Merece la pena que recordemos la trayectoria de este libro, que recoge, a lo largo de medio siglo y en versiones constantemente actualizadas, los avances de los conocimientos de nuestro pasado más remoto en el período de mayor esplendor de la ciencia arqueológica. La primera de ellas tiene como autor exclusivo a Hugo Obermaier, eminente prehistoriador alemán, pero también padre indiscutible de la arqueología prehistórica española; editada en Berlín con el título ''Der Mensch der Vorzeit'' en 1912, unos años más tarde aparece la traducción española (''El hombre fósil''. Madrid, 1925). Cinco años después se publica en Friburgo de Brisgovia (Baden) una nueva y muy enriquecida refundición, que ve la luz en España unos pocos años más tarde ya con el título presente. La obra crece y obliga al autor a compartir sus responsabilidades con su discípulo y anterior traductor Antonio García y Bellido, que se encarga de la parte correspondiente a las Edades del Bronce y Hierro (1941); revisada la obra en 1943 y 1947, y convertida ya en punto de referencia obligatorio en el mundo estudiantil, la muerte de Obermaier y la necesidad de realizar cambios profundos en el texto para recoger las numerosas novedades aportadas por la investigación obligan a García y Bellido a añadir la colaboración de otro prestigioso especialista, también discípulo del sabio alemán, que gozaba ya por entonces de la máxima consideración a nivel europeo: Luis Pericot; así, a partir de 1954 el libro aparece encabezado por los nombres de los tres y llegaría en su séptima edición al año 1960 del mismo modo y publicado por Revista de Occidente. Hoy, transcurridos más de treinta años, sólo está en el recuerdo - y muchas veces en las manos - de quienes hace los mismos años dejaron las aulas universitarias, sin que ninguna otra obra de parecidas características haya venido a relevarla.
Podría pensarse que resultaba inviable la integración de los últimos descubrimientos, especialmente los realizados a partir de 1972 en Africa (Leakey, Johanson), al obligar a un giro casi copernicano en la visión que se tenía del origen de la humanidad; o, para períodos menos lejanos, las revisiones cronológicas que afectan a la estructura tradicional desde el Mesolítico al menos. Pero basta con una relectura del texto para cerciorarse de lo contrario: en efecto, el planteamiento temático tiene la suficiente flexibilidad y apertura de miras como para no resentirse por ello. Pero no se puede olvidar tampoco que los autores, por razones de edad, hubieran tenido que solicitar a su vez la colaboración de algunos de sus discípulos, ninguno de los cuales quizá estaba en condiciones de asumir una síntesis de tales dimensiones. Por desgracia, ahora no disponemos de nada que se le parezca, ni en español ni en traducciones, y no es ajeno esto a la enorme ampliación temporal y de materiales aportados que se les ha venido encima a los investigadores.
Para el lector no especializado el centro de interés temático, en asuntos de prehistoria, está en el origen del hombre y su evolución. Pero los especialistas saben que los conocimientos sobre ello descansan por fuerza en datos relacionados, en primer lugar, con el entorno, y, en segundo, con las propias creaciones materiales del hombre prehistórico. De ahí que se introduzcan en los libros largas disquisiciones de carácter geológico, paleontológico, paleobotánico, sin descartar referencias a teorías astronómicas (por ejemplo en relación con el glaciarismo) o a métodos de cronología aplicada. Ya desde muy pronto, los primeros tratadistas establecieron el encuadramiento de este campo de estudio teniendo en cuenta el tipo de instrumental utilizado por el hombre, pues era lo que más abundaba (los restos fósiles eran escasísimos todavía); de este modo aparece la clásica división en Edad de la Piedra y Edad de los Metales; cada una de ellas exigió de inmediato subdivisiones (Paleolítico, Mesolítico, Neolítico por una parte, Cobre, Bronce y Hierro por otra); no era suficiente, pues la evolución técnica, aunque lenta, ofrecía variaciones sustanciales, y por ello fue preciso crear fases, para las cuales se tomó la costumbre de utilizar una nomenclatura basada en le denominación de los yacimientos más representativos (Chelense, Acheulense,...). Ese esqueleto referencial estaba ya prácticamente completo a principios del siglo XX, y sobre él se fueron realizando ajustes, añadidos (muchas veces secuencias paralelas para distintos ámbitos culturales sincrónicos) sin afectar a la credibilidad del sistema. Era además cómodo , y se impuso como indispensable en la metodología. No es otra la situación actual, como podrá comprobarse en cualquier informe sobre excavaciones recientes, pero sí parece que existe una tendencia en ofrecer los resultados globales en síntesis aligeradas de excesivos tecnicismos. Este libro, aún siendo de una ortodoxia absoluta en el respeto por el encuadramiento al uso, no es mero registro descriptivo sino que lo transciende, tanto mediante el planteamiento de hipótesis como estableciendo relaciones entre fenómenos de distinto tipo o época.
Ese afán por superar la mera erudición arqueológica y por sugerir respuestas a problemas no resueltos aparece, de entrada ya, al plantear el tema del hombre terciario: en los años cincuenta los restos humanos fósiles encontrados sólo permitían hablar del hombre cuaternario a partir de la época glaciar, el hoy llamado ''Homo erectus'' y entonces más corrientemente denominado ''Pitecántropo''; pero había dos incógnitas añadidas tiempo atrás: qué eran los llamados aerolitos y qué consideración darle a los restos bautizados con el nombre de ''australopitécidos''. La opinión generalizada en aquellos momentos en el mundo científico era de rechazo respecto al carácter de instrumentos de uso humano de los primeros; y de exclusión de los segundos de la secuencia antropológica; en ambos casos se optaba por negar la existencia de un hombre del Terciario. No podía ser otra la consideración aquí ofrecida, pero con matices esperanzadores al abrirse la posibilidad de un período inicial en el que el hombre usaría instrumental lítico sin apenas manipulación (''Pebble culture''), y al sugerir que una rama de los australopitecos bien podría entrar en la categoría de los homínidos. Despejado hoy el problema, la duda se ha desplazado desde una cuestión de centenares de miles de años a otra de millones.
Lástima es que este libro no alcanzara a recoger los sensacionales hallazgos en tierra española del ''Hombre de Orce'' (por lo demás aún debatido) o del rico yacimiento de Atapuerca (correspondiente al ''Homo erectus'', del que sólo entonces se conocía al ''Homo heidelbergensis'' en Europa). Pero sí nos habla con exactitud del enigma del hombre del Paleolítico Medio, esto es, del musteriense y sus conclusiones siguen siendo válidas: dos ramas distintas del género humano coexistieron, de las cuales una - el hombre de Neanderthal - al que no se atreven los autores a reconocer un lenguaje articulado, tesis hoy generalizada en el mismo sentido - se extinguió mientras la otra, menos numerosa al parecer, sería el nexo con el hombre actual (los restos que avalarían tal supuesto serian los de Steinheim y Swanscombe).
Todo el período del Paleolítico superior se sostiene por completo a la luz de los conocimientos actuales salvo la cronología del arte levantino; tratado casi en paralelo con el franco-cantábrico, notorio aunque con significado distinto como sabemos, los mismos autores anuncian la pertenencia posible al Mesolítico y lo desvinculan del llamado ''arte capsiense'', hoy fuera de uso como categoría. No es de extrañar el acierto, pues Pericot ha sido, quizá, el especialista más relevante en ese terreno.
Llama la atención, sin embargo, un defecto de exposición común, por otra, parte, a las demás publicaciones de la época: el eurocentrismo, cuando ya era evidente que el hombre europeo procedía de Asia o Africa, y este último continente era la cuna de la humanidad. Los autores lo reconocen, y lo justifican en base a la densidad de los restos encontrados, pero no parece coherente que, tras cerrar el estudio del Paleolítico europeo en todas sus fases, la exposición recomience precisamente en los territorios donde se produjo el proceso inicial.
En el Neolítico tampoco falta ningún elemento representativo dentro de lo actualmente aceptado, si bien es extraño que no se haga eco de la polémica entre difusionistas y partidarios de la teoría de la convergencia en el origen de la agricultura; únicamente lo aborda de un modo tangencial al tratar del posible surgimiento independiente en el área americana, lo que sugiere que, en el Viejo Mundo, aceptaría como correcta la tesis difusionista. Por lo demás, también en este asunto los nuevos descubrimientos han alterado la cronología; el Mesolítico reduce cada vez más su espacio, y sobre todo en el Próximo Oriente prácticamente desaparece. Del mismo modo, en la zona mediterránea se tiende a ganar algún milenio en relación con lo aquí reflejado.
La parte de la que se responsabiliza Antonio García y Bellido es la frontera entre la historia y la prehistoria, cuya línea de separación varía enormemente según el área: el amanecer de la historia se sitúa en Asia y en Egipto en pleno Neolítico; la Edad del Bronce significaría, por su parte, el inicio de las civilizaciones del Mediterráneo oriental, la Edad del Hierro ampliaría por el este y el norte el espacio de aquéllas bajo su influencia, y habría que esperar a fechas más recientes (casi en el comienzo de nuestra era, y más tarde en algunos casos) para integrar a los hombres y las tierras marginales de la Europa septentrional. Y hemos de decir que, respecto a todo ello, las cosas siguen en el mismo punto que las dejó el autor en esta obra: recogidos los últimos descubrimientos relacionados con la cultura micénica (incluido el desciframiento del Lineal B), apenas habría que corregir algunos aspectos referentes a la cronología de los monumentos megalíticos, tema en plena discusión, con tendencia a rebajarla todavía más.
Llegamos así al apéndice dedicado a la protohistoria de la Península ibérica, etapa en la que precursores como Schulten y Gómez Moreno habían abonado convenientemente el terreno. Sin embargo, es justo que atribuyamos a García y Bellido el mérito de ser la verdadera autoridad en la materia. Arqueólogo y filólogo, no se ha limitado al esclarecimiento de los aspectos relacionados con la helenización, su especialidad estricta, sino que también ha contribuido con su esfuerzo a otros (mundo celta, celtíbero, mundo ibérico). A él le debemos, y aquí lo recoge, la tesis del origen tardío del arte ibérico, más en relación con la influencia romana que con la muy anterior presencia helena en las costas levantinas; su audaz propuesta no ha sido del todo aceptada, pero no es ni mucho menos rechazable, dado el rigor de sus argumentos.
No fue ajeno al éxito y prestigio de este libro el que, pocos años después, el mismo Pericot, en colaboración con Maluquer, redactara una obrita de divulgación para una famosa colección popular (''La Humanidad prehistórica''. Ed. Salvat, 1969) ejemplo y modelo para iniciativas de este tipo, pues, con el mismo estilo claro y ameno del que consideramos, expone la temática esencial aquí desarrollada sin perder por ello la calidad necesaria en un trabajo salido de la mano de un investigador. Por ello, no nos resistimos a calificar esta última aportación de uno de los tres autores como un digno colofón para este libro ya clásico.