La colección ''Nueva Clío'', de la que el autor es uno de los directores, tiene entre sus virtudes la original forma de presentación de la materia con una primera parte en la que se expone el estado actual de nuestros conocimientos y una segunda para controversias y directrices de la investigación, completadas ambas con un riquísimo apéndice documental. El método expositivo es especialmente apropiado para un tema como éste, que no requiere un tratamiento demasiado prolijo en sus aspectos conocidos, pero que sigue sujeto a nuevas perspectivas, tanto en el mundo investigador como en la actitud de los teólogos actuales tras iniciarse un espíritu de compresión mutua entre católicos y protestantes en los últimos decenios.
Titulado en francés ''Naissance et affirmation de la Reforme'', está claro que el centro de atención es el protestantismo en todas sus variantes, pero la palabra ''Reforma'' implica también la referencia a la reación católica, reacción que no sólo es un contraataque (Contrarreforma), sino también, y quizá en mayor medida, una Reforma alternativa que en algunos casos tiene sus raíces antes que la otra y está animada de valores positivos con independencia de cualquier polémica exterior. La obra se centra, sin embargo, en la primera faceta. Se trata por tanto, de la Reforma protestante y de las iniciativas católicas propiciadas por el nacimiento de aquélla.
En lo que se refiere a las causas, hay una verdadera ruptura con lo que la espiritualidad de la Edad Media había puesto en primer plano, la moral. Las reformas pedidas, y asumidas por la propia Iglesia, se encuadraban en la conducta de sacerdotes y fieles, en la fidelidad a las normas, no en innovaciones de carácter teológico. La gran masa de los creyentes desconocían las sutilezas de ese orden y miraban más las implicaciones derivadas de los malos ejemplos; esa misma masa mezclaba, además, con las creencias ortodoxas prácticas supersticiosas más o menos consentidas. Por otro lado, la ortodoxia era un terreno abierto en muchas cuestiones, lo que permitía a los teólogos discrepar en ciertos asuntos sin que ello les llevase a enfrentarse con la autoridad pontificia (caso de Wyclif, que no fue molestado y murió en el seno de la Iglesia, cosa que no hubiera sucedido medio siglo más tarde), y, si había conflicto (como con Huss), se debía a factores extrarreligiosos, protonacionalistas. Por el contrario, la Reforma viene a poner el interés en lo teológico, como había pasado en el antiguo Oriente durante los primeros siglos de la Cristiandad, y en el tema de la autoridad papal, que los orientales resolvieron mediante el cisma (siglo XI).
Tres son, a juicio del autor, los puntos básicos que van a mover el espíritu reformista: el problema del pecado, la tendencia al sacerdocio universal y la revalorización de la Biblia. El primero alcanza cada vez más un aspecto personal y angustia al hombre, que se siente culpable en un mundo donde la muerte hace continuo acto de presencia y que amenaza con los terrores de la vida eterna. Por otro lado, el desprestigio de los sacerdotes, los progresos del individualismo y la participación creciente de los laicos en las actividades de tipo religioso rompió la rígida barrera que separaba las dos condiciones. En el caso de la Biblia, la imprenta había multiplicado las posibilidades de acceso a su lectura; los textos, revisados sobre las fuentes originales, mejoran la hasta entonces indiscutible versión de San Jerónimo (la ''Vulgata''); esta exégesis, en principio al servicio de nuevas traducciones al latín, orienta también un nuevo fenómeno, las versiones en lengua vulgar, que proliferan en toda Europa sin que en sus inicios haya una expresa prohibición; la labor de los humanistas (y a su frente Erasmo) había sido decisiva para este renacer de los textos sagrados y el interés por conocerlos directamente los laicos, pero estos humanistas no representan ninguna postura que afecte a la veracidad de los dogmas admitidos; se decantan más bien hacia lo que hoy llamamos ''libertad de conciencia'', tolerancia, confianza en el individuo; no buscan obediencias separadas, alternativas institucionales.
Lutero es el desencadenante de la Reforma. Impotente ante el pecado, a pesar de la severa disciplina a que se sometía, este fraile agustino alemán ve en las palabras de San Pablo la solución: la misericordia de Dios es tal que basta la fe para salvarnos. Esta función de la fe, producto de la gracia, entronca a su vez con el pensamiento agustiniano, tan alejado de la racionalización propiciada por Santo Tomás. Lo que en sus inicios podría haber sido simplemente una revitalización de la corriente agustiniana - nunca vencida por la teología tomista -, pasó a mayores, cuando, rotas las vías de diálogo con Roma y con el Emperador, la misma lógica del planteamiento (personalización del problema de la fe) puso en entredicho el aparato dogmático y la jerarquía sacerdotal. La inmediata repercusión que estas ideas tuvieron en el plano político y social, en Alemania, prueba que existía un ambiente propicio para ellas; pero la distinta interpretación que se hizo en uno y otro caso (Príncipes beneficiados con la secularización de los bienes eclesiásticos, campesinos que veían la oportunidad de hacer realidad la igualdad evangélica), dejará perplejo a Lutero, obligado a elegir y a dictaminar acerca de ambas posiciones. Al solidarizarse con los príncipes introduce de nuevo un modelo jerárquico, con una Iglesia subordinada al poder civil (cuius regio, eius religio), con lo cual no sólo va a tener que contender con sus objetores católicos sino también con algunos compañeros y seguidores. Ello significa que el luteranismo no va a monopolizar ya la Reforma, y su fuerza disminuye salvo allí donde los príncipes lo imponen.
La segunda personalidad eminente del protestantismo es Calvino. Su formación teológica era tan sólida como la de Lutero y, del mismo modo, perteneció al clero. También pasó por una etapa de dudas e indecisiones antes de separarse de la Iglesia católica, para iniciar un camino, también algo sinuoso hacia una reinterpretación de la Reforma que iba más allá de lo dicho por Lutero, pero a éste, a Zuinglio, a Ecolampadio o a Bucero debe bastante, sobre todo en el terreno organizador, en el que tanto éxito tuvo. Siguiendo a Zuinglio, centra el problema en la gracia, causa de salvación, gracia que Dios da a quien quiere - no es meritoria -; es el agustinismo llevado al plano más restrictivo. No hay una clara referencia a la predestinación (que será afirmada por el calvinismo posterior); tampoco Calvino rompe con el valor sacramental de la eucaristía (en lo que resulta más conservador que Zuinglio y se alinea con Lutero); pero acentúa más que éste le idea del sacerdocio universal e intenta, sin conseguirlo, la autonomía frente al Estado.
Localizada la Reforma al principio en Alemania y Suiza, no tardará en llegar a otros países. En Inglaterra, al cisma de Enrique VIII sucede la fase calvinista de Eduardo VI, que, tras la reacción católica de María Tudor, dará paso al eclecticismo de Isabel, la Iglesia Anglicana; diferente es la trayectoria de Escocia, precozmente presbiteriana. También en Francia, tras una primera etapa de luteranismo más o menos tolerado, el zuinglio-calvinismo se impone entre los reformados (hugonotes), al tiempo que se produce la reacción católica por voluntad de Enrique II. Por esas mismas fechas el calvinismo y, en general, el protestantismo suizo desplaza al luteranismo en Alemania y arraiga en los Países Bajos, lugar de conflicto agudo con el catolicismo.
La Contrarreforma no esperará a la terminación del Concilio de Trento. Es más, frente a las tesis conciliaristas de los moderados, especialmente los erasmistas o los seguidores de Melachton, se opta, desde el poder político, por la lucha directa, la ''reconquista por las armas'', que está a punto de triunfar después de Mülberg (1547). Fracasado este camino, la Reforma católica, de la mano sobre todo de jesuitas y capuchinos, buscará la ''reconquista de las masas'', y lo logrará en algunos lugares (sur de Flandes, sur de Alemania). El Concilio de Trento, lejos de acercar posiciones, las radicaliza, pero al menos clarifica el dogma y establece las bases para crear un modelo de sacerdote más ejemplar e instruido.
Por países, no hay duda de que fue Francia aquél en el que la pugna entre hugonotes y católicos dio lugar a mayores tensiones. Toda la segunda mitad del siglo XVI es una época de ''guerras de religión'', con breves intervalos de paz. La monarquía, tras la muerte de Enrique II, intenta la vía del diálogo, de la tolerancia (Catalina de Médici, Miguel de L'Hôpital); se creía posible la convivencia ''política'' junto al respeto a la conciencia de cada uno; se evidencia, sin embargo, que este ideal era solo el proyecto de una minoría de formación humanista no compartido ni por católicos (dirigidos por los Guisa) ni por hugonotes (defendidos por Borbones y Condés). La paz consiguiente al Edicto de Nantes no resolvió la cuestión, pues era una peligrosa fórmula al dividir a Francia en dos Estados confesionales bajo la teórica autoridad real; Richelieu se limitó a reducir los privilegios de los hugonotes, pero, ya en los últimos años del siglo XVII Luis XIV se sentirá lo bastante fuerte para revocar el Edicto y poner a los hugonotes en la alternativa de abjurar o irse de Francia. El protestantismo militante estaba, por otra parte, casi agotado, y una especie de resignación llevó a la mayoría de sus fieles a volver a la Iglesia Católica; a partir de entonces seguirá habiendo en Francia protestantes, pero se habrá acabado su influencia política como tales.
En los Países Bajos la oposición católico-reformista va a solaparse con la lucha política a partir del reinado de Felipe II, intransigente, como su padre, en la defensa de la religión romana. El éxito se lo reparten: el sur permanece católico, el norte calvinista y rebelde luego independiente. Del mismo modo, la firme adhesión a Roma - vía jesuitas - del emperador aplastará los focos protestantes en los Estados Patrimoniales, pero no podrá evitar la consolidación, en los principados más septentrionales, de una Reforma que volverá a sus orígenes al predominar el elemento luterano sobre el calvinista. La línea divisoria coincidirá bastante con el antiguo ''limes'' romano.
La recuperación del luteranismo es consecuencia de su espíritu abierto, de su voluntad de establecer unos principios comunes por encima de diferencias no esenciales; así se llegó a la ''Fórmula de Concordia'' que ha perdurado hasta ahora. No hay que olvidar tampoco el protagonismo que en su triunfo tuvieron los príncipes y reyes, por egoísmo o por convicción (caso este último de Gustavo Adolfo, que estuvo a punto de crear un verdadero ''Imperio luterano'' durante la Guerra de los Treinta Años).
Entre los calvinistas van a surgir discrepancias que afectarán a lo doctrinal (problema de la predestinación) y a lo organizativo (relaciones con el Estado). Las posturas más definidas fueron las de gomaristas (radicales) y arminianos (más flexibles). Mayor era la distancia doctrinal en Inglaterra y Escocia, lo que dio lugar a la crisis de los años cuarenta, resuelta primero a favor de los presbiterianos (Cromwell) y finalmente en beneficio de los anglicanos, pero con cierta tolerancia para aquéllos.
Tras la paz de Westfalia parece que la tensión secular producida por las luchas religiosas desaparece. El cansancio resultante en unos y otros crea un clima nuevo; para unos, había que relativizar los problemas de índole religiosa y buscar otros caminos (es la ''crisis de la conciencia europea'' de que habla Paul Hazard); para otros, el sentimiento religioso se transfiere al plano interior; aparecen las nuevas modalidades de protestantismo que enlazan especialmente con corrientes anteriores de independientes (como los anabaptistas moderados); de entre ellas destaca el autor el pietismo y el metodismo, predominantes en los mundos germánico y anglosajón respectivamente (aunque minoritarios frente a las iglesias oficiales). De este modo el protestantismo se consolida y alcanza una posición definitiva, hasta ahora, en gran parte del mundo cristiano.
La validez del proceso descrito no impide que los investigadores sigan planteándose hipótesis y discrepando sobre los aspectos concretos de la Reforma. Varias son las cuestiones más debatidas: la primera de ellas que aborda Delumeau es la de las causas; como no podía ser menos, el marxismo ha dado su explicación al fenómeno desde la perspectiva económica, explicación que el autor no asume ante la evidencia de tratarse la Reforma de un hecho interclasista (no hay una divisoria que pase por las clases sociales o la posición económica). También rechaza la tradicional y reavivada tesis católica de los ''abusos disciplinarios'', del exceso de rigorismo (como tampoco era cierto que fuera lo contrario, la relajación de costumbres del clero). Parece, piensa Delumeau, que hay que centrarse en lo teológico como punto esencial (el pecado y la salvación).
La figura de Lutero es otra cuestión aún pendiente. Su perfil es ambiguo todavía. Hoy se busca más en su etapa formativa la razón de su posterior actitud; se ha dado una explicación psicológica de tipo freudiano; se le ha considerado, asimismo, como un hombre de espíritu medieval, enfrentado al Humanismo y al Renacimiento. Pero no se puede negar su sincera piedad ni tampoco su contribución positiva al pensamiento teológico, hoy más fácilmente observable.
También se ha hecho famosa, desde la aparición del libro de M. Weber (''El protestantismo y el espíritu del capitalismo''), la tesis que relaciona estrechamente ambos fenómenos, siendo el segundo deudor del primero en su versión calvinista. Hasta ahora, sin embargo, no parece claro el pensamiento económico de Lutero o de Calvino, pero sí se constata que el calvinismo derivó más tarde hacia la aceptación plena de la figura del capitalista, lo que avala las líneas generales de la aportación de Weber.
Aún queda por estudiar mucho; profundizar, por ejemplo, en las figuras tenidas por secundarias (Zuinglio, Bullinger, Bucero, Ecolampadio, Capitón, Teodoro de Beza); conocer mejor los métodos utilizados en la predicación, valorar documentos todavía inéditos...
La Reforma y la Contrarreforma han llegado hasta nuestros días. La Cristiandad sigue dividida. Pero el espíritu que mueve a católicos y protestantes es distinto. Ahora se procura ver más las cosas que unen que las que separan. Este ecumenismo procede de los dos lados y procura una perspectiva que puede resultar fructífera. El ejemplo más significativo es el tratamiento del tema calvinismo-jesuitas; siempre se ha visto tal binomio como la prueba de la radicalización de las posturas, ejerciendo en cada campo el papel de intransigentes. Ahora es posible ver paralelismos, que resultan sorprendentes: semejanzas entre los hombres (incluso entre Calvino y San Ignacio), puritanismo (medidas contra el teatro, el alcoholismo y la mendicidad), mayor importancia de los laicos...Los teólogos se influyeron mutuamente: los arminianos tendían a matizar la doctrina de la gracia limitada a los escogidos; los jansenistas acercan posiciones a la justificación por la fe mediante la gracia. En ambos casos la postura a adoptar ante el capitalismo fue vacilante e intercambiable. Unos y otros querían ser independientes del Estado. Y, lo más positivo en la historia de la cultura: los libros de espiritualidad valían para unos y otros (como demostró Wesley, el fundador del metodismo), y compositores protestantes enriquecieron y dignificaron la liturgia católica.