La historia económica y social no es, aunque lo haya parecido durante mucho tiempo, un campo exclusivo de los investigadores de orientación marxista; éstos ni siquiera son los iniciadores de los grandes enfoques que le dieron a aquélla su bautismo como parte sustancial de los estudios históricos, pues no es sino tras la Segunda Guerra Mundial cuando se perfilan los rasgos generales de la interpretación basada en el materialismo histórico. Por su parte, Henri Pirenne, en plena madurez ya, será quien, después de muchos años de dedicación a la historia de su pequeño país, Bélgica, a la que aportó valiosos resultados de su trabajo sobre fuentes abundantes en datos socioeconómicos (como corresponde a un espacio tan precoz en sus transformaciones estructurales) abordará la tarea de sintetizar una visión de conjunto de la Edad Media europea centrada en estos fenómenos. El libro, publicado por primera vez en 1933 (1939 en la traducción española del Fondo de Cultura Económica) no tenía tras sí un punto de apoyo al que pudiera superar; se asumiría, por tanto, un riesgo considerable: el de quedar pronto anulado por quienes, desde aspectos parciales, exploraran con un poco de paciencia nuevos aportes documentales. El reto, sin embargo, se saldó con admirable resultado; como bien dice H. van Werveke en su prefacio a la edición de 1962, las tesis y el planteamiento general de la obra habían pasado con éxito la prueba del tiempo. Lo que en principio era una parte, no demasiado amplia en extensión, de un proyecto compartido con otros autores para una síntesis global de la Edad Media, adquirió tal singularidad que se convirtió en un trabajo con vida propia y citado siempre de este modo.
Igual que sucede en otros casos la brevedad del libro - apenas ciento cincuenta páginas de texto, completadas con posterioridad por van Werveke con acotaciones que introducen las aportaciones posteriores, especialmente en forma de artículos, procedentes de investigadores de toda Europa - no desmerece sino que añade valor al contenido. Es el estilo conciso, contundente, donde las ideas y las referencias que le sirven de soporte se apoyan en todo momento para integrarse en un resultado presidido por la claridad. El secreto está, aparte del tributo que todo escritor rinde a la inspiración o al buen gusto, en descomponer la información en unos puntos concretos, de pocas líneas, parágrafos que sin embargo son planteamientos ricos en sugerencias y que anuncian, cada uno de ellos, un estudio más pormenorizado por futuros historiadores. Estos esbozos se integran en unos pocos capítulos (siete en total), que son otras tantas etapas evolutivas a lo largo del Medievo. Cada capítulo es a su vez una tesis: el renacimiento del comercio a partir del siglo X gracias a los intercambios internacionales; la vida urbana como receptora de los nuevos estímulos y como factor de ruptura del orden feudal; el mundo rural, que pasa de la inmovilidad a la crisis del sistema de servidumbre por influencia de esa vida urbana y por la iniciativa de algunos sectores nuevos - reforma cisterciense, campesinos pioneros - ; la conexión de las actividades económicas a escala continental gracias a las ferias del siglo XIII y al desarrollo de los medios de pago y de crédito; la relevancia persistente del comercio intercontinental tanto de importación como de exportación; las grandes ciudades del siglo XIII como mundos con excesiva tendencia a la reglamentación de sus actividades económicas con fines proteccionistas, tanto de la producción (gremios) como del consumo (subordinación del campo a la ciudad) bajo el predominio de un patriciado de mercaderes opulentos; el estancamiento del siglo XIV, no como consecuencia de un solo fenómeno (la Peste Negra) sino ya antes y mucho después también por otros motivos más persistentes (crisis demográfica, inestabilidad política, tensiones internas entre la oligarquía y el resto de los ciudadanos, intervencionismo del Estado), problemas que no se solucionarán en el siglo XV. Así pues, habría un ascenso progresivo de la complejidad de la actividad económica desde finales del siglo IX hasta el siglo XIII, así como una mejora cada vez más marcada en las condiciones de vida de los hombres; pero después de haberse alcanzado una fase óptima, durante el resto de la Edad Media no continuaría ese fenómeno sino que unas y otras estructuras quedarían fijadas sin apenas variación y aún con retrocesos, merced a la confluencia de los egoísmos particularistas de cada sector (patriciado, gremios, proletariado textil de la industria de la exportación) y de elementos exteriores, algunos inevitables, de carácter negativo. El concepto de ''libertad'', consustancial con el inicio de la vida urbana en contraposición con el mundo señorial, se transforma a finales del período en cobertura de intereses, de derechos adquiridos, dejando de tener un significado en relación con los derechos comunes.
Pero si Pirenne es fecundo en el análisis de la trayectoria de cada fase de esta larga etapa de la historia, lo más atractivo de su obra está sin embargo en el principio, en la introducción: en ella nos da la clave de todo el proceso y, a la vez, establece la necesaria conexión con la época precedente. Según él, el tránsito de la Antigüedad al Medievo no se produce, desde el punto de vista económico y social, con la caída del Imperio Romano de Occidente y la llegada de los pueblos bárbaros sino con la expansión musulmana por las riberas del Mediterráneo occidental a finales del siglo VII, de modo que este mar, antes eje de comunicaciones y ámbito de intercambios, se transforma en barrera aislante; el comercio a larga distancia queda bloqueado y salvo rutas terrestres escasas y mercancías muy contadas (sólo para el culto y para algunos palacios), desaparece, y con él la profesión. En Francia la verdadera ruptura en este terreno se sitúa con la llegada de la dinastía carolingia, siendo su predecesora, la merovingia, una etapa final del mundo anterior; el estudio de los aspectos monetarios será el que aportará más razones a esta tesis; al mismo tiempo, en el Mar del Norte, la presencia de los normandos, en su primera condición de piratas, completaría el aislamiento del continente, en su parte occidental, del resto del espacio antes intercomunicado.
Del mismo modo, a finales del siglo IX, mientras por un lado los normandos pasaron a realizar actividades de carácter comercial, abriendo el Mar del Norte y el Báltico de nuevo a los intercambios y ampliando considerablemente el radio de acción (hasta Novgorod y el sur de Rusia salvo la cuña que más allá establecieron los pechenegos); en el Mediterráneo se produce el fin de la expansión islámica y, en algunos lugares el retroceso, y serán también aquí los normandos, ya asimilados y con una gran capacidad de respuesta, los que recuperen tierras (Sicilia, Nápoles) y también abran las antiguas rutas de navegación. Con las Cruzadas, naturalmente, ya a finales del siglo XI, esos mismos normandos llegarán a culminar su obra.
Una tesis tan sugestiva, de base geopolítica, puede, como es lógico, ser matizada o rechazada por otras que se fundamenten en distintos planteamientos, aunque es difícil negar la evidencia de los hechos en lo que se refiere al cambio de papel que el Mediterráneo asumió con la llegada de los musulmanes; sería también correcto afirmar que tras la caída del Imperio Romano de Occidente, desaparecida su flota y ausente el interés por el mar en los pueblos bárbaros, el comercio marítimo desapareció o se redujo al mínimo, con lo que las consecuencias de tal vacío serían suficientes para hacer comenzar entonces un nuevo período al quedar cada territorio, ahora bárbaro, privado de la antigua vía de intercambios. Pero el verdadero centro de la cuestión, que ha servido para contradecir a Pirenne, es éste: no habría una transición directa desde el Bajo Imperio al feudalismo y el régimen señorial mediante una evolución explicable desde la propia dinámica interna del proceso de descomposición de la antigua sociedad esclavista; un simple accidente de tipo religioso, un impulso protagonizado por un hombre, Mahoma, produciría una fractura decisiva entre el viejo y el nuevo período y explicaría los cambios socioeconómicos posteriores. Tal interpretación de la realidad es incompatible con la derivada del análisis marxista, y la generalización de éste en la historiografía de la segunda mitad del siglo XX ha hecho que, a la fuerza, se haya desechado. En definitiva, la validez de la tesis transciende a los argumentos que el estudio concreto de esta fase de la historia aporta, para depender sólo de una visión sistemática del conjunto del devenir humano. Y en la misma medida, por supuesto, se puede cuestionar a los detractores (San Agustín no estaría de acuerdo ni con la tesis de Pirenne ni con la metodología marxista, por más que coincida con ésta en lo inexorable del camino).
Para un español es forzoso que se observe un olvido casi total de la Península Ibérica, al menos desde el siglo XI; sólo Barcelona aparece como un puerto que trafica con esclavos; al hablar del siglo X, apenas si se menciona el comercio de la lana de Castilla y su exportación a Flandes sustituyendo a la lana inglesa. En cambio tanto Flandes como Brabante figuran a la cabeza de las referencias geográficas, y con ellos las ciudades italianas. Quizá la falta de datos, la ausencia de investigación por parte de los especialistas españoles al nivel requerido ha sido la causa, y no un juicio de valor (la bibliografía no menciona ni una sola publicación española). Por otra parte estamos acostumbrados a una historia europea centrada en Francia y el valle del Rin, y hemos de agradecer a los historiadores franceses y alemanes que, al menos, hayan indicado la dirección a seguir; no hay, pues, que quejarse, sino aportar. Y algo habrá que decir si, precisamente a finales del siglo XV, la Península Ibérica se convierte en la zona de mayor protagonismo en la historia de Europa sin que sea, aunque lo parezca, un fogonazo repentino de vitalidad; queda, por tanto, sin explicar el origen de lo que será una nueva etapa, pero no podemos pedirle tanto a quien con lo ya expuesto merece ampliamente nuestro agradecimiento al lograr dar sentido a tantos fenómenos difíciles de ensamblar.
Tengo para mí que este libro volverá a caer en mis manos más de una vez en el futuro, y desde luego hace tiempo que pertenece al pequeño grupo de volúmenes que oculto a la codicia de los saqueadores de bibliotecas privadas. Que amigos como éste son en verdad difíciles de reemplazar.