Fredegunda, Chilperico, Sigiberto, Leudastes, sonoros nombre francos, junto a otros de clara procedencia galorromana (Gregorio, Pretextato, Desiderio, Fortunato), evocan de modo indudable lo que fue aquella sociedad mixta, más epílogo de una Antigüedad en regresión que muestra de algo nuevo. Una abrumadora mayoría de población descendiente de quienes una vez pertenecieron al Imperio Romano, depositaria aunque en forma residual de costumbres, normas y gustos de la vieja civilización, se hallaba ''secuestrada'' por una minoría bárbara poseedora de la fuerza, pero todavía sin sustraerse al sentimiento de inferioridad que la cultura de los vencidos les suscitaba; al aceptar el principal contenido de ésta, la religión, renunciaban de hecho a la esencia de sus tradiciones y por ese portillo los dominados pudieron, por su parte, establecer una especie de barrera a las tendencias vivaqueantes y saqueadoras de sus poco reflexivos señores. Sin embargo, fue engañosa esa aparente ''domesticación'' del bárbaro, como se vio en el siguiente período, el carolingio, y aún más: tras su descomposición, con el surgimiento del sistema feudal, con el que cristaliza un modelo en el que se difumina hasta casi perderse todo el legado de la época clásica (recuperado tan lenta y parcialmente siglo a siglo mediante escalones renacentistas).
El bajo latín es la lengua administrativa, que coexiste con el germánico (ágrafo y sólo de uso coloquial), sin que se produzca, por entonces, ningún proceso de síntesis entre ambos. Por ello los testimonios escritos de esta época lo están en latín (diplomas, legislación, poesía, prosa literaria), si bien plagados, necesariamente, de vocabulario teutón. Y de entre éstos destacan las obras de dos hombres, Gregorio, arzobispo de Tours, y el transalpino Fortunato, el último poeta romano. Ninguno de ellos es bárbaro, sino que ambos descienden de rancias familias senatoriales, pero, lejos de aparecer como mundos cerrados al contacto con los bárbaros, ponen su pluma al servicio de ellos, bien para adularlos y vivir a su costa (caso de Fortunato, que así hizo honor a su nombre), bien para demostrar con esto que no era posible volver al pasado, como con seguridad pensaba el noble prelado. Este acepta la realidad y se propone describirla con el mínimo de nostalgia de lo perdido y alguna que otra muestra de simpatía o de comprensión para con los nuevos dueños de la antigua Galia, y así nos ha llegado su ''''Historia de los francos'' que, como la ''Historia de los godos'' de su contemporáneo Isidoro de Sevilla, no parece tener otra servidumbre en su objetividad que la conducta de los bárbaros con la Iglesia.
A principios del siglo XIX se pone de moda la Edad Media. Walter Scott en Inglaterra y Chateaubriand en Francia la adornan con la imaginación de sus espíritus románticos. Y como era de esperar, también los historiadores bucean en ella venciendo la anterior actitud despectiva hacia lo que siempre se había visto como un paréntesis desagradable en el curso de la civilización. Frente al criterio hipercrítico y de erudición clásica predominante en el siglo XVIII, los nuevos historiadores se dejan fascinar por las crónicas medievales, ingenuas y esquemáticas, pero que resultaban un filón muy aprovechable de conductas primarias, de pasiones y sentimientos no sometidos a los límites que impone una sociedad reglamentada: ahí había vida, y poco importaba que los hechos estuvieran más o menos contrastados si la atmósfera resultante resultaba auténtica.
Así le pareció a Agustín de Thierry, el llamado ''Homero de la Historia'', ciego como él y dotado de una extraordinaria capacidad narrativa. El impacto que en su juventud le produjo la lectura de Chateaubriand le llevó a elegir una combinación entre el método expositivo de los historiadores clásicos y la plasticidad de los cronistas medievales para su propia obra, añadiendo sólo, de los tiempos suyos, la fidelidad en lo posible a los hechos. Fue una elección hecha con conciencia de los riesgos que asumía (sacrificio de lo sistemático en beneficio de la vivacidad del texto) cuando ya la Teoría de la Historia le ofrecía otras alternativas. El título de ''Relatos'', pues, tiene esa doble implicación: primacía de lo narrativo y preferencia por la ordenación de los hechos alrededor de un personaje singular o un acontecimiento relevante; son, por tanto, estampas independientes pero intercomunicadas en el tiempo y en cuanto a los actores.
La protagonista más destacada, tanto por su constante presencia en los escenarios históricos aquí descritos como por lo singular de su actuación, es Fredegunda, personaje real que supera al de cualquier creación literaria en fuerza dramática, en rasgos definitorios de un tipo humano en el límite de la perversidad, que recuerda a Livia, la consorte de Augusto, igualmente diabólica pero con más talento político. Sólo con que sea aproximado el retrato que de ella se hace, es difícil sustraerse a una especie de repulsión ante esa voluntad de hierro unida a una falta total de escrúpulos, ni siquiera disimulados. Gregorio de Tours, la fuente principal de información sobre ella, la describe intrigante, parca fatídica de sus enemigos dentro y fuera de la familia real merovingia, artera y manipuladora - siempre con éxito - de su marido Chilperico, rey de Neustria (parte occidental del territorio franco). Y, al final, triunfante, para desmentir tópicos moralizadores. Se salió con la suya.
Chilperico es también un ejemplar de cuidado, cuyo primitivismo resulta acentuado por un barniz de cultura latina y cristiana puesto al servicio de su compulsiva agresividad; no respetó a nadie, ni hermanos, ni esposas (pobre Galsuinda!), ni hijos (dos de ellos murieron violentamente por orden suya). Mentía como un bellaco sin temor a los juramentos más sagrados. Una y otra vez intentó, a traición, ampliar sus dominios en perjuicio de sus hermanos, demasiado generosos siempre con semejante felón. Y aunque fue asesinado no se puede decir que pagara nunca en vida el precio de sus actos. También se salió con la suya.
En contraste, Sigiberto, su hermano el rey de Austrasia (zona oriental) es un perfecto caballero, cumplidor de su palabra, fiel a su esposa la visigoda Brunequilda o Brunilda (hija, como Galsuinda, de Atanagildo), sometido de continuo a las presiones de Chilperico, y, victorioso, fácil a la reconciliación. Vengador de su cuñada, siempre mantuvo el honor por encima del odio al que su mujer le arrastraba. Y el héroe acabó mal, víctima de un último engaño, dejando desamparados a su esposa y a su pequeño hijo Childerico.
Mejor le fue a su otro hermano Gontrán, rey de Burgundia. Ni cruel ni ingenuo, sobrevivió a todos haciendo continuos ejercicios de equilibrio, contemporizando, siempre alerta, pero pronto al arreglo en función de una política realista, pragmática. Es un Luis XI anticipado, si bien nunca le preocupó otra cosa que el presente.
La otra figura femenina de relieve es Brunequilda, cuya vida y final la hacen confundirse con la heroína del Cantar de los Nibelungos de su mismo nombre. Obsesionada por no dejar impune la muerte de su hermana, la desgraciada esposa de Chilperico, fracasará constantemente en su designio y ello la llevará, junto con su hijo, al desastre. Mujer digna de mejor destino, anticipa en su desdicha la de una María Estuardo, y como ella, pagó el precio por su falta de adaptación a tiempos singulares. El premonitorio temor de Galsuinda da a todos los acontecimientos posteriores un aire de fatalidad digno de ser expresado por un Eurípides o un Shakespeare.
Gregorio de Tours, narrador y actor a la vez, representa al mundo que intenta dominar, con poco éxito, los excesos de la minoría gobernante. Pero el estrecho margen de maniobra de que dispone resulta suficiente para rodearle del respeto que su trayectoria personal y los valores que representaba imponían; aún así tuvo que hacer frente a celadas, a situaciones difíciles, con habilidad y...ciertas concesiones (que a buen seguro serien más que las que él reconoce). Menos suerte tuvo su colega de Rouen, Pretextato, llevado a la perdición por intentar proteger al príncipe Meroveo de la persecución a que fue sometido hasta el final por su implacable madrastra, la simpar Fredegunda. Ambos prelados contrastan con aquellos que, siendo de origen franco, eran más proclives a obedecer las órdenes de su rey que a defender la dignidad de su silla.
Alrededor de estos protagonistas tenemos a los actores secundarios, muchos de los cuales resultan también arquetipos humanos del más variado sentido: el trepador Leudastes, siervo rebelde que con argucias se autopromociona hasta alcanzar la nobleza, pero al que le pierde el exceso de avaricia; Gontrán Bosón, el intrigante calculador que no hay amigo al que no haya traicionado cuando sus intereses así lo demandaban; Rigulfo, el eterno envidioso, a quien las virtudes del enemigo sirven de alimento para el odio; Galieno, el amigo incondicional que llega a sacrificar su vida por lealtad al príncipe Meroveo...
Al cerrar este libro no queda la sola impresión de tales personajes. De la mano de ellos el autor ha introducido, apenas sin indicarlo, como si se tratara de un paisaje de fondo, toda una recreación de la vida cotidiana de aquellas gentes, de su escala de valores, de su técnica militar, de sus formas de religiosidad real, de la organización municipal o del sistema impositivo. Es decir que, de matute, Thierry nos lleva a lo que otros historiadores exponen de modo directo y sistemático, pero sin permitirnos éstos que tales escenarios cobren vida ante nosotros y nos proporcionen, junto al caudal de conocimientos, unos momentos de desconexión con nuestro mundo para instalarnos entre quienes sufrieron o gozaron de aquellos tiempos.