Desde principios de siglo dos sabios alemanes contribuyeron de modo decisivo al conocimiento de nuestro pasado: Obermaier sentó las bases para la investigación arqueológica del Paleolítico; Schulten, arqueólogo y al mismo tiempo filólogo, desvelaría el período que corresponde a la entrada de la Península Ibérica en los tiempos históricos. En ambos casos su labor sería continuada ya por dos españoles, Pericot y García Bellido, respectivamente. Hoy, la tercera generación de investigadores peina canas y es cuantiosísimo el número de jóvenes prehistoriadores y arqueólogos que resuelven cada vez mejor las cuestiones antes sujetas a hipótesis sin confirmar. Pero hay una, la referente a Tartessos, que se resiste a una solución satisfactoria a estas alturas, de modo parecido al caso etrusco, y, si bien los descubrimientos en el terreno arqueológico han sido muy fructíferos en los últimos años (tesoro del Carambolo, excavaciones de Huelva), parece que se ha desistido de la búsqueda de la mítica ciudad y se vuelve a reinterpretar en un sentido distinto, como antes de Schulten, el significado del topónimo, que vendría a referirse más bien a un amplio territorio que a una ciudad en el sentido propio del término. De esa manera, más o menos, opina Maluquer en su magnífico libro también titulado ''Tartessos''.
Durante más de treinta años Schulten se dedicó intensamente a rescatar esa parcela de nuestra protohistoria y fruto de ello ha sido esta obra, que en realidad son dos libros distintos; la primera edición, de 1921, y la segunda, de 1945, difieren considerablemente, y así lo manifiesta el autor en el prólogo a la más reciente. Aún viviría unos años más - hasta 1960 - para aportar sólidos trabajos acerca de Numancia o los cántabros en la época del enfrentamiento con Roma. No pudo, sin embargo, ver confirmadas sus afirmaciones fundamentales, el origen etrusco de los tartesios y el lugar exacto donde se asentaba la ciudad. Hoy lo primero ni se recuerda (se ha impuesto la hipótesis del carácter íbero de las tribus del área, cuya especial evolución cultural sería sólo un reflejo de las colonizaciones fenicio-púnica y griega). El fracaso, en lo que a la localización se refiere, lo constata él mismo después de varias campañas arqueológicas que se centraron en la zona del Coto de Doñana llamada La Marismilla, pero esto no invalidó su fe en lo acertado de la ubicación, atribuyendo la falta de resultados a dificultades técnicas (que ahora se podrían subsanar con facilidad).
La preparación científica de Schulten era excepcional: nadie como él dominaba todo el repertorio de datos que proporciona la filología, y gracias a él también tenemos el mejor ''corpus'' documental de nuestra Antigüedad: las ''FONTES HISPANIAE ANTIQUAE'', recopilación exhaustiva de todos los textos griegos y latinos que directamente o en forma de epítomes, citas de otros autores, escolios o inscripciones epigráficas conciernen a la Península Ibérica. También como arqueólogo era un experto, tanto desde el punto de vista técnico como en el conocimiento del estado de las investigaciones en áreas geográficas distintas, pero cronológicamente relacionadas con las suyas; en su equipo, además, participaban especialistas prestigiosos (geólogos, cartógrafos), lo que le acerca más a los modernos métodos de excavación que a la genialidad intuitiva de un Schliemann.
Podríamos resumir la tesis de Schulten - antes de tratar de sus argumentos tal y como los va desgranando - de esta forma: a partir del comienzo de la Edad de los Metales, al menos hacia 2800 a.C. la Península Ibérica va a ser un lugar de recepción de sucesivas capas de colonizadores venidos todos ellos de Oriente, que se superponen a un sustrato previo, los íberos y los ligures, ambos de procedencia africana no demasiado remota. Los cretenses o quizá antes otros navegantes del Egeo, arribarían a las costas del sur de la Península, preferentemente a la zona suroccidental (Huelva), la más rica en minerales, con un área posterior de influencia y asentamiento en el Sudeste (Almería). Más tarde, la gran desbandada de los ''Pueblos del Mar'' (siglo XIII a.C. ) lanzaría al lejano Occidente a otro pueblo egeo, los carios - de procedencia anatólica - que ocuparon tanto la zona norte y atlántica de Marruecos como el espacio comprendido entre el Estrecho y el Algarve. No mucho más tarde, hacia 1200 a.C., y por causas parecidas, los lidios enviaron dos grandes expediciones emigratorias: una de ellas arribó a Italia y allí se asentó, dando lugar al pueblo etrusco; otra prolongó más su ruta y llegó a España, donde los invasores ocuparon un territorio inicial cerca de la desembocadura del Guadalquivir; la ciudad fundada, Tartessos en la forma que la denominaron los griegos, dio luego también su nombre al río y más tarde se hizo sinónima del territorio dominado, que en su mayor extensión llegó desde Cartagena (Mastia) hasta la desembocadura del Guadiana. Los tiempos eran revueltos, y ello trajo consigo, a su vez, que cien años más tarde (1100), vecinos cercanos a los lidios, los tirios, entonces una potencia emergente dentro del mundo fenicio, reprodujeran el periplo de aquéllos con el mismo objetivo: entrar en contacto directo con las mayores fuentes de riqueza metálica de la época. Tras algunas vacilaciones, estos nuevos inmigrantes, después de haber fundado Utica en la costa libia, se asentaron en una pequeña isla (San Sebastián), cerca de la actual Cádiz, y sólo más tarde ocuparían la mayor; desde esta factoría, y como puntos de apoyo, fundaron a continuación Sexi, Abdera y Malaka, mucho antes que Cartago (814 a.C.). No tardaron tartesios y fenicios en colisionar, con resultado adverso para los primeros y el establecimiento de la hegemonía tiria sobre la zona (hacia el 1000). En el siglo VIII los asirios atacan Tiro, que sufre así una primera fase de decadencia, más acusada desde que en 680 los asirios se apoderan de ella temporalmente (luego también tendrán éxito en el mismo sentido los babilonios, persas y Alejandro, aunque con grandísimas dificultades). Los tartesios aprovechan la debilidad de la metrópoli para sacudirse el dominio fenicio y disfrutar, hasta el 520 a.C. de ciento cincuenta años de libertad. Es la época dorada de Tartessos, a la que corresponden los reinados de sus famosos monarcas Norax y Argantonio. Aprovechando el vacío creado en el Mediterráneo por la desaparición de la talasocracia fenicia, se produce un movimiento migratorio griego (jónico) hacia Occidente paralelo al que tiene como objetivo la creación de apoikías en el mar Negro. Son los focenses (de Focea - Fokaia -, ciudad única de Asia Menor, no la Fócide continental europea) los que protagonizan esta iniciativa aunque la leyenda atribuye el primer contacto, casual, al samio Kolaios. Llegados al área del Estrecho, pronto se establece entre tartesios y focenses una fluida relación que convirtió a Argantonio, para todos los griegos, en arquetipo de rey generoso y afortunado; así, las primeras colonias griegas se situarán cerca de Tartessos, es decir, en el punto más importante de intercambios y de aprovechamiento de los fabulosos recursos indígenas (Mainake - Vélez Málaga -, Puerto Menesteo, en el mismo Estrecho); posiblemente un siglo más tarde fundan Marsella (si no es que se trata de una colonia mucho más antigua vinculada a la época de los ''nostoi'' homéricos) hacia el 600 a.C., cuando ya existían, acaso, las apoikías de Hemeroskopeion (Denia) y Akra Leuke (Alicante). Esta feliz etapa de entendimiento entre tartesios y griegos, con tan pingües beneficios para estos últimos, se va a terminar tristemente como consecuencia de la batalla de Alalía (535 a.C.) en la que los victoriosos focenses tienen sin embargo que ceder el dominio del Mediterráneo a la coalición etrusco-cartaginesa (509: tratado entre Cartago y Roma por el cual aquélla prohíbe a ésta y a los barcos griegos navegar por las costas del norte de Africa y sur de España). Poco después (puede que en 520 o entre esa fecha y 509) los cartagineses destruyen Tartessos y no dejan ni el menor resto, causa de las posteriores dificultades para conocer su posición y aún para demostrar su existencia. Desde entonces en adelante Cartago establece su imperio peninsular, pero en 241, tras el final de la primera guerra púnica, los indígenas se sublevan, obligando a Amílcar a realizar una verdadera ''reconquista'', continuada luego por Asdrúbal y Aníbal. El sur de España fue luego escenario decisivo de la segunda guerra púnica, en especial cuando Escipión, con la ayudas de régulos locales, derrota a los cartagineses en Illipa (Alcalá del Río) en 206 a.C. Más tarde, ante la pretensión romana de sustituir el dominio púnico por el suyo, hay rebeliones de algunos régulos, pronto sofocadas. Así, todo el antiguo imperio tartésico es ahora provincia romana, la Ulterior, y el territorio se llamará Bética, pero las fuentes griegas, y algunas latinas, lo denominan Turdetania, y a sus habitantes turdetanos o túrdulos, compartiendo ese espacio con mastienos y bastetanos. Poco antes del cambio de era la vieja Tartessos era un recuerdo nebuloso, que sólo interesaba a eruditos griegos como Asclepíades (''turista'' de larga estancia en Cádiz) y Posidonio, mientras que otros negarán ya entonces, como pura leyenda, la realidad histórica de Tartessos (que sería simplemente otro nombre de Gadir/Gadeira, Gades/Cádiz), idea que también era la más generalizada en el momento en que Schulten intenta demostrar lo contrario. Y vayamos ya a las razones:
1
: La procedencia africana de los íberos no la
constata, pero se remite a la opinión predominante en el momento entre los
especialistas (los íberos traerían además la agricultura allí
por el IV milenio).
2
: Los ligures, hoy olímpicamente olvidados,
serían un pueblo también africano (sus caracteres físicos así
lo avalan, pues eran morenos, de baja estatura y pelo rizado), con gran
pericia como navegantes, que a partir de España alcanzaron toda Europa
(hasta Inglaterra), aunque hoy el nombre de Liguria corresponde a la
pequeña región italiana de Génova (de donde salió otro navegante
ligur, Colón, para realizar una empresa semejante miles de años
después). La prueba de su presencia en el sur de España está en el
llamado por las fuentes griegas ''Lago Ligustino'', de donde salían hace
treinta siglos los tres brazos del Guadalquivir poco antes de desaguar en el
Mediterráneo (hoy ese lago se ha transformado en marisma), pero existen
otros testimonios, toponímicos, que lo avalan (por ejemplo, el nombre
''Asta'', repetido en el norte de Italia).
3
: La primera colonización oriental se refleja en la
riqueza metalífera de la zona, que atraería a navegantes
procedentes de ámbitos culturales ya conocedores de la metalurgia del
cobre. Los filones de este metal en Huelva (aún hoy explotados),
acompañados seguramente por el uso en este lugar de otros metales (oro y
estaño galaico o bretón) proporcionados por los contactos establecidos
gracias al comercio abierto a lo largo de las costas atlánticas por los ligures,
dieron lugar quizá a la invención, allí, del bronce. De este modo
sería Huelva y no Almería, rica en plata pero no en los otros
metales, el lugar de origen de las primeras factorías orientales en
España, que muy pronto se extenderían también a esa otra zona. Los
restos megalíticos de uno y otro espacio (más antiguos los onubenses,
mucho más evolucionados los de Antequera y Almería) corroboran el
contacto con Oriente y a su vez demuestran que desde España, se
extendieron, vía Atlántico, hacia el norte (Inglaterra, Suecia), en claro
paralelismo con el comercio del estaño (bretón) y luego del ámbar (de la
costa del Mar del Norte, cerca de Heligoland, no del Báltico) Quiénes eran
esos navegantes de finales del IV Milenio o principios del III? Serían
probablemente unos intermediarios que, a su vez, proporcionarían
productos elaborados a otros pueblos asiáticos, y así lo parece demostrar
la primera referencia que de España existe en un documento escrito: se
trata de una tablilla de la época de Sargón de Akkad (que el autor fecha en
2800 a.C.), que habla del país de Anaku, es decir, de Occidente, en el
extremo del Mar Superior (el Mediterráneo) y es nombrado a
continuación de Kephira (Creta), la Kephir bíblica. Cretenses, por
tanto? No lo confirma, pues la cultura minoica no habría alcanzado aún
su cenit (tardaría un milenio más), pero no es descartable.
4
: La llegada de los carios se justifica de dos modos:
por un lado está claro que forman parte de la gran emigración,
heterogénea, de los ''Pueblos del Mar'', que a punto estuvieron de echar a
pique el Imperio Nuevo egipcio, empujados por los invasores procedentes de
Europa (dorios?) que desalojaron o sometieron a los habitantes de las islas
del Egeo y de la costa anatólica.
Y en segundo lugar, el argumento es filológico y explica la existencia en
la zona del golfo de Cádiz de topónimos (raíces y sufijos) que
así lo demuestran, repetidos además a la otra parte del Estrecho.
5
: Los ''nostoi'', los viajes de regreso de los
héroes de la guerra de Troya, junto a los realizados por los perdedores
(como Eneas) plantean aún ahora grandes dudas sobre su itinerarios y sobre
el área recorrida.
Según Schulten, en una primera versión (hasta el siglo VII
más o menos) sería el Egeo su marco. Más tarde, al conocerse el
Mediterráneo occidental y al descubrirse la existencia, para los helenos, del
Océano exterior, se realizó una transposición geográfica ampliando la
longitud de los periplos; esto llevó a identificar a Scyla y Caribdis con el
Estrecho de Gibraltar y a dar a Lisboa (Olisipo) una falsa etimología (de
Ulises/Odisseus); al mismo tiempo se produjo otras transposición que
afectó a la geografía mitológica, situándose en la Península y
aledaños tres de los doce trabajos de Hércules, la leyenda de Atlas (antes
relacionada con el Peloponeso) y la ubicación tanto de los Campos
Elíseos (Canarias?) como del Tártaro (cuya etimología es
sospechosamente tributaria de Tartessos).
6
: El origen lidio de los tartesios se apoya única y
exclusivamente en fuentes literarias y en criterios filológicos, pero en tal
cantidad y con tan rigurosa aplicación que resulta difícil, casi
imposible, sustraerse a la evidencia. Las fuentes son de dos procedencias, las
helénicas y las hebreas; las primeras nos proporcionan los nombres de
Tursa, Tartessós, Turta y Turdetania; las bíblicas hablan de Tarschisch.
Sin entrar todavía en el problema de la ubicación, la correspondencia
entre ambas fuentes filológicas se establece por el contenido que en los
textos acompaña a los nombres: es una tierra occidental, a la que se llega
navegando, rica en plata, cobre y estaño. El error de algunos traductores
(como sucedió con Lutero) hizo desaparecer la palabra ''Tarschisch'',
topónimo, para convertirla en ''mar'', con lo que durante siglos quedó
oculta para los investigadores protestantes alemanes; pero otro testimonio
antiguo, del escritor griego romanizado Polibio (s. II a.C.) demuestra la
identidad Tartessós (-ssós es sufijo focense) y Tarschisch al utilizar el
término Tarsis, que hoy sirve para denominar - homenaje británico de
finales del siglo XIX - a la compañía metalúrgica de los explotaciones
de Río Tinto. La raíz TRT/TRS con alternancia vocálica a/u/i es la
misma que sirve para nombrar al pueblo etrusco (tirreno, tirseno), que
además se repite en el nombre de la ciudad de Tarso (en la antigua Lidia); se
testifica también en el área andaluza occidental la palabra ''lucumon'', que
designa a los principales magistrados etruscos; el nombre del rey Argantonio
no sería celta, sino que procedería, helenizado, de la raíz
ARCNT, también etrusca, y lo mismo sucede con los nombres de los régulos
turdetanos del siglo III a.C. Culchas y Attines. Por otra parte, las tradiciones
que hablan de una literatura tartesia antiquísima (seis mil años, que
Schulten no cree error de transcripción de años - ''ete'' - por versos -
''epe'' - aduciendo razones sintácticas) y la probada existencia de una
escritura distinta de la ibérica y anterior a ella, no tendrían
explicación en un contexto cultural aislado, mientras que son
perfectamente comprensibles y homologables con las existentes en la zona
originaria de las costas del Egeo en la época anterior a la emigración.
7
: La llegada de los primeros colonizadores, los
fenicios, no ofrece dudas, ni tampoco su cronología.
Los argumentos de Schulten sobre una dominación de cuatrocientos años
sobre los tartesios se apoyan, más que en pautas materiales, en el contraste
con la situación a partir del siglo VII.
Parece además que los fenicios, inicialmente,
intercambiaban los productos metálicos de los tartesios aprovechando la
cercanía de las dos ciudades (Gadir, Tartessos), pues los tartesios eran
quienes realizaban la navegación hacia Oestrimia (Bretaña) y las
Kassitérides; los fenicios estarían interesados en abrir sus propias
rutas y obtener directamente tales materias primas, para lo cual
tendrían que anular la actividad comercial tartésica.
8
: La presencia focense y su fructífera relación
con Tartessos sólo fue posible cuando los fenicios perdieron el dominio del
Mediterráneo Occidental tras la conquista asiria de Tiro, y en un momento
en el que Cartago estaba apenas iniciando su expansión. Los restos
encontrados (emplazamiento de Mainake - que no hay que confundir con
Málaga -, cascos corintios de la ría de Huelva y del río Guadalete,
anillo con inscripciones griegas arcaicas aparecido durante las excavaciones
de Schulten en el Coto de Doñana) coinciden con la leyenda de Kolaios y con
la súbita entrada del nombre de Tartessos en el área geográfica conocida
por los griegos. La riqueza y la buena disposición de Argantonio
alimentaron los versos de Anacreonte, contemporáneo suyo, y pasaron a ser
lugar común en las referencias de los primeros historiadores (Herodoto,
Hecateo, Tucídides), una o dos generaciones después.
De todos estos testimonios es decisivo el contenido en la ''Ora marítima''
del poeta latino Avieno (siglo IV d.C.), que recoge un periplo anónimo
griego del siglo VI a.C. (es decir, diez siglos anterior), a través de una
versión escolar y con
interpolaciones de su propia invención. Según este periplo, cuyo
protagonista era un masaliota, y que tuvo lugar poco después de la batalla de
Alalía (535), Tartessos todavía existía en esa fecha, pues es
descrita como ciudad próspera y libre; dado que en 509 Cartago prohíbe
a sus rivales cualquier navegación por la costa sur del Mediterráneo
occidental, el periplo no puede ser posterior a esa fecha, y por eso Schulten lo
sitúa en 520. Del mismo modo, la fecha de la destrucción de Tartessos (con
relatos no muy posteriores que sin embargo la confunden con Gadir, cosa que
es en absoluto imposible) coincidiría con ese mismo marco cronológico.
Y fue tal el castigo por la ''traición'' tartesia al vincularse tan
estrechamente con los helenos, que nunca más se supo de aquella ciudad
(que no tuvo la suerte luego de Corinto o la misma Cartago, arrasadas hasta los
cimientos por los romanos pero reconstruidas más tarde). La memoria
histórica se fue perdiendo, pero a su vez se deslizó al mundo de los mitos:
Tartessos se convierte en residencia del semidios griego Gerión (por
confusión con el rey tartesio Gerón), y Platón, con el nombre de
''Atlántida'' la utilizó para su famoso mito (que Aristóteles, su
discípulo, cree carente de realidad); así al menos lo ve Schulten,
desautorizando cualquier otra interpretación sobre el ''continente perdido''.
9
: Nos queda la arqueología. Antes de Schulten
ya se había descubierto el ''tesoro de la Aliseda'', y diversas figuras
metálicas
o de barro que fueron atribuidas al arte fenicio (hoy se consideran tartesias
con influencia semita). Pero nadie había abordado la búsqueda del
lugar donde se asentó la ciudad. Cuando procedió a ello lo hizo con un
previo análisis de las fuentes, muy abundantes en datos sobre la situación
y posición; había sin embargo que tener en cuenta los cambios que
después de 2500 años se han producido en un terreno de aluviones
constantes, que han hecho variar la topografía de la zona. Llegó a la
conclusión, de acuerdo con la información reunida, que Tartessos estaba
ubicada sobre la orilla norte del brazo meridional del río Betis o
Tartessos, un poco al interior (unos pocos kilómetros), en una isla que a su
vez quedaba flanqueada más al norte por otro brazo del río (el central);
el brazo meridional es el actual cauce, que hace que el río desemboque
en Sanlúcar, pero la antigua isla (Eritheia) ha desaparecido, lo mismo que el
lago Ligustino aguas arriba; en su lugar se ha producido una acumulación
de dunas que coexisten con zonas lacustres diseminadas: es el Coto de
Doñana, antigua propiedad de los duques de Medina-Sidonia, que en el siglo
XVI aún se llamaba ''la isla de caza del duque''.
A pesar de los esfuerzos Schulten sólo encontró una aldea romana y, a un
nivel algo inferior, el anillo antes mencionado, pero las excavaciones fueron
muy superficiales, y es de suponer que en un terreno como aquél los posibles
restos, de haberlos, se habrían hundido y por tanto se requerirían
procedimientos técnicos más poderosos para intentarlo de nuevo (tanto en
profundidad como en medios pare bombear el agua).
Se encontrará alguna vez Tartessos? Otros lo han localizado, sin más pruebas que diversas interpretaciones de los relatos griegos, en Carteia (Algeciras), Olba (Huelva), Sanlúcar, las Marismas, y, más excéntricamente, en Cartagena y Tortosa. Quizá nunca aparezca porque no quede nada de ella o porque nunca existió como tal ciudad (aunque es tratada como ''polis'' y ''civitas'' por los escritores antiguos), pero el entusiasmo, la laboriosidad y la competencia de Schulten merecerían sin duda esa recompensa para que su nombre sea tan recordado aquí como el de Schliemann en relación con Troya.