Siguiente: Arnold J. TOYNBEE: ESTUDIO Arriba: Teoría de la Historia Anterior: Edward H. CARR: ?`QUE   Índice General

Oswald SPENGLER: LA DECADENCIA DE OCCIDENTE

Decía Oscar Wilde que los libros clásicos se recomiendan sin haber sido leídos. La frase, más o menos fiel al texto exacto, implica una cierta ironía respecto a quien adopta el papel de transmisor de la cultura: éste por qué no ha leído el libro que avala? Las respuestas son variadas y cada una puede ser cierta en su caso: hay quien tiene la obligación académica o profesional de informar a otros, pero no siente en persona la necesidad del contacto directo con los libros de que habla; para ellos la cultura es funcional, no es un placer ni un imperativo propio. Hay, por otra parte, quien, amando los libros, huye de los llamados clásicos por ver en ellos algo muerto, pesado o falto de interés que la novedad aporta; a lo mejor hasta se lo compra y alguna vez hojea unas pocas páginas para inspirarse en lo estilístico (y de este pecado he de confesarme yo en determinados casos).

Pero lo más corriente es que un libro clásico de historia, al revés de lo que suele suceder con los de literatura en general, no esté al alcance físico del lector; no se reedita, y quien desea consultarlo tiene que recurrir a las bibliotecas públicas, donde, tras un laborioso proceso de seducción se logra convencer al funcionario de que algunos volúmenes allí almacenados pueden ser abiertos sin grave peligro para su conservación. Como es tan difícil conseguir esto y luego no resulta nada agradable pasar horas y horas sentado frente y junto a otros lectores prestos a saltar indignados sobre uno al menor gesto improcedente, nos conformamos con seguir hablando de oídas y aplicando el esquema aprendido.

Este ha sido mi caso con el libro en cuestión. Durante años he tenido una imagen de él a través de otros autores, porque servía como punto de referencia obligado. Fue sobre todo al leer a Toynbee y en contraste con éste cuando aquella imagen quedó ya implantada, y las alusiones posteriores a Spengler, casi en bloque, la reafirmaron en sentido negativo; de pocos autores y obras se ha hablado tan mal en función de hechos y planteamientos posteriores. Se puede afirmar que entre los historiadores, ''La Decadencia de Occidente'' es un libro condenado; se ha acusado a su autor de ''dilettante'' (periodista metido a filósofo de la historia), de determinismo (cuando este concepto ha sido manejado como positivo en el caso del materialismo histórico), de eurocentrismo, y, peor aún, de tener una óptica teutona en la línea que daría lugar poco después al nazismo.

Cuando el libro se editó por vez primera en español, traducido por García Morente y con prólogo de Ortega, poco después de su aparición en alemán, la valoración fue bastante distinta: se trataba de un esfuerzo enorme para explicar la historia reciente de Europa, tan trágica y absurda al parecer dentro de un esquema totalizador de la historia humana y aun de ésta dentro de la condición humana. El libro fue acogido con seriedad y respeto, no en vano se apoyaba en autoridades del pensamiento tan prestigiosas como Goethe, Nietzsche o Schopenhauer; y el pesimismo que destilaba la obra concordaba muy bien con la perspectiva que muchos intelectuales europeos tenían.

Luego vino lo que vino (Hitler, guerra mundial, posguerra) y Spengler se convirtió en un profeta infausto y activador de mentes perversas al decir de sus detractores. Además, Toynbee, un perfecto ''gentleman'' inglés, le sustituyó en la función casándrica con una mayor adecuación a los valores establecidos en el pensamiento occidental no marxista.

Han tenido que pasar más de sesenta años para que el público pueda de nuevo disponer de este libro, y se trata de la misma edición de la Revista de Occidente reimpresa con destino a una colección popular de gran tirada. Y aunque el motivo de tal reimpresión sea económico (no hay que pagar a un nuevo traductor ni hacer otra composición) el acierto ha sido grande, pues parece que se nos invita a volver a aquel momento de su primera publicación, sin comentarios que orienten (o desorienten) al lector, y tengo que admitir que no me he encontrado con el libro que esperaba. Me imaginaba una estructura más ''histórica'', en el sentido de Toynbee, más diacrónica, con los contenidos culturales integrados en cada una de las unidades enunciadas. Por otro lado, los conceptos, el lenguaje, las referencias no son las habituales en la historiografía, sino en la filosofía y, en menor medida, en la filología; es un libro de filosofía en el que se demuestra que no hay filosofía sino en la historia, pero es más un filósofo que un historiador quien lo dice. Por eso, y por la tradicional dificultad que el pensamiento alemán conlleva en lo expresivo, he de reconocer que la lectura del libro no resulta amena, y hay que tener mucho interés en saber cuáles son las aportaciones de Spengler al conocimiento de la historia para no abandonar la tarea. También ayuda a ello que el texto está sembrado de concreciones, ejemplos, comparaciones y análisis de etapas del pasado que permiten hilar las hipótesis con las realidades ya conocidas por el lector. Qué es lo que Spengler dice y sabíamos que decía? Pues que la Historia Universal no es la Historia de la Humanidad, sino la historia de una serie de unidades culturales que, aun entrando en relación entre ellas (relación de espacialidad, interactiva, y relación de temporalidad, de sucesión) tienen su propia dinámica a partir de un elemento configurador, que hace a cada cultura específica y distinta; es una suerte de alma o de mentalidad; así, caracteriza a la cultura grecorromana (Antigua, dice él) como desprovista del sentido temporal, ahistórica, cosificadora, temerosa de la infinitud; a la cultura que llama árabe (tardorromana, del Próximo Oriente, semítica) le ve un sentido mágico, religioso transcendente, donde lo político y lo teológico se fusionan (como se ve en el Islam y en el cristianismo oriental). A la nuestra, la Occidental, la concibe como fáustica, entendiendo por tal la perspectiva temporal, la comprensión del infinito, la descosificación del espacio, la fuerza, el dinamismo creador como elementos determinantes. Habla también de otras culturas (egipcia antigua, china, india, egea, amerindia), con afinidades y discrepancias parciales entre sí y con las anteriores.

Todo esto no es una gran novedad, y en parte su representación ya se había iniciado antes, sectorialmente por muchos pensadores. Lo que verdaderamente resulta original es la afirmación de que toda cultura (gran cultura, no cultura primitiva o culturilla) tiene una trayectoria ''vital'', como los seres humanos; en esa trayectoria llama ''civilización'' a la fase final, de madurez y decadencia, pero al mismo tiempo de realización plena de su destino. Así, pasa revista a las distintas culturas para observar ese punto final, a veces larguísimo (en la cultura grecorromana sería el Imperio romano desde Augusto) y ello le permite situar nuestro tiempo, dentro de la cultura occidental, en el umbral de esa etapa de civilización; después de una fase (que Toynbee llama de ''tiempos revueltos'' y Spengler no define exactamente), que es de lucha, de ruptura de formas, de voluntad personal de líderes (aquí está en parte la prueba de su ''maldad'', ser agorero del despotismo demagógico), se llegará a una ''pax romana'' que será el fin de la evolución particular de esa cultura devenida civilización. Para Spengler, el fin de la Primera Guerra Mundial, que coincide con el momento en que termina de escribir su libro, abre un período de inestabilidad que se cerrará a finales de siglo o principios del XXI con la aparición de esa civilización occidental que puede durar luego centenares de años, pero que ya no se revitalizará.

De ahí el título del libro, tan equívoco sin embargo. No significa que otras culturas superen ahora a la nuestra, ni mucho menos sino que ha empezado otra fase en nuestra historia, la historia de Occidente, la última, y la decadencia no es de poder, sino de voluntad.

Cualquiera que crea que a esto se reduce el libro se equivoca. El libro se puede contar de mil maneras, según la óptica que se elija. Los contenidos son tan ricos y diversos que se asemeja a una enciclopedia. Aparece de todo: filosofía, filología, etnología, teología, economía, en grado tal que muchos especialistas en cada materia estarán tentados de considerar a Spengler como su colega. Es posible que no haya una cultura universal, como él asegura. Pero lo que queda claro es que la suya personal sí que lo es.


Siguiente: Arnold J. TOYNBEE: ESTUDIO Arriba: Teoría de la Historia Anterior: Edward H. CARR: ?`QUE   Índice General