Cuando nos adentramos en el período más brillante de un imperio no deja de sorprendernos la presencia de factores que en principio parecen no ser compatibles con la imagen de esplendor propia de la hegemonía y de la vitalidad de un pueblo triunfador: las locuras de un Calígula, la poco atractiva persona de Claudio y la escandalosa frivolidad de Nerón coexisten con el momento en que Roma es respetada, temida y envidiada más que nunca. Richelieu y más tarde Luis XIV construyeron una Francia dominadora de la política europea durante más de un siglo sin que la aristocracia, ese cáncer casi permanente, fuese realmente vencida ni el país gozase de un mejor nivel de vida, pese a los esfuerzos de Enrique IV y Colbert. Da la impresión de que o bien el momento culminante de poderío de un imperio casi nunca tiene hombres adecuados para seguir el camino que las circunstancias históricas o bien que toda expansión imperial conlleva una servidumbre que, a la larga, convierte a los ciudadanos del país favorecido por la fortuna para ejercer el predominio en las víctimas más directas de esa misma situación. La ruina de Francia en 1707 o la de Alemania en 1945 son ejemplos bastante conocidos. La guerra de Vietnam llevó también a Estados Unidos a una crisis no sólo económica, de envergadura, sino moral, y, lo que es peor, a una sensación de haberse involucrado en sacrificios inútiles y contraproducentes. Casi todos los historiadores que se adentran en el estudio de una sociedad, de un Estado que haya pasado alguna vez por esa experiencia de hegemonía suelen apuntar como causas de la posterior decadencia fenómenos que tienen sus raíces en la etapa de esplendor. Han sido todos, colosos con pies de barro? Al final han caído. Llevaban en su propia esencia las causas de su destrucción? No hay que derivar de ello ningún tipo de conclusión determinista, pero sería conveniente en el futuro, al tratar del derrumbamiento de los imperios, mirar más hacia las causas internas, y, sobre todo, percatarse de que es posible que los deseos de los ciudadanos se impongan finalmente y que prefieran pertenecer a una sociedad de mediana presencia internacional pero que les dé garantías de estabilidad, antes que unir su destino a un proyecto común que les prive, en nombre de objetivos intangibles, de una vida gratificante: ''Que vengan de una vez los bárbaros!'' sería probablemente el deseo de muchos romanos, agobiados por la carga de impuestos y otras servidumbres en los últimos siglos del Imperio. La llamada época imperial de España es uno de los paradigmas que mejor reflejan lo dicho arriba. Una sociedad marginal geográfica y culturalmente se ve en poco tiempo transmutada en el centro geopolítico y en el foco de irradiación de valores de la civilización. Tal disponibilidad origina una bifurcación de esfuerzos imperiales en dos direcciones: América y Europa, y a punto estuvo también de involucrarse en una tercera: Africa. Ni el potencial demográfico, ni el económico, ni la personalidad de sus dirigentes hacía posible el éxito de la empresa. Se abordó, sin embargo, y hasta pareció realizarse el milagro, pues no otra cosa fue, al menos en magnitud territorial, la relativamente larga duración del período. Cada nuevo esfuerzo para conservar el ''status'' (Felipe II en Flandes, el Conde-Duque en la Guerra de los Treinta Años) provocaba una erosión crítica de las bases materiales en las que se apoyaba la hegemonía. A mediados del siglo XVII el centro decisorio, Castilla, es también la zona más pobre, más degradada y de menos vitalidad de todo el conjunto; si la rentabilidad de un imperio se mide por la explotación de los territorios dominados en beneficio de la metrópoli, podemos afirmar que el imperialismo castellano fue un fracaso rotundo, casi una hecatombe.
El ascenso sobrevino con excesiva rapidez, la fase de pleamar coexistió con graves contradicciones interiores, la decadencia sólo sorprendió a los ignorantes y a los espíritus quijotescos, y el derrumbamiento significó el fin de un sueño del que no se quiso despertar en el ámbito de las clases privilegiadas. La incapacidad de éstas para comprender las causas, tan bien mostradas reiteradamente por algunos arbitristas, haría de este fracaso un modelo de conducta prolongado hasta el siglo XX, ya en clave de farsa, a pesar de los esfuerzos en sentido contrario de minorías apoyadas en vientos exteriores.
Dos hispanistas anglosajones, Elliot y Lynch, han estudiado este período con parecido talante, lejos de los prejuicios que pudiesen asociarse a historiadores autóctonos, proclives quizá a observar las cosas, aún inconscientemente, desde parámetros más sesgados. Sus libros no son tampoco monumentales, como las grandes síntesis eruditas de Ballesteros, Aguado o de otros autores más cercanos en el tiempo. Con el material aportado por monografías ya conocidas y una participación personal en algunas otras, ambos han procedido a jerarquizar esa información, a dotarla de más sentido a la luz de planteamientos ricos en conexiones externas e internas, en capacidad de captación de relaciones entre marcos infranqueables de la realidad de época y la dinámica geopolítica puesta en práctica en cada momento.
Hemos optado por Elliot tanto por su anterioridad cronológica como por un criterio de orden estilístico, razón esta última reafirmada tras la lectura de su espléndida biografía del Conde-Duque de Olivares, estudio que como mínimo merece el mismo interés que en su día el realizado por Marañón, al que complementa en mucho y del que discrepa en aspectos no esenciales.
La estructura de la obra está sin duda subordinada a un fin claro: dar al lector una pauta que desde el principio le oriente para encontrar el hilo conductor que le haga inteligible el proceso. Ese hilo conductor, ya en la etapa de los Reyes Católicos (tras una primera fase de reorganización interna) es la política exterior; la rivalidad con Francia (alrededor de los asuntos del Rosellón y Nápoles) mantenida por Fernando el Católico, el proyecto imperial de Carlos I ''Universitas Christiana'', con rivales de la envergadura de Turquía y Francia en el exterior y de los protestantes en el interior), la subordinación de los intereses atlánticos de la monarquía hispánica a los objetivos de imperialismo católico defendidos por Felipe II, la incapacidad de Felipe III para resolver el latente conflicto con Holanda, la desmesurada respuesta del Conde Duque al reto de Richelieu, holandeses y protestantes alemanes, espejismo que le desvió de sus por otra parte muy acertados proyectos de reforma, las deficiencias estructurales de la organización de la propia monarquía hispánica - con una absoluta falta de solidaridad entre sus partes (bien por egoísmo, bien por clarividencia, aunque Elliot se inclina por lo primero) -, y, finalmente, el embrollo de la sucesión, estrambote terminal de tantas incongruencias, todo esto, a lo largo de más de dos siglos, traerá como resultantes: un significativo descenso de la población, la ruina de las fuerzas y las fuentes de riqueza, una mentalidad fatalista que buscará refugio en el orgullo (del noble) o en la supervivencia (de los conventos), y, en definitiva, una negación de la realidad como mecanismo de defensa. No es que el autor quiera resaltar, obedeciendo a un criterio propio, los aspectos políticos relegando a un segundo plano los demás contenidos, es que ésa era la forma en que se priorizaron los objetivos, y ésa misma era la jerarquía que de ellos hizo la clase gobernante. Y, como en el Quijote, antes Sancho se contagió de tales esquemas que su señor varió su visión del mundo.
En cada momento parece que se pudo corregir el rumbo: las líneas sucesoras podrían haber sido otras; algunas situaciones fluidas no tenían forzosamente que desembocar en decisiones de consecuencias nefastas; otros países se beneficiaron, sin que el mérito mediara, de circunstancias favorables...De entre todos estos imponderables es el primero el que en varias ocasiones se cebó en el destino del país: la muerte del príncipe Miguel, infante portugués y heredero de Castilla y Aragón, convirtió el magnífico entramado de Fernando el Católico en una trampa que desvió hacia objetivos extrapeninsulares el curso de nuestra historia (el intento del mismo rey de sustituir a Carlos por su hermano prueba que el anciano y astuto aragonés era consciente de los peligros que se avecinaban). La fatal división que el emperador hizo de sus dominios, coherente con el momento en que se produjo (colaboración con Inglaterra y vinculación comercial con Castilla) obligó a Felipe II a depender durante casi todo su reinado del problema flamenco. La unión con Portugal, gran oportunidad para reconducir hacia el Atlántico el centro de interés de la Corona, no fue sino una carga que acrecentó la rivalidad con Holanda e imposibilitó un acuerdo realista con ese peligroso enemigo. El matrimonio de María Teresa con Luis XIV no sirvió para ver en éste un aliado natural y posible sucesor no muy lejano, para contrarrestar el creciente poder de Inglaterra y las Provincias Unidas. La milagrosa supervivencia de Carlos II mantuvo a Europa a la expectativa de lo que hacer con los trozos del imperio moribundo. Qué hubiera sucedido si el ''no hay Pirineos'' de 1659 se hubiese convertido en 1665 en una unión efectiva (personal en Luis XIV o dinástica con el Duque de Orleans) en un momento en que Francia aparecía como la potencia emergente, que, por otro lado, no hubiese tenido necesidad de dedicarse durante cuarenta años a redondear sus fronteras a nuestra costa y a la del Imperio alemán?
Otras preguntas sugiere la lectura de la obra de Elliot, que no plantea de modo explícito tampoco las anteriores. Por qué Cataluña, tan interesada en la colaboración con Castilla en 1474, optó por el aislamiento al poco tiempo y se mantuvo en él hasta el final? Por qué Castilla se atribuyó unilateralmente la jurisdicción sobre las Indias cuando el buen sentido aconsejaba compartirlas con el resto de los territorios hispánicos?
Insolidaridad y egoísmo, orgullo y miedo a la realidad, idealismo y fanatismo, imperio y miseria son conceptos que rebrotan a menudo para explicar el curso de los acontecimientos y su desenlace. Queda el consuelo de saber, también, que ningún imperio había sido tan extenso hasta entonces ni ningún otro tuvo un amo tan comprensivo.