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Robert COHEN: ATENAS, UNA DEMOCRACIA

Una historia de Grecia, en su totalidad, no tiene demasiado sentido; hay rupturas esenciales en su trayectoria y sería además difícil delimitar el territorio (que no corresponde ni mucho menos a la Grecia actual); el único hilo conductor que arrancando de Homero llega a nuestros días es la lengua, pero no parece adecuado utilizar este argumento como justificación al no poder ser acompañado por ningún otro de tipo étnico o religioso. Si delimitamos nuestro interés sólo a la historia antigua tropezamos con otros escollos: la Hélade no fue nunca un conjunto político salvo cuando quedó integrada en imperios foráneos; únicamente tendríamos como puntos de apoyo la historia cultural y lo que podíamos llamar las relaciones interpolitanas. Es verdad que la actitud ante Persia ofrece una oportunidad para detectar intereses comunes, y tampoco es desechable la similitud evolutiva de muchas ciudades siguiendo el esquema monarquía-oligarquía-tiranía y, en pocos casos, democracia. Sin embargo, lo primero no fue constante y en muchas ocasiones las alianzas con Persia contradecían la existencia de una política de objetivos permanentes, y lo segundo no es privativo sólo de estas ciudades, pues también Roma participa de las mismas características.

Ha sido por ello frecuente que los historiadores se hayan decantado por tratar la historia de cada polis, pero así como la importancia histórica fue muy diferente, del mismo modo los investigadores se han volcado más en el pasado de algunas de ellas, en parte también porque se dispone de una cantidad mayor de información (en el caso de Esparta, por desgracia, los testimonios no alcanzan ni mucho menos la altura que corresponde a su protagonismo en la antigüedad helénica). De todas ellas es Atenas la que ha tenido más fortuna. Los historiadores ven en esta polis la quintaesencia de lo griego (''La Hélade de la Hélade''), la que estaba más preparada para hacer posible la unidad de todos los helenos, la más abierta y hospitalaria para griegos y para extraños, la que en un mundo dominado por el despotismo, por la condición generalizada de ''súbdito'' que tenía el hombre, descubrió la categoría de ''ciudadano'', es decir, de hombre sometido a la ley (isonomía, democracia). A veces el entusiasmo por tales logros ha hecho que los historiadores, aunque más bien los escritores de otros géneros, hayan deformado la realidad tendiendo a trocarla por una especie de ''edad de oro'' de la cultura y de la libertad humanas. Por ello, se han interesado apenas en todo el pasado de la ciudad del olivo; en su lugar aíslan la etapa de esplendor, el siglo V y parte del IV a.C., con olvido de los precedentes y, en la misma o mayor medida, de los que siguen.

Este libro tiene, entre otras virtudes, la de hacer una historia de Atenas de principio a fin. No es desde luego, exhaustiva; en vez de minuciosidad, nos aporta, para cada una de las fases, los aspectos que mejor la definen; y, lo que es más significativo, explica el paso de una a otra como un proceso comprensible, evitando la impresión, tan generalizada, de que ''El Siglo de Pericles'' fue una especie de fogonazo milagroso sin dependencias de lo anterior y sin responsabilidades sobre la decadencia.

Atenas, el Atica (es preciso considerarlos como términos sinónimos) nacen siguiendo el mismo camino que señala Foustel de Coulanges para la ciudad antigua: es un sinoikismo religioso que de pronto adopta la forma de monarquía (Teseo), no en el sentido propio de la palabra, sino con una realeza sometida a la constante fiscalización de los ''reyezuelos'' de cada linaje (filé); por lo visto, la imagen que más se le parece es la que le compara con Zeus y los Olímpicos: todos tienen su trono, aunque el del rey un poco más alto. Como también es lógico, el rey tendía a aumentar su poder a costa de estos colegas celosos de sus prerrogativas, y para ello hizo algo que resulta habitual en situaciones semejantes: acudir al pueblo. La alianza monarquía-pueblo en contra de los intereses de la aristocracia provoca la reacción de ésta, que logra vencer, si bien no parece que hubiera una caída trágica de la monarquía (como sucedió en Roma), pues incluso persistió el término ''basileus'' para designar al magistrado encargado de los sacrificios rituales.

Con los eupátridas (los ''bien nacidos'') Atenas queda sometida a una oligarquía despótica, sin ninguna garantía jurídica para el pueblo. Una situación así derivó en otros lugares en revolución o en graves escisiones; aquí, por el contrario, la aristocracia cedió una pequeña parte de su control encargando a uno de los suyos, Dracón, que redactara un primer código legal. A pesar de la mala fama de este personaje (''draconiano'') su labor hay que considerarla positiva ''porque éste (Dracón) supo poner punto final a una comedia...Sin ternura, pero también sin severidad excesiva...se dice que escribió su obra con sangre. Pero cómo hubiera podido en una época como la suya hacer respetar las leyes si no hubiera dispuesto para ellas sanciones implacables? Muy a menudo la pena...es la muerte. Pero únicamente sobre el culpable; su castigo libra en cierta manera a sus allegados de la responsabilidad que pesa sobre ellos; no tienen por qué temer ninguna represalia...Y además, esta justicia es igual para todos: lo cual es otro avance''.

Se había conseguido iniciar el camino de la ley, pero ésta era todavía insuficiente en algunos aspectos. Por ello, no mucho después, la tarea de renovación será asignada a otro eupátrida, Solón, que se apresurará a aliviar a los campesinos de las rigurosas penas derivadas de las deudas, hace también una reforma del Estado que justifica de este modo: ''He dado al pueblo tantos poderes como bastan, sin quitar ni añadir nada a sus derechos. Para los que disponían de la fuerza y se imponían por su riquezas, he procurado que no padezcan ninguna indignidad''. En realidad, su nueva ''Constitución'', dejando subsistir el poder social de la antigua aristocracia, lo que hace es organizar la participación política en base a criterios de renta; la cuarta clase, los ''tetes'', podrán sin embargo entrar en la ''Ecclesía'' y asistir a los tribunales.

No fue fácil hacer cumplir estas normas, y el mismo Solón se hacía pocas ilusiones al respecto. De hecho, las cosas volvieron al punto anterior. Pero así no se podía seguir. Una minoría de terratenientes no podía monopolizar el gobierno cuando otras clases recién enriquecidas, urbanas, ambicionaban lo mismo. Así, un sobrino de Solón, Pisístrato, dará un golpe de Estado (en tres fases), que le convertirá en tirano (es decir, rey sin corona por voluntad popular). Ningún contemporáneo suyo ha hablado de él sino con elogio. No es un déspota que reina por el terror. Es un jefe juicioso, resuelto a conceder la paz a su país y con ella la gloria y la prosperidad; de todas sus iniciativas hay una decisiva para la estabilidad social posterior: la creación de una clase media de campesinos, a los que reparte tierras tras haber realizado grandes obras de mejora en infraestructuras. Fomenta también en la ciudad construcciones que la embellezcan y den trabajo al proletariado urbano. A éste le proporciona ademas diversiones (Dionisíacas, Panateneas) y a los más exigentes les gratificará con la presencia de los mejores poetas de la época (Anacreonte, Simónides), con la fijación por escrito de los poemas homéricos y con la aparición de las representaciones trágicas. Mucho es lo que Pisístrato aportó a Atenas durante sus largos años de gobierno, en el que fue sucedido con toda normalidad por sus hijos Hipias e Hiparco.

Las aspiraciones de los ciudadanos no se reducían a vivir bajo un paternalismo suave. Tampoco los aristócratas se conformaban con su marginación política. De ambos sectores, nobleza y pueblo, vendrá la reacción que acabará con la tiranía; y un eupátrida, Clístenes, no verá otra vía para sustituir al régimen caído que el establecimiento de una democracia, que siempre permitiría a los eupátridas demostrar su superioridad para ser elegidos. Pero una condición necesaria era que tal influencia dejara de tener carácter colectivo: la nobleza como tal no sólo no recupera su poder sino que desaparece jurídicamente al establecerse una nueva distribución del ''demos'', que ya no se basa en los lazos de parentesco sino de vecindad: a las tribus y patrias les sustituye una adscripción geográfica de los ciudadanos a efectos políticos (no religiosos), con la novedad de que a su vez cada ''demos'' territorial tenía enclaves rurales y urbanos, para con ello acentuar más la ruptura. El gobierno se va a poblar de magistraturas, elegidos o por sorteo, con un juego sutil de contrabalanzas entre Areópago, Bulé, Ecclesía, heliastas, pritanos y arcontes.

La democracia estimula entre otras cosas el patriotismo. Ninguna ciudad griega fue tan pertinaz en la oposición al peligro persa, y por dos veces, Maratón y Salamina, venció. Luego agradeció a los triunfadores, Milcíades y Temístocles, sus servicios encarcelando al primero y obligando al último a expatriarse...porque su excesivo prestigio era un peligro. Aquí aparece una de las servidumbres de la democracia: la envidia de los más abate a los mejores. Y como diría mucho más tarde el demagogo Cleón, el gobierno debe estar en manos de los mediocres, más sutiles en él que los bien preparados. Tras la derrota persa, Atenas persuade a decenas de ciudades (jónicas, calcídicas, de las islas) a formar una Liga permanente (la ''Liga de Delos'') que impida la revancha meda. No entrarán en ella las grandes ciudades del Peloponeso ni tampoco de Beocia, rivales entre sí y reticentes con Atenas. No era necesario: el poder naval ateniense garantizaba de sobra la disuasión.

La Liga de Delos fue la consecuencia más evidente de la defensa que Atenas hizo de los ideales de la libertad. Pero era también una tentación a la que no se sustrajo: representaba una oportunidad de hegemonía. La democracia derivará en imperialismo. Esta fue la obra de Pericles, que transformó la Liga de alianzas entre iguales en servidumbre. Lo consiguió utilizando el tesoro (antes en Delos) en beneficio de Atenas para pagar los gastos inmensos del gobierno tanto en personal como en embellecimiento de la ciudad. Bien es verdad que Atenas ponía, no dinero, sino la flota, a cuyos gastos contribuían sus aliados en teoría, pero Pericles se autootorgó la capacidad de hacer uso discrecional de los fondos en un momento en el que además no parecía barruntarse ningún peligro desde Asia. Así, la democracia ateniense, régimen caro, extrajo gran parte de sus recursos de la explotación de sus socios; cuando éstos protestaban, simplemente se les reducía a la obediencia por la fuerza.

Bien se vio el estado de ánimo de los aliados cuando Pericles se lanzó a su segundo proyecto: la hegemonía total en Grecia. El autor no duda de la responsabilidad del estratega ateniense en el inicio de la Guerra del Peloponeso. No era un mal proyecto, pero la experiencia demostraba que Atenas no la contemplaba como una unión entre iguales, sino como otro objetivo imperialista. La peste, las destrucciones provocadas por el ejército espartano en el Atica y las rebeliones de los propios socios convirtieron la guerra en un calvario para Atenas; Pericles murió pronto, aunque su política siguió vigente hasta que se impuso el pragmatismo de Nicias, pareciendo así que la paz sin vencedores ni vencidos era una verdadera victoria. Quiso la mala suerte que un hombre, Alcibíades, fascinara al pueblo y le indujera a reanudar la aventura con la promesa de un rico botín en Sicilia; el pueblo le siguió y la consecuencia se vio en dos años: un nuevo desastre, esta vez el mayor hasta entonces, y una situación desesperada, con varios demagogos sucediéndose en la tarea de conseguir lo imposible; tras Egospótamos, Atenas cae vencida y lo pierde todo, hasta su régimen democrático, sustituido por el de los Treinta Tiranos, breve pero implacable.

No se había perdido sólo una guerra ni un sistema político. Se había esfumado también la riqueza. Antes, con los tributos de los aliados y con los beneficios de ese ''taller de la Hélade'' en que se había convertido Atenas - con un Pireo en plena ebullición -, miles de ciudadanos vivían del reparto de dinero público, que adoptaba varias formas: pago de cargos (que eran numerosísimos), espectáculos gratuitos, subvenciones en especie...Así Pericles había conseguido realizar una especie de socialismo de Estado que le había convertido, con apariencias democráticas, en un dictador más poderoso que Pisístrato. Proporcionó también a los atenienses el orgullo de ver trasformada su ciudad en la más bella de Grecia, con una Acrópolis rehecha en mármol. Ahora los espartanos estaban acuartelados en la sagrada ciudadela y Atenas, arruinada, carecía de recursos para continuar alimentando a su inmensa población (quizá cuatrocientos mil habitantes).

A pesar de todo, la democracia se recuperó tras el corto paréntesis de los Treinta; era sin embargo otra cosa: el equilibrio anterior entre clases se rompió. Como era preciso seguir pagando a la muchedumbre de jueces y miembros de la ecclesía por sus servicios (más de seis mil), se echó mano del dinero de los ricos, que era una pequeña minoría; desaparecida la clase media campesina - que había visto sus campos talados un año tras otro por las avanzadillas espartanas - el resto era pueblo empobrecido, proletariado urbano que no pensaba renunciar a su parte en los recursos del Estado, aunque para ello tuviesen que recortar los fondos destinados a la flota o, en general, a defensa. Atenas fue sucesivamente espectadora de la hegemonía espartana, tebana y, luego, macedónica. En los dos primeros casos sus rivales se encargaron de eliminarse entre ellos. Pero Macedonia era otra cosa. No se hizo nada para prevenir su posible ataque, y, lo que es peor, el partido de la guerra (Demóstenes) se impuso en el momento más inoportuno. El miedo a perder las generosidades del sistema hizo al pueblo seguir la vía del suicidio político. Tras Queronea, la prudencia del vencedor no fue suficiente para adoptar una postura realista y prudente. Y lo mismo sucedió con Alejandro, y más tarde con Casandro y con Antígono. El temor a una posible restauración de la oligarquía - los odiados ricos -, fácil demagogia de ciertos líderes, dio al traste finalmente con la democracia y con la independencia. Eso fue ya con Roma, último eslabón en la cadena de libertadores-opresores que ocuparon la ciudad. Su postrer intento, tan absurdo como los anteriores, permitió a Sila llevarse de allí esclavos y obras de arte. Atenas había devenido en una parte insignificante de los dominios romanos, sobreviviéndose a sí misma gracias a los turistas de la metrópoli que deseaban darse un baño de cultura visitando la Acrópolis y oyendo algunas lecciones de los epígonos de las escuelas filosóficas.

''Fue, dice Cohen, una experiencia prematura tal vez la suya, pero en todo caso generosa. Atenas es la única ciudad de toda la Antigüedad, en que hombres hayan podido disfrutar verdaderamente de la libertad, hasta en los excesos de ella. Su acción beneficiosa en las artes y las letras fue inmensa. Provoca y estimula la actividad económica. Ha contribuido a crear constantemente alrededor de la Acrópolis una atmósfera de vida intensa y juventud. Por lo demás, Atenas fue el tipo de Estado en que todos los ciudadanos son, en principio, iguales. En principio solamente, puesto que en ella siempre hubo ricos y pobres. Pero los desheredados de la fortuna no olvidarán jamás las promesas de felicidad entrevistas un instante''.


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