De entre todas las obras destacadas que siguen el camino marcado por la escuela de ''Annales'' quizá no hay otras más representativas que las agrupadas bajo el epígrafe ''Historia General de las Civilizaciones'', conjunto de siete volúmenes que abarcan el proceso evolutivo completo de la humanidad dirigido por el autor del último de ellos, el dedicado al siglo XX, Maurice Crouzet. Por eso quienes durante largos años hemos buceado allí para encontrar respuestas adecuadas, tanto en el período estudiantil como más tarde al necesitar una clarificación en las ideas antes de atrevernos a trasmitir nuestra visión de la historia a la siguiente generación, convertimos al ''Crouzet'' en libro poco menos que de cabecera. No era una síntesis al uso, válida para cualquiera que buscara por vez primera información histórica; se supone, por el contrario, que su lectura y comprensión requiere previamente el conocimiento de los hechos que suelen servir de base, así como un cierto dominio de los aspectos cronológicos y espaciales. Apenas si aparecen acontecimientos como la batalla de Maratón o los líos sucesorios de una determinada dinastía (y si lo hacen es como referencia de apoyo). Esto no significa, tampoco, desprecio de tales datos, sino, simplemente, que se prejuzga en el lector un punto de partida más allá de esa necesidad, con lo cual la temática a desarrollar queda liberada de una cierta servidumbre, sobre todo cuantitativa, y se centra en cuestiones de otra índole, en consonancia con la metodología de la ''Historia Total'' o integral de la que quiere dejar testimonio.
Esta Historia ''Total'' se puede abordar, sin duda, también, en marcos espaciales y temporales limitados, y así lo han hecho Febvre, Bloch o Braudel, ha resultado muy fértil en estudios de carácter local y regional. Pero es evidente que su designio último, como sucede con todas las tendencias de sólida formulación, tienden en esencia a dar una explicación global, sin necesidad que rebase las fronteras con la filosofía de la historia. Es ahí donde se presenta la verdadera piedra de toque que las justifique. Y la mayoría salen airosas de la prueba, aunque no todas logran subyugar al lector como en este caso. Ese es el motivo, por tanto, que nos ha llevado a destacar esta colección y consideraría el paradigma de aquello que buscaba el autor de ''Combates por la Historia''.
Tomada en conjunto, y con independencia de los diversos autores de cada volumen existe un nexo, una continuidad que no sólo afecta al método, sino también a la forma de exposición temática y, más difícil todavía, al estilo. Cualquier tomo puede, aisladamente, darnos las pautas que se manifiestan en el conjunto, sin ceder el historiador en formulismos que degraden la calidad de su trabajo. Pero quizá sea éste, relativo a los siglos XVI y XVII, escrito por Mousnier - una de las figuras más prestigiosas de la corriente historiográfica -, el que mejor responde a los planteamientos generales, pues no hay que olvidar que la mayoría de los miembros de esta escuela ha destacado también, como especialistas, en el ámbito de la Edad Moderna entendida en sentido amplio.
El primer mérito de la obra, derivado en parte precisamente de la época tratada, consiste en integrar, en un plano de igualdad formal, todas las civilizaciones en presencia, y que, cosa novedosa, entran en contacto múltiple, gracias a la conexión establecida por la Civilización europea, que adquiere una hegemonía mundial incuestionable por su mayor empuje técnico y una dinámica expansiva apoyada en factores espirituales, entre ellos los derivados de la afirmación del individualismo. Por ello el autor, lejos de hacer valoraciones cualitativas, se centra en las causas del desequilibrio que el contacto evidencia y que en todos los casos dio a Europa la capacidad de imponerse al resto de los continentes, realidad innegable que no respondía a superioridad de raza o condiciones del medio (en otras épocas anteriores o en la actualidad se demostró lo contrario), sino a las condiciones específicas del momento: ''El problema de las causas de la superioridad de Europa en los siglos XVI y XVII no parece tener solución en el estado actual de nuestros conocimientos. El historiador debe limitarse a constatar esta superioridad y a encontrarle algunos elementos primeros de explicación. Esta civilización europea con su ciencia, sus técnicas de todos órdenes, incluso las del Estado y de la administración, sus metafísicas y su noción de Dios, permitía al hombre la esperanza de satisfacer sin cesar el deseo de vivir, el ardor de expansión, el impulso hacia el más allá, la pasión de lo Infinito, lo Eterno y lo Absoluto que todo hombre lleva en sí...''.
Esa relación entre Europa y los otros ámbitos espaciales no es uniforme: en América es donde se produjo con mayor intensidad, incorporándola toda en forma de colonias, sin conservar para nada las estructuras anteriores. Africa fue una ruta cada vez más necesaria desde el punto de vista comercial, y por ello la implantación europea sólo tuvo como objetivo la creación de puntos de apoyo, sin olvidar la vitalidad que aún tenía en la parte más septentrional la acción, comercial y misionera, del Islam. Pero el caso de Asia es más complejo, y el autor se pregunta por qué las potencias europeas no adoptaron allí los mismos métodos que en el caso de América, ya que, en definitiva, era allí donde se encontraban las verdaderas fuentes de riqueza que se había buscado en el Nuevo Mundo y era, por tanto, un continente cuyo control hubiera sido mucho más decisivo. En efecto, ya desde la época del Imperio Romano el comercio entre Europa y Asia ofrecía como constante el permanente drenaje de oro y plata para pagar las mercancías de allí importadas, drenaje que persistió hasta el siglo XIX; gran parte de la plata americana acabó en China, vía Filipinas. Colonizar estos países (especialmente India y China, incluso Persia) hubiera reportado a la potencia impulsora un dominio económico tal que quizá la habría llevado a un monopolio mundial de los productos más demandados. Algunos viajeros o funcionarios en contacto con esos espacios así lo vieron; llegaron a calcular además el esfuerzo militar - que para el caso de China exigiría tan sólo unos 25.000 hombres -. Pero, como dice Mousnier, se impuso una imagen estereotipada de Asia como continente excesivamente poblado, con imperios en apariencia muy sólidos. Y, por otro lado, tampoco se produjo por parte asiática un interés por la técnica o la espiritualidad europea que hubiera podido establecer pronto un cierto equilibrio y una integración entre iguales, dado el orgullo que la propia civilización les producía y el desprecio que sentían hacia los ''bárbaros'' blancos.
Si la imagen de Europa en relación con el resto del mundo es de clara superioridad, positiva para ella como nunca antes lo había sido, cuando nos enfrentamos con una historia aislada de las de otros continentes, el análisis es mucho más complejo y nos proporciona, para esos dos siglos, respuestas muy distintas, y a ello está dedicada toda la primera mitad del libro, parcelada además en los dos tramos seculares, con y tratamiento más extenso para el segundo, el siglo XVII.
Quizá como reacción a la asepsia positivista, anclada en términos de referencia cronológicos casi en exclusiva, los historiadores de la escuela de ''Annales'' tienden a ser más expresivos y por ello se sirven habitualmente de conceptos historiográficos ya establecidos o acuñados por ellos buscando de este modo un medio más adecuado para comprender los hechos de todo tipo. No es de extrañar, por tanto, que, en el caso del siglo XVI el autor prefiera hablar de la época del Renacimiento. Ello conlleva desde luego, un forzamiento tanto de los límites cronológicos del término - por lo demás confusos - como de contenidos; en este segundo caso, lo abarca todo, desde las raíces humanísticas que lo originan antes del siglo XVI, los aspectos económicos, las Reformas como renacimiento religioso, el Renacimiento del Estado y el Renacimiento de la política exterior. Ningún sector de la sociedad resulta ajeno a unas características comunes, verdadero eje comprensivo de los fenómenos de la época. Si se puede emplear una palabra solamente para identificar la correlación ésta sería ''Individualismo'', la progresiva autonomía de la persona frente a la autoridad de los entes a que pertenecía; iniciado ese camino con la recuperación del pensamiento clásico y la ruptura con el orden medieval, pronto se superará también la atadura de la autoridad de los autores antiguos para buscar en la razón el verdadero vehículo para comprender el mundo y darle sentido a la vida. Y es tal la fuerza de esta tendencia que novedades claramente contrarias a ella, como la Reforma protestante, acabarán por activar los elementos más afines a la autonomía del individuo y de su libre determinación, superando y aún eliminando lo que en principio parecía ser lo más sustantivo de Luteranismo y Calvinismo.
Luego de la Literatura y el Arte, parcelas en las que se apoyó Burkhardt para crear el término ''Renacimiento'', es en la economía donde se observa mejor el cambio: la burguesía capitalista se afianza, amplía su campo de acción, se convierte en decisiva intermediaria financiera para el Estado, crea nuevas formas de explotación y nuevos instrumentos de crédito y es la principal beneficiaria final del aumento de medios de pago metálicos procedentes de las minas americanas. Pero es una burguesía sobre todo mercantil y especulativa, más que productiva, con ideales que le llevan a imitar la forma de vida de la aristocracia. Y ésta, a su vez, adquiere también hábitos cercanos a la organización capitalista cuando se lanza a la conquista de botín o la explotación de las colonias recién conquistadas. No hay por tanto ruptura entre ambas clases, que se necesitan y cuyos tipos humanos tienen bastantes puntos en común. No así con la pequeña burguesía artesanal, que se ve sujeta, cada vez más, a reglamentaciones y carece de espíritu innovador.
La Reforma luterana fue en su origen contraria a la mentalidad renacentista por lo que tenía de vuelta a un teocentrismo que desconfiaba de la bondad del hombre y lo dejaba a merced de la gracia divina; al mismo tiempo, sin embargo, al rechazar la autoridad del Papa y de la Iglesia y fomentar en el individuo la relación directa con Dios a través del libre examen de los textos sagrados llega a convertirse en un instrumento más de emancipación de aquél; esa contradicción, que el mismo Lutero tuvo ocasión de observar y a la que no supo dar respuesta adecuada, se le va a presentar también a Calvino más tarde y en mayor medida al acentuar el teocentrismo mediante la doctrina de la predestinación, pero lo que en el Islam hubiera derivado en fatalismo y pasividad del individuo, en los puritanos produce una reacción que a la larga viene a converger con el individualismo económico al asociar riqueza y trabajo, por un lado, como signos de salvación, y pobreza por otro como señal de condenación. En cambio, la corriente más puramente renacentista, el Erasmismo, aún con su carácter teocéntrico, perdió su oportunidad, cogida entre los fuegos de la Reforma protestante y la católica. Ésta, por su parte, parte de un supuesto mucho más acorde con la mentalidad renacentista al apoyarse en la bondad humana y en el libre albedrío, en la confianza que Dios deposita en el hombre y en la capacidad ce éste de ganar por sí mismo su salvación; también es una apuesta por la razón humana frente al mundo cerrado de la fe, protestante, y prueba de ello es la ''entronización'' de Santo Tomás como inspirador máximo del Concilio de Trento; pero, por otra parte, al reforzar el magisterio de la Iglesia y seguir manteniendo a ésta como intermediario imprescindible entre el hombre y Dios somete al individuo a una disciplina que le impida de hecho actuar con libertad de conciencia; con ello, el mundo católico se alejará del individualismo.
A nivel político, el Renacimiento también comporta novedades esenciales: frente a una Edad Media dominada por la idea de la República Christiana, por el Emperador y el Papa como soberanías temporal y espiritual de ámbito universal, ahora cada Estado, cada rey se considerará soberano (''El rey es emperador en su reino'') y hasta se permitirá ejercer funciones que en principio debieran corresponder al Papa (regalismo), lo que se llevará al límite en el caso inglés. Pero, además, ese Estado y ese rey serán identificados cada vez más con los intereses particulares de un pueblo determinado; y, para servir mejor a esos intereses, es preciso que el Estado sea fuerte y el rey adquiera cada vez más poder: es el camino hacia la monarquía absoluta, que rompe los antiguos lazos de lealtad de tipo feudal para transferirlos al príncipe. Pero el proceso será irregular: más rápido en Inglaterra y Francia, más complejo en España, fracasado en Alemania y Polonia, triunfante, pero con base distinta, en Rusia.
En las relaciones exteriores el individualismo, el particularismo, genera imperialismo; cada Estado al mismo tiempo quiere evitar la absorción por parte de otro (caso de Francia y los Habsburgo) y a su vez alcanzar la hegemonía. Así, el autor enumera los distintos imperialismos encontrados: imperialismo alemán de Carlos V, imperialismo francés, imperialismo borgoñón (unido al primero), imperialismo español (unido también al alemán con Carlos V y luego con objetivos propios en tiempos de sus sucesores). También los distingue según sean de carácter marítimo o continental. El instrumento para hacer realidad tales imperialismo será la guerra en tierra y en el mar, que conocerá también novedades técnicas considerables, lo cual acrecentará los gastos, y éstos a su vez obligarán a aumentar los recursos fiscales sin que los reyes puedan nunca cubrir con éstos sus necesidades, lo que llevará a la aparición de los empréstitos y, cuando no se puedan pagar en su totalidad, a la deuda pública.
El siglo XVII no resulta tan fácil de esquematizar. Aunque, en contraste con el anterior, da la imagen de una época de depresión en todos los ordenes, tiene facetas muy contradictorias, algunas resultantes del período anterior, otras que anuncian el espléndido siglo XVIII. Mousnier llega a hablar incluso de una ''mutación'' humana, un cambio sustancial del tipo humano, que daría un salto decisivo en su capacidad de reacción a pesar de encontrarse rodeado de calamidades naturales o provocadas por la misma sociedad; en algunos momentos parece como si esas calamidades pudieran dar al traste con todo (mortalidades que llegan al 30 % en etapas de hambre o peste), pero al mismo tiempo que Europa conoce el despliegue de enormes y costosos ejércitos, sigue señoreando el mundo y en su seno nacen nuevas concepciones científicas que servirán de base al progreso posterior.
La complejidad del siglo obliga al autor a dividirlo en tres períodos: la crisis del siglo, la lucha contra la crisis, y los nuevos aspectos de la crisis.
La crisis, iniciada ya en la segunda década, tiene un desencadenante monetario - la disminución de las remesas de plata de América -, que provoca una bajada general de precios agravada por subidas provocadas por la inflación de la moneda de cobre; por ello, más que de una ''onda larga'' depresiva (según Simiand), se trata de una etapa de fluctuaciones derivadas de los dos factores anteriores, lo que hace más caótica la situación, arruinando a financieros y a artesanos y acentuando la miseria de los campesinos. Bien es verdad que algunos países, como Holanda e Inglaterra, saldrán beneficiados, así como los nobles polacos exportadores de granos. Francia, por su parte, intentará hacer frente a la crisis mediante la autarquía colbertiana desarrollando manufacturas reales y monopolios, que en parte agravarán, en períodos de escasez, la situación general. En España, el peso de la política imperial hará que se llegue al máximo de efectos negativos. Pero además, la crisis coincide con factores de otro tipo que la hacen más profunda: pestes y hambres, expulsión de poblaciones (moriscos). Todo ello crea tensiones sociales de envergadura, pero también provoca una crisis del Estado, que se ve atacado como en el siglo XIV; la monarquía sufre embates gravísimos (revoluciones inglesas, Fronda, separación de Portugal). El individualismo burgués sólo triunfa en Holanda e Inglaterra; en el resto de países nadie se puede considerar vencedor.
Hay también crisis de sensibilidad, que da origen al Barroco, y crisis moral y religiosa, con la aparición de corrientes místicas o por el contrario de tendencias libertinas que rozan el ateísmo, y, del mismo modo, la ciencia vive la reacción contra la progresión del racionalismo.
La lucha contra la crisis, en los años centrales del siglo tiene su centro intelectual en el clasicismo, la implantación de un nuevo orden basado en la razón, contra los excesos del barroco y de la sensibilidad. Un cierto optimismo le acompaña: Descartes abre nuevos horizontes al pensamiento, la monarquía absoluta parece superar los tiempos revueltos anteriores y antepone el mérito a la nobleza de sangre; allí donde la burguesía ha alcanzado mayor fuerza, la monarquía parlamentaria o la república ejerce el papel de amortiguadora de las tensiones.
No dura demasiado esa etapa, que es sucedida pronto por una nueva emergencia de la crisis: el orden monárquico crea a su vez desorden fuera de las fronteras del país (Luis XIV), la monarquía parlamentaria y la república sufren las consecuencias de desajustes internos (la Inglaterra de Jacobo II) o externos (Holanda pierde su predominio marítimo y sus burgueses, de ''carreteros del mar'', pasan a ser rentistas y se dividen entre partidarios de los Orange y republicanos). Así, el siglo acaba con tantos o más problemas que en su inicio, con guerras interminables (Suecia y Rusia, guerra de Sucesión española, descomposición del imperio otomano). Otra vez el mundo de las ideas cuestiona la validez de sus creaciones anteriores: el cartesianismo se difumina en tendencias, otra vez aparece el misticismo, en esta ocasión con el nombre de ''quietismo'' como vía de escape; el arte y la literatura pierden la contención que el clasicismo les había proporcionado...
Cualquier hombre que viviera en esa época probablemente no se haría ilusiones sobre el futuro de la humanidad, ni siquiera aquéllos que como Locke, a finales de siglo, esbozaron un nuevo sistema de relaciones entre el individuo y el Estado. Poco podía sospechar sin embargo que un siglo tan conflictivo, tan poco estimulante para quienes sufrieron sus casi continuas catástrofes, llevaba en sí el germen de las novedades que harían del siglo XVIII y del resto, hasta hoy, un mundo capaz de dominar cada vez mejor a la naturaleza y de permitir al ser humano alcanzar mayor autonomía individual, pues hasta los grandes atentados contra ella se han hecho en nombre de la razón y de la libertad.