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Nicolás PLATON: CRETA

Hacia 1968 los estudios sobre la civilización cretense, iniciados en 1904 por Evans, habían alcanzado ya un alto grado de madurez, lo que permitió al director del museo de la isla, el Heracleion, sintetizar los resultados de tantas campañas de excavaciones y ofrecer al mismo tiempo una muy amplia gama de muestras de las principales creaciones materiales de aquella época, hasta hace poco rodeada por la leyenda. Como en otros casos similares, la labor de los arqueólogos ha sido determinante para rehacer un pasado que parecía oculto definitivamente y que sólo a través de tradiciones literarias muy posteriores (Homero, los trágicos) conservaba, deformadas, sus huellas. Gracias a la fertilidad de los resultados, superior a la de otras zonas menos afortunadas en hallazgos, lo que era prehistoria pura ha ido desvelando una información que, con la ayuda de especialistas, se ha ido convirtiendo en protohistoria y quién sabe si, a no mucho tardar, podremos disponer del instrumento deseado: la traducción de los textos, hoy en su fase inicial. Es por eso que, a pesar del carácter teórico, bastante alejado del interés puro del historiador, que en principio tiene un libro así, merece que lo tratemos porque se adentra, aunque de modo sumario, en ese fascinante momento en que el ser humano, casi por milagro, emerge del anonimato de las culturas primitivas para dotarse de un medio perdurable de comunicación con el futuro, la escritura. El genial desciframiento por De Ventris y Chadwick, en 1951, del Lineal B, con la utilización de tablillas procedentes tanto del Peloponeso (área micénica) como de la misma Creta permitió conocer la última fase de su civilización, la postminoica, al tratarse del dominio aqueo sobre la isla a partir del 1450 a.C. Eso ya es historia, aunque, tras ello, la invasión doria volverá a sumir a todo este mundo en la oscuridad hasta el despertar de la época clásica. Pero al menos ya tenemos, como dice N. Platón, resuelta la duda que antes se planteaban los historiadores: el milagro griego posterior fruto, claro está, de factores externos, de contactos con el mundo egipcio, mesopotámico y fenicio, asimilados y recreados en un todo nuevo y distinto, tiene su deuda primordial con la civilización minoica, cuya influencia se dejaría sentir, con carácter colonizador y de modo activo, en el período neopalatino (hacia 1600 a.C.), luego haría el papel que Grecia adoptó con Roma (sometida pero admirada e imitada), y, finalmente, seguiría en el recuerdo de los helenos como punto de referencia fundamental en su reelaboración mítica del pasado (no en balde Zeus nacerá en el monte Ida, Fedra desposará a Teseo que tiempo atrás había abandonado a su hermana Ariadna, y Dédalo se convertirá en un referente del recuerdo de la magnificencia alcanzada por la arquitectura cretense).

Yendo hacia atrás, al revés que el autor, chocamos, por el contrario, con un fracaso: la escritura lineal A, transcrita ya, no se puede traducir, como sucede con el etrusco. La lengua que contiene, a pesar de teorías que la hacen de origen luvita, no es griego, sino una lengua mediterránea, no indoeuropea, lo mismo que el íbero, el bereber o el idioma prehelénico de los pelasgos; tampoco se trata de textos literarios, sino de anotaciones administrativas, cuentas de palacio. Del mismo modo, la otra fuente de conocimiento de su lengua, la escritura jeroglífica e ideográfica, bastante bien representada por multitud de sellos, nos resulta aún imposible de descifrar, pues no hay ninguna ''piedra de Rosetta'' que lo haga factible. No es descartable que algún día esto suceda y demos otro paso más que introduzca en la historia un par de siglos de su pasado. A ello puede contribuir complementariamente el avance que se ha producido en el terreno de la toponimia prehelénica, que en parte se ha conservado hasta hoy en toda el área del Egeo.

La ausencia de literatura, de testimonios escritos inteligibles, se compensa, para los períodos paleopalatino y neopalatino, con la abundancia de restos arqueológicos que ''hablan'' de la estructura de las residencias reales, los usos de sus dependencias, los gustos decorativos, las costumbres (esas enigmáticas escenas de tauromaquia aún difíciles de interpretar bien como ceremonias rituales o como simple diversión, duda que quizá también habrá que extender a nuestra fiesta de toros en su origen, allá en Tartessos), la religión (tan alejada de la crueldad mesopotámica o fenicia y más cercana a la egipcia), pero con la persistencia por encima de todo de las viejas creencias neolíticas, cultos de la fertilidad, de la Diosa Madre, muy ampliamente representada en las estatuillas, origen remoto según nuestro autor de los cultos clásicos de tipo mistérico (Eleusis, Lodona, el primitivo Delfos antes de ser ''conquistado'' por Apolo). La alegría de vivir, la convivencia pacífica entre los distintos reyes, la igualdad de la mujer, la comodidad de la vida cotidiana (con acueductos y calefacción) se hacen evidentes al contemplar los rescoldos de tan refinada cultura. Un oasis de paz y de optimismo en un mundo dominado por la espada y el saqueo.

Confirmando la tesis inicial de Evans, fue la naturaleza, no la mano del hombre, la culpable de que, al menos en dos ocasiones, tan magníficos palacios quedaran arrasados: terremotos o erupciones volcánicas (se sabe que una de éstas tuvo su lugar de origen en la isla de Thera, hoy Santorín) hundieron casi de inmediato en la ruina tanto el norte (Cnossos) como el este (Zakro); la catástrofe que afectó a los palacios viejos sirvió para revitalizar a una sociedad llena de energía, que gracias a ello superará en la fase siguiente sus logros anteriores y llegará así a su época de máximo esplendor. La segunda ya no pudo ser soportada e hizo posible que los aqueos, los ''piratas del Peloponeso'', se asentaran sin dificultades y crearan una cultura mixta minoico-micénica (hay restos de ''mégaron'' en varios lugares de la isla, incluso en la parte más alejada del foco civilizador, el oeste). Queda pues descartada la antes corriente teoría de que fueron los aqueos los destructores de los bellos palacios, y la prueba de que no fue así procede del hecho de que precisamente el asentamiento heleno coincide con la zona de menor impacto de la eclosión, esto es, el norte (Cnossos). No fue así en el caso de los dorios que, algo más tarde, a finales del segundo milenio, invadieron la isla y, como en otros territorios donde se establecieron, actuaron sin miramientos y son responsables en alto grado del retroceso cultural posterior. No olvidemos que el pánico que crearon en todo el Egeo y el Jónico, y posiblemente más allá, originó una de las migraciones más numerosas y variadas de la historia, la de los ''Pueblos del Mar'', desde sardos hasta cretenses y filisteos. El posterior mito platónico (del otro Platón, no del autor de este libro) de la Atlántida, sería un trasunto de este episodio?. Tendrá, por el contrario, relación con la catástrofe natural de dos siglos antes? Otro escenario más para ubicar tan sugerente leyenda. Es en la época de los palacios nuevos cuando al parecer Creta se convierte en una talasocracia comercial, no militar; a la manera que luego imitarán los fenicios, los minoicos establecieron colonias para poder obtener materias primas, de las que carecían, a la vez que con aquéllas conseguían situarse cerca de los mercados donde vender sus creaciones. Por desgracia, y salvo los casos de Egipto, costa siria y el reino de Mari, no se han encontrado testimonios claros de ese comercio, ni en la propia Creta es fácil identificar la procedencia de los metales usados o de otros materiales. No aparece sino una pequeña referencia, en la obra, a contactos con la Península Ibérica, pero la lectura de la parte que dedica a los túmulos funerarios, a los sepulcros de cúpula, nos trae enseguida a la memoria construcciones semejantes en nuestra Andalucía, en línea con las de Sicilia y con los ''tholos'' del Peloponeso. Fueron ellos los propulsores de la Cultura de Almería, al menos en su última fase?

Más atrás, antes de la existencia de los palacios, a mediados del III Milenio, se produciría quizá el tránsito de la sociedad neolítica, uniforme respecto a todas las que existían en el área mediterránea, a la especificidad de la civilización cretense. Hubo una invasión que aportó las raíces del cambio? Fue una evolución interna? A través de este texto se deduce que no es descartable un intercambio humano, una inmigración selectiva que traería consigo novedades importantes, en especial técnicas metalúrgicas. La procedencia sería quizá de las costas asiáticas o de Egipto, no del norte ni del oeste, posiblemente de otras islas egeas más cercanas a los focos innovadores. Y así nos remontamos al máximo, al principio de los testimonios hallados en la isla. Más allá del neolítico la información cesa; la posición de la isla fue un reto excesivo para pueblos poco hábiles aún para lanzarse a alta mar?

Hoy, en nuestra cultura cristiana, tenemos todavía la ancestral tendencia a ubicar el infierno en el subsuelo y vemos las cavernas, las simas, como áreas de comunicación entre la superficie y aquél, aunque no lleguemos a certificar las fantasías de Julio Verne en su ''Viaje al centro de la Tierra''; si así fuera, podríamos imaginarnos perfectamente a Minos, Sarpedón y Radamantos, sentados en sus tronos y juzgando a los muertos, como se lo imaginaban los griegos de la época clásica. Que un rey cretense presida mil años después el tribunal del Hades justifica en gran parte que los arqueólogos vean en aquella civilización una buena causa y que nosotros nos acerquemos con cierta reverencia a un mundo del que proceden, sin duda, muchas de nuestras creencias y alguna de nuestras tradiciones.


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