''Esta historia empieza en 1834 cuando Charles Texier se encontró, desorientado, ante las ruinas de Bogazköy, y termina con el hallazgo, el año 1947, en el Karatepe, de los textos bilingües que han facilitado la clave necesaria a nuestro conocimiento más profundo de este pueblo y de su Imperio''.
Publicado en 1955, este libro recorre más de cien años, pues, de investigaciones arqueológicas y filológicas acerca de un pueblo que sólo existía hasta entonces en breves enumeraciones bíblicas, al lado de otros de importancia histórica secundaria, y al que se suponía, como a los otros, una filiación cananea, es decir, semita, y del cual no se podía afirmar nada más. Hoy sabemos que se trata del primer gran Estado indoeuropeo de la historia, surgido en el segundo milenio a.C. , anterior a la otra gran formación política del mismo origen y situado en la misma área - el Imperio Mitanni, tan desconocido como aquél hasta bien entrado el siglo XX, y que, del mismo modo, precedió a los Estados surgidos al norte de la India, también de procedencia indoeuropea. Gracias a nuestros conocimientos actuales se ha desvelado en parte el misterio de otros pueblos de Asia Menor (Imperio o Reino de Arzawa, Reino o Reinos de Ahiyawa), que aparecen repetidamente en los textos descifrados y cuya ubicación nos hace sospechar con fundamento que estamos ante la mismísima geografía política de la Ilíada en una fase previa a la guerra de Troya, e incluso mucho más temprana, si bien ya consecuencia de la expansión aquea de mediados del segundo milenio. Aparecerá algún día un texto hitita que nos hable del no tan legendario asedio? De ser así la historia tendría otra deuda impagable con arqueólogos y filólogos, a la par que éstos justificarían con creces su labor y demostrarían la rentabilidad social de las inversiones destinadas a sus trabajos.
El tardío descubrimiento de este testimonio de la antigüedad se explica por la dependencia respecto a otros factores:
a) La ubicación geográfica, coincidente en gran parte con el Imperio turco. El atraso cultural de éste determinó que se desconocieran los monumentos hititas, situados en su mayoría en territorios luego deshabitados o en entornos sólo recorridos por pastores, con malas comunicaciones. Tampoco existía ningún tipo de actividad científica promovida por las universidades turcas en ese sentido.
b) La filología indoeuropea estaba aún en sus comienzos, y no había razones para pensar en estos lugares como escenario de varias de sus ramas. Por el contrario, cuando se evidenció la presencia de pueblos indoeuropeos en Anatolia, se hizo necesario un replanteamiento a fondo de las teorías hasta entonces admitidas como válidas.
c) Había que esperar, asimismo, a que se progresara en conocimiento del mundo mesopotámico y se lograra dominar tanto la escritura cuneiforme como las lenguas transcritas en tales caracteres. Esto se logró ya a mediados del siglo XIX y sería la base para el inicio de las primeras investigaciones sobre la lengua hitita, que usó también el mismo sistema, junto a la escritura jeroglífica de invención propia.
d) La egiptología ya había proporcionado indicios de la existencia de los hititas. Los jeroglíficos del Ramesseum enfatizando la ''gran victoria'' de Ramsés II en Kadesh frente a aquéllos eran innegables pruebas de la realidad histórica de un pueblo que dominaba parte de la Siria actual. Pero no fue sino hasta que se descubrieron, ya en este siglo, los archivos de Tell El Amarna, la capital de Amenofis IV (Amenhotep IV, Ekhnatón), que se pudo constatar la existencia de un gran imperio rival en expansión, a costa de los anteriores dominios egipcios en la zona; aparece el nombre de un rey hitita, transcrito como Sapulula (luego sabríamos que se trataba de Shubiluliuma o Shupiluliuma). Sale a relucir, también, una oscura historia de intrigas, como consecuencia de la muerte de Tutankamón: su viuda, hija de Akhenatón, pide al monarca hitita, el mismo antes citado, que le envíe a uno de sus numerosos hijos para que, casado con ella, neutralice la ambición de Ay y Horembeb y se convierta en el nuevo faraón, con el consiguiente beneficio para las relaciones entre los dos países, y sobre todo, para Egipto, en aquel momento menos poderoso que su vecino asiático; Shubiluliuma accede, no sin reservas, pero el desgraciado príncipe es asesinado durante el camino, quizá a instigación del intrigante abuelo de la reina y sucesor efectivo.
e) Francia, Alemania y Gran Bretaña desarrollaron, desde principios del siglo XIX, una extraordinaria actividad arqueológica. Reyes, universidades y mecenas particulares hacían generosas aportaciones a las cada vez más diversificadas excavaciones, que abarcaban desde Egipto a Persia y la India. La dispersión de esfuerzos no hizo disminuir la atención a cada ámbito ni la abundancia de expertos competentes. Pero sólo la casualidad va a permitir que algunos de éstos se interesen por ámbitos nuevos e imprevistos. En el caso de Anatolia y Siria fueron ingleses y alemanes los interesados, aunque fue un francés el punto de partida, Texier, con sus dibujos de Bogazköy. El interés personal de Guillermo II dio a Alemania, en excelentes relaciones con la Turquía otomana, la primacía en las investigaciones, haciendo de Winckler el especialista por antonomasia, a pesar de los inconvenientes derivados de su personalidad y de sus deficientes métodos de excavación. Su trabajo sería continuado luego por Bittel y Bossert, siendo este último el verdadero creador de la hititología desde un ángulo sistemático y plenamente científico.
Tras la esporádica presencia en este escenario de Texier, será un inglés, Sayce, quien, a partir de los primeros restos encontrados (las piedras de Hamath, en Siria), identifique la existencia de un Imperio hitita. Las excavaciones de Winckler, en campañas irregulares pero fructíferas, sacaron a la luz dos tipos de registros epigráficos en ortostatos: unos estaban escritos en caracteres cuneiformes pero en una lengua desconocida; otros eran jeroglíficos distintos a los egipcios. Los primeros fueron los que merecieron más atención, provocando numerosas tentativas de traducción. La gloria se la llevaría un checo, Hrozny, que identificó la lengua como indoeuropea y dio los primeros pasos para la comprensión de su gramática. La fortuna quiso que se encontrara una ''piedra de Rosetta'' en forma de sigilos bilingües (acadio e hitita), lo cual despejó cualquier duda que quedara. Así se logró realizar las primeras traducciones fiables y surgió a la historia una listas de reyes que abarcaba casi mil años: los Thudalia, Labarna (posiblemente nombre también genérico, como César), Hattusil, Mursil, Zidanta, Telepino (o Telesbino, el legislador), el ya conocido Shubilulinma, Muwatallis...
Pero aún quedaban varias incógnitas fundamentales por despejar. Parece, por ejemplo, que el mismo nombre del Imperio no es exacto; los hititas, en realidad, eran los habitantes preindoeuropeos de esos territorios, mientras que los invasores son los que aportan la lengua; en consecuencia, la lengua hitita no era hitita, dándose un caso similar al que se había producido en Grecia (los verdaderos griegos eran los pelasgos, y los helenos serían los colonizadores posteriores, si bien aquí no se produce confusión en la denominación del idioma). Esa contradicción la han resuelto los especialistas dando a los indígenas el nombre de ''protohititas'' y reservando el de ''hititas'' para sus dominadores. A pesar de la incorrección que ello introduce en esta terminología empleada, no es del todo arbitraria, pues sabemos que los recién llegados se comportaron de un modo bastante amistoso con sus predecesores y éstos se integraron pronto en la nueva formación política borrándose las diferencias al poco tiempo.
Otro asunto no resuelto era el de los jeroglíficos. Su lectura requería también un texto bilingüe que tardaba en aparecer. Se habían encontrado unos magníficos bajorrelieves que representaban a un rey en diversas escenas se la vida cotidiana; tal rey no tenía mucho en común con lo que se sabía de la realeza hitita, guerrera y poderosa; era, por el contrario, un príncipe amante de la buena vida, un tanto ''burgués''. Estaba claro que no pertenecía a la época imperial, sino a una fase posterior, cuando el gran Estado hitita se descompuso y dio paso a formaciones políticas independientes, ya en el primer milenio a.C. La suerte sonrió una vez más a los pacientes arqueólogos y filólogos, y en 1947 se descubrió lo que se buscaba: en este caso el otro idioma que permitió el desciframiento fue el protofenicio del siglo VIII a.C. Con ello la lengua hitita (o nesita), en sus dos registros gráficos (cuneiforme y jeroglífico) quedó desvelada, convirtiéndose así en el mejor instrumento para avanzar en los demás aspectos de la civilización.
Hasta ahora la conclusión a la que han llegado los estudiosos de la historia hitita es que, aparte de la originalidad de su sistema político, el resto de las manifestaciones culturales no tienen especial interés, siendo meras traslaciones de influencias de los pueblos vecinos. El arte no llega a tener ni con mucho la calidad del mesopotámico o el egipcio. Los dioses forman un panteón en el que, junto a las divinidades indoeuropeas (que no tienen especial relevancia) están las asimiladas de los pueblos indígenas, sumando en total una cantidad considerable. No hay tampoco, por ahora, una literatura destacada. Pero merece la pena que nos detengamos en dos cuestiones. La primera, de orden político, es el contraste entre un Oriente despótico, con monarquías centralizadas y reyes - dioses o estrechamente vinculados a la divinidad -, y un Imperio hitita en el cual sus reyes, seres humanos como los demás, actúan con limitaciones impuestas por una especie de Senado y dejan amplia autonomía a los diversos territorios; las leyes, lejos de obedecer al principio de ''ojo por ojo y diente por diente'', son flexibles; hasta los esclavos tenían derechos. La segunda es más bien un presentimiento: el Imperio hitita, posiblemente, fue un vehículo decisivo para la asimilación por la cultura helénica de contenidos culturales asiáticos, en especial de tipo religioso (el autor no cita ninguno, pero no habría que descartar el mito de Gilgamesh-Melkart como antecedente del Heracles griego), que antes se solía atribuir a contactos con los fenicios en exclusiva; así remontaríamos atrás más de mil años tales influencias, abriéndose de esta manera un horizonte fructífero que explicaría con mayor claridad el nacimiento de Europa.
En ningún momento el autor, ya conocido por otras obras aún más divulgadas (''Dioses, tumbas y sabios'', ''Los misterios de la arqueología'') se atribuye patente de especialista, ni aún de historiador. Pretende sintetizar en un lenguaje comprensible, salpicado de anécdotas y no ajeno a veces a los recursos de la narrativa, lo que ha sido la aventura arqueológica que gira alrededor de este enigmático pueblo, sin olvidar las pinceladas humanas cuando entran en escena los protagonistas, esos extraños seres llamados arqueólogos y filólogos, que junto a sus valores científicos hacen gala a menudo de sus miserias, de sus envidias casi infantiles. No debemos olvidar, sin embargo, que, como buen alemán, amante de la precisión, nos obsequia con un aparato crítico más que satisfactorio, sin que dejemos de resaltar, al mismo tiempo, como valor añadido, su presencia en los lugares de que habla y el seguimiento que por un cierto tiempo hizo de las labores científicas ''in situ''.