En un período de casi veinte años, desde la década de los treinta a la de los cincuenta, redactó Toynbee los diez libros de que consta la obra. Esta voluminosa tarea no es infrecuente encontrarla en síntesis de historia universal o de historias particulares, pues sea cual sea la orientación elegida por los autores, éstos disponen de abundantísimo material (y a veces lo meritorio consiste en reducir a lo verdaderamente válido una información excesiva). Pero no se había dado el caso en lo que corresponde a la teoría de la historia, y, en concreto, a la filosofía de la historia, pues los más densos tratados no sobrepasaban los dos volúmenes (caso de Spengler). Por el contrario, la mayoría suelen ser estudios bastante breves, lo que no obsta para que su contenido esté lleno de ideas y exija del lector una atención constante.
Por ello, intentar un resumen (si este fuera el propósito) resultaría una empresa casi imposible, pues la simple referencia a los grandes apartados pecaría de esquematismo, pero un seguimiento más pormenorizado convertiría a aquél en indigesto. Además, entregarse a la lectura continua de los diez tomos requiere no sólo meses de exclusiva dedicación sino un permanente ejercicio de relectura para no perder el hilo del discurso. Consciente el autor de esa doble dificultad, autorizó a un entusiasta seguidor, D. C. Sommervell, para que realizara un compendio en dos gruesos volúmenes (la amplitud de este compendio era necesaria con el fin de conservar lo más fielmente posible el estilo y no pecar de superficialidad, lo que por otra parte trajo consigo la amputación de partes enteras del texto que no parecían imprescindibles para la comprensión del conjunto). He de confesar que sólo me he valido del compendio y no de la obra original, como me temo que le ha sucedido a la mayoría de los interesados, y aun así, es tal la acumulación de planteamientos, datos, conexiones y escenarios que el compendiador se ve obligado a su vez a una reelaboración más sucinta al final de cada una de las dos partes fundamentales del estudio, y todavía más, a un guión final que apenas si puede abarcar los puntos sobresalientes.
Conviene, en consecuencia, dejar para un trazo último la relación sistemática del contenido y centrarnos en otro aspecto de mayor relevancia: su significado, para quien esto escribe, para la historiografía en el momento de su publicación y para quienes, desde fuera del campo de la historia, piden respuestas que justifiquen su cultivo.
No recuerdo haber dudado jamás de una cosa: que ya desde la infancia sabía que ''lo mío'' era la historia, sin que hasta el presente haya podido averiguar cuál fue el motivo inicial de esta propensión. Lo que sí sé es que a punto estuvo de contradecirla el hastío que me producían los libros de texto, sobre los cuales se me ofrecía su estudio: descripciones, enumeraciones, epígrafes inconexos, caos, adobado todo ello con valoraciones extrañas. Tuve la suerte de poder acceder a otros libros como el Richelieu de Belloc o el Antiguo Egipto de Montet, los que me vienen a la memoria con más insistencia y gracias a ellos mantuve mi fidelidad al conocimiento del pasado.
Pero no fue sino hasta que un compañero, en el primer año de universidad, me invitó a leer a Toynbee, que por fin hallé una respuesta sugestiva a mi deseo de comprender la realidad humana a través del tiempo. El impacto fue total y a ello siguió un deslumbramiento que todavía sigue vivo, aun a sabiendas de que hay otras respuestas y hay, sobre todo, otras preguntas.
Cuando comenzó la publicación de este Estudio, la historiografía estaba dividida por una pluralidad de escuelas y tendencias: la romántico-nacionalista, soporte del patriotismo y forjadora en los niveles inferiores de la enseñanza de mentes alimentadas con tópicos identificadores; la positivista, agotada en su esfuerzo por huir de cualquier atisbo de interpretación; la marxista, recreada varias veces según orientaciones leninistas, trotskistas o estalinistas, con triunfo final de esta última (que en España, tardíamente, encontró terreno casi virgen en los años sesenta y siguientes y alcanzó una preeminencia que aún perdura, de acuerdo con la línea trazada por Tuñón de Lara y Pierre Vilar); la organicista, una desviación del positivismo aplicando a la historia criterios evolucionistas cerrados, con Spengler a la cabeza; y, finalmente, la historia totalizadora de Lucien Febvre y Marc Bloch. Sólo estas tres últimas daban beligerancia a nuevos enfoques que sacaban a la historia del nivel narrativo-descriptivo valorativo en que estaba anclada desde el siglo XIX mediante el planteamiento de hipótesis y una ampliación sustancial del espectro contemplado.
Toynbee escribe, por tanto, desde la insatisfacción que todas las anteriores fórmulas le producen, aunque en diferente medida: busca un sentido al devenir histórico desde el tiempo presente, como Spengler o Febvre, pero del primero le separa el rechazo a cualquier forma de determinismo y del segundo la libertad que se otorga de ''hacer hablar'' al pasado a base de concatenaciones que los fundadores de ''Annales'' reprobaban desde una posición ''profesionalista''. La falta de discípulos ha hecho de su visión una propuesta que se agota en él.
Sin embargo, como en el caso de Spengler, la repercusión que sus ideas, y especialmente su terminología, ha tenido fuera del campo de los historiadores ha sido profunda y aún está vigente. Si el marxismo, una teoría social, se introdujo en el terreno de la historia con su metodología del materialismo histórico, la filosofía de la historia toynbeana ha servido, a su vez, a sociólogos, economistas y politólogos para enriquecerse conceptualmente y aplicar, casi como tópicos, muchos de los hallazgos del imaginativo pensador británico: el binomio reto-respuesta, los términos ''proletariado externo'' y ''proletariado interno'', el papel de las migraciones de pueblos en el nacimiento de las sociedades (''Völkervanderung''), los ''tour de force'' o momentos decisivos en la trayectoria de una comunidad, la degradación de la minoría creadora en minoría dominante, la mímesis como mecanismo transmisor de las ideas creativas de la minoría a la masa, la importancia decisiva, dentro de esa minoría creadora, de las personalidades preeminentes y el ''retiro-retorno'' como procedimiento de afirmación, los conceptos de ''tiempos revueltos'', ''Estado Universal'', ''Interregno''...Sólo por ello merece Toynbee un lugar de prestigio entre los intelectuales de nuestra época, porque la validez de sus intuitivos descubrimientos no depende de la credibilidad que le demos al conjunto de su teoría. Es suficiente con su contribución decisiva al bagaje terminológico que hoy utiliza el hombre culto.
Muchos consideran a Toynbee un mero imitador de Spengler y lo identifican con él tomando como ejemplo algo que es cierto: ambos construyen sus hipótesis sobre marcos espacio-temporales similares, sobre culturas o civilizaciones que tienen sentido por sí mismas y que son el único campo inteligible del conocimiento histórico. También ven los dos que esos conjuntos humanos evolucionan y son contingentes, como también lo es el ser humano. Es posible, además, que, de no haber existido ''La Decadencia de Occidente'' tampoco se habría escrito este ''Estudio de la Historia''. Pero esta afirmación prueba, precisamente, que el pensamiento de Toynbee contrasta de un modo muy acusado con el de Spengler, como un ''gentleman'' inglés se diferencia de un ''junker'' alemán o más todavía. En realidad, se trata de una reacción ''indignada'' contra una visión de la historia que, a través de un instrumento indagatorio muy sugestivo, llega a unas conclusiones inaceptables por deterministas: que el ser humano esté a merced de la cultura a que pertenece como miembro no operante, que esa cultura esté sometida a una trayectoria inexorable y que esa trayectoria se repita una y otra vez segmentada en períodos rigurosos y movida por una necesidad inapelable, todo ello choca con quien cree firmemente que en la historia el hombre se manifiesta ejercitando actos decisivos de voluntad y de libertad que le hacen, en definitiva, responsable de su destino a nivel individual y colectivo. En ningún momento pretende prefigurar el futuro e incluso no considera pertinente, a la luz del pasado, hacer una valoración cualitativa del presente. Por eso, a pesar de su indudable perspectiva cristiana (o al menos transcendente) tampoco cae en el otro determinismo, de carácter providencialista, ni, perteneciendo a un mundo culturalmente heredero de la tradición ilustrada, acepta el principio volteriano del progreso lineal.
Si Voltaire había creado el concepto ''Civilización'' y le había dado un carácter singular y objetivo opuesto al de ''primitivismo'' como trasunto de la valoración positiva de su propia sociedad, Toynbee prefiere darle un valor plural a aquel término como antes había hecho Spengler con el de ''Cultura'' (y se puede añadir que al menos en este caso su criterio ha fructificado en el lenguaje del historiador, de la mano sobre todo de la escuela francesa, pero con el riesgo cada vez mayor de hacerlo sinónimo de ''cultura'' por influencia de la antropología y eliminar cualquier connotación jerárquica en relación con sus contenidos). Al no ser viable, según él, convertir toda la historia de la humanidad en campo inteligible de estudio (no existiría en realidad esa historia por lo heterogéneo del objeto), ni servir tampoco el marco del Estado-nación (demasiado moderno y en exceso dependiente de la interacción con los otros Estados), sólo le quedan las civilizaciones como conjuntos homogéneos que permiten ser estudiados aisladamente y cuyo desenvolvimiento puede ser escrutado con éxito.
Estas civilizaciones, a su vez, son relativamente recientes y están precedidas, en la prehistoria o historia primitiva, por culturas muy numerosas. El paso de la cultura a la civilización, la génesis de ésta, es consecuencia de una serie de factores que logran vencer las dificultades derivadas del medio físico o humano (hay un reto y una respuesta cuyo éxito dependerá de la gradación del primero y de la calidad de la segunda). Una vez se ha originado la nueva civilización, ésta entra en una fase de crecimiento en la cual prosigue la dialéctica reto-respuesta tanto interior como exterior, natural o humana. Los avances en este período son consecuencia de la armonía entre una minoría creadora y una masa mimética respecto a la primera. En cualquier momento la sociedad en cuestión puede estancarse, fosilizarse o ''abortar'' sin que se pueda saber de antemano cuál será la trayectoria efectiva, del mismo modo que el paso de la cultura a la civilización tampoco lo realizaron sino determinados grupos, mientras que otros en circunstancias semejantes no lo hicieron. En un momento dado, la civilización pierde vitalidad y se producen ''colapsos'' (que pueden ser definitivos o crisis sucesivas de las que se recupera aunque con una nueva merma en su vitalidad); tales colapsos, en mayor medida, son consecuencia no de ataques externos, sino de la ruptura de la armonía interna: la clase dirigente deja de ser creadora y se convierte en opresiva, en ''dominante'', mientras que la mayoría no creadora, antes mimética, ahora rechaza el liderazgo de la primera; esa ruptura (''Estasis'' en la historia griega) pone a la defensiva también a la civilización respecto a los pueblos del entorno, antes muy receptivos a la influencia de aquélla, pero cada vez más propensos a una reacción agresiva contra su anterior modelo; así tenemos lo que Toynbee llama el proletariado interno y el proletariado externo, para indicar el carácter opositor de ambos frente a una minoría que se identifica ella sola con la civilización antes compartida o admirada. Esta etapa de desequilibrio permanente es bautizada por el autor con el nombre de ''tiempos revueltos'' y su duración no tiene una pauta fija (para la civilización grecorromana los sitúa desde el siglo V a.C., en la Guerra del Peloponeso, al siglo I a.C.). La minoría dominante, a través de personalidades destacadas, intenta contrarrestar tal ''anarquía'' propiciando el establecimiento de un ''Estado Universal'', es decir, la unidad política de todo aquel ámbito de la civilización, y una vez establecido, se produce la falsa impresión de haberse conseguido la estabilidad definitiva, y aún en algunos aspectos puede parecer que la Civilización está todavía en fase de crecimiento (expansión territorial, progreso técnico). Sin embargo, la realidad es otra: se trata de una estabilidad artificial, pues las fuerzas contrarias siguen actuando: fronteras estáticas que a la larga favorecen a los bárbaros de fuera, divorcio espiritual de los bárbaros de dentro, que poco a poco van promoviendo nuevas creencias religiosas, bien propias, bien de origen exterior. Fases sucesivas de colapsos y reestabilización van minando la fortaleza, del Estado Universal, del que la propia clase dirigente va distanciándose con actitudes diversas, que van desde intentos de reestructurarlo con modelos distintos (arcaísmo, futurismo) a otros de pasividad escapista o, en muchos casos, buscando en la vulgarización, en la imitación de lo popular una salida a la crisis; todo ello no sólo son tendencias que afectan al plano político, sino también al artístico, al religioso y al personal.
Finalmente la conjunción de un fenómeno migratorio (Völkervanderung) externo y de la presión interna (bárbaros de dentro, la masa que se ha desligado de los valores de su civilización) producen la desintegración de la sociedad, fenómeno que, por otra parte, tampoco es instantáneo, pero en el cual la máxima responsabilidad corresponde a la crisis interna, siendo el factor exterior un elemento secundario que, en el caso de encontrarse frente a una civilización en crecimiento sería un episodio superable y aún positivo para la vigorización de aquélla.
De la convergencia de los bárbaros de fuera, de los valores supervivientes de la sociedad anterior y de la nueva espiritualidad (Iglesia Universal) surge una civilización hija de la anterior, cuya primera fase o génesis se caracterizaría por unos ''tiempos heroicos'', materia típica reflejada en las creaciones literarias iniciales, las epopeyas. Y esa filiación puede, a su vez, reproducirse en una o varias civilizaciones herederas, formando así una cadena, pero con la salvedad de que según avanza el tiempo histórico el número de civilizaciones disminuye, y su ámbito espacial y humano se amplía, aunque sin olvidar la existencia, en nuestra época, de toda una gama de civilizaciones y culturas minoritarias que, fosilizadas, perviven pese a la cada vez mayor presión a que son sometidas por nuestra Civilización Cristiana Occidental o, en casos menos frecuentes, por otras civilizaciones actuales (islámica, ortodoxa, hindú o china).
El eje de todo el proceso evolutivo gira alrededor precisamente de la Civilización Occidental, hija de la llamada Civilización Helénica (grecorromana) que a su vez es un vástago de la Civilización Minoica. El autor no deja de lado el estudio de los demás procesos (aunque quizá en algún caso sí lo hace el compilador), pero es evidente que en estos busca paralelismos semejantes a los que le han servido para el planteamiento inicial. Y ello nos permite aventurar dos consideraciones: en primer lugar, como le sucedió a Marx (que no pudo encajar el modo de producción asiático en su esquema general) hay un claro eurocentrismo de base, pues, en el supuesto de que las fases y los factores analizados para nuestro espacio sean correctos, no tienen porqué forzosamente servir de pauta a otras civilizaciones (y a ello nos conduce la misma lógica que Toynbee intenta introducir en la comprensión de los fenómenos históricos, lejos de la uniformización o de apriorismos pseudocientíficos). La segunda consideración se refiere a esa misma periodización de nuestra civilización y a la identificación de los momentos en que se producen las alteraciones: en el caso de la Civilización Helénica, de tan larga trayectoria (dos mil años más o menos), resulta un tanto arbitrarios los criterios que maneja, y que, con argumentos parecidos podrían ser sustituidos por otros tan plausibles. En realidad, su centro de interés es el Imperio Romano, única experiencia histórica completa que tenemos de un mundo anterior al nuestro. De ese mundo siempre ha atraído a nuestra imaginación el proceso final, tan complejo todavía para nuestro actual nivel de conocimientos. Esa desintegración, a su vez, plantea otras dos cuestiones del origen de nuestra civilización (resultado) y la estructura del Impero (causa), en la que está claro que existen dos períodos, uno de crecimiento y otro de cristalización separados por el principado de Augusto; ahora bien, el primero de ellos hay que conectarlo con la historia de la civilización griega estricta o se podría también considerar como una rama aparte, con su propio devenir, que, una vez en contacto con el mundo helénico se suma a él a la manera de un río afluente pero que aporta al cauce principal un caudal mayor que el suyo?
No se puede negar, por otra parte es satisfactorio reconocerlo, que el proceso de lectura es un verdadero diálogo con el autor: conociendo sus hipótesis el avance página a página es al mismo tiempo un ejercicio mental que lleva al lector a anticiparse muchas veces a los ejemplos y conclusiones que aquél extrae y al que vemos como un Virgilio que nos guía por un camino que reconocemos de inmediato. La música de las esferas celestiales suena a menudo en ese recorrido para quien busca no sólo el rigor del dato sino, sobre todo, la armonía de ese dato con el entorno en que se produjo, con el mundo del que provenía y con el mundo a que daría lugar.