La llamada ''Cuestión homérica'' plantea simultáneamente varios asuntos: Existió en realidad un Homero? Las cosas que se cuentan en las obras que se le atribuyen son ciertas o puro mito? Hubo una ''Guerra de Troya? Cuál es la geografía exacta de la ''Odisea''? Qué mundo reflejan los poemas?
Ya en la Antigüedad se discutieron estos temas. Los historiadores griegos parecen decantarse hacia la autenticidad de los acontecimientos (Herodoto, Tucídides), fechándolos en una época muy próxima a la que hoy se sugiere desde los testimonios arqueológicos más recientes (entre finales del siglo XIII a.C. y principios del XII a.C.); pocos, pero también influyentes escritores (Dión Crisóstomo) la negaron y dieron interpretaciones alternativas. Durante los siglos XVIII y gran parte del XIX la hipercrítica redujo a la nada cualquier atisbo de verosimilitud (ni hubo un Homero, ni guerra de Troya, ni unidad inicial en los poemas, que además serían bastante tardíos). Cuando los testimonios literarios parecían definitivamente interpretados en sentido negativo, surge de improviso un hombre genial, Schliemann, que por su cuenta busca y logra dar con el paradero, no sólo de una Troya, sino de varias superpuestas, y, con la Ilíada en la mano, logra dar también, en el Peloponeso, con las ruinas de Micenas, la ciudad del ''Anax andron'', de Agamenón el atrida, jefe de los expedicionarios aqueos. Desde entonces otros arqueólogos más profesionales han continuado la exploración de este espacio descubriendo nuevos restos valiosos en esas mismas ciudades o bien dando a conocer otras antes ignoradas como Pilos. Entre los objetos encontrados allí y en Creta aparecieron unas tablillas similares a las mesopotámicas, con signos escritos, cuyo desciframiento por De Ventris y Chadwick en 1951 (Lineal B) fue un avance sensacional en el conocimiento del mundo de la Grecia arcaica. Había nacido la Grecia Micénica, que retrotraía la historia helénica hasta al menos el siglo XV a.C. e iluminaba la etapa anterior a la Era Oscura (hoy llamada ya Edad Media griega por ello). La continuidad la marcaba en especial la lengua, que era la misma a pesar de las dificultades de adaptación a un sistema silábico. Esa lengua era hablada por hombres que tenían nombres muy parecidos a los héroes homéricos (la mayoría terminados en -eus, como muchos términos referentes a actividades artesanales, tal el caso de ''kerameus'') y las imágenes que reflejan los objetos encontrados los presentan ataviados del modo que los describe el cantor.
La cuestión hoy, pues, ha despejado algunas dudas, pero al mismo tiempo se ha hecho más compleja; si antes terciaban en ella filólogos e historiadores, ahora comparten la información con los arqueólogos, de los cuales proceden las novedades y cuyos materiales están continuamente sujetos a interpretaciones desde todos los ángulos.
El autor de esta obra así lo entiende, y su exposición es un acertado ensamblaje de argumentos procedentes de los tres campos. Su tesis viene a ser la siguiente: Homero, eje sobre el que gira toda la problemática, fue realmente un ''aedo'', un cantor, que compuso tanto la ''Ilíada'' como la ''Odisea'', pero no las creó de la nada, sino que ya existían fragmentos de origen distinto y mucho más antiguo que ensambló y a los que añadió otros de su propia invención, fruto muchas veces de su conocimiento de la topografía de los lugares citados (como rapsoda, sería un viajero habitual que es posible que recorriera gran parte del territorio heleno); sus predecesores partirían de hechos reales conocidos por el pueblo que escuchaba tales relatos, formando una cadena a lo largo de más de cuatrocientos años sin que se desvirtuase lo esencial de los hechos, como se ha podido comprobar en casos similares de transmisión oral en ámbitos culturales ágrafos (Yugoslavia) de tiempos más recientes. Sólo así se entiende que costumbres (por ejemplo la incineración) o armas (cascos, grebas, escudos en ocho...), como también espacios arquitectónicos (el palacio de Néstor en Pilos), desaparecidos en tiempos homéricos, sean reflejados con una exactitud que solo ahora, al encontrarnos con los testimonios arqueológicos, aparecen refrendados.
Y es evidente que Homero no vivió en aquella época. Es posterior en cuatro siglos más o menos. cómo lo sabemos? Sencillamente porque también los poemas lo prueban: éstos son, del mismo modo, testimonio de la ''época oscura'', con el uso generalizado del hierro, con otras costumbres guerreras, con otra toponimia, con otro tipo de economía. Además, el autor afirma que Homero no sólo aporta unidad a los poemas, sino que los ''escribió'' o mando escribir. Para ello hay que esperar a una fecha tan tardía como el 750 a.C. aproximadamente, poco después de la primera Olimpiada (776). En tal caso, la labor encomendada a los recopiladores por Pisístrato en el siglo VI no se basaría en la transcripción de recitaciones por bardos de la época, sino en el cotejo de textos previos con variantes. Y es cierto que algunos pasajes de los poemas son interpolaciones posteriores a Homero, algunas de las cuales corresponden incluso al siglo III (época alejandrina). De todos modos, no parece que Luce haga cuestión esencial la de hacer de Homero un hombre letrado.
Si la ''Ilíada'' no plantea grandes problemas de localización (sólo hay falta de restos en Esparta y Fría, reinos de Menelao y Aquiles), la geografía de la Odisea ha sido objeto de interpretaciones para todos los gustos; como sabemos, se ha hecho deambular a Ulises hasta por el Mar del Norte, y puede que haya quien lo sitúe en América. Para Luce, sin embargo, el límite occidental del periplo estaría en Italia (islas Lípari, Ischia, Sicilia). Pero en algún caso restringe el espacio con argumentos bastante sólidos, como sucede al tratar del lugar exacto donde se supone que Ulíses se puso en contacto con el mundo de los muertos; tradicionalmente se ha situado en el sur de Italia, cerca de Nápoles (el Averno, sinónimo también para nosotros del Infierno, del Hades, del Erebo), pero parece más acertado colocarlo en la actual Albania:
''Los descubrimientos (arqueológicos) más importantes han tenido lugar en Mesopotamos, donde una serie impresionante de edificaciones se ha descubierto en un morro rocoso que domina la confluencia de los ríos Aqueronte y Cocito. Las construcciones constituyen un santuario con oráculo para la consulta a los muertos y data del siglo III a.C., pero el Oráculo tiene una larga historia previa. Ofrendas votivas del siglo VI se han encontrado en el mismo Lugar y el descubrimiento de fragmentos de cerámica micénica y de una tumba micénica en el interior del santuario hace posible que el Oráculo actuase desde la Edad del Bronce Reciente''.
Tales restos están en la actual Tesprotia, y de los tres ríos míticos (Aqueronte, Cocito y Piriflegetón) los dos primeros existen hoy mientras el tercero está ya seco.
La identificación de Itaca con la isla de igual nombre en el presente está cada vez más respaldada tanto por los datos posicionales extraídos de la ''Odisea'' como por la topografía de la isla. Pero no cabe igual suerte en el caso de las islas de Calipso y Circe, así como la de los feacios. En todo caso, no habría que buscarlas fuera del Egeo o el Jónico. Y se nos plantea la duda de si esta parte del relato corresponde a recuerdos de la época micénica (posibles, pues tal cultura llegó a Italia, en concreto a Ischia) o es un trasunto de la gran oleada migratoria contemporánea de Homero, que llevó a tierras occidentales a tantos griegos y dio lugar al establecimiento de innumerables colonias. Parece que el autor no descarta una fusión de ambas acontecimientos.
Así pues, vemos a través de este libro como Homero vuelve a ser un personaje real, que cuenta cosas que de verdad pasaron, pero no con la fidelidad del historiador, sino como poeta que no duda en mezclar épocas en función de valores estéticos o de interés del relato. Pudo de este modo mantener y transmitir a las generaciones siguientes, durante siglos, el espíritu que animó al pueblo heleno desde sus orígenes, lo único en verdad que le dio cohesión y le hizo sentirse solidario. La ''Ilíada'', sobre todo, fue el libro por excelencia, una especie de Biblia que aun en el Egipto helenístico era la obra más popular. De ahí extrajeron su religión, en ella quisieron reflejarse cuando abordaron grandes empresas, como en el caso de Alejandro. Muchos pueblos, casi todos, tienen poemas épicos que coinciden con los momentos de su aparición en la historia, y que durante mucho tiempo son patrimonio exclusivo del pueblo antes del inicio de la fase literaria escrita. Pero quizá ninguno llegó a representarse a sí mismo con tal majestuosidad. El mismo Homero dice que en sus tiempos ya no hay héroes como aquéllos (Aquiles, Héctor...); pero el viejo Néstor, que recordaba a sus compañeros de juventud, los que destruyeron Tebas, también se lamenta del tiempo presente y magnifica la fuerza y vigor de la anterior generación que supo competir con Heracles; hombres parecidos a dioses como antepasados no es poco orgullo; dioses capaces de inspirar tales poemas no es poca gloria para quien se define como elegido de las Musas.