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Ludwig von MISES: TEORIA E HISTORIA

Al releer este libro, publicado originariamente en 1957 y traducido al castellano en 1975, el impacto de su contenido es muy diferente al que produjo hace dos décadas, y, en el caso americano, cuatro. En 1957 von Mises es un francotirador en un ambiente intelectual dominado por la visión marxista de la historia cuando no por otros esquemas de igual sentido totalizador, y él mismo parece aceptar con pesimismo el triunfo de las doctrinas epistemológicas fraudulentas en simultaneidad con la victoria de estructuras políticas del mismo signo. Pero no claudica en lo que a su sano juicio representa una correcta interpretación de la historia como conocimiento y de la historia como realidad transcurrida: la primacía del individuo en el devenir histórico, frente al protagonismo de las masas, y la imposibilidad de extraer del pasado leyes o profecías que anuncien el futuro.

A la altura de 1996 cuando esto se escribe el libro parece que, por excepción dentro de su propia tesis, ha sido premonitorio: el socialismo ha fracasado en todo, pero especialmente en el punto en que se basaba su análisis de la historia y su justificación revolucionaria: en la economía. Mises no se cansa de acusar al marxismo de olvidar los mecanismos elementales del proceso económico, que sólo funcionan merced al libre juego de los factores (consumidores, como demandantes, y empresarios como productores y proveedores de los gustos y necesidades de los primeros).

Es curioso que uno de los más brillantes objetores del socialismo y de toda forma de colectivismo o totalitarismo no pertenezca a la pléyade de anticomunistas que han condenado estas ideologías desde la defensa de los valores del espíritu (credos religiosos, filosofías antimaterialistas); por el contrario, Mises observa las cada vez mayores concomitancias del pensamiento cristiano, al menos, con las tesis marxistas en la condena del capitalismo; solamente el ateísmo o la fe separa a unos de otros (y aún no había aparecido la Teología de la Liberación, que se vislumbra sin embargo con claridad en la exposición del profesor austríaco). Nuestro autor, y ahí está su audacia, combate al marxismo y a las demás manifestaciones colectivistas con argumentos económicos. Es un apologeta del capitalismo, nombre que no tiene inconveniente en utilizar con carácter positivo a pesar de las connotaciones casi universalmente peyorativas del término. Su tesis es ésta: la economía de mercado libre de las trabas político-religiosas anteriores, y gracias a los éxitos de las iniciativas de todos los factores de producción (inventores, empresarios, consumidores) es la causa de la prosperidad, sin precedentes en la historia, de los tiempos presentes; estos éxitos han sido posibles en el contexto de una civilización, la occidental, fundamentada en el individualismo, la libertad de conciencia y la libertad de pensamiento; pero ni son una consecuencia necesaria del proceso histórico (podría haber sucedido de otra manera, como en las demás civilizaciones actuales), ni son conquistas definitivas de la humanidad. No existe ningún imperativo histórico que justifique un progreso continuo de este mismo sistema, y, menos todavía, la historia determina que será sustituido, inexorablemente, por el socialismo como estadio más satisfactorio.

Todo el libro de von Mises es una batalla contra cualquier determinismo, contra cualquier concepción de la historia como un proceso direccional, ciego e inevitable. Y su lucha va a ser contra casi todas las tendencias del pensamiento que han obtenido patente ''científica'' desde el siglo XIX. Para un combate con enemigos tan formidables, Ludwig von Mises tenía que aportar un bagaje sólido, unos fundamentos lo más firmes posible; por ello, como buen alemán (en el sentido cultural, naturalmente), se muestra fiel discípulo de Kant al comenzar su exposición por la misma raíz de todo problema epistemológico, por la relación entre la realidad y el conocimiento. La primera es doble, la realidad de las cosas (de la naturaleza) y la realidad del hombre; la naturaleza puede ser conocida aplicando el principio de causalidad y verificando experimentalmente las hipótesis, y ese conocimiento tiene a su vez un límite y una ventaja: el límite está en la misma base del principio de causalidad (el hombre no puede comprender ni la nada ni la creación, a la luz del entendimiento); la ventaja está en que la experimentación permite prever el comportamiento posterior de esa misma naturaleza o cualquiera de sus manifestaciones. La realidad humana, por su parte, no es comprensible a través del principio de causalidad salvo en lo que el ser humano tiene de ente biológico y las necesidades fisiológicas derivadas de ello; no hay leyes naturales emanadas de una conducta medible y codificable matemáticamente; el ser humano actúa como consecuencia de unos juicios de valor previos que, aunque están enmarcados en un tiempo, un medio geográfico, una cultura y unos principios éticos comunes a la sociedad a la que pertenece, son el resultado de un proceso volitivo de cada uno de los individuos que conforman a esta. El instrumento empleado es, desde luego, la razón, como en el caso de la investigación científica, y esa razón sugiere que las decisiones tomadas sean beneficiosas para el sujeto y que éste no se puede beneficiar si, por su parte, adopta actitudes antisociales que le privan de la ventaja de la vida en común; sin embargo, muchas veces la decisión va en sentido contrario, a pesar del peligro de penalización o de exclusión. Todo depende de cuál sea el fin último que persigue el individuo, pues como en el caso de los mártires cristianos, puede preferir una muerte gratificante para la otra vida antes que la obediencia a las leyes de su país.

Esta distinción entre una realidad natural sujeta al principio de causalidad, y otra humana guiada por un sistema de valores personal planea a lo largo de toda la obra. La aplicación del principio de causalidad a la historia traerá como resultado una distorsión absoluta de la misma, sea en forma de determinismo o en la de materialismo. El primer caso nos daría un hombre predeterminado por la Providencia, anulado en su libre albedrío. El segundo colocaría a la naturaleza en lugar de Dios, pero con idéntica marginación del individuo.

Como es lógico, el autor dedica especial atención al materialismo dialéctico, denominando así también a lo que Marx llama materialismo histórico. Y encuentra en él múltiples contradicciones: l $^{\underline{{\rm a}}}$, el marxismo se presenta como una interpretación científica de la realidad natural y humana según la cual el curso de la historia responde a unos mecanismos que están por encima de la voluntad de los seres humanos, individual o colectivamente considerados..., pero hace falta alguien (Marx) que lo explique y hace falta partidos y sindicatos revolucionarios que luchen por lo que necesariamente tiene que triunfar; 2 $^{\underline{{\rm a}}}$, la historia tiene una tendencia ascendente, positiva, hay un progreso material que pasa por el capitalismo y desemboca en el socialismo..., pero los empresarios capitalistas, que han contribuido decisivamente a la expansión de la riqueza material son considerados ladrones, seres despreciables que explotan a los trabajadores; 3 $^{\underline{{\rm a}}}$, esta explotación hará a los proletarios cada vez más pobres mientras que la capacidad productiva del capitalismo será cada vez mayor...; la pregunta es quién consumirá unos excedentes manifiestamente superfluos para los pocos ricos con poder adquisitivo; 4 $^{\underline{{\rm a}}}$, la tecnología (los factores de producción, tal como von Mises interpreta el significado de tal expresión de la terminología marxista) ha avanzado en la historia, no como fruto del ingenio creativo de determinados hombres, sino como tendencia natural y necesaria requerida en un momento dado (Watt fue un instrumento de su instrumento)..., por tanto ni la conciencia de clase de los explotados ni la avaricia de los privilegiados intervienen en los cambios decisivos de los sistemas de producción; 5 $^{\underline{{\rm a}}}$, el devenir histórico es dialéctico, pero el socialismo no será sucedido por ninguna otra forma distinta de organización económica, social y político; es el fin de la historia, con lo que la humanidad se mantendrá para siempre en un paraíso terrenal inmutable, ahistórico, como sucede con cualquier otra especie viva.

El socialismo no es, sin embargo, la única ideología que prescinde del protagonismo de los individuos. También el historicismo y el positivismo parten de un concepto abstracto como sujeto de la historia. El primero, al recalcar el papel del pueblo, de colectivos nacionales, raciales o culturales, introduce una voluntad general, un ''alma colectiva'' que se desarrolla a lo largo de la historia, bien hacia una perfección final, bien siguiendo esquemas organicistas con su correspondiente nacimiento, evolución y muerte. El positivismo, por su parte, niega la historia y la sustituye por unas ciencias sociales o sociología que, a semejanza de las ciencias naturales, es capaz de medir, categorizar y definir las pautas de comportamiento de los seres humanos.

La paradoja, para Mises, consiste en que tras largos siglos de sometimiento de la historia a la teología, de negarle al ser humano la condición de protagonista de su devenir subordinándolo a instancias sobrenaturales, las conquistas del racionalismo del siglo XVIII (confianza en la capacidad de juicio del individuo, libertades personales, igualdad ante la ley, libertad económica) se han perdido en el siglo XX. El individuo ha sido relegado a ser de nuevo sujeto paciente, a someterse a poderes que manifiestan representarle como parte de un colectivo del que es un miembro prescindible, un número inoperante y en realidad innecesario, a entregar su libertad económica, de pensamiento y de conciencia a cambio de una igualdad económica que sólo la miseria hace real. Y a eso se ha llamado y se le sigue llamando progresismo, e incluso en Estados Unidos, liberalismo.

Como no ha dejado de repetir a lo largo de todo el libro, von Mises finaliza volviendo a advertir que es un espejismo la creencia en un avance lineal de la humanidad, pues la misma historia demuestra que tal optimismo no se cumplió en multitud de ocasiones, y que, en esta ocasión, no serían bárbaros de fuera, sino la errónea aceptación de interpretaciones aberrantes la causa de un retroceso lamentable. La elección de valores que antecede a la acción por parte del ser humano, de cada uno de nosotros, no está escrita en ninguna parte pero la conjunción de varios factores (envidia a los que más tienen, aceptación de valores intelectuales falsos, renuncia a la propia independencia de juicio) pueden llevarnos a perder la libertad y el bienestar que tantos siglos hemos tardado en lograr.


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