Este no es un libro de un historiador, pero sí un libro de historia, y el carácter de tal no se lo da la técnica de investigación ni la metodología empleada, donde se observan errores manifiestos, sino la perspectiva que adopta. Su tesis es la continuidad, en un mismo espacio, desde quizá el IV milenio a.C., de un pueblo que con diversos nombres y con aportaciones humanas y culturales de otros, más o menos vecinos, adquirió una destreza especial para sobrevivir a base de explotar o redistribuir los recursos de todo el ámbito mediterráneo. Hoy, aunque residualmente, sigue el mismo camino y es conocido sólo desde hace poco tiempo con el nombre de la cordillera que cierra el territorio por el Este, el Líbano. El autor cree ver en los actuales habitantes de Beirut (si bien no tanto en los moradores de las zonas más interiores) un reflejo bastante aproximado, en mentalidad y forma de vida, de aquellos fenicios que durante casi mil años, partiendo de atestadas ciudades volcadas hacia el mar, fueron claveteando con colonias las costas del sur del Mar Interior y de algunas de sus islas y se asomaron muy pronto también al Mar Exterior, que explotaron desde las islas británicas hasta el golfo de Guinea, sin descartar contactos posibles con las tierras de la otra orilla. Esos fenicios, surgidos en las riberas del Egeo meridional, no podrán superar, finalmente, el acoso de los grandes imperios orientales (asirio, neobabilónico, persa, macedónico), pero habían sembrado en el otro extremo las semillas de un imperio original, marítimo y comercial como el de sus antecesores, si bien abocado a la expansión terrestre con la ayuda de un pequeño aunque selecto ejército mercenario; era Cartago. Lo que ésta hubiera podido llegar a ser de no cruzarse en el camino de Roma podría ser un magnífico ejercicio de imaginación, que en todo caso permitiría desplazar varios siglos la fecha de su caída.
Como sucede en tantos otros casos al estudiar las primeras formaciones humanas de la antigüedad, nos encontramos con la incógnita del origen. Si nos atenemos a la Biblia, el país de Canaán (la costa y el interior del actual Líbano) recibió su nombre de un hijo de Cam, y sus habitantes serían, por tanto, parientes de los que ocupaban el norte de Africa y el sur de Europa antes de la invasión indoeuropea (pueblos mediterráneos, en la terminología actual). Si nos atenernos a los restos arqueológicos, toda la zona es uno de los lugares más precoces en el paso del Mesolítico al Neolítico, como atestiguan el Monte Carmelo y Ugarit (Ras Sambra), lo que indica la presencia de hombres cuyo género de vida les acerca más a egipcios o mesopotámicos protohistóricos (sumerios) que a los nómadas semitas. Sin embargo, sabemos perfectamente que los fenicios eran semitas en todo - rasgos físicos, costumbres, lengua -. Por tanto, se hace preciso recurrir, para resolver la cuestión, al factor migratorio.
Los semitas, desde su ''reserva permanente'' arábiga, desértica, emitieron población sobrante hacia las nuevas áreas agrícolas, fértiles, que se abrían hacia el norte. Las primeras oleadas fueron muy tempranas (acadios, asirios); las últimas sabemos que coinciden con la expansión del Islam. Pues bien, probablemente ya en la primera salida se produjo la ''semitización'' del Levante asiático, ya que, según el autor, unas tribus protocananeas, afincadas en la península del Sinaí (donde él mismo ha visto a los descendientes de los que se quedaron, beduinos que siguen el modo de vida bíblico), marcharon hacia el norte y ocuparon el territorio de los actuales estados de Israel y Líbano, que de ellos recibiría el nombre de Canaán, antes de que otros semitas, los futuros hebreos, se desplazaran allí desde el este.
Ya en el Imperio Medio Egipcio los contactos con Biblos nos proporcionan el nombre de las ciudad más pujante en aquellos momentos en las costas libanesas. El cuento de Sinuhé (o Sinuhit), que data de esa época, hace decir al autor que ''de la narración se infiere por lo menos que Biblos (Gubal, Gebal o Gabal, de donde sus habitantes los giblitas) era realmente un emporio comercial importante al margen de la influencia egipcia y que se apoyaba en una zona agraria cuyos habitantes, sin duda, vendían los productos de la tierra en sus mercados, y que se trataba además de un territorio que ejercía sobre los egipcios la misma fascinación con que los norteamericanos del siglo XIX consideraban los territorios fronterizos del ''lejano Oeste''...''. Los relatos numerosos de procedencia egipcia, sin embargo, no destacan en sus proveedores de madera de cedro especiales cualidades comerciales o marítimas, pues el transporte de productos entre ambos espacios, si bien se hacía por mar, utilizaba una ruta de cabotaje con barcos sin quilla, egipcios además. Biblos, en realidad, era una ciudad-estado vasalla de Egipto por su propia voluntad, y sometida a su influencia cultural. No se puede hablar, por tanto, aún de fenicios en plenitud.
Para que ello sea posible G. Herm introduce un nuevo factor étnico y cultural: los indoeuropeos. La expansión de los ''Pueblos de Mar'' hacia el II milenio a.C. (1200 aproximadamente), que llevó a las costas del sur a los filisteos, afectó también al área libanesa, que en parte, y sobre todo en las ciudades del litoral, quedaría sometida a los invasores. Estos, por su parte, eran navegantes audaces que utilizaban ya naves adecuadas para rutas de alta mar; al mezclarse con la población cananea, aun siendo una minoría, crearon las condiciones para que aquellos beduinos hicieran del agua un medio tan familiar como antes del desierto. Así, se convierten en ''caballeros del mar''.
Los cambios experimentados por la invasión indoeuropea traerán consigo también una renovación importantísima en el ámbito urbano costero: en vez de Biblos, son Tiro y Sidón las nuevas ciudades que predominarán en la zona. Ya son fenicios tirios y sidonios, pero los primeros representan mucho mejor las características que se les suele atribuir; su vocación marinera es tal, que crean una isla artificial a menos de un kilómetro de la costa, y en ella, a su vez, construyen dos puertos; los problemas de espacio y agua potable son resueltos con eficacia e ingenio. Este será el modelo que les servirá de base para las colonias que pronto fundarán lejos de la metrópoli, de entre las cuales destacan Utica, Lixus y Gadir, sin que sepamos exactamente a quién de ellas atribuir la primacía en el tiempo, si bien se puede creer que aparecen al filo del cambio de milenio (hacia el 1100 a.C.).
Comerciantes y piratas al mismo tiempo, la primera faceta destaca por su mayor rentabilidad a la larga, pero para ello no se limitan a intercambiar productos ajenos; por el contrario, buscan el ''valor añadido'' artesanal, que obtendrán mediante el perfeccionamiento de la técnica del vidrio (inventado por los egipcios) y el descubrimiento del tinte extraído de unos moluscos que abundaban en sus aguas; es la púrpura, el mayor lujo en textiles del mundo antiguo. De ahí que una de las etimologías supuestas para el nombre genérico de este pueblo signifique ''rojo'' (el griego recoge otras dos: Fénix, hijo legendario de Agenor, y el nombre de la palmera).
El camino del Atlántico les proporciona plata, oro, cobre y estaño de Tartessos, así como pesca. Pero no les bastará con él, pues dos siglos más tarde (IX a.C.), en colaboración con el reino de Salomón, abrirán otra ruta en el Mar Rojo, que, partiendo de las actuales Eilat y Akaba, llevaría a las ''naves de Tarsis'' (que el autor no identifica con Tartessos, en contra de la común opinión) hasta Ofir, el país del oro, y el Punt. Las buenas relaciones con Israel tienen su más digno ejemplo en el templo de Salomón, construido por técnicos y con materiales enviados por Hiram de Tiro, como la Biblia señala y la arqueología confirma. La influencia fenicia llegará a tal punto que puso en peligro el monolatrismo judío, lo que provocó la ira de los profetas y el odio a las princesas reales del mismo origen (Jezabel y Atalia, en Israel y Judá respectivamente).
No duró mucho el esplendor, y en el siglo VIII comienzan los problemas con los imperios continentales vecinos. Uno tras otro obligan a las ciudades fenicias costeras, a menudo hostiles entre sí, a entrar de grado o por fuerza en su esfera de influencia; la puntilla vino de Nabucodonosor; Fenicia queda desconectada de su imperio y parece así haberse acabado para siempre su presencia en el Mediterráneo.
Esa presencia marítima hacía tiempo que tenía también un rival: el pueblo griego; nacido del mismo modo, como consecuencia de las invasiones indoeuropeas, tras una breve etapa de oscuridad, salen de nuevo a los mares a partir del siglo VIII; primero se aventuran por el mar Negro, donde no encuentran obstáculos; pero más tarde comienzan sus periplos por el Mediterráneo: fundan Cirene, como un enclave en el área de dominio fenicio (cerca de Utica) y luego colonizan el sur de Italia, Sicilia, Cerdeña, Córcega, para proseguir esa misma tendencia a principio del siglo VI en la costa de la Galia y de Iberia. Con ello, entran en colisión con los intereses fenicios, que dejan amplia huella en la literatura helénica, donde los fenicios aparecen dibujados en los peores términos, lejos de las alabanzas que de ellos hicieran los primeros escritores, en especial Homero. Se desempolvan viejos mitos para justificar los nuevos odios (raptos de Io y de Europa, por ejemplo). La perfidia, la crueldad y la falta de ''alegría de vivir'' define ante los griegos a sus adversarios. Pronto han olvidado la deuda que con ellos tenían, tanto en el terreno religioso (Afrodita, Heracles en una de sus personificaciones, Adonis, Dionisos eran dioses semíticos trasplantados), como legendario (fundación fenicia de Tebas) o cultural (el alfabeto griego no es sino una adaptación del fenicio).
Esa rivalidad llegó a su grado máximo cuando una de tantas colonias fenicias, Cartago, heredó el imperio tirio - ante la impotencia de la metrópoli - y quiso transformar el Mediterráneo occidental en un área monopolizada por ella. Enfrentados en la batalla de Alalía, los victoriosos focenses tendrán, sin embargo, que evacuar sus colonias meridionales. Cartago, apoyado por los etruscos, se vengaba así de aquellos indoeuropeos que habían destruido Troya, ciudad que tenía a los fenicios por amigos y aliados. Para el autor, la alianza etrusco-cartaginesa no tiene, sólo, una justificación geopolítica: los etruscos serían, según él, descendientes de los troyanos, lo que podría además tener una fundamentación etimológica (la raíz -tr-).
Roma, heredera según su propia tradición de Troya, en un principio continúa la amistad etrusca con Cartago, que a finales del siglo VI aparece como una potencia muy superior que impone sus condiciones a aquélla (tratado de 510 a.C., según otros de 509). Las fuerzas eran muy desiguales. Cartago prosigue, en Sicilia, su política de contención al avance helenístico, pero su actitud es vista por los griegos como un afán expansionista, acompañado por todas las señales negativas de tipo cultural; reprochan a los cartagineses costumbres y defectos que no sólo no eran privativos de éstos sino que además eran compartidos también por aquéllos, como sucede en el caso de los sacrificios humanos. Cuando los romanos lleguen al final de la bota itálica e intervengan en el conflicto entre mamertinos y siracusanos asumirán la misma óptica del enemigo que los griegos habían comunicado y, de ese modo, calificarán a los púnicos (palabra que, deformada en Latín, es idéntica a fenicio) con los peores improperios.
Los griegos admiraban y odiaban a los fenicios. En los romanos el odio parece ser más intenso, hasta tal extremo que, vencida su rival para siempre tras la segunda guerra púnica, aprovecharon un conflicto entre la inerme ciudad-estado y los númidas - en el que los últimos actuaban fuera de toda justificación - para exigirles, ni más ni menos, que su autoinmolación; desesperados, resistirán, pero, vencidos, desaparecen como pueblo, aunque se puede seguir su rastro posteriormente en hombres como Tertuliano o San Agustín. Pocas venganzas en la historia has sido más expeditivas que ésta, cosa que no pasó desapercibida al mismo Escipión Emiliano cuando recitaba los versos de la Ilíada:
''Día llegará en el que la sagrada Ilión desaparecerá
y el mismo Príamo y la gente del rey guerrero''.
En la mente del general victorioso es posible que no sólo confluyera el paralelismo entre Cartago y Troya. Roma también, algún día, se uniría a ellas, pues parece que el destino ha decretado que todo lo que es grande algún día desaparezca.