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Leopold GENICOT: EL ESPIRITU DE LA EDAD MEDIA

Si bien el título de esta traducción española no es fiel al original (''Les lignes de faite du Moyen Age''), lo es por el contrario a la tesis central del libro: la Edad Media no es un simple paréntesis entre la Antigüedad y la Edad Moderna, un período amorfo, sin personalidad; posee una entidad que la justifica y la convierte en una fase esencial en la historia europea al menos; esa identidad pasa por lo religioso, por el cristianismo como aglutinante de todos los aspectos de la sociedad, cristianismo dirigido por una institución, el Papado, con pretensiones de universalidad y preeminencia absoluta; así, la Iglesia dotaría a la Edad Media de un ''espíritu'', de un sentido de la vida, que será la inmersión en lo teocéntrico.

Pero la Edad Media no es sólo eso. Es también un final de un mundo que muere (la Antigüedad clásica) y en ella nacen los elementos que, con la Modernidad, se impondrán hasta el presente, de la mano del individualismo, el nacionalismo y el capitalismo. Por ello, al darse conjuntamente los fenómenos característicos propios y aquéllos que corresponden, para su comprensión, a períodos distintos, da la impresión antedicha de confusión, de anárquica diversidad, de desorden. Se trata sólo, sin embargo, de una yuxtaposición que hay que deslindar a efectos de clarificación, aunque por otro lado esa yuxtaposición es vitalmente indiseccionable porque coincide en el tiempo, en el espacio y hasta en la misma dinámica de la sociedad y en la trayectoria de sus individuos más representativos.

La Edad Media recoge sus materiales de la antigüedad, de la que es tributaria sin duda: el mundo clásico (el latín, el cristianismo) y el factor humano, demográfico, derivado de las invasiones de los pueblos germánicos; la síntesis de todo ello (distinta a la que paralelamente se producirá en Bizancio), en un marco territorial en parte nuevo, será la primera consecuencia positiva y original y esa síntesis, a su vez, es el punto de partida, el nacimiento de una nueva civilización, la occidental, cristiana, que entre 1150 y 1300 encontrará su fase de consolidación en tierras francesas o fronterizas con ellas. A partir de la última fecha, la civilización europea irá desprendiéndose poco a poco de su identidad religiosa, la síntesis se va cuarteando, el espíritu humano busca otras direcciones más vinculadas a lo práctico, a lo antropocéntrico, al particularismo. El espíritu de la Edad Media como mínimo perderá su preeminencia, al tiempo que progrese el humanismo y que la misma civilización, con nuevo rumbo, se lance a su expansión universal, planetaria.

Dividida en tres partes, con títulos muy significativos (''El Alba'', ''El Mediodía'', ''El Crepúsculo''), la obra aborda en primer lugar la identificaron de marco geográfico inicial, que ya no es, como el romano, un espacio presidido por el ''Mare Nostrum'' e integrado por la tierras ribereñas y poco más, sino un espacio continental, europeo, separado del sur por la invasión musulmana (siglo VIII) y del Este por la persistencia del Imperio de Constantinopla. Por fuerza, pues, Occidente será la cuna de este Medievo. Pero, en principio, parecía que todo estaba en su contra: era aún el Mediodía geográfico el centro de la cultura, y el este, Bizancio, todavía se creía llamado - Justiniano - a rehacer en su integridad el antiguo Imperio. Occidente se debatía en luchas derivadas de la plasticidad de las instituciones, de la inexistencia del Estado como tal, de la extrema dependencia hacia lo heredado del mundo germánico (relaciones personales, derecho consuetudinario) y del mundo clásico (supervivencia casi milagrosa de un poso cultural en el arte y en la literatura). Sin embargo, la Iglesia, el Papado, será un factor dinámico que permitirá no sólo contrarrestar las tendencias disgregadoras en su ámbito, sino integrar con éxito a sucesivos pueblos que iban repitiendo la escalada invasora desde las llanuras orientales o desde el norte. Esa prioridad temporal en la acción unificadora realizada por el cristianismo reportará a éste y a sus agentes un prestigio y una superioridad que desborda los escasos recursos y la pobreza de objetivos de los poderes temporales.

Estos, no obstante, alcanzan su primera manifestación de renovación, de ''renacimiento'', con la dinastía carolingia (siglos VIII-IX), en estrecha alianza con el Papa. Fue tal la identificación entre una y otro que la primera tomará el relevo en la labor evangelizadora (que no siempre fue suave, pero sí eficaz) integrando en la cristiandad a los pueblos más allá del Rin (sajones, suevos, bávaros). Carlomagno, su más egregio representante, unirá a tal objetivo el de convertir su Imperio en receptor de la ''Elite'' intelectual de su tiempo: su corte de Aquisgrán reúne a una verdadera multinacional de sabios británicos, españoles, italianos y francos, así como algunos bizantinos; es una primera tentativa, sin continuidad lineal, de síntesis de la Antigüedad en el molde del cristianismo, más allá del Rin, donde la Romanidad nunca se había consolidado. El emperador, un ''ungido'', por tanto, una especie de sacerdote, es reconocido por el mismo Papa como el eje de esa cristiandad que va desde allende los Pirineos a Polonia, desde el sur de Italia a Inglaterra, Dinamarca y el Elba.

Esa precoz síntesis política no dura. El feudalismo, la pobreza, las malas comunicaciones y nuevos ataques desde el exterior lo impiden.

Otra vez queda la Iglesia sola como elemento aglutinador; el mundo más occidental bastante tiene con precaverse de los asaltos de los normandos; en cambio, en las marcas orientales otros invasores, esta vez los húngaros, obligan a una reacción, primero defensiva, luego ofensiva, y como consecuencia de ello, será allí, en la antigua Austrasia y su prolongación oriental, en Germania, donde se producirá la aparición de un nuevo poder político fuerte que herede los objetivos del viejo imperio carolingio. Nos acercamos al Mediodía de esa nueva civilización; los Otones, luego los emperadores salios, retoman la iniciativa unificadora. De nuevo la antigua frontera deviene corazón del siguiente momento histórico. Pero el fracaso se repite. En esta ocasión no se trata sólo de factores de descomposición interna (tendencias centrífugas, feudales, de los duques germanos o afirmación del espíritu de libertad ''burguesa'' de las ciudades del norte de Italia) sino de la oposición frontal entre los dos poderes que, cada uno en su esfera, representan el universalismo: Papa y Emperador discuten entre ellos la primacía, no saben delimitar sus campos de actuación, el mismo feudalismo se lo impide (lucha de las ''Investiduras''). El resultado será la imposibilidad de la unidad política; el Papado triunfa a la larga, pero su victoria, que aumenta considerablemente su prestigio en el terreno espiritual (renovación monástica, uniformización litúrgica), no se traduce en poder político; los intentos de un Inocencio III acabarán, un siglo más tarde, a principios del siglo XIV, en el gran fracaso de Bonifacio VIII.

La síntesis definitiva no vendrá, pues, de una sola instancia. El Papa y la nueva espiritualidad surgida en el ''ámbito urbano'' (órdenes mendicantes) tendrán fuerza suficiente para imponer la ortodoxia frente a los peligrosos y abundantes brotes heréticos (Cátaros, valdenses, bogomilos), pero será Francia el terreno escogido por quienes desean aportar sus saberes o sus inquietudes. No hay para ello una razón política aún, como sucederá un siglo más tarde; la monarquía francesa en ese momento ya ha logrado cambiar el signo de sus relaciones con la aristocracia y ha llegado a ejercer un dominio electivo en casi todo el territorio, especialmente con Felipe II y San Luis, pero aún no ha llegado a ser el árbitro de Europa por cierto tiempo (Felipe IV); Francia es, sin embargo, el verdadero centro geográfico de aquel mundo, como lo fuera en la época carolingia, y en ella confluyen los estudiosos que traen de España los frutos del contacto entre musulmanes, judíos y cristianos (Toledo), de Italia quienes toman directamente de los ''bizantinos del sur'' el saber de la antigüedad helénica, de Inglaterra (Oxford) los que devuelvan con creces, y con un nuevo espíritu crítico, lo recibido del continente poco tiempo antes.

La síntesis es, sobre todo, la conciliación entre razón y fe, y, por ello quien mejor la representa es Santo Tomás de Aquino. En la base de esta construcción no falta el espíritu crítico (no hay una sumisión incondicional a la autoridad de los antiguos, y no se deja de lado lo que de contradictorio con la realidad hay en las obras de, por ejemplo, Aristóteles), precisamente porque no se desconfía de la razón humana, hasta el punto que se la considera vehículo apto para llegar a las mismas verdades que aporta la Revelación, la fe. La armonía entre razón y fe explica a Dios, al hombre, a la naturaleza. Todas las ciencias convergen y se subordinan a una, la teología, suprema filosofía, suprema explicación del mundo. Pocas veces, por tanto, el ser humano, en su búsqueda de la verdad, se ha sentido más a gusto, más seguro de sí mismo que en aquel momento de triunfo de la escolástica.

Pero la síntesis no se limita al campo literario. El arte también responde al mismo llamamiento. Tras el románico, donde aún quedan demasiadas huellas de dependencia respecto a estilos anteriores, clásicos o bárbaros, el gótico significa otro nexo necesario entre la Ciudad Terrena y la Ciudad de Dios. El arte está al servicio de la teología también, pero, a su vez, la arquitectura reina sobre las demás artes, que están a su servicio en nombre de la armonía (una catedral es otra Summa Teológica).

La humanidad sobre la que se asientan estas tendencias está en expansión desde el siglo XI; la población se duplica y hasta se triplica, surgen ciudades y pronto se convierten en centros dinámicos de intercambios, se enriquecen y contribuyen con su dinero a que se haga realidad en cada una de ellas ese espíritu religioso-racionalista: catedrales y universidades proliferan como símbolos y como necesidad real.

Pronto viene, sin embargo, la desarmonía. Con el siglo XIV todo se trastoca. Para empezar, las calamidades, en forma de pestes, hambres y guerra reducen la población a la mitad o menos todavía, la economía se disloca, las monarquías se tambalean, rebrota la insolencia de la aristocracia. Cuando la monarquía, en casi todas partes, salga vencedora un siglo más tarde, será para afirmar otro particularismo, el del Estado nacional, muy lejos del ideal de la ''Universitas Christiana'' aún vigente en el siglo XIII, pues no sólo negará la primacía del Emperador, sino que intentará controlar la Iglesia en detrimento de la autoridad pontificia (anglicanismo, galicanismo). Por otro lado, el tomismo sufre el ataque, desde dentro de la Iglesia, de quienes siguen considerando a San Agustín como el norte teológico y niegan a la razón el acceso a las verdades transcendentes (Duns Scoto); al mismo tiempo, el nominalismo barre al conceptualismo realista (Guillermo de Occam); la síntesis se resquebraja. Es el camino hacia el particularismo religioso, renacen con más fuerza las herejías, que ya tienen patente de triunfo cara al futuro (Wicleef, Huss).

El latín se bate en retirada y, en su lugar, las literaturas nacionales buscan nuevos temas, defienden nuevos valores, se dirigen a otros públicos. Ese particularismo lingüístico separa un poco más a los hombres de Europa; sólo la ciencia pura y la Iglesia siguen haciendo uso del latín, en circuito cerrado. Cuando los humanistas lo retomen, estará al servicio de los valores de la Antigüedad clásica y no dejará por ello de ser también un camino para unos pocos, para una minoría.

En el arte, cada faceta - escultura, pintura, artes menores - reivindica su derecho a la autonomía; la unidad en torno a la arquitectura desaparece; el naturalismo, valor recuperado de la antigüedad clásica, sustituye a la idealización necesaria al espíritu religioso. Se avecina el Renacimiento.

Tales tendencias no son asumidas plenamente por todos. Gran parte del mundo de la creación artística, literaria, filosófica, sigue fiel a los postulados anteriores, a la síntesis medieval, pero sus obras carecen de vitalidad, están en vía muerta; se limitan a volver sobre lo mismo; puede haber virtuosismo pero no fuerza. Tal cosa se observa en el gótico flamígero, en el estilo internacional, en la escolástica. Y por inercia, sobrevivirán en el nuevo mundo, coexistiendo con el Renacimiento y revitalizándose por un tiempo tras la Reforma, pero era un lastre en la nueva fe de nuestra civilización, que relegará los asuntos de la fe a la esfera de lo personal y entronizará la razón, junto a la experiencia, como fecunda base de una nueva síntesis antropocéntrica, utilitaria, no menos optimista que su precedente.


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