El historiador tiene que ceder la palabra al filólogo y al arqueólogo antes de sacar conclusiones propias cuando se enfrenta en plena época histórica con pueblos que han trazado una estela cuyos rasgos han desaparecido, víctimas de otros pueblos de mayor fortuna en su trayectoria. Qué hubiera sido de los etruscos si los romanos no se hubieran cruzado en su camino o si, más fácilmente, éstos últimos no hubieran dejado de ser una sucursal de aquéllos? Aún el emperador Claudio pudo estudiar la cultura tirsena y conoció su lengua. Luego desaparecen ambas y hasta el Renacimiento no tenemos otros testimonios de la existencia de los antes poderosos dominadores de la Italia central que las referencias sobre ellos existentes en las obras de Herodoto, Dionisio de Halicarnaso o Tito Livio, y aún los testimonios de los dos primeros son contradictorios: Herodoto afirma la procedencia asiática (Lidia) de los futuros toscanos y nos cuenta la leyenda que tiene como protagonista a Tirseno o Tirreno, hijo de Attys, a quien su padre encomienda la dirección de la expedición emigratoria de la mitad de sus súbditos; el ''padre de la historia'' no fija con claridad la fecha, pero se puede suponer que no sería muy posterior a la guerra de Troya. Por su parte, Dionisio, su paisano, niega por razones culturales tal procedencia y considera a los etruscos autóctonos, evolucionados en contacto con Grecia, de la que toman la mayor parte de sus formas artísticas.
Con el Renacimiento se inicia una rica cosecha de hallazgos arqueológicos que no se interrumpirá hasta ahora. La manía de poseer objetos de este origen llegó a ser obsesiva en ciertas épocas, lo que ha llevado a falsificaciones en mayor medida que en otros casos. Tumbas intactas han permitido extraer datos de gran interés sobre la vida espiritual, pero también sobre las influencias ya conocidas de tipo helénico.
Así, ya en el siglo XX, la arqueología está en condiciones de aportar gran cantidad de testimonios acerca del enigma etrusco. En dos direcciones se han producido las novedades: por un lado, con el descubrimiento de la cultura de Villanova, fechada hacia el siglo X a.C., en la primera edad del Hierro, situada en una zona que abarca desde Bolonia (antigua Felsina) hasta el valle del Po; por otro con la multiplicación de inscripciones etruscas en frescos o en metales (más de diez mil textos, si bien cortos). El hallazgo en 1964 de las planchas de Pyrgi, en púnico y etrusco, pareció por un momento que podía solucionar el problema de la traducción de un idioma tan reacio a dejarse conocer, pero las ilusiones de Massimo Pallotino no duraron mucho, y, en la actualidad, seguimos sin tener la clave de su significación. Las filología no ha hecho el papel que en la egiptología asumió con éxito.
Descartada por ahora la posibilidad de esclarecer el origen de la lengua, nos queda el problema, anterior, del origen del pueblo. Y aquí la arqueología nos proporciona argumentos para seguir defendiendo las dos tesis clásicas: el descubrimiento de la cultura villanoviana pareció dar la razón a los partidarios del carácter autóctono de los etruscos, que evolucionarían culturalmente ''in situ''. Pero ciertas discrepancias fundamentales abogan por todo lo contrario, el tipo de enterramiento especialmente. La presencia de testimonios arqueológicos de la época micénica (siglos XV-XIV), procedentes de Pylos avalan por su parte la tesis de una temprana existencia de contactos entre aqueos y un pueblo que podría ser el etrusco; leyendas posteriores (la de Evandro, y la presencia troyana en Italia) se interpretarían así como una desvirtualización del efectivo dominio etrusco sobre la zona entre el Tíber y el Po.
Si tenemos en cuenta el mundo de las creencias, las mayores afinidades corresponden, desde luego, a Anatolia, donde las prácticas hepatománticas eran corrientes. La condición de la mujer también se acerca más a la de las sociedades de Asia Menor (los licios, por ejemplo) que a las existentes en el entorno del Mediterráneo septentrional. Pero ni la lengua ni el arte tienen, al parecer, nada en común con esa procedencia (Acaso una figura humana, alada, sería un préstamo del arte asirio?). Ante la duda, el autor prefiere mantener una postura neutral, si bien se inclina por las mayores posibilidades que ofrece la hipótesis autóctona, en el caso de que se encuentre una explicación convincente a la discontinuidad cultural.
Como se trata de un libro de arqueología, la mitad del texto se refiere a las técnicas empleadas en esta especialidad. Destaca la voz de alarma ante el impacto de los nuevos sistemas de explotación agrícola, las obras públicas y el crecimiento de las ciudades, todo lo cual puede llevar a la desaparición de testimonios irrecuperables. A estas consideraciones acompaña un magnífico repertorio de ilustraciones que abarcan casi todos los aspectos interesantes del arte etrusco y las contribuciones, bien visibles, del mundo helénico.
Hasta cuándo seguiremos sin respuesta para las dos preguntas fundamentales: de dónde venían y qué tipo de lengua hablaban? Hay que confiar en que se produzca el hallazgo decisivo que desvele el misterio y que, en el campo de la filología, se avance en la identificación de ésta y otras lenguas igual de enigmáticas. Los estudios actuales sobre el indoeuropeo así lo permiten esperar.