La lucha entre el Papado y el Imperio, que consumió las fuerzas de ambos durante largo tiempo, benefició en cambio a las ciudades del centro y norte de Italia haciendo de ellas núcleos autónomos tanto en el aspecto político como en el económico y social. A pesar de que cada una optó por su propio camino, en conjunto se perfilarán en ellas novedades que, rompiendo con el mundo medieval aún instalado en las grandes formaciones territoriales de más allá de los Alpes, anuncian la modernidad en uno y otro sentido: allí surge el Estado tal y como lo entendemos ahora, ente abstracto despersonalizado; allí se desarrollan actividades artesanales y comerciales que, si no únicas en el ámbito europeo, se diversifican más que en ninguna otra parte y evolucionan a un ritmo mayor hacia las formas capitalistas; allí se producirá también una revolución estética en el campo literario y artístico que, a través del humanismo, nos llevará al Renacimiento. Como bien observa el autor, las tres dimensiones enumeradas son entre sí dependientes: el marco político, al bloquear las tendencias feudalizantes, crea un espacio de libertad apropiado para el desenvolvimiento de la burguesía, que, una vez adquirida la riqueza, hace del humanismo no sólo un complemento estético para realzar su posición social, sino la justificación ética de sus actividades, tan mal vistas desde posiciones estrictamente cristianas.
Cada ciudad tendrá una trayectoria específica, pero con ciertas afinidades respecto a otras: así, Venecia y Génova, rivales y semejantes, dominan el comercio marítimo y se dotan de instituciones bastante sólidas de signo oligárquico (aristocrático-burguesas); Milán, en cambio, se verá sometida a una autoridad principesca, primero con los Visconti, luego con los Sforza. La mayoría, como Perugia, Pisa, Siena, Lucca o Bolonia, tras anular la fuerza de sus linajes feudales, buscará convertirse en Comunas sostenidas por la alianza entre la burguesía y los estratos inferiores, de carácter urbano; si casi todas ellas no llegaron a consolidarse, se debió más que a problemas de orden interno, a su fragilidad ante vecinos más poderosos, en especial el Papado, después de su regreso de Avignon.
Florencia es un caso aparte, pues a lo largo de varios siglos mantiene su independencia, no sin graves conflictos; sus instituciones evolucionan desde la Comuna inicial hasta la Señoría del siglo XV y, finalmente, el establecimiento de un principado - en beneficio de los Médicis - que se prolongará hasta la época de la unificación en el siglo XIX con los sucesores Habsburgo. En ella nacerá un primer humanismo en el siglo XIV (Dante, Petrarca, Boccaccio) acompañado de una renovación estética (Giotto); más tarde, en el siglo XV, Florencia monopoliza las creaciones renacentistas gracias a un par de generaciones fecundas; a finales de ese siglo esos mismos escritores y artistas florentinos preferirán otros escenarios (Roma, Milán, Venecia, Francia) siguiendo, por lo general, mecenazgos más generosos. Al mismo tiempo, la vitalidad económica de Florencia había disminuido por varias causas (competencia exterior, cambio de mentalidad y de objetivos, gastos crecientes del Estado para salvaguardar su libertad).
El territorio inicial controlado por los florentinos abarcaba sólo una parte de la Toscana, no más allá de 15.000 kms. cuadrados. En una primera fase la Comuna urbana se impuso al campo, es decir, los burgueses vencieron a la nobleza, que se traslada a la ciudad y poco a poco se va asimilando a aquélla. Las instituciones se configuran alrededor de la estructura corporativa de los gremios (''Artes''), mayores y menores, de entre los que sobresalen los relacionados con el sector lanero; las magistraturas, a la manera romana, eran de corta duración y colegiadas, y las competencias no estaban bien delimitadas; el procedimiento de selección era la insaculación, pero previamente se procedía a eliminar a quienes ya habían desempeñado cargos, aprovechándose también la ocasión para manipular los resultados. A finales del siglo XIII el auge económico de la ciudad se manifiesta en la creación de un signo monetario estable, de prestigio, el florín, moneda de oro equivalente al besante bizantino, pero también en el progresivo aumento de poder de los ''arti magiori'' frente a los llamados menores; así, el pueblo se divide en dos grandes sectores: el ''grasso'' y el menudo, en una población total que seguramente superaba los cien mil habitantes. La peste, que le afectó en grado sumo, y las desavenencias sociales reducen la población, la economía entra en crisis y los más afectados, artesanos autónomos y asalariados de diversa condición reivindican una mayor participación en el gobierno; no conseguida por medios pacíficos, los descontentos (Ciompi) provocan una revuelta en 1378 que durante un breve tiempo les resulta favorable, pero que será aplastada cuando los distintos bandos del ''poppolo grasso'', hasta entonces rivales, se unan para cerrarles el paso. De este modo se refuerzan los mecanismos de control, los gremios mayores se quedan con la exclusiva de gobierno y sus más destacados dirigentes establecen una oligarquía respaldada ya por las normas.
Ya en el siglo XV, a pesar de continuar las dificultades económicas a escala europea, Florencia revaloriza su posición. Por un lado, acaba ganando su eterna batalla contra otras ciudades vecinas, como en el caso de Pisa, ampliando así su dominio sobre la Toscana y, en especial, sobre su fachada marítima (Livorno). Por otro, al tradicional ''arte de Calimala'' le sale un competidor potente, la seda, cuya materia prima se obtiene en la misma zona donde luego se manipula; los bien organizados mercaderes exportan el producto en condiciones ventajosas y con ganancias considerables a través de una densa red de establecimientos de las principales firmas. Y en tercer lugar, aparece un gobierno fuerte capaz de jugar con fortuna al mantenimiento del equilibrio peninsular. De entre los muchos candidatos a ocupar el protagonismo político (Strozzi, Alberti, Patti, Médici), será los últimos los que triunfen. La base de su partido, como de los otros, no será ideológica ni dependerá de los viejos bandos de los siglos anteriores; es puro clientelismo personal originado en la misma empresa extendido más tarde con habilidad hacia la masa marginada. Además, el fundador de la dinastía, Cosme, a la manera de Pericles, tuvo el acierto de conservar las apariencias republicanas colocando en las magistraturas electivas a sus incondicionales y creando nuevos consejos; de este modo el sistema político fue evolucionando por acumulación, sin que desaparecieran las viejas instituciones, lo que daba apariencia de continuidad. El breve mandato de su hijo Pedro no hizo sino continuar esta misma actitud, pero el paso hacia el principado, hacia la Señoría, no tardaría en venir: correspondió darlo a Lorenzo, el Magnífico, no sin violenta oposición de sus enemigos. Y en esa etapa se fijará la imagen arquetípica de Florencia, bajo el gobierno y mecenazgo de tal personaje.
Si en el plano interior el populismo les permitió apaciguar a los descontentos de las clases bajas, en el exterior los Médicis practicaron una política de alianzas con vistas a mantener el equilibrio; el peligro principal venía de Milán, ducado con pretensiones hegemónicas, y, para contrarrestarlas, nada más lógico que cultivar la amistad de Venecia, la otra posible víctima. Las relaciones con el Papado y con Nápoles fluctuarán más, aunque por lo general fueron también amistosas dada la tradición güelfa de los Médicis. Cuando, tras la desaparición de los Visconti, el verdadero peligro venga de Venecia, Cosme no dudará en cambiar, a su vez, de aliados. En todo caso, los conflictos enfrentaban a italianos con italianos y, a la larga, era fácil impedir la alteración del ''status'' de la península. Otra cosa sucederá cuando, a finales del XV, sean extranjeros (franceses y españoles) los que quieran realizar en su favor la unidad italiana, o, al menos, el control de la mayor parte de su territorio. Ya no bastará con contratar ''condottieri'' para momentos de apuro; los ejércitos extranjeros, en buena parte herederos de aquéllos, impondrán su superioridad; sólo quedará jugar a minimizar los resultados mediante la habilidad diplomática o la inyección de dinero.
Los Médicis habían hecho su fortuna, como sus colegas, ampliando poco a poco sus actividades, aunque nunca llegaron a igualar a los Alberti del siglo XIV. Esas actividades abarcaban desde la artesanía al comercio y la banca; la mayor rentabilidad de esas dos últimas les permitió establecer sucursales en toda Europa y convertirse en prestamistas de los príncipes, así como banqueros de la Santa Sede. Sobre esa base edificó su poder político Cosme. Sin embargo, ya en tiempos de su hijo Pedro esa riqueza empezó a disminuir y Lorenzo la dilapidó, tanto por su desinterés en controlar a sus administradores como por los enormes dispendios realizados por él; si sus predecesores se habían servido del estado para sus fines particulares, El Magnífico se ve a sí mismo ya como príncipe y no distingue entre patrimonio personal y patrimonio público; el desmantelamiento de la red bancaria precede a la caída política, que afectará a sus descendientes. Otro Cosme será investido en el siglo XVI con el título de Gran Duque de Toscana, pero habrá olvidado sus orígenes burgueses.
El fin de los Médicis viene como resultado, sobre todo, de factores externos, pero no se puede negar que también seguían vivos los recelos de otros linajes aspirantes a sustituirlos y que un hombre como Savonarola removió en los florentinos las viejas aspiraciones de libertad al tiempo que condenaba toda la política cultural medicea. El gobierno florentino tenía, además, otro inconveniente: la incapacidad de colocar en plano de igualdad a las demás ciudades por ellos dominadas, lo que convertía a éstas en focos de descontento. Hubieran contrapesado los Médicis su debilidad final con esta posible alianza? Parece que ni lo intentaron.
La etapa protagonizada por los Médicis es, sobre todo, la del humanismo y el Renacimiento. El primero surgió de la misma sociedad florentina; el segundo recibió el impulso decisivo de esta familia de Mecenas. Pero en ambos casos, Tenenti se muestra muy cauteloso y desconfía de los términos, por mucho que hayan adquirido universalidad. En el caso del humanismo, el autor se pregunta sobre su verdadera naturaleza y su posible diversidad. En el segundo ve tal desbarajuste cronológico según las distintas tendencias que prácticamente lo desecha. Por ello, resulta más significativo el análisis que hace del humanismo, el cual tendría una primera fase en la que predominaría como objetivo la justificación de las actividades burguesas bajo una ética no cristiana que remontaba su autoridad al mundo clásico; este humanismo arraigó, además, por las favorables condiciones que se daban en Florencia, lejos de la vigilancia del clero; la seguridad proporcionada por este soporte aceleró todavía más las tendencias precapitalistas. Pero más tarde, junto con la introducción en Florencia - en la época del Concilio, que atrajo a numerosos intelectuales bizantinos - del conocimiento de las obras platónicas, florecerá un humanismo cristiano, representado por Marsilio Ficino, que pretenderá hacer la síntesis entre cristianismo y platonismo, fe y razón, ética clásica y ética cristiana. Pero eran ya los últimos momentos del esplendor económico de Florencia.