El interés por el conocimiento del pasado mesopotámico formó parte, en principio, del clima existente en el mundo cultural europeo a lo largo del siglo XIX, ansioso por descubrir las civilizaciones antiguas valiéndose sobre todo del método arqueológico. Asombra como en el espacio de menos de cien años nacen especialidades (Asiriología, Egiptología) que agrupan a destacadísimos excavadores, dignos muchos de ellos de ser considerados entre los más destacados benefactores de la humanidad. Por una vez se ha llegado a tener una imagen suficiente de lo que significaron aquellos momentos (mejor, en muchos casos, que la percibida de otras etapas más próximas en el tiempo y en el espacio). Descubrimos un segundo motivo de atracción: se aclaran las raíces difusas de nuestra propia civilización. Esta, como bien dice Toynbee, tiene sus fuentes en la civilización grecorromana, por un lado, y en las tradiciones fenicio-judaicas por otro, y así los mitos clásicos y la Biblia nos han servido como depósitos iniciales de muchas de nuestras formas de vivir, sentir o pensar, pero ahí se agotaba cualquier búsqueda de referencias, como si se tratara de creaciones ''ex nihilo'', geniales, de pueblos superiores. Afortunadamente hoy ya sabemos que tanto unos como otros son tributarios, en medida sorprendente, de la civilización mesopotámica (como también, aunque no de modo equiparable, de la civilización egipcia). Así se puede averiguar el origen de héroes, dioses y semidioses (Hércules-Gilgamesh, Tammuz-Adonis, Ishtar-Afrodita...), y encontramos base firme para explicarnos por qué tantos de esos personajes mitológicos eran ya relacionados por los griegos con Asia. Más apasionante es el impacto que los nuevos descubrimientos - en especial los textos literarios - han producido en los estudios bíblicos; reducidos éstos anteriormente a una exégesis interna, ahora ya será posible evaluar los préstamos recibidos desde fuera, cuya magnitud convierte a la Biblia en el testimonio de un pueblo que en su concepción del mundo y en la forma de representarlo no es sino un apéndice del conjunto cultural al que perteneció en dos momentos decisivos: en su nacimiento (véase la historia de Abraham) y durante la etapa de la cautividad de Babilonia. Hoy sabemos que todo el Génesis, por donde empieza la Biblia y que se daba por lo más antiguo en redacción y en cronología de sus componentes, es fruto de ese contacto bastante reciente con los mitos de génesis babilónicos tal como se contaban en el siglo VI a.C., acompañados quizás con reminiscencias de su primera pertenencia (un milenio antes) a esa misma cultura.
Para contribuir a esa demanda, que se centra más en los aspectos materiales y espirituales, resulta de mayor eficacia una panorámica de la vida cotidiana que no la forma típica de una historia general. Por fortuna, uno de los arqueólogos más prestigiosos, el francés Contenau, se atrevió a realizar este esfuerzo cuando tal enfoque era todavía muy novedoso y no demasiado académico. Y para ello tuvo que elegir de entre los tres mil años de existencia el período que resultara adecuado por la cantidad de documentos de apoyo y también por su trascendencia. Se corresponde, según él, tal momento con el período delimitado por los siglos VII y VI, que además tiene la ventaja de abarcar las particularidades de tres unidades políticas: el segundo imperio asirio en su fase de esplendor y hundimiento final (desde Sargón II hasta Assurbanipal, pasando por Senaquerib y Assarhaddon), el imperio neobabilónico de Nabucodonosor, y el primer siglo del imperio aqueménida (Ciro, Cambises, Darío y Jerjes), que se superpone a los otros dos y sintetiza todo el pasado del Próximo Oriente asiático (el ejemplo podría ser la triple inscripción rupestre de Behistún).
Hasta cierto punto, la elección de un período determinado no es de gran relevancia, pues la primera conclusión que se extrae es que, sin llegar al extremo de la civilización egipcia, la continuidad es una de las características del mundo mesopotámico; al revés que el nuestro, clásico y occidental, cambiante e inconformista, el tiempo es contemplado en aquél como un accidente que todo lo más produce alteraciones cíclicas en un proceso definido por la permanencia (en ello también coinciden las interpretaciones de Spengler y Toynbee). Es más, hasta que hace unas décadas la penetración de la civilización occidental ha introducido sus medios mecánicos (como el automóvil), la vida cotidiana de un pueblo, e incluso de una ciudad importante de Oriente seguía siendo fiel al remoto pasado (las religiones actuales, judía o musulmana, son también, salvo en el politeísmo, elementos coherentes con la mentalidad del hombre antiguo, aterrorizado por unas divinidades coléricas, y con poco margen para disponer de su propio destino). El autor recuerda más de una vez que, en sus actividades arqueológicas, la conducta de sus auxiliares indígenas le confirmaban en esta creencia. Toda la primera parte del libro, dedicada a la vida material, nos la podríamos ahorrar precisamente porque parece sacada de la observación del modo de vida casi actual, de los habitantes del mismo territorio, los iraquíes (tipo de vivienda tradicional, trabajo), si no fuera porque se ha perdido algo que era consustancial con aquel mundo hasta el siglo XIII d.C.: la magnífica red de canales, obra humana que requería un control permanente, fruto del esfuerzo de muchas generaciones que la fueron ampliando y perfeccionando; como consecuencia, la enorme fertilidad de la tierra (con rendimientos que aún hoy, con la agricultura moderna, apenas se alcanzan, si no mienten los documentos antiguos) ha dejado paso de nuevo al desierto, con la consiguiente degradación de la riqueza de sus habitantes, que además disminuyeron apreciablemente en número (ahora, gracias al petróleo y a la introducción de técnicas sanitarias occidentales ha vuelto a ser una zona bastante poblada, pero con una base precaria, la exportación de crudo, como se ha demostrado tras la Guerra del Golfo). También hay otro factor desaparecido, esta vez para bien: la esclavitud, cuya consideración era muy similar (y quizá inspiró) a la del mundo mediterráneo antiguo.
La monarquía (el rey y el Estado), tanto la asiria como la babilónica, es absoluta, despótica, pero el rey no es un dios, sino el máximo enlace entre las divinidades y el pueblo. Esa monarquía tendrá dos puntos débiles: la falta de un sistema claro de sucesión y la necesidad de financiarse (sobre todo la primera) mediante la guerra, haciendo del ejército su principal instrumento y a la larga, el factor más perturbador. Esa condición militar y religiosa de la realeza determina también su vida cotidiana, muy ceremoniosa, de espléndido marco, pero al mismo tiempo dominada por la desconfianza y la intriga.
Mucho más sugestivo es el apartado referente al pensamiento mesopotámico. La doctrina del nombre, por ejemplo, ha trascendido a nuestra filosofía (realismo platónico) y ha dado lugar a supersticiones populares (la magia puede actuar tanto sobre la persona como sobre su nombre, que es su representación real. Por ello los mesopotámicos utilizaban dos nombres, el verdadero, secreto, y el aparente). Exactamente como hacían los judíos al nombrar a Dios (no sabemos, por ese motivo, cual era el nombre verdadero, pues Yahvé es el aparente). La literatura, que se ha conservado admirablemente gracias al soporte (tablillas cocidas) testimonia, como la nuestra, diversos géneros y temas; destaca, en la mitología, el Poema de la Creación, con varias versiones (según el dios predominante, esto es, la ciudad), el poema de Gilgamesh (que es al mismo tiempo una transposición de las primeras expediciones al Mediterráneo, la historia de un semidiós y la búsqueda de la inmortalidad), el poema del Justo Paciente (del que se copia el Libro de Job casi al pie de la letra), el mito del Diluvio (con Um-napistim, el Noé sumerio), poemas de animales fabulosos: dragones y pájaros que se enfrentan a los dioses y a los hombres (recogidos luego en la literatura griega y también en la tradición occidental: San Jorge, Libros de Caballerías). También hay himnos religiosos o profanos y se inventa el género fabulístico (que llegará a nosotros a través de Esopo). Existe también una serie de textos que hacen pensar en las sociedades secretas, con procedimientos cabalísticos (de ahí saldrá toda una tradición asociada con la lectura críptica de la Biblia, sin olvidar las pretensiones de muchas sociedades secretas modernas de remontar sus orígenes a los ''caldeos'', esto es, los babilónicos). Pero donde la aportación a la humanidad ha resultado decisiva ha sido en el campo de las matemáticas y sus diversas aplicaciones, sobre todo en astronomía: aquéllos se debe el sistema sexagesimal y el valor posicional de las cifras (este segundo recuperado en Europa a finales de la Edad Media). Más pobre es la representación cartográfica del mundo y las ideas sobre la forma de la tierra, que contrastan con los avanzados conocimientos sobre las estrellas y los planetas. Quizá porque buscaban más la influencia de los astros en el destino de las personas (astrología) que la pura investigación. Tampoco era muy coherente la forma de sistematizar los minerales, vegetales o animales, pues empleaban procedimientos analógicos y, a veces, arbitrarios (como en el caso de las piedras, cuyo valor estaba en función de su ''actitud'' en la lucha de Marduk contra sus enemigos). Y en el arte, que abarcó todas las modalidades (arquitectura, escultura, pintura), las excavaciones han permitido que podamos contemplar, junto a una enorme pericia técnica, el gusto por el convencionalismo que, con ligeras variantes, permanece a lo largo de casi toda la historia mesopotámica; no sabemos si ello fue la causa de no llegar a interesarse por la perspectiva, otra característica que relaciona a babilónicos, egipcios y chinos.
La religión condicionaba la vida de todo el mundo, desde el más pobre hasta el rey. Los innumerables dioses, inclasificables, eran caprichosos y coléricos, y el culto era, por tanto, una forma de aplacarlos y hacerlos propicios. Pero como esto no bastaba, se recurría, más que en ninguna otra civilización, a prácticas mágicas y de adivinación, que podían obligar a los dioses a favorecer a quien les conjuraba. Invocar el ''nombre'' del dios era, en cierto modo, tener un dominio sobre él, y del mismo modo, adoptar un nombre propio que incluyese el de aquél garantizaba su protección de por vida. Esto lo empezaron a poner en práctica los reyes y luego se hizo costumbre general.
La formación del panteón asirio-babilónico fue acumulativa: dioses agrarios, dioses urbanos sumerios, dioses semitas...Ya en la época neobabilónica se consolidó una doble tríada (Anu, Enlil y Ea; Sin, Samash e Ishtar), que compartían el poder celestial con las divinidades protectoras de las principales ciudades (Assur, Marduk), a veces intercambiables e hipostasiadas a las divinidades mayores (el esquema se repetirá más tarde en el mundo helénico). Otros dioses (Ninurta, Nabu, Tammuz, Adad) hicieron carrera más tarde y desplazaron a los primeros o fueron identificados con ellos. En todo caso, los templos (de varios tipos) eran abundantísimos y su estructura cambió poco, lo mismo que la de la torre asociada (el zigurat), que sólo presenta dos variantes, con siete o tres cuerpos superpuestos. El ''Etemenanki'' de Babilonia, parte del cual fue visible tras las excavaciones del pasado siglo, es el referente que la Biblia utilizó para la Torre de Babel, si bien emplazando su localización en otra ciudad cercana.
Una vida intachable o indigna no diferenciaba la condición de los muertos: si acaso, la forma de morir o la falta de atención de los parientes podía hacer que los muertos salieran del infierno y se convirtieran en demonios que alteraban la existencia de los vivos. Triste destino, compartido por los griegos, cuyo Hades no ofrecía mayores alicientes. Parece que se creía que los muertos adoptaban la forma de pájaros con cabeza humana, para mayor desolación. Fue por eso, quizá, por lo que a los asirio-babilónicos les faltó la alegría de vivir, la amabilidad de los egipcios?