Toda la Antigüedad se inclinó ante el eterno Egipto. Cuando nació a la historia lo hizo ya como un cuerpo consolidado (fronteras, tipo de Estado, creencias, gustos artísticos), precocidad que no igualó ni Mesopotamia, su gran rival en el amanecer de la cultura. De allí extrajeron los griegos gran parte de sus mitos (y hasta el nombre de Tebas, la de las cien puertas, se repetirá en la Cadmea beocia de sólo siete). Los pueblos del Egeo intentaron copiar sus monumentos y proporcionaron así a toda el área mediterránea, y aún más lejos, esas ciclópeas construcciones megalíticas. Mitannis e hititas creyeron por un momento poder situarse a su altura, pero sólo fueron dos ejemplos de la efímera vida que los imperios del Próximo Oriente alcanzaron. Los hebreos se formaron como pueblo en las orillas del Nilo, y la nostalgia de una esclavitud casi dorada fue el obstáculo mayor para persistir en su búsqueda de la tierra prometida, sin descartar el posible origen egipcio de ese mismo ideal religioso. Los ''Pueblos del Mar'', poco después, eligieron la tierra de Ramsés III como punto de llegada tras su periplo, perdidas las suyas ante el empuje indoeuropeo; derrotados por el ejército y la marina del faraón, éste los aprovecha convirtiéndolos en soldados propios, cuya lealtad posterior justificó tan generoso comportamiento. Asirios y persas lo conquistaron con cierta facilidad, pero esa integración política, breve, no afectó para nada a su autonomía cultural, en el más amplio sentido. Herodoto primero, luego Platón, bucearon en la sabiduría custodiada por sus sacerdotes y de este modo aquél pudo ser llamado el ''padre de la Historia'' y el filósofo nos transmitió la enigmática leyenda de la ''Atlántida''. Más tarde, macedonios y romanos lo explotaron en su beneficio, pero no sólo desistieron de imponerles sus creencias sino que se vieron invadidos por las suyas. Este mundo, a la vez orgulloso y cerrado, autosuficiente gracias a su memoria histórica, sólo desaparecerá cuando el vendaval islámico lo arrase y lo integre en un nuevo ámbito de fanatismo uniformizador; apenas persistirá un residuo, hilo conductor de gran valor para su reconstrucción, la minoría copta. Hoy, sin embargo, en pocos lugares es tan evidente el divorcio entre un pasado, testimoniado por las Pirámides y los templos, y un presente protagonizado por los alminares. No sería descartable un nuevo incendio de la Biblioteca de Alejandria en nombre del fundamentalismo. Es también un Egipto cerrado, pero con valores contrapuestos a aquéllos que le dieron esplendor y que hicieron del egipcio antiguo un pueblo pacífico, artísticamente creativo y piadoso no sólo con los dioses, sino también, y sobre todo, con los seres humanos.
Para Montet, arqueólogo francés de la saga de los Mariette y Maspero, la gran dificultad al abordar este libro estribaba, según confiesa, en la elección del momento, en la selección de la etapa más representativa de ''lo egipcio''. Podría haber sido el Imperio Antiguo, y no faltaban para ello materiales (Pirámides, textos, mobiliario, sistema de creencias); es lógico descartar las épocas de dominación extranjera, pues la figura del faraón es fundamental en la comprensión de la vida egipcia. Al decidirse por el Imperio Nuevo, y en concreto por el período correspondiente a la XIX Dinastía, la Ramésida, con referencias obligadas a su predecesora (con acontecimientos tan importantes como el imperialismo de Thutmés III en Siria o las reformas religiosas de Akhenatón), el autor enriquece sus posibilidades de ilustrarnos, pues ese Imperio presenta el doble carácter de restaurador de los valores del Antiguo y de innovador en ciertos aspectos formales como es el caso de la sustitución de los enterramientos en Pirámides por los hipogeos del Valle de los Reyes. De pretenderse una síntesis lo más completa posible, no hay duda del acierto al decantarse por esos siglos de finales del segundo milenio, fase de madurez de la cultura egipcia coetánea de la guerra de Troya y anterior con mucho a la fundación de Cádiz, Roma o Cártago. Es la modernidad de Egipto insertada cronológicamente en un mundo mediterráneo muy alejado todavía del comienzo de su historia.
De los doce capítulos que comprende la obra, algunos resultan especialmente significativos por contraste con otros ámbitos culturales de la Antigüedad; son los referentes al tiempo, la vida en el campo, las artes y los oficios, el faraón, los escribas y los jueces, la actividad en los templos y los funerales.
Egipto vivía del Nilo, y las crecidas de éste comenzaban con la aparición de la estrella Sirio en el cielo; a partir de ahí, el año se dividía en tres estaciones, cada una de las cuales correspondía a una fase en los trabajos del campo. Esa estrecha relación determinó que los egipcios desarrollaran mejor que nadie un sistema de cómputo del año solar que posiblemente - así lo cree Montet - incluyera la rectificación necesaria cada cuatro años. El mundo campesino, sobre el que recaía el mayor esfuerzo, no presenta, sin embargo, la triste imagen de otros pueblos, pues ni los trabajos agrícolas eran especialmente fatigosos ni la condición jurídica del labriego le situaba fuera de la sociedad libre. En realidad, la esclavitud, tal como se entendía en Mesopotamia y luego en Grecia y Roma, era así un fenómeno aislado como resultado de guerras victoriosas.
Las artes y los oficios estaban muy bien representados: los canteros lograban arrancar y trabajar la piedra, abundante, de las montañas al oeste de Tebas o de más al sur y extraían así el material necesario para la construcción de los templos, las estatuas o los obeliscos. Los mineros, más penosamente - pues su labor se realizaba por lo general en zonas desérticas - proporcionaban el oro y el cobre, aunque la mayor parte de aquél venía, en forma de tributos o de intercambio, de Nubia, en aquellos momentos bajo poder egipcio (existía un virreinato dirigido por ''El hijo real de Kush''). El trabajo de la madera no desmerecía de otros ejemplos coetáneos, con la particularidad de que la materia prima, escasa en Egipto, había que importarla de Biblos. Pero todo ello era un proceso anómino; el artista, como tal, no gozaba de una consideración especial, salvo notables excepciones. El comercio exterior tenía tres vectores: la relación con el Líbano, de donde se importaba la madera de cedro a cambio de productos elaborados, el contacto con Nubia, que, aparte de oro proporcionaba también pieles y mobiliario, y los esporádicos viajes al país de Punt, probablemente el actual Yemen, para obtener incienso y otros productos exóticos. Las necesidades del comercio, más que las de tipo militar, obligaron a abrir un canal, a través de los Lagos Amargos, para comunicar el Mediterráneo con el Mar Rojo y a crear puertos en este último, comunicados a través del desierto con el valle del Nilo.
En las épocas de desorden se descuidaban los canales, los campesinos eran oprimidos, bandas de delincuentes asaltaban a las personas y saqueaban templos y tumbas, el comercio exterior dejaba de existir. En pocos lugares se hacía, por tanto, más imperativa la ausencia de una fuerte autoridad. El faraón es el ''soberano Vida, Prosperidad y Salud''. Está en la nómina de los dioses, otro elemento diferencial con sus colegas de otros estados vecinos. Pero, al igual que aquéllos, es benéfico y gobierna, o debe gobernar, con justicia; por ello, no faltan en los textos reproches a los reyes que no habían sabido cumplir con esa misión por indolencia o por exceso de confianza en sus consejeros. No cambió tal valoración cuando precisamente la XIX Dinastía destaca el culto al malvado dios Seth, el asesino de su hermano Osiris. En todo caso, estimula el afán expansionista en Asia, en contraposición con el tradicional aislacionismo egipcio.
La guerra suele ser defensiva en la frontera occidental, con los libios; a éstos se les tiene por bárbaros y se les trata con dureza. Por el sur, la tendencia es a ocupar poco a poco un mayor espacio, siguiendo las cataratas (hasta la quinta llegó a ser dominada por Egipto en un momento de máxima expansión); es un proceso a la vez civilizador y de obtención de metales. En el Nordeste, pasillo de penetración habitual hacia el Delta (caso de los hicsos y mucho después de asirios, persas y macedonios), las Dinastías XVIII y XIX practicarán una política ofensiva, que llevará a las conquista de Siria y a entrar en contacto con Mesopotamia; esto acarreará a su vez guerras con otras potencias aspirantes a dominar la misma área, y, casi permanentemente, expediciones de castigo a los príncipes locales de la zona, poco propensos a mantener la fidelidad jurada. Tras el desastre consiguiente a la invasión de los hicsos, el ejército egipcio se adaptará a las nuevas técnicas (empleo de caballos y carros y, más tarde, de armas de hierro), pero el vocabulario militar evidenciará el préstamo asiático en este terreno. Los egipcios no parecían hechos para la guerra, y así se lo reprochó Ramsés II en los difíciles momentos de la batalla de Kadesh, donde sólo su guardia de sardanos resistió el empuje inicial hitita. Por ello, era frecuente el recurso a mercenarios o a enrolar prisioneros.
Quizá sólo en la época más reciente podemos encontrar un ejemplo de control burocrático de un país como el que existía en el antiguo Egipto. Los escribas, educados durante años en escuelas rigurosas, formaban una red densa que llegaba a todas partes, tanto por la vía administrativa como por la fiscal o judicial, con los visires del Alto y Bajo Egipto al frente. Prueba de su importancia es la posición que aquéllos tenían en la jerarquía de poder, inmediatamente después del rey. El género de vida de estos funcionarios hacía de su profesión un verdadero ideal para el resto de la sociedad, como sucedía en China con los mandarines. Pero también podían caer si abusaban de su autoridad, aunque no le resultaba fácil al faraón averiguar las irregularidades.
Templos y tumbas dominaban la vida de los egipcios. Los primeros, con su numeroso clero, evidenciaban la piedad hacia los dioses de aquel pueblo. Las segundas respondían al deseo de inmortalidad, de una grata vida de ultratumba. Los ramésidas se esforzaron en construir templos en mayor medida que sus antecesores, recayendo los beneficios más sustanciosos en el dios Amón y en la ciudad de Tebas, que alcanzaron su época dorada. No tardarían mucho los sacerdotes de Amón (recuérdese a Herihor) en socavar la autoridad real que tanto le había favorecido y causar el derrumbe final de la dinastía. Mientras tanto, sin embargo, el esplendor de las fiestas religiosas unía al pueblo, al rey y a los dioses en un exaltado regocijo de varios días de duración, como sucedía especialmente en los casos de la fiesta de Opet y la del Valle.
Algunas tumbas intactas, descubiertas por los arqueólogos, confirman que Egipto trabajaba para los muertos. En realidad, eran los vivos quienes se preparaban de este modo su continuidad en la otra vida de manera que no les faltara nada de lo que en ésta habían disfrutado; así, el inventario de una tumba es la mejor muestra de la vida cotidiana del antiguo Egipto. A ello había que unir la obsesión por salir airoso el difunto de la prueba que los dioses, Osiris sobre todo, le imponía para poder acceder a la condición de bienaventurado; tal prueba, de carácter ético, era un repaso a la conducta terrena del aspirante, y, para evitar los posibles riesgos, cuidaban de conjurar un destino adverso mediante fórmulas rituales cuyos textos acompañaban a las momias:
''Oh mi corazón, corazón de mi madre, corazón de mis formas! No levantes testimonio en mi contra, no te opongas a mí delante de los jueces, no inclines tu peso contra mí ante el señor de la balanza. Tu eres mi Ka que está en mi seno, el Khnum que da la integridad a mis miembros. No permitas que mi nombre sea mancillado, no digas mentiras contra mí delante del dios''.