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Bartolomé BENNASSAR: LOS ESPAÑOLES. ACTITUDES Y MENTALIDAD

Con Bataillon, Chaunu y Lapeyre, Bennassar integra el grupo más representativo de hispanistas franceses especializados en el estudio de nuestro Siglo de Oro. El primero y el segundo abrieron campos nuevos de investigación - erasmismo, comercio atlántico - en el terreno del pensamiento y la historia económica. Lapeyre, por su parte, contribuyó decisivamente a esclarecer el tema de los moriscos. Y Bennassar ha sido el principal impulsor de los aspectos relacionados con la mentalidad social, última aportación de la escuela de los ''Annales''. Esta aportación ya es visible en su gran obra ''Valladolid en el Siglo de Oro'' (publicado por vez primera, en francés, en 1967). Casi diez años después aparece esta otra, que abarca ya a todos los reinos peninsulares excepto Portugal y se centra en los siglos XVI, XVII y XVIII, si bien a menudo desborda este límite cronológico para llegar, en ciertos casos, hasta el siglo XX. Deja fuera, por tanto, gran parte de nuestra historia para delimitar su estudio a lo que fue el ''tipo español'' coincidente con la etapa de máxima influencia de nuestro país en Europa y en el mundo, tipo que, convertido en tópico, ha servido de base a la apreciación que de nosotros tienen todavía allende los Pirineos, acentuándose cada vez más los aspectos negativos y caricaturescos como consecuencia de la progresiva esclerotización del modelo a partir del XVIII y, en especial, durante el siglo XIX. La trayectoria, respecto al resto de Europa, sería ésta: un siglo XVI poco diferenciado en sus primeros tiempos, que va creando paulatinamente unas formas específicas - costumbres, modos de vivir - en sentido distinto a la mayoría de los demás países; el siglo XVII sería el de la cristalización de ese ''ser español'', que perdurará, estereotipado, en el XVIII (primera mitad), para renacer, tras la crisis revolucionaria, como factor de oposición al ''ser europeo'', ya plenamente integrado en la mentalidad burguesa y en el sentido práctico de la vida. Este particularismo, según Bennassar, aún es patente incluso en nuestra última guerra civil, al menos en lo que tiene de idealismo a la antigua usanza.

El autor se apoya sobre todo en dos series de fuentes, las más significativas quizá para el fin propuesto: los relatos de viajeros extranjeros, que, desde el siglo XVI al XIX, visitaron España (Joseph Towsend, Henry Swinburne, el hispano-irlandés exiliado Blanco-White, George Borrow - Don Jorgito el de las Biblias - y Theophile Gautier), y los archivos de la Inquisición. Los primeros ya habían sido publicados, y con mayor amplitud, por la Ed. Aguilar en 1952 (''Viajes de extranjeros por España y Portugal'', 2 volúmenes), pero apenas sí llamaron la atención de los especialistas españoles. Los segundos eran, al abordarlos directamente Bennassar, un caudal inédito, con un cuantioso material ''transgresor'' que, en razón de su abundancia, ofrece una realidad menos acorde con la imagen de ortodoxia y uniformidad que otros documentos hasta ahora manejados.

Para resaltar, antes de entrar en materia, el contraste entre lo español y lo europeo, Bennassar se permite utilizar unos modelos representativos, retratos y antirretratos que reflejan las escalas de valores. Los primeros son aquéllos que coinciden con lo que el autor llama el ideal quijotesco español: ''su modelo fue un estilo de vida aristocrática que les permitiera expresar totalmente sus impulsos temperamentales''. Ahí estarían el torero Ignacio Sánchez Mejías, Espartero, Godoy, Lope de Vega, Cervantes, Rodrigo Calderón (''Tiene más orgullo que don Rodrigo en la horca''), ''el Pastelero del Madrigal'' (Gabriel Espinosa) y Diego de Almagro. Ninguno siguió el camino pausado del esfuerzo diario, del trabajo, para conseguir el éxito; ''todos alcanzaron en pocos años la cima de su destino, y eso precisamente era lo que habían perseguido''. Era el espejo en que se miraban los demás. Un ideal estético.

Pero también hubo españoles que siguieron el camino contrario, el del esfuerzo continuado, la paciencia, el trabajo. No parecen españoles, sino extranjeros por ello. Son un Francisco de los Cobos, en lenta pero irresistible ascensión burocrática hasta convertirse en la mano derecha de Carlos V, o una familia representativa de la pequeña nobleza, los Quintano, cuya historia, oscura y eficaz, se reduce a buscar en cada generación un pequeño avance tentacular para mantener y acrecentar una posición de desahogo económico y prestigio social sin espectacularidad. Fueron los menos y pocos les imitaron.

Si hay algo que resalta a lo largo de toda la obra, como quintaesencia de la España moderna, es la ''continuidad regresiva'' o algo parecido. No hay cambios, salvo para fijar con mayor fidelidad el modelo. Ello se advierte en el sentido del tiempo y del espacio. Los ritmos temporales se mantienen, apoyados en el calendario religioso y el agrícola. Es lo que Bennassar llama ''una percepción cualitativa del tiempo''; grandes períodos - dos en realidad, invierno y verano - son sus rituales repetitivos año tras año y en contraste entre sí. Tiempo de transgresión (Carnaval), tiempo de penitencia (Cuaresma), integrados en otros más largos de preparación o de ruptura (Adviento, Navidad...). Los viajeros quedaron especialmente impresionados por las procesiones de Semana Santa, insólitas para ellos. Y en cuanto a la semana y el día, pocas horas de trabajo (seis o siete en el ámbito urbano), días especiales de asueto (los lunes para algunas profesiones), y mucha tertulia. También las corridas de toros, nuestra otra característica diferencial más acusada con Europa junto a las procesiones, obligaban a paralizar las actividades de todo tipo, a veces durante dos días.

Los viajeros, sean del siglo que sean, coinciden en dos apreciaciones: el mal estado de los caminos (agravado por las dificultades del trazado, las pésimas posadas y la inseguridad debida al bandolerismo) y la perennidad de la imagen de los pueblos y ciudades. El pasaje urbano prácticamente no cambia en tres siglos. Muchas ciudades incluso decrecen, tanto por el impacto de las pestes como por el abandono de las actividades productivas. Y son pocas las que avanzan en ambos casos (Madrid, sede de la Corte; Barcelona, que sigue otros ritmos). Los espacios rurales son dominio de los bosques, pastizales o campos abiertos; ricos en caza, pobres en rendimiento. La percepción del espacio es, pues, también, idéntica en cada siglo, hasta el XIX.

Una cierta discrepancia con su propia tesis manifiesta Bennassar cuando aborda el tema religioso. No pone en cuestión el aspecto externo, general y oficial de la práctica religiosa, pero distingue entre un siglo XVI en el cual la religiosidad sería un factor dinámico, vivo, tanto en la Iglesia como en los fieles, y los posteriores, en los que la rutina y la superstición irían ganando terreno. En el XVI España no se diferencia gran cosa del resto de Europa, y aún es un ejemplo de moralidad en el clero y de autenticidad; la apertura de espíritu ante las novedades (erasmismo, luteranismo) es algo corriente, al menos durante el reinado de Carlos V. Más tarde, por desgracia, sobreviene un encastillamiento que deriva en fanatismo y se acerca a la superstición. Símbolo de estas particularidades será el culto a la Inmaculada Concepción que, rechazado hasta por el Concilio de Trento como dogmático, se impone sin embargo, de facto. La generalización de la exigencia de pruebas de ''limpieza de sangre'' en sentido religioso, no racial, escandalizó hasta al mismo Papa. La Inquisición española se permitía poner en su Indice de libros prohibidos a muchos autorizados por la romana. Y la pobreza cada vez mayor llevó al estado eclesiástico a una nube de hombres y mujeres que buscaban la seguridad que aquél proporcionaba sin tener vocación ni condiciones para cumplir con sus deberes y servir de ejemplo. A pesar de ello, o por ello mismo, las manifestaciones heterodoxas no dejaban de existir, aún prescindiendo de los provenientes de las minorías de cristianos nuevos: a nivel popular se cuestionaban asuntos relativos sobre todo a la moral sexual, con sorprendentes conclusiones (no se solía considerar pecado ir con prostitutas si se pagaba, o si se hacía menos de siete veces, por ejemplo). Y esta laxitud enlaza con la mala opinión que se tenía de la conducta de frailes y monjas, zaheridos una y otra vez en el refranero como glotones, avariciosos y lascivos, aunque bien es verdad que las críticas no alcanzaban al alto clero, mucho más fiel a su misión (y en mayor medida si lo comparamos con el francés). A pesar de ello, Bennassar remarca el anticlericalismo subyacente, que se manifestará de manera abierta ya en el siglo XIX y el XX con los incendios de conventos y los asesinatos de clérigos.

En ''poder, trabajo y riqueza'' el contraste con el modo de vida europeo se hace más evidente y se perfilan con mayor claridad los ideales del hombre peninsular. Sea que tenga razón Américo Castro (desprecio por el trabajo, que se asocia a la condición de moros y judíos primero, y luego a la llegada de los metales preciosos de América) o esté en lo cierto Sánchez Albornoz (el ideal heroico de la Reconquista suplantaría al esfuerzo laboral al permitir un enriquecimiento más rápido y, al mismo tiempo, al proporcionar poder y prestigio social como actividad aristocrática), en ambos casos la consecuencia es la misma, pues hace del trabajo una servidumbre a evitar en lo posible. El horror de los españoles a los llamados ''trabajos mecánicos'' - que no incluye a la agricultura, labor digna que hasta los hidalgos ejercen - justifica que, al menos en el siglo XVI proliferasen en España más que en ninguna otra parte los esclavos, tanto de origen musulmán como negros directamente importados, en especial desde la unión con Portugal, y cuya máxima densidad correspondía a Andalucía; su número, según el autor, superaría los cien mil. Es un dato poco conocido que hasta ahora parecía un hecho marginal relegado a las referencias que a ellos se hace en la novela picaresca.

Los visitantes de hoy, como los de ayer, se admiran del sentido festivo del español, de su propensión a divertirse sin mirar el dinero, y, en el caso de las Fallas, literalmente quemándolo. En la fiesta valenciana, las hogueras alicantinas, la tauromaquia o las diversiones locales de carácter rústico aquéllos encontraban imposible hallar paralelismos con las costumbres similares de sus países. Eran y son un derroche de tiempo y dinero, ocasión para solazarse pero también para brillar y hacer ostentación de lujos, para impresionar al prójimo. Por encima de todo, las corridas - en sus distintas variantes - llenan de asombro al extranjero por su frecuencia. Ningún pueblo, salvo la Roma imperial, disponía de tantos días consagrados al ''dolce far niente'' y a la contemplación de este espectáculo, que a veces alternaba con otro más lúgubre, los ''Autos de Fe'', de morboso interés para todas las capas de la población. De entre ésta, además, destaca como es lógico la más acomodada - nobleza, comerciantes ricos - en un ejercicio constante de ostentación mediante el uso de carrozas (''coches'') y un numeroso séquito de servidores. Hubo aristócratas que tenían cerca del millar de criados, y entre éstos muchos esclavos negros comprados expresamente para hacer alarde de posición social. Quien más gastaba - aún empeñándose - más prestigio alcanzaba. Una sociedad así, que rendía culto al derroche, al despilfarro, difícilmente podía homologarse con la que en la Europa del mismo tiempo hacía del ahorro el principal objeto de su vida.

Y ahora nos acercamos a otro punto en el que la literatura ha distorsionado en parte la realidad: el tema amoroso. Las obras de los grandes dramaturgos están llenas de asuntos en los que interviene la honra, el honor - el autor no diferencia en contenido estos términos -, y en ellas el español aparece como un ser extremadamente celoso, tirano de su esposa aunque fácil al galanteo de las ajenas. La verdad está más en la literatura picaresca, donde honor y honra son conceptos vacíos; sin llegar a ser antihéroes en este sentido, los españoles de la época eran de hecho mucho más permisivos que sus contemporáneos ultrapirenaicos, al decir de los visitantes foráneos, sin que el paso de los siglos variara la situación. Algún observador dijo que nunca había visto hombres menos celosos. Y esa libertad de costumbres se extendía a otros aspectos, como las relaciones extramatrimoniales, las que mantenían las personas solteras, y aquéllas que chocaban más claramente con la moral oficial (pecados ''contra natura'', ''nefandos''). Asombra ver, en los archivos inquisitoriales, la levedad de los castigos impuestos en tales casos y la facilidad con que se podía evitar la condena. Los barrios de prostitutas - especialmente el de Valencia - causaban la admiración de los extranjeros. En contraste con esta ''alegría del cuerpo'', los países protestantes vivían sometidos a un puritanismo que no veía en aquél sino instrumento de pecado. En algo, pues, la España de entonces se adelantaba a los tiempos actuales, si bien tuvimos también que pasar por una tardía fase puritana.

Esta sensualidad no era incompatible, sin embargo, con un sincero sentimiento religioso vinculado al temor a la muerte y al más allá. La religiosidad española tenía en el culto a la muerte su principal manifestación, de la autenticidad de ella no cabe duda, pues la llegada del momento decisivo se traducía en testamentos muy elocuentes, tanto por profesión de fe y esperanza que los encabezaba como por las cláusulas económicas, llenas de mandas en beneficio del difunto (cientos de misas, a veces millares) o de instituciones eclesiásticas. Los herederos no solían traicionar tales voluntades, aunque en ocasiones representaban una merma considerable del patrimonio transmitido.

Para la conclusión, bien nos vale la cita que el autor trae del libro de Alejo de Venegas ''Agonía del tránsito de la muerte'' acerca de los ''pecados específicos'' de los españoles: ''El primero es el exceso de trajes, cuales por exceder extraordinariamente al caudal ordinario de la renta o hacienda engendran ordinarias trapazas y pleitos... El segundo vicio es que en toda España se tiene por deshonra el oficio mecánico, por cuya causa hay abundancia de holgazanes y malas mujeres, además de los vicios que a la ociosidad acompañan... El tercer vicio nace de las alcurnias de los linajes... El cuarto vicio es que la gente española ni sabe ni quiere saber...''.


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