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Claudio SANCHEZ ALBORNOZ: ORIGENES DE LA NACION ESPAÑOLA. EL REINO DE ASTURIAS

En 1969, aún exiliado en Buenos Aires y al parecer ya acabada su gran labor creadora en la que destacan esas tres grandes obras que son ''En torno a los orígenes del feudalismo'', ''España, un enigma histórico'' y ''La España musulmana'', aún le quedan fuerzas para escribir este denso trabajo, que es también un resumen de lo que como historiador ha representado: se muestra aquí, en primer lugar, como un hombre que tiene la virtud de recorrer con autoridad todo nuestro pasado, apoyado en un conocimiento poco común de las líneas de investigación de cada etapa, y esto le servirá para fundamentar su peculiar interpretación de ese devenir; nadie le niega, y aquí lo confirma, su condición de medievalista en sentido estricto, en posesión de la técnica más exigente que ello requiere, llegando, como es habitual en mayoría de los casos, a manifestar excesivo apego al eruditismo, tanto documental (somete los textos a un riguroso análisis de autenticidad y de precisión) como topográfico (gran parte de la obra es un minucioso relato de las características físicas de los escenarios donde se desarrollan los principales acontecimientos con el fin de situarlos exactamente); es, del mismo modo, un escritor nacionalista, que busca, al igual que sus colegas ideológicos, la identidad, en el pasado, de estas formaciones politicas, estatales o no, surgidas hace tan poco tiempo y que no sabemos cuanto durarán; precisamente en ese camino se encontrará con un formidable opositor, Américo Castro, cuyas conclusiones moverán a nuestro autor a convertirse en su más feroz adversario, hasta el punto de definirlo como ignorante ensayista y de llevar su desprecio al límite de citarlo de manera anónima; la verdad no había hecho disminuir, sino al contrario, su visceralidad contra el defensor de la teoría del mestizaje cultural hispano (cristiano, musulmán, hebreo). Cabe, por ultimo, referirnos a su estilo, tributario de una retórica ya en su tiempo cuestionada, decimonónica, quizá más propia de discursos parlamentarios que el mismo don Claudio no dejó de pronunciar en su breve vida política, aliado al sustancioso e incisivo Azaña. Si eliminamos esa profusa y reiterativa ampulosidad y descartamos la narración de innecesarios detallismos descriptivos, dejaremos la obra reducida a una tercera parte, con mucho, pero es allí donde encontraremos la razón para darle entrada en estos comentarios.

Asturias - y en general, la zona cantábrica - y España - Hispania - no parecían en principio realidades integrables, y menos lógico era concebir a la primera como forjadora de la segunda. Dominado el resto de la Península, aunque con dificultades, por los romanos, los pueblos norteños no se impregnaron lo suficiente de la nueva civilización. En el solar que serviría de base al reino de Asturias las tribus montañesas de astures y cántabros son las que mantuvieron un talante más refractario; a diferencia de los vascones, conquistados con facilidad pero inmunes a las influencias externas, aquéllos hicieron compatible una abundante contribución humana a las legiones con sublevaciones habituales tras siglos de sumisión oficial; tal actitud no era fruto de una pureza étnica particular, pues, a su vez, eran unos y otros, desde los galaicos hasta los vascones, producto de aportaciones diversas: población paleolítica de imposible filiación, pero que nos ha dejado desde cuevas como la de Altamira hasta los restos mesolíticos asturienses; intrusión ligur o ilírica, de la que hay abundantes pruebas toponímicas y que hoy se vuelven a valorar como una primera llegada de pueblos indoeuropeos, quizá allá por el tercer milenio; presencia íbera que posiblemente incluiría la expansión de su lengua, dadas sus afinidades con el vasco; colonización céltica, que alcanzaría máxima densidad en las actuales provincias vascas, valle del Duero y Galicia, aunque afectaría en menor medida al núcleo montañés; urbanización y latinización considerables en Galicia, dispersas y de inferior impacto en el valle del Duero y en las costas cantábricas, nulas probablemente en la zona oriental. Con el derrumbe del Imperio romano los vascones salen de su solar histórico (Navarra) y ocupan, al otro lado de los Pirineos, la Gascuña, y, hacia el oeste, las tierras antes célticas de várdulos, caristios y autrigones, país llamado ahora Euzcadi.

Las invasiones bárbaras afectan a los mismos lugares que se habían celtizado un milenio antes; los suevos se superponen en Galicia a una población numerosa integrándose en una jerarquía social que no desaparecerá en ningún momento; los visigodos prefieren instalarse en el valle del Duero pero dejan los espacios montañosos del norte y la depresión vasca a sus antiguos moradores; los reiterados intentos de dominar a los últimos en Navarra y Alava acaban en fracaso, el postrero de los cuales (711) influiría decisivamente en la derrota de don Rodrigo frente a los musulmanes. Pero astures y cántabros volverán, sin apenas ser molestados, a su anterior condición tribal, si bien modificada en el plano espiritual por la conversión al cristianismo, tardía pero cierta, mientras sus vecinos orientales seguirán vinculados al paganismo en algún caso hasta el siglo X. Ese cristianismo, sin embargo, vive fuera de las estructuras administrativas eclesiales, antes y después de Recaredo.

Y llegamos al momento decisivo, en el que la leyenda y la historia corren parejas. El propósito de Sánchez Albornoz será, precisamente, ganar terreno para la segunda aprovechando tanto los testimonios documentales posteriores como las respuestas inducidas por la situación creada. El reino de Asturias nacerá de la casualidad, pero, una vez producido el hecho, su consolidación obedecerá ya a unos factores explicables, y su trascendencia, enorme, se manifiesta evidente en el mismo siglo VIII. En resumen: tras la batalla del Guadalete (que el autor vuelve a situar en ese lugar con razones etimológicas y topográficas), los vencidos visigodos reaccionan de diversas maneras: unos, los vitizanos, permaneciendo en territorio musulmán y asimilándose en muchos casos (familia vitizana, los Banu Qasi zaragozanos), otros huyendo a la Galia y contribuyendo más tarde a la recuperación del nordeste peninsular, y un puñado de ellos escapando a las montañas cantábricas. Pelayo, noble del partido rodriguista, no tendría otro objetivo que la supervivencia cuando, perseguido por los invasores, logra avivar el sentimiento independentista de los astures (716) y resiste como puede junto a los Picos de Europa, escenario ideal para practicar una táctica guerrillera; Covadonga (722) fue una hábil encerrona que los montañeses dirigidos por Pelayo tendieron a los musulmanes. La batalla fue valorada muy distintamente por vencedores y vencidos: aquéllos vieron la posibilidad de controlar de modo efectivo un territorio más que suficiente para mantener su rebeldía y para atraer hacia él una cierta cantidad de godos hasta entonces a la expectativa en zonas cercanas; los segundos dieron prioridad a otro objetivo, la conquista de la Galia, y se desentendieron por el momento de lo que les parecía una simple operación de limpieza. Fracasado en Poitiers (732) el proyecto, la guerra civil subsiguiente en Al-Andalus prolongó el compás de espera por varios años, pues no fue sino hasta el reinado de Hixem I, a finales de siglo, cuando el interés de Córdoba volvió a centrarse en la lucha contra este baluarte.

La zona rebelde se había ensanchado y ocupaba no sólo Asturias y Cantabria, sino también áreas difusas al este (vascos) y oeste (Galicia); el valle del Duero, por su parte, sufrió una despoblación en doble dirección, abandonando los bereberes las tierras recibidas tras la conquista como consecuencia de su enfrentamiento con los árabes y dirigiéndose hacia el norte los habitantes cristianos, en su mayoría godos; había, por tanto, un glacis protector, una tierra de nadie que favorecía la consolidación del núcleo rebelde. En su interior, éste había mientras tanto reforzado su goticismo no solo en la base demográfica, sino en la cúpula dirigente; convertido el caudillaje inicial de Pelayo en una especie de principado, éste será regido en lo sucesivo por una dinastía cántabra de indudable origen visigodo (Alfonso I era hijo del último duque de Cantabria). La influencia gótica en el nuevo ordenamiento del núcleo de resistencia traerá consigo graves inconvenientes como la inestabilidad sucesoria (aunque dentro de la misma familia), pero servirá de amalgama y dotará al reino de un objetivo por encima de la simple independencia: la restauración de la España vencida, identificada con el ideal cristiano. En esa dirección se manifiestan ya los primeros documentos y crónicas, surgidos en el ambiente palatino y eclesial.

Astures y cántabros parece que asimilaron sin problemas esta trayectoria; perdido el protagonismo inicial, se mantendrán fieles a la monarquía siempre y se identifican plenamente con la defensa del cristianismo. Los problemas internos vendrán de las zonas laterales del reino: los vascos de la Depresión tienden a permanecer insumisos, mientras que los pamploneses mantienen una obediencia rentable ante las autoridades musulmanas; por su parte la Galicia integrada en el reino será el principal foco de sublevaciones al servicio de las ambiciones de nobles godos.

Antes de terminar el siglo, y durante el siguiente, el reino asturiano recibe varias oleadas de inmigrantes cristianos, mozárabes, procedentes de las zonas cercanas al Duero. Esta población será instalada en principio en territorios seguros, protegidos por las montañas. Más tarde, cuando los reyes decidan repoblar el valle del Duero y establecer la frontera en ese río, bajarán hacia el sur en unión de otros contingentes de distinto origen. Su presencia significará un salto cultural importantísimo, tanto en sentido artístico como religioso, y, al producirse su fusión con los restantes componentes humanos del reino, darán a éste su definitiva contextura, proyectada con posterioridad al resto de España. Esta aportación, además, está libre de contenidos tributarios musulmanes o hebreos, pues los mozárabes se habían caracterizado precisamente por su rechazo al mundo orientalizante. La tesis del autor se refuerza aquí, frente a Castro, ampliando el argumento a todo el ámbito peninsular y en todo el período de dominio islámico, para subrayar lo epidérmico del impacto de la cultura musulmana, tal y como mantiene en la obra específica a ello dedicada (''La España musulmana'').

A principios del siglo X, incapaz el Emirato de resolver sus problemas internos que parecían llevarlo a la fragmentación, el reino de Asturias ha alcanzado unos límites amplios y seguros; la línea del Duero, reforzada con repoblaciones y sembrada de fortalezas, es un excelente punto de partida para su expansión hacia el sur. Galicia entera, y el norte del actual Portugal, mantendrán su peculiar estructura social y se verán favorecidos por el surgimiento del mito de Santiago, invención clerical asumida por la monarquía, con consecuencias positivas para la moral bélica del ejército cristiano y para nuestras relaciones con Europa, pero también negativas al agregar otro elemento de opresión social con el enriquecimiento en tierras y jurisdicción de la sede compostelana y de los numerosos monasterios fundados. Por el Este se establece el contacto con una Navarra semiautónoma, en manos de parientes de los Banu Qasi (los Arista), enlazados también por vía matrimonial con la dinastía ovetense; la autoridad política y religiosa de ese principado se resolverá, quizá con intervención asturiana, mediante el cambio dinástico (con Sancho García), que traerá consigo una fluida relación posterior entre ambos Estados.

Se puede, pues, hablar de éxito final en la trayectoria del en sus orígenes minúsculo centro de resistencia asturiano. Pero ese mismo éxito acaba con él, al menos de nombre, cuando la nueva configuración geográfica del territorio exige un cambio de la capitalidad. León, situada en la confluencia de antiguas vías romanas, hereda a Oviedo como residencia regia y el mismo nombre se ampliará para designar a todo el reino.

La herencia que dejará, a juicio de Sánchez Albornoz, se sintetiza en esto: Asturias ha creado, en la Península, un foco civilizador integrado en el conjunto de la cultura europea, occidental, estrechamente vinculado desde tiempos de Alfonso II al mundo carolingio, pero con varias características diferenciales, que nacen de su condición de frontera contra el Islam. De entre ellas, no es la menos importante una estructura social que, salvo el caso de Galicia, es mucho más igualitaria y no sigue las pautas de feudalización de más allá de los Pirineos; es una sociedad más libre y abierta. Bien es verdad que la servidumbre seguía existiendo, incluso en el valle del Duero, como reflejo de la aportación mozárabe, y la tendencia natural de los poderosos magnates a crearse áreas territoriales de poder la reforzaría. Pero al menos en un sector del reino, el más dañado por las penetraciones de castigo musulmanas, el camino sería distinto, dando lugar a una sociedad de campesinos libres, aunque dirigidos por condes, prontos a coger la espada y a defender los muros de sus fortalezas. Esta Castilla marginal, alejada además del centro del poder político, será en realidad la más fiel continuadora del proceso anterior, y, del mismo modo, aglutinará a entes de diversa procedencia, pero ya con un componente vasco bastante considerable.


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