero también será la época de apogeo de la esclavitud. Esta, en una dimensión cuantitativa jamás alcanzada antes, impondrá limitaciones al avance tecnológico y a la larga será responsable en gran parte de la crisis de la sociedad a la que caracterizaba. Cuando esa sociedad empiece a ser víctima de factores adversos, como la disminución de la circulación monetaria por efecto del comercio con Oriente, el estancamiento productivo, el retraimiento de los intercambios por la tendencia de los artesanos a establecerse cerca de los mercados de consumo, el coste de un ejército defensivo cada vez más numeroso y caro, el impacto nada positivo desde el punto de vista económico del cristianismo, etc., procederá a su vez a adaptarse (disminución de la natalidad, ruralización, vuelta a la economía cerrada casi natural, olvido de las obligaciones militares, colonato, retroceso del nivel, ya innecesario, de refinamiento cultural). Así, el fin de esa sociedad antigua estará ya anunciado antes de que los bárbaros lo certifiquen. Habrá una nueva regresión pero, a escala general, ''el progreso es real, si bien discontinuo. La curva ascendente se resuelve en una serie de depresiones y elevaciones. Pero en aquellos dominios que pueden ser examinados por la arqueología y la historia escrita, ninguna depresión desciende nunca al nivel de la precedente, y cada elevación sobrepasa a su precursora inmediata''.