En mi intento, casi siempre desafortunado, por iniciar a los estudiantes de Bachillerato en el virus de la lectura, he usado durante varios años como lubricante de casi seguro éxito este librito, del que sobre todo, para propiciar una recepción al menos bien dispuesta, procuraba resaltar, junto a la brevedad, la variedad temática pues se trata de una miscelánea, la presencia de mitos y leyendas poco conocidos para el público en general y hasta la particular forma en que el autor transcribe los nombres clásicos, con una absoluta fidelidad a la lengua originaria (Augustus, Hómeros, etc.), manía que llevó a sus propios alumnos a llamarle Anthonios Garcías y Bellidos, según cuenta algún dilecto discípulo. Puedo afirmar que si la lista de obras recomendadas abarcaba una cincuentena de títulos, el noventa por cien de mis súbditos docentes elegía invariablemente ésta, incluso por encima de otras del mismo autor más valoradas (traducciones y comentarios de Estrabón, Pomponio Mela y Plinio). No era ajena, quizá, esta elección a un estímulo a su vanidad al decirles que, leído este libro, sabían poco más o menos de la Antigüedad española lo que cualquier profesor de Historia. Qué fácil! Aun así, era corriente que solicitasen de mi natural comprensivo que aligerara la carga a la mitad de las estampas. Creo, por tanto, que he contribuido durante años a la difusión de esta obra, que ya conoce tres ediciones dentro del tesorillo recogido en la Colección Austral.
Todo lo anterior no debe tomarse como una desvalorización de su contenido o forma, estoy persuadido, por el contrario, de la íntima relación que hay entre libros amenos y claros, y al mismo tiempo sumamente interesantes (Habrá que recordar a Montaigne, a Rousseau, a Freud?). Yo, por mi parte, lo he releído en varias ocasiones y siempre con interés, si bien, al tiempo que sigo estas pequeñas historias recuerdo los otros libros del mismo autor que le sirven de base, en especial el magnífico volumen titulado, de un modo extraño, ''La Península Ibérica''.
Es imposible, por poca curiosidad que el lector tenga, no encontrar aquí al menos una o dos estampas que capten de inmediato su atención, y cada uno de aquéllos puede, por muy distintos que sean, encontrarlas con facilidad.
Encabeza la obra una admirable síntesis del problema de la Atlántida, objeto de tan variadas hipótesis y reavivado hoy al cruzarse el tema con otros muy en boga (platillos volantes, triángulo de las Bermudas...). Por supuesto que García y Bellido no entra en ese planteamiento y se limita, como siempre, a hacer la exégesis de los textos platónicos a través de los cuales nos ha llegado el conocimiento de ese fabuloso continente. Y la sensatez le lleva a la escéptica conclusión de que se trata posiblemente de otro mito platónico más. Pero, como humilde investigador, deja la puerta abierta a otras alternativas.
El otro gran mito vinculado con la antigüedad clásica, en relación con Hispania, es el de Tartessós (como él escribe). Conviene que todo el mundo que quiera adentrarse en este asunto empiece por echar una mirada a esta breve referencia, pues será una buena base para adentrarse luego en los libros de Schulten y Maluquer, y suficiente si lo único que se desea es una pincelada significativa.
Dentro del tema tartésico y rozando también la leyenda hay que situar el viaje del samio Kolaios (Coleo en transcripción normal, que queda más bien cacofónica), el llamado Colón griego, cuyo inesperado viaje a Hesperia le produjo asombrosos beneficios en plata. Y la obsesión helénica por el Occidente no terminó ahí: somos elegidos para albergar a los Bienaventurados (los Campos Elíseos), pues las islas Canarias eran ya conocidas, aunque no colonizadas, desde la llegada de los cartagineses al Atlántico.
A quien le gusten las emociones fuertes le placerá, al menos tanto como una película ''gore'' cualquiera de las estampas que cuentan situaciones límite (con antropofagia, suicidios colectivos y perversidad) en lugares como Astapa, Calagurris, Numancia..., los caramelos envenenados de Galba y de Didio...Por otra parte lo que se cuenta de Viriato haría felices tanto a españoles nostálgicos de líderes carismáticos (vale también para portugueses) como a aficionados a historias románticas de bandolerismo populista.
También los pesimistas tienen un ejemplo de la eterna necesidad que el español ha tenido de buscar fuera su sustento, esta vez como mercenario en Sicilia o luego en el ejército de los Bárcidas, dada la alta tasa de desempleo peninsular. Para los que se enorgullecen de las esencias austeras y moralizadoras aportadas por España al mundo es recomendable un bono de humildad en la Roma Imperial mientras libidinosas bailarinas gaditanas escandalizan a los pervertidos amigos de Nerón.
La riqueza minera de España está representada, quizá de un modo demasiado parco, por las minas de mercurio de Almadén y las de oro de Galicia, aunque también hay referencia a otros metales, pero no con la minuciosidad con que se detallan en la Geographiká de Estrabón. Y no sólo es este el recurso económico de nuestra antigüedad, sino también los obtenidos gracias a la pesca y su posterior manipulación.
La actual pasión por el deporte-espectáculo no es superior a la que permitió hacerse célebre a un auriga español, Diocles, lusitano de origen, que en fama y dinero no tiene parangón en nuestro país.
Yo particularmente me decanto por la pequeña historia que hace de los nombres de España originados en la Antigüedad. Pocos territorios gozan de una variedad tan grande de topónimos generales, que añaden además otra particularidad, el hecho de ser topónimos ''parlantes'', al menos cuando se adoptaron. Tierra de los conejos, tierra de las serpientes, tierra de Poniente son referentes que responden a realidades objetivas.
La eterna confusión que hasta la gente culta manifiesta en relación con los términos árabe, moro y musulmán puede soslayarse si nos enteramos que ya en el siglo II hubo una invasión mora en España, de consecuencias terribles, aunque breves.
Pero donde la aportación del autor parece más valiosa es en el estudio de la mortalidad a través de las 10.000 lápidas que se han conservado, número más que suficiente para que las conclusiones merezcan un crédito similar a las modernas estadísticas. Así, la mortalidad, especialmente la infantil, corrobora todo lo que sabemos del ciclo demográfico antiguo, lo que no obsta para que haya excepciones que aún hoy nos parecen relevantes: personas nonagenarias y aun centenarias (con un récord femenino de 115 años).
Es posible que ninguna otra época de nuestra historia se preste a un tratamiento de este tipo, que introduzca al lector joven y un tanto desmotivado en el mundo del pasado, pero no sería de extrañar que si hubiera algún medievalista o algún especialista en nuestra modernidad que sintonizase con el quehacer de García y Bellido, encontraría el modo de presentarnos ciertos hechos lejos de la aridez del libro de texto y sin caer en anecdotarios descontextualizados.