La magnífica y extensa ''Historia Universal'' de la editorial Siglo XXI ha venido a ser en los años setenta la réplica de la historiografía alemana a la ''Historia General de las Civilizaciones'', de la escuela francesa, y tienen, sin embargo, en común, dada la ambición de los proyectos, el tratarse de obras colectivas, que en este caso afecta incluso a la redacción de cada volumen. No resulta sorprendente esta tendencia a la agrupación de especialistas sino que, por el contrario, enlaza con la tradición historiográfica germana, iniciada en el caso de las grandes síntesis con la monumental Historia Universal dirigida por W. Oncken, publicada cien años antes y que sirvió de modelo y orgullo de la escuela positivista. Esta tendencia, en cuanto que destaca los hechos (tantos los acontecimientos concretos como los hechos culturales en sentido amplio) como materia de exposición, deja bastante de lado el uso de categorías, de reflexiones clarificadoras, tan frecuentes en sus actuales colegas galos; también aquí se detecta esa contención ante el peligro de contaminar el relato con aportaciones del historiador, que ganaría en brillantez lo que perdería en objetividad. Lo cual no significa que estemos en presencia de un neonato positivismo, sino más bien que se imponen los rasgos que suelen caracterizar no sólo a los historiadores alemanes de cualquier corriente, sino la forma propia de trabajar de los especialistas, más propensos a lo analítico que a lo sintético.
Ello obliga a que sea el coordinador, en este caso Maier, quien asuma en el largo prefacio la función de darle sentido unitario a los trabajos aquí reunidos, a través de unas consideraciones que afectan a la totalidad del proceso estudiado, que, visto de este modo, permite encontrar una vía interpretativa siempre muy matizada, de lo que significó aquel Imperio.
Esta incursión no se hace en terreno virgen. Bizancio, con este nombre y con otros de igual significado (Constantinopla, Imperio Romano de Oriente) forma parte de una estructura histórica más amplia, Roma, y se le ha identificado dentro de ella como un mundo específico, en mayor o menor medida fiel a sus orígenes. Haciendo historia precisamente de tales visiones, el autor destaca la postura representada por Gibbon - pero bastante común - según la cual Bizancio es un largo epílogo, una agonía de mil años, de lo que restaba del antes potente y creativo Imperio Romano; como apunta Maier, estamos ante un planteamiento progresista típicamente occidental, de desarrollo lineal, que juega con el esquema progreso-estancamiento-decadencia enmarcado en criterios racionales y optimistas derivados de nuestra Ilustración. Ya el hecho de que se tipifique como decadencia un período tan largo (sólo el imperio chino ha tenido tal continuidad), resulta una incongruencia, y, por lo tanto, hay que desechar ese carácter epigónico y desprovisto de personalidad propia que se ha dado a la historia bizantina. Por otro lado, hay historiadores que, observando los hechos concretos, desnudos, sobre todo de la historia política y religiosa, asemejan este Imperio a cualquier otro de los orientales, donde sobre un fondo de inercia, de inmovilismo ahistórico, se suceden asesinatos, guerras civiles, momentos de expansión y contracción que no modifican en profundidad nada (aquí estará por ejemplo Toynbee, que habla de una ''sociedad petrificada'').
Frente a ellos, Maier se hace eco de la opinión mayoritaria de los actuales especialistas en el tema para reivindicar su tratamiento en lo que tiene de estructura original, no dependiente de otras en esencia, y en lo que tiene también de sociedad viva, creativa, capaz de darse a sí misma unos modelos nuevos y de irradiarlos hacia los pueblos circundantes con gran éxito. La prueba de ello está en la dificultad de fijar los límites territoriales (que aborda en el primer punto) y los cronológicos (que cierran la exposición). En cuanto a lo primero, es evidente que el momento de mayor extensión territorial de orden político fue la época de Justiniano, que logró hacer de nuevo del Mediterráneo un ''Mare Nostrum''(con la salvedad del arco entre Alicante y el Ródano), apenas le faltaban las Galias, Britania y Mauritania para recomponer el antiguo Imperio en sus fronteras máximas; al final de su historia, por el contrario, se vio reducido sólo a la capital y algunas bolsas semiautónomas (Epiro, Morea, Trebisonda); pero si adoptamos un criterio cultural, el ámbito espacial es mucho más grande, pues incluiría también a Rusia, que siempre se ha considerado su heredera (la ''Tercera Roma''); así, ''lo bizantino'' penetró allí donde nunca pudo hacerlo el clasicismo anterior. Estas diferencias territoriales, junto con las derivadas de la historia política, dificultan del mismo modo la fijación o cronología: Cuándo empieza su historia? Bizancio, como colonia griega, ya existía mucho antes de la conquista romana. Simplemente cambió de nombre y de valor cuando Constantino la eligió en 324 pera sustituir a la vieja Roma; por ello hay un historiador que afirma que, paradójicamente, ''el Imperio Bizantino surge desde el momento en que Bizancio deja de llamarse Bizancio''. Otra fecha clave que se puede usar es la del 395, al partir Teodosio entre sus hijos el Imperio (pero es lo mismo Imperio Romano de Oriente que Imperio Bizantino?); la siguiente (el autor no la menciona) cabría situarla en 476, pues a partir de entonces sólo habrá un emperador, que asumirá además un nuevo papel; otros lo hacen en 527, con Justiniano, pero tiene la desventaja de que, lejos de tratarse de un Estado con objetivos específicos, es una ''Renovatio Imperii'', es decir, representa una identificación excesiva con el antiguo Imperio. Será con Heraclio, a principios del siglo VII (610), o más bien, cuando treinta años después se pierden las provincias que, más ricas, significaban también un problema - los monofisitas - que impedía una mayor cohesión? Y con referencia a su final qué trascendencia hay que atribuir al Imperio de los Paleólogos después de la censura impuesta por el Imperio latino? Si la posterior pérdida territorial y la hegemonía comercial italiana privaron a Constantinopla de su autonomía económica y de su dominio político, no es descartable hablar de un ''postbizantinismo'', de una verdadera agonía, ahora sí, de doscientos años. Entra la tentación, en sentido contrapuesto, de ver en el flamante Imperio Otomano una continuación simple y llana del Bizantino, un imperio de Estambul-Constantinopla-Bizancio con los mismos enemigos exteriores, con una estructura estatal copia de la anterior, con una iglesia griega más cómoda bajo el mando del sultán que sometida a un Papa si Occidente hubiera ayudado, y con unos comerciantes griegos, los fanariotas, que recuperaron el terreno perdido antes frente a venecianos y genoveses.
Si hay que buscarle una identidad a Bizancio, en el contexto de la época, está, según el autor, en su papel de puente cultural entre Oriente y Occidente: el cristianismo, la tradición clásica, pero también las formas de origen asiático adoptadas por el Estado le hacen sintetizar elementos diversos teniendo por resultado una cultura vigorosa y expansiva. Esa es su función histórica, sin la cual hoy no se entenderían los fundamentos de la cultura eslava, por ejemplo, ni muchas de las particularidades del mundo islámico cercano.
El asombro ante la capacidad de supervivencia (Cuántas veces se le dio por muerto!) debe ceder ante el conocimiento de los pilares, extraordinariamente sólidos, en que se apoyaba el Imperio; por un lado, la autoridad imperial, con todos los problemas que conllevaba el sistema electivo casi siempre en manos del ejército, fue sólida, aceptada por el pueblo como imagen de un orden casi perfecto que reflejaba otro, el del mundo celestial; el ''Basileus'' era el vicario de Dios en la tierra, era la garantía de la protección divina. Para cumplir bien su función, disponía de un pequeño pero excelente ejército, bien entrenado y eficaz, mandado por competentes generales, algunos de los cuales se elevaron al trono por tales méritos (Heraclio, Nicéforo Focas); la administración, sin ser perfecta (la corrupción era una plaga consentida), disponía de funcionarios competentes, especializados y con sus atribuciones bien delimitadas, siendo por ello una maquinaria que no dejó de actuar con eficiencia ni siquiera en los momentos de caos político; esto hizo que apenas se realizaran reformas y las que se adoptaron se debieron sobre todo a las circunstancias. De todas ellas la más importante aconteció en el siglo VII cuando la pérdida de las provincias del sur a manos del Islam y los ataques cada vez más peligrosos de los eslavos, al acortar el territorio y hacer más necesaria la defensa de las fronteras, determinaron la creación de los ''themas'', unidades administrativas bajo un sólo mando militar y civil (se rompe así con lo establecido en el Imperio tardorromano) con una base campesina de agricultores libres dispuestos en todo momento a incorporarse como guerreros a sus obligaciones de ''limitanei''.
La cultura, amalgama de elementos clásicos tardorromanos, de una lengua cuyo prestigio nunca se había perdido potenciada ahora con un verdadero celo que llegaba al arcaísmo, de una enseñanza extendida no sólo a las clases altas sino a amplias capas medias, giraba y cobraba fuerza de la religión; se puede hablar por tanto de una ''politeia christiana'' como quintaesencia de la visión que los propios bizantinos tenían de su mundo. Una religión con sincera participación popular (a veces excesiva: recordemos al Hipódromo) hasta en las controversias más ''bizantinas'' de carácter teológico. Esta hegemonía aglutinante de la religión fue el factor decisivo a la hora de fascinar a los pueblos eslavos e integrarlos para siempre en ella. Por eso lo bizantino no se debe adscribir a una determinada etnia; fue por su esencia multiétnico, receptivo respecto a otros pueblos y a su vez asimilador de éstos. En ello demostró, pues, una clara superioridad respecto a los sistemas de aculturación de los antiguos helenos y también de los romanos, más restrictivos.
Tradición y cambio, conceptos antitéticos, se aúnan aquí por obligación. Los cambios se hicieron necesarios precisamente con el pretexto de conservar la tradición, pero en realidad dieron lugar a nuevas formas que enriquecieron su cultura. De todos los elementos que componían esa tradición, uno de ellos, el tardorromano, reflejo a su vez del clasicismo, va a sufrir tan honda transformación que el resultado será una ruptura en el terreno de la estética, presidida ahora por la función religiosa del arte; éste se convierte así en un intento de ''visualizar lo invisible'', de representar el mundo celestial con unos procedimientos que buscaban en el icono la expresión más alta de ellos y al mismo tiempo la majestuosidad hierática y la potencia creativa de la divinidad. Cuando, sin embargo, hubo que elegir entre la utilización de las imágenes, herencia cultural del helenismo, y su supresión en nombre de la fidelidad a la letra del Antiguo Testamento, los iconoclastas perdieron la batalla: no se podía prescindir de la imagen, de la representación plástica, por ser un factor indispensable para las vivencias religiosas.
Hay también contradicciones que serán, por desgracia, elementos de discordia, que contribuyeron a crear tensiones y a la larga a debilitar al Imperio. Dos son las más significativas: la existencia, frente a la ortodoxia, de una masa de fieles monofisitas (especialmente en Siria y Egipto) y el poder de los grandes terratenientes. Perseguidos por el emperador y considerados herejes, los monofisitas verán su salvación, como luego los bogomilos, en la conquista musulmana, a la que contribuyeron. Por su parte, los terratenientes mantenían una pugna constante con la burocracia imperial y la ganaron en las fases de decadencia del poder político, pero ese pulso también tuvo dos consecuencias positivas: evitó, por un lado, un absolutismo despótico y, por otro, impidió la feudalización en los términos alcanzados en Europa Occidental.
''Bizantinismo'' nos suena, habitualmente, a disquisición inútil, floritura verbal estéril, carcasa vacía, categorización del detalle. Muchos ejemplos avalan esta versión, que por algo existe. Sin embargo también ''bizantinismo'' es sutileza de lenguaje, pensamiento racional de rigurosa estructura, esplendor litúrgico capaz de conmover los espíritus, habilidad diplomática, eficiencia técnica, potencialidad regeneradora y apertura al exterior. No en vano hoy casi media Europa se considera su heredera y mantiene su cultura como patrimonio irrenunciable.