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M. ROSTOVTZEFF: HISTORIA SOCIAL Y ECONOMICA DEL IMPERIO ROMANO

Durante el siglo XIX los historiadores alemanes hicieron de Roma uno de sus temas de estudio favoritos; uno tras otro, fueron acumulando trabajos que esclarecían su devenir, hasta que Mommsen coronó tales esfuerzos con su gran ''Historia Romana''. Bien es verdad que no abarcaba la totalidad del proceso (sólo la época republicana) ni tampoco reflejaba la realidad entera sino que asumió una perspectiva institucionalista y un enfoque nacionalista un tanto exótico; eran servidumbres de la época; pero el conjunto del relato, a pesar se todo, permitía por primera vez hacerse una idea de lo que fue Roma a través de las fuentes escritas (documentales y epigráficas) hábilmente ensambladas. Poco quedaba que hacer en este terreno tras el magno esfuerzo de Mommsen.

Pero había otro terreno casi inexplorado por los historiadores, el de la vida económica y social. Esta será una nueva etapa en los estudios históricos de cualquier época, y el honor de iniciar su tratamiento corresponde a un investigador de la Historia Antigua, el ruso exiliado (tras la revolución de 1917) M. Rostovtzeff con esta obra y la posteriormente dedicada, con título parecido, al mundo helenístico. Poco después seguiría sus pasos Pirenne para la Edad Media, y habrá que esperar mucho más tiempo hasta que su ejemplo cunda en los especialistas de las edades posteriores.

A pesar de la falta de precedentes en sentido global (ya había bastantes trabajos parciales) y de las dificultades personales del autor, desarraigado de su país, la obra resultante no desmerece en profundidad y extensión de las de sus predecesores germanos; el contenido desborda lo puramente socioeconómico, si bien no pierde este aspecto la primacía de la exposición. Esa ambiciosa tarea hace, por contra, imposible abarcar con la misma intensidad toda la historia de Roma. En realidad, la mayor parte del libro se centra en la época altoimperial, desde Augusto a los Antoninos (siglos I y II d.C.), aunque están tratados también, y no someramente, los períodos anterior (República) y posterior (desde los Severos hasta el siglo IV).

Lo primero que llama la atención es el lenguaje, las categorías o tipos historiográficos que maneja; a falta de otros procedentes de la época estudiada, emplea con profusión los términos ''capitalismo'', ''burguesía'' y ''proletariado'', convirtiéndolos así en conceptos independientes, no asociados a un esquema determinado (el marxista) ni a una etapa de la historia (la Era Moderna). Sin caer en ningún tipo de visión cíclica del pasado, persigue de este modo clarificar a nuestros ojos los procesos sociales y económicos en sus manifestaciones más amplias; ello no obsta para que, por otra parte, haga el uso debido de los términos propios de la documentación (Nobilitas, honestiores, humiliores, aristocracia senatorial, equites o caballeros, libertos...).

Aunque el autor se hace ya eco de algunos debates entre historiadores sobre puntos concretos, se puede decir que es su análisis el que ha servido de punto de partida para que, tras él, desde los años veinte, hayan surgido otras posturas distintas a las que él mantiene, pero, en conjunto, hasta el presente, no ha habido una reconstrucción total de los puntos de vista, que, por otro lado, no son nada rígidos.

Una Roma, en sus inicios, campesina, de pequeños propietarios, va a ir integrando en su seno otros territorios más evolucionados económicamente (Etruria, la Campania), sin que se produzca un cambio sustancial en su estructura. Más tarde, el enfrentamiento con Cartago produce un trastorno mucho mayor al heredar su imperio y entrar en contacto con nuevas fuentes de riqueza (minas sobre todo), pero sigue persistiendo la primacía de la economía rural (el autor ve en ésta y no en la rivalidad comercial la causa de la definitiva destrucción de Cartago). Al entrar en contacto con el Oriente helenístico e integrarlo con posterioridad dentro de sus dominios, entra en una fase de mayor actividad comercial, capitalista y monetaria, al mismo tiempo que se encuentra con un espacio mucho más urbanizado que el propio. Las consecuencias de una expansión tan enorme sobre territorios tan diversos en su evolución social y económica se hacen evidentes en especial durante el siglo I a.C., provocando la especialización de cada área, tanto en la agricultura como en la industria o la minería; es la época de formación de latifundios, sobre todo en el centro de Italia, en manos de la aristocracia senatorial, que introducirá el cultivo científico (en especial de la vid y el olivo) con el empleo de esclavos; también los caballeros (la Burguesía) se enriquecen con las concesiones mineras, los arrendamientos de tributos y el comercio. Estas transformaciones no socavan el poder político de las familias que lo poseían por tradición y gracias al cual habían aumentado su riqueza considerablemente, pero producen en ellas un enfrentamiento (guerras civiles) que durará casi un siglo; esta disputa interna de los privilegiados conlleva cambios en la estructura del ejército, en el que se integra por vez primera el proletariado urbano, si bien los grados superiores siguen en manos de la clase senatorial. Rota la legalidad republicana y sometido el territorio de casi todo el imperio a la servidumbre del paso de las tropas, a la destrucción y al pillaje, la victoria de Augusto aparece como la gran oportunidad para restablecer la paz y para hacer las reformas que la nueva realidad imponía. Augusto se hará eco de ello y, dentro del margen de maniobra disponible, procede a una reestructuración en varios órdenes: paz interior monopolizando la jefatura del ejército; paz exterior tras asegurar las fronteras, con lo que puede reducir los efectivos de las legiones, política económica de ''laissez faire'' favoreciendo las tendencias integradores del mercado y prosiguiéndose así la especialización regional; reducción del poder político de las viejas familias senatoriales y promoción de elementos pertenecientes al orden ecuestre; estímulo de la urbanización en la parte occidental del Imperio. Si Roma deja de ser la única beneficiaria de los recursos del Estado, Italia sigue siendo próspera y continúa detentando una posición económica de superioridad. Y todo ello continuará a lo largo del siglo I d.C., con la particularidad de que la crisis de la aristocracia senatorial se acentúa al fracasar en su intento de oponerse al poder imperial (especialmente en tiempos de Calígula y Nerón).

La llegada al trono de los Flavios consolida la alianza entre el emperador y la clase ecuestre, la burguesía urbana, que ve ampliado su papel al sustituir en el Senado a la antigua aristocracia y asentar su participación en los mandos superiores del ejército. La política urbanizadora prosigue y la concesión de la ciudadanía con mayor generosidad (caso de España) incrementa todavía más las filas de las clases medias. Tanto las medidas tomadas por los emperadores en beneficio de las provincias como la propia dinámica económica provocan ya un principio de crisis en el ámbito italiano por la competencia que encuentran sus productos, obligando al emperador a establecer un proteccionismo (como hizo Domiciano respecto a la viticultura) que no cambió la tendencia. Debido a ello, Italia va a reconvertir su agricultura hacia la producción cerealista, sustituyendo los colonos a los esclavos y parcelándose así los grandes latifundios, que siguen en manos del emperador o de la burguesía urbana. También disminuye la vitalidad de la península italiana la emigración provocada por la política urbanizadora en las provincias, que se alimentaba en gran parte de veteranos itálicos de las legiones.

Con los Antoninos parece haber llegado la Edad de Oro, al menos en lo que se refiere a la estabilidad política. Esa ''Monarquía ilustrada'' basada en el principio del gobierno de los mejores, del concierto entre emperador y Senado, del firme apoyo de la burguesía urbana al orden político significa un punto de llegada en la evolución del Principado hacia su institucionalicación y, más tarde, será pretexto que cobije realidades muy distintas (época de los Severos). Nunca como entonces las provincias participarán más de las ventajas de la paz y de un mercado tan extenso. Prosigue la urbanización y con ella el incremento de las clases medias. El Imperio es ya una confederación de ciudades con amplísima autonomía, unidas por sentimientos, cultura e intereses a Roma.

La expansión urbana en las provincias, sobre todo en las occidentales, trae consigo un nuevo fenómeno: la creación de una industria propia y el autoabastecimiento en algunos productos agrarios; las provincias se hacen menos interdependientes, y esto perjudica a los antiguos centros de producción artesanal y agrícola, especialmente los italianos. El peso de Italia continúa disminuyendo, pero el imperio en sí no retrocede.

Factores imprevisibles (la peste en primer lugar), exteriores (reactivación de las guerras con partos y germanos) e interiores (divorcio campo-ciudad, inestabilidad política tras la muerte de Marco Aurelio) modifican el panorama. El emperador se convierte en esclavo de los soldados, a su vez necesarios para luchar en varios frentes; estos soldados serán cada vez más de extracción campesina y semicivilizados y verán abierto el camino a los grados superiores en sustitución de la clase ecuestre; las ciudades van perdiendo autonomía y sus recursos apenas llegan para pagar al ejército. Lo que antes era un honor, pertenecer a la curia municipal, se convierte en una carga. Los campesinos, a los que no ha llegado la romanización y siguen fieles a sus costumbres ancestrales, no se identifican con los intereses de las clases urbanas que les explotan y viven cada vez más de las rentas de sus dominios agrarios. El Senado sufre una nueva variación en su composición: ya no es una selección de funcionarios y propietarios del orden ecuestre, sino que se puebla de militares de origen campesino, fieles sólo a su emperador y pronto removidos como consecuencia de la rápida sucesión de la púrpura. La armonía se ha roto, y todos odian al ejército, incluso los campesinos. Pero las necesidades militares son cada vez mayores y lejos de prescindir de las legiones, hay que incrementarlas y recurrir ya no a campesinos, sino a bárbaros, a mercenarios, aún más codiciosos. Los mares se infestan de piratas; el comercio marítimo casi desaparece. La moneda se degrada y en su lugar se incrementan las prestaciones personales y en especie para el Estado, que ya no está al servicio del pueblo romano, sino éste al suyo como única forma de salvar uno y otro de la acometida bárbara. El sacrificio llega a parecer peor que la amenaza.

Una situación límite, como antes en el caso de las guerras civiles de la etapa republicana, obligaba finalmente a buscar el modo que fuera una solución que creara la paz interior y permitiera a los emperadores centrarse en la defensa de las fronteras. Compartida por todos esa necesidad de estabilidad, se acaba la anarquía militar del siglo III para dar paso a una nueva forma de Estado, el despotismo, último recurso para mantener la cohesión social y la unidad del Imperio. Pero, a la larga, llegará la desintegración, si bien dos siglos después. Y cuando ésta se produce, el edificio que se derrumba poco tiene que ver con aquéllo que le había dado carácter: en vez de urbanización, ruralización, en vez de autonomía municipal, centralización; en vez de capitalismo, economía primitiva de autoconsumo; en vez de ejército romano, mercenarios bárbaros; en vez de ilustración, analfabetismo y supersticiones.

Muchos escritores, historiadores o no, se han preguntado por las causas reales y profundas de este retroceso tan asombroso. Se han dado explicaciones de todas clases: de tipo demográfico (maltusianismo de las clases dirigentes, disminución de la población a todos los niveles), natural (las pestes, agotamiento de las tierras de cultivo), políticas (ruptura del sistema de ''adopción'' después de Marco Aurelio, triunfo de Septimio Severo), sociales (disminución del número de esclavos), religiosas (influencia de las religiones orientales, socavamiento del estado por el cristianismo). Algunas son posteriores a las recogidas por el autor, como la que hace hincapié en el déficit comercial con Oriente (la India y China) que drenó grandes cantidades de oro y platas o la que ve en el cambio del sistema defensivo (debilitando las guarniciones del ''limes'' para incrementar las tropas del ejército de maniobra, el ''comitatensis''), con lo que los bárbaros tenían más fácil desbordar las fronteras.

También Rostovtzeff tiene su visión particular de esa decadencia: ''Ninguna de las teorías propuestas explica, pues, por entero el problema de la decadencia del mundo antiguo, si aplicamos la palabra decadencia al complejo fenómeno que hemos intentado describir. Sin embargo todas ellas han contribuido en gran manera a esclarecer sus premisas y a hacer comprender que el fenómeno principal del proceso de decadencia fue la absorción gradual de las clases cultas por las masas y la simplificación consiguiente de todas las funciones de la vida política, social, económica; o sea, aquel proceso al que damos el nombre de barbarización del mundo antiguo''.

Esta sugestiva tesis del autor es anticipada a lo largo de la obra con insistencia y conecta con otras dos: primera: la ''romanización'' nunca fue total, se limitó al ámbito urbano; la mayor parte de las masas campesinas quedaron al margen y enlazaron la fase prerromana con la barbarización sin apenas cambios. Y segunda: el mundo urbano siempre dependió, en mayor o menor medida, del mundo rural, al que exprimió y al que no quiso asociar en derechos cuando el ''estatus'' burgués era un privilegio. La urbanización, por otra parte, fue un fenómeno muy amplio, pero que no representó más que a una minoría de la población. Pero, paradójicamente, su crecimiento fue excesivo para la capacidad del campo, en su función abastecedora de recursos. Queda en el aire la posibilidad de que una relación distinta campo-ciudad, no de explotación sino de colaboración, hubiera creado las condiciones para un salto que sólo a partir del siglo XVIII se logró.


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