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Jean SARRAILH: LA ESPAÑA ILUSTRADA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII

Sarrailh, este gran hispanista francés, era consciente, al abordar un trabajo de tal magnitud, del terreno resbaladizo que pisaba. Como él mismo reconoce, la valoración que los intelectuales españoles hacían de este siglo, fundamental en la cultura europea, no podía ser más dispar: para Ortega España ''no tuvo su Dieciocho'' y esa carencia determinó el atraso posterior y la necesidad de cumplir sus objetivos a destiempo; sin embargo, Eugenio D'Ors lo ve fecundo, decisivo, a pesar del infeliz final; no hay que decir que, en la opinión de Menéndez y Pelayo, se produjo la recepción de la corriente transpirenaica, pero para desvirtuar nuestra trayectoria, y por ello encuentra en esta centuria un gran caudal de heterodoxos, empezando por el mismo rey Carlos III, injusto debelador de los jesuitas.

Faltaba, por tanto, una clarificación de lo que fue aquel siglo, y eso sólo lo podía hacer un historiador lo más desapasionado posible. Es quizá la falta de espíritu objetivo lo que impidió que esta labor la hiciera un español? Se quiera o no, el Dieciocho dividió al país, al menos a sus más influyentes pensadores, en dos campos: uno, tradicionalista, que juzgaba erróneo el intento de abandonar las ''esencias'' hispánicas (visión transcendente del mundo, heroísmo, prevención ante las novedades, desprecio de lo material), y otro, reformista - que no revolucionario -, para el que se impone dejar el camino solitario comenzado en el siglo XVII e incorporarse de nuevo a la civilización occidental aceptando el cambio sustancial que en ella se había producido precisamente en esa traumática centuria (tras esa ''crisis de la conciencia europea'' que detectó Paul Hazard). Cualquiera, pues, que procediera, desde dentro a analizar fríamente la cuestión, corría peligro de ver su obra prejuzgada por unos y otros, aún concediéndose una voluntad extrema de imparcialidad. No hay que descartar tampoco otra causa para la ausencia de investigadores interesados en esta época, y es que, salvo en determinados aspectos de carácter artístico o literario, no existían trabajos que sirviesen de soporte a un estudio de síntesis de alguna solidez.

Sarrailh se dedicó, a pesar de todo, y desde fuera, a cubrir esa inmensa laguna y su tenacidad le permitió acumular una vasta documentación cuya comprensión y valoración le resultaba factible por las conexiones casi totales que tenía aquélla con la cultura francesa, la suya, faro indiscutible para el resto de Europa. Ambicionaba, como indica en el prólogo, aumentar todavía más ese acervo informativo, directamente o por medio de sus discípulos y de sus amistades profesionales en España, pero la Guerra Civil y, más tarde, la Mundial cortó por mucho tiempo esa posibilidad. Reunido ya un considerable material y ''liberado'' el autor, a su pesar, de sus responsabilidades docentes en la universidad francesa (época de Vichy), se decidió por fin a dar forma a su propósito, que, sin embargo, aún tardaría años en ver la luz (1954 en francés, 1957 en la edición española aparecida en México).

El libro impactó como pocos dentro y fuera del país, y es posiblemente la obra más relevante que un extranjero ha escrito sobre un tema concerniente a la Historia de España. Las salvedades, las advertencias que el mismo autor hace sobre la fragilidad de algunas de sus conclusiones, su esperanza de ser pronto superado gracias al interés suscitado por su iniciativa investigadora no le han privado de la condición de ''clásico'' y punto de referencia obligado. Las rectificaciones han llegado bastante tarde (años setenta, en adelante) y han afectado en especial a dos de sus tesis, dejando el resto sujeto a matizaciones de mayor o menor calado. Esas dos tesis, que planean a lo largo de toda la obra, son: en primer lugar, el origen francés de la Ilustración española en sus aspectos más decisivos; en segundo la tardía penetración de las corrientes innovadoras que, como el título del libro indica, las sitúa ya avanzado el siglo XVIII. Hoy sabemos gracias sobre todo a otro investigador tenaz, Antonio Mestre, que desde finales del siglo XVII existe en la propia España una tendencia rectificadora (''los novatores'') de carácter prioritariamente científico, centrada en el área valenciana (y contemporánea de la que en los aspectos económicos se abrió paso en Cataluña con la Junta de Comercio como estandarte), que tendría en Juan de Cariada su principal representante. Esta ''atmósfera'' mediterránea anunciadora de los nuevos tiempos permitió que a principios del siglo XVIII surgieran allí hombres como Gregorio Mayans y el deán Martí, que no sólo conectaron con los eruditos europeos más significativo para introducir en la Península los aires renovadores, sino que sirvieron de cauce transmisor hacia el Norte de las aportaciones del momento de los sabios españoles, incluidos ellos, y del reencuentro con la cultura española del siglo XVI, especialmente con Vives y Cervantes. El ámbito de la correspondencia mayansiana abarcó toda Europa, pero, y aquí está la otra novedad, fue más intenso en relación con el espacio germánico (Alemania, Austria, Holanda) e italiano (Muratori) que con el francófono.

El nexo de continuidad entre los humanistas, literatos e incluso teólogos del siglo XVI (Vives, Nebrija, el Brocense, fray Luis de León, fray Luis de Granada, Garcilaso de la Vega, Melchor Cano) y el espíritu de la Ilustración española del siglo XVII ya había sido reconocido por Sarrailh, si bien no en la medida que hoy se acepta; en cambio, es casi inexistente la referencia a los ''novatores'' (no emplea esta palabra en ese sentido). Esto no significa una minusvaloración de la realidad cultural española, sino que se explica en función de las carencias, quizá insalvables, del autor, al menos en el segundo caso, pues el descubrimiento de las corrientes revitalizadoras del siglo VII es mérito de investigadores posteriores, como López Piñero, historiadores de la ciencia y de la medicina. No podemos, por tanto, acusar a Sarrailh de prejuicios al respecto, como tampoco fue justo que sus contemporáneos acusaran a Mayans de antiespañolismo cuando hacia triste balance del elenco literario de su tiempo.

La Ilustración española tiene una característica que, tanto Sarrailh como los estudiosos actuales destacan: no representó nunca, en sus figuras estelares, un ataque a la fe ni a la monarquía, razón de más para que aceptemos la continuidad con los planteamientos humanistas. Sí, en cambio, es plenamente partícipe de una verdadera cruzada contra la superstición popular y contra la esclerotización del pensamiento teológico, anclado en estériles fórmulas escolásticas. Queda la duda de saber si se trata de una convicción sincera o de una postura prudente, si tenemos en cuenta los problemas que la en apariencia debilitada Inquisición creó a algunos infortunados (como Olavide) o el desfavor que en el mundo político soportó Mayans. Hubiera podido manifestarse en España un barón de Holbach? Las reticencias de Feijóo o Mayans ante una ética puramente jusnaturalista parecen probar que los límites impuestos por la fe a la razón eran un claro elemento diferencial de la Ilustración española; la misma acusación que el erudito valenciano hace a Voltaire (con el que se cartea) de ateísmo resulta injusta, pero comprensible. Esa especie de ''horror vacui'' ante la razón soberana es, en mayor o menor medida, factor común a los pensadores españoles de la época, cualquiera que fuese su adscripción.

La famosa pregunta, hecha por Masson de Morvillers (''Qué es lo que se debe a España?''), alegato enciclopédico contra el atraso cultural peninsular atrae la indignación de Sarrailh por la mediocridad intencional, pero no deja de tener sentido si la situamos en el plano adecuado, es decir, en el despegue europeo hacia una civilización guiada por el utilitarismo y la experiencia racional, y es por ello más desenfocada aún la repuesta de Forner, despreciativa desde el orgullo y desenfocada desde el contenido (las aportaciones que cita el por otro lado cáustico extremeño se quedan como mucho en la órbita de lo valorable dos siglos antes, esto es, el mundo erudito, literario, humanístico). La pregunta responde a una realidad: la España del siglo XVIII, aislada culturalmente de Europa en sus inicios, va a tener que buscar fuera el camino de la modernidad, y esa búsqueda, ademas, la hará una minoría extraordinariamente reducida, enfrentada a una masa anclada en la inercia y satisfecha con los valores que le servían de soporte.

La minoría (de principio a fin, en términos cronológicos) no será tampoco un grupo coherente identificable con un determinado grupo social o económico; a ella pertenecen miembros del clero como Feijóo o Tavira, pero la inmensa mayoría del mundo eclesiástico está en contra; hay médicos (el valenciano Piquer, por ejemplo), pero la clase médica no concuerda con las novedades; hay intelectuales deseosos de reformas profundas en la enseñanza (Mayans, Jovellanos, Blasco), pero las universidades actuarán de valladar defensivo de las viejas formas y sólo la voluntad real les hará doblegarse y aceptar nuevos planes de estudio, de modo que se llegó a pensar seriamente en una alternativa (que el impulso regenerador se hiciera fuera del ámbito tradicional universitario mediante escuelas especiales, del tenor de la debida a la iniciativa de Jovellanos al crear su Instituto de Gijón, o las abordadas luego por Godoy en el plano técnico, con las escuelas de arquitectura e ingeniería). Hay nobles sinceramente entusiasmados por realizar reformas de todo tipo (Aranda, Peñaranda, Fernán Núñez...), pero la aristocracia como tal prefiere la majeza, la imitación de lo popular antes que guiar al pueblo proporcionándole mejores perspectivas vitales. Hay mujeres ilustradas comprometidas con los nuevos ideales de educación tanto de los niños como de sus congéneres, suscitados por la lectura del ''Emilio'' de Rousseau - tal el caso de la aragonesa doña Josefa de Amar y Borbón -, pero las mujeres, en general, prefieren sus tradicionales devociones o se apuntan a una frívola receptividad de lo más banal venido de allende los Pirineos (de ello se quejará, al hablar de su misma mujer, el conde de Fernán Núñez); entre el pueblo llano no dejan de aparecer también hombres (labradores artesanos, comerciantes) ávidos de experimentar novedades que mejoren las condiciones de producción mediante técnicas transmitidas por las publicaciones ilustradas alentadas por las Sociedades Económicas de Amigos del País; sin embargo, es parecer común ''no hacer mudanza'' de lo que se ha visto hacer a los padres aún cuando se vea la utilidad inmediata de alguna máquina (como la que permite sustituir con gran ventaja a la tradicional rueca de hilar), las mujeres prefieren seguir la costumbre, que les facilitaba al mismo tiempo la oportunidad de conversar. Es, por tanto, una minoría dispersa, apenas unos pocos en cada ámbito, y sin embargo una nómina tan reducida perseverará a lo largo de casi medio siglo, durante un par de generaciones y conseguirá, con el apoyo, eso sí, del poder político, ganar muchas batallas, aunque finalmente del mismo ámbito político vendrá el frenazo cuando el estallido de la Revolución Francesa y su repercusión en España atemorice a quienes establecen una correlación entre Ilustración y Revolución.

Para el autor es el reinado de Carlos III la etapa clave de la implantación de las ''luces'' en España. Un extraño rey, trabajador si no demasiado brillante, religioso pero firme en la defensa de sus regalías frente a Roma, piadoso pero que no duda en expulsar a los jesuitas y pedir de modo insistente al Papa la disolución de la Compañía; buen conocedor de la valía de sus colaboradores (nunca hubo tanto talento quizá al servicio del poder, y nunca el poder hizo tanto por mejorar las condiciones del país), no se abrevió siempre a defenderlos a ultranza frente a sus enemigos (Esquilache, Olavide). Pero también la sociedad generó su propia dinámica, aunque minoritaria. La mejor prueba de esa doble corriente que imantará el afán reformista será la creación de las Sociedades Económicas de Amigos del País, cuya idea matriz surgió en el País Vasco (Seminario de Vergara, ''Caballeritos de Azcoitia''), pero que, impulsadas por Campomanes desde su decisivo puesto de fiscal general del Consejo de Castilla, se extenderán por toda la Península y serán el vehículo más adecuado para divulgar métodos nuevos de producción y para eliminar prácticas obsoletas.

El contacto con el extranjero (tanto de dentro afuera, mediante viajes a Europa, como trayendo a España a sabios y técnicos de prestigio) crea el cordón umbilical necesario para la adquisición de las novedades, y, cuando no, son los libros, liberados en su mayoría de la anterior servidumbre impuesta por la Inquisición, que los sometía a un escrutinio poco generoso arrogándose la capacidad de jugar contenidos que sólo desde el integrismo se podían ponderar en sentido religioso.

Amplia es la serie de nombres que ennoblecen con su dedicación esta etapa de la historia española. De entre ellos surgen dos que destacan, sin embargo, en la opinión de Sarrailh y que le merecen especial estima: Feijóo y Jovellanos. El primero, monje benedictino, es una especie de precursor cronológico, incansable divulgador a través de su densa obra de una nueva mentalidad, abierta, que confía en la razón y que intenta cortar los lazos hasta entonces bien trabados entre fe y superstición; su vinculación obligada a la escuela benedictina francesa de Saint Maur (representada sobre todo por Maubillon) le hace dependiente de la Ilustración católica francesa, bien conocida por el autor, que valora con mucho su aportación en detrimento de la más rigurosa corriente valenciana. Y qué decir de Jovellanos? Apenas si hay alguna página en la que el ilustre asturiano no figure como protagonista, tal fue su versatilidad, su esfuerzo casi titánico. Es también Jovellanos un buen ejemplo de lo que significó la versión española de la Ilustración por su alejamiento de cualquier extremo, su moderación y sentido práctico, y por su realismo político; falto de medios económicos y alejado casi siempre - si no perseguido - del poder político, queda más bien como una figura que resume los anhelos de un par de generaciones de españoles que creyeron en el progreso a través de la armonía, lejos de radicalismos traumatizantes.


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