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Norman HAMPSON: HISTORIA SOCIAL DE LA REVOLUCION FRANCESA

A raíz del bicentenario de la Revolución Francesa ha habido una última floración de interpretaciones de este fenómeno, que después de dos siglos sigue teniendo una entidad tan fluida como controvertida. Los últimos libros parecen tener su centro de interés en el tema de la ''necesidad histórica'' de aquélla, algo que en fases anteriores no se había cuestionado (salvo en la historiografía heredera de sus víctimas), y tanto en la misma Francia (Furet) como en España (De la Cierva) se abre camino la tesis de que no sólo existían otras alternativas de evolución social y política en sentido positivo, dentro de la dinámica iniciada por la Ilustración, sino que el proceso revolucionario fue un factor ''perverso'' que hizo resucitar fuerzas decadentes, a punto de desaparecer, de tipo tradicionalista, dándoles una nueva fuerza y produciendo una fisura dramática en la ''elite'', atrapada entre unos ideales racionalistas consustanciales a un optimismo filantrópico, y la defensa de valores e intereses (personales, de clase, territoriales o religiosos) contradictorios con las últimas consecuencias de sus planteamientos reformistas (en España o en Prusia es donde mejor se pudo observar este desgarramiento). También se ha puesto últimamente énfasis en el saldo humano y económico que arrojó el período revolucionario, sólo en Francia, y si bien el primero es insignificante si lo ponemos en relación con las masacres del siglo XX (apenas, como dice Hampson, 40.000 víctimas directas del terror de una u otra clase), fue un verdadero ''shock'' en el contexto de la época, ocupada como nunca antes en eliminar la tortura e incluso la pena de muerte. Pero lo que hoy se pone de manifiesto de modo más evidente es el daño sufrido por la riqueza del país, que se empobreció en términos generales, interrumpiéndose así además una tónica ascendente, de gran vitalidad, iniciada unas décadas antes. La revolución, en Francia, sólo sirvió, en este sentido, para favorecer transferencias especulativas y, en mucha menos medida, para beneficiar al campesinado tras la venta de los bienes nacionales. Todo ello sin contar con la ventaja que este estado de cosas dio a Inglaterra, la cual, a pesar de su enorme esfuerzo financiero durante más de veinticinco años, salió más rica, más poderosa y con un aparato industrial renovado que la convirtió en la primera potencia mundial.

La Revolución Francesa, es, además, una rúbrica historiográfica que encubre muy dispares contenidos. Apenas si fuera de los libros escolares se encuentran criterios comunes acerca de lo que fue. La primera discrepancia afecta ya a la cronología Cuándo empezó y cuándo termina? Para Godechot no es sino un capítulo de la Revolución Atlántica que tendría su punto de arranque en las colonias americanas, en 1776, y luego se extendió al viejo continente (ejemplo revolucionario, consecuencias económicas). Hoy incluso se tiende a hacer un bloque con el período que termina en las revoluciones de 1848 (''Revoluciones burguesas''), salvando el paréntesis restaurador de 1815-1830, de modo que, juntando ambos supuestos, nos encontraríamos con un período revolucionario de 1776 a 1848, esto es, casi tres cuartos de siglo, el más largo quizá de la historia occidental, con el peligro que esto conlleva de diluir las particularidades de cada uno de los procesos. Si buscamos una delimitación más estricta se nos plantea un dilema en el inicio Empieza con la ''revuelta de los privilegiados en 1787? En mayo de 1789, con la reunión de los Estados Generales y la salida de los primeros emigrados? En julio, con la toma de la Bastilla? En agosto, con la proclamación de la Asamblea Nacional? En el mismo mes, con la desaparición teórica del feudalismo? En septiembre con la generalización de la ''grand peur''? Se puede hablar de revolución mientras hay monarquía? No sería, como quisieron los más radicales, el año 1792, año I de la nueva Era, el año de la República, el momento adecuado para hablar propiamente de Revolución, esto es, de rechazo de cualquier tipo de consenso o de compromiso? Y en cuanto al final, la principal duda está en considerar o no la fase bonapartista dentro de la revolución (toda ella o en parte). Podríamos concluir diciendo que, en el criterio más riguroso, la revolución estaría circunscrita al período 1792-1794, es decir, al Terror, y no faltan quienes así lo interpretan, aunque no en ambos sentidos simultáneamente (Quizá Talleyrand?). Porque, junto al problema cronológico hay otro que se engarza en él y lo condiciona de un modo esencial: su contenido, su definición.

Y aquí las discrepancias siguen aumentando. La opinión más generalizada establece que la Revolución Francesa es una revolución urbana, burguesa, liberal, laica y nacionalista que rompe con los valores de la estructura anterior (Antiguo Régimen), basados en la calidad del nacimiento, en la confusión entre derechos feudales y propiedad privada, en la complejidad jurídica (verdaderamente irracional), en la monarquía de derecho divino más o menos asociada a la aristocracia en el ejercicio del gobierno, en la reglamentación rigurosa de las actividades profesionales (gremios), en la potencia social y económica de la Iglesia (menos en su ejemplo moral) y en la marginación del mundo rural. Pero son múltiples las vías de agua de este planteamiento: el mismo concepto de Antiguo Régimen está por determinar en sentido exacto (Cómo habría que interpretar la enconada lucha entre la monarquía y la aristocracia, a su vez múltiple por el poder político, y en qué medida la primera y la segunda defendían los mismos valores? No fue la pugna entre ambas lo que hizo que el rey buscara la alianza del Tercer Estado, como siempre había sucedido? Era esto una novedad, pues? Acaso, por otra parte, la segmentación social era tan simple como el esquema tradicional afirma o bien había intereses contrapuestos dentro de los mismos estamentos, tan sustanciales, al menos, como los que los oponían entre sí? Acaso, además, no se había producido una interpenetración que, como en el caso de la propiedad rural, había creado una clase dirigente mixta (señores feudales, señoríos comprados por burgueses con derechos feudales no personales sino territoriales, grandes propietarios ''routiers'' - campesinos libres acomodados -? No era fenómeno corriente el matrimonio entre el noble arruinado y la hija del burgués rico? Si era una revolución urbana Cómo interpretar las sublevaciones campesinas que la precedieron (invierno-primavera de 1788-89) o que se solaparon con ella (otoño del 89)? Si, como afirma Vovelle desde una reciente perspectiva la rebelión campesina identifica a la revolución, se plantean dos dudas: primera en qué se diferencia la ''grand peur'' de las típicas ''jacqueríes'' de la época feudal o incluso de la época de la Fronda, cuya única explicación hasta ahora es que se trata de la desesperación campesina ante una crisis de subsistencias, con objetivos concretos y sin programa modernizador? Y por otro lado por qué son precisamente los campesinos los más refractarios al nuevo orden revolucionario, como claramente se observa en el caso de la Vendée y los ''chuanes'', movimiento persistente a lo largo de casi todo el proceso? El carácter burgués nos sume en un mar de confusión, que empieza por saber de qué estamos hablando: es lo mismo Tercer Estado que ''burguesía''? Así parece pensarlo Sièyes. Es la burguesía ''la vanguardia del Tercer Estado'' y en consecuencia es legítimo que se identifique con el 95% de la nación? No habiendo una burguesía industrial como en Inglaterra, aparecen como segmentos horizontales de ella los altos funcionarios no nobles, los comerciantes y armadores, los empresarios agrícolas y manufactureros con intereses no del todo comunes; pero verticalmente la burguesía tiene también niveles de distinta capacidad económica y prestigio social: alta burguesía, burguesía a secas, pequeña burguesía; en una misma profesión (por ejemplo, la abogacía), se podía pertenecer a cualquiera de los tres niveles; y por debajo eran los ''sansculottes'' de la pequeña burguesía o eran desharrapados, proletariado? Qué era un pequeño tendero? Acaso saber leer y escribir producía en este caso una diferenciación de ''calidad'' social? Y el resto de la sociedad, la mayoría, urbana o rural, la masa anónima, pasiva hasta entonces se puede agrupar como revolucionaria? Qué pensaban de la revolución los tejedores de Lyon, en paro al quedar sin mercado sus productos de lujo? En definitiva, aceptando que se trata de una revolución burguesa lo es en cuanto a que la burguesía se benefició de sus resultados, utilizando al resto del pueblo con el señuelo de la Declaración de Derechos? Así parece, si ponemos atención en la obsesión de los legisladores por consagrar el derecho de propiedad, verdadera reivindicación de la clase acomodada. Lo es en cuanto a que, como en el caso de Robespierre, buscaba una armonía social equidistante de la desigualdad del Antiguo Régimen y de las peligrosas tendencias colectivistas o desintegradoras, con connotaciones mesiánicas, de los dirigentes más radicales? El carácter laico de la República era compatible con la religión de Estado, primero católica, luego deísta? Dejemos sin embargo sin cuestionar el nacionalismo, identificado con el nuevo culto a la Patria, pero habría que matizar qué se entendía por Federación, qué se entendía por fraternidad (si entre los ciudadanos o entre los pueblos) y qué objetivos reales movían la política exterior en cada fase revolucionaria.

A este conglomerado de incógnitas sobre el contenido del fenómeno revolucionario tenemos forzosamente que añadir otro semejante acerca de sus resultados, de sus consecuencias. Podemos empezar por observar si tras la Revolución el Antiguo Régimen había desaparecido por completo, y la respuesta resulta difícil, si no negativa, a varios niveles: el sentido aristocrático, la misma existencia de esta clase, ha persistido hasta ahora, y la revolución contribuyó a crear una nueva, surgida en la época napoleónica, sólo que su base financiera no se apoyará en rentas feudales sino en la propiedad y la influencia social. La Iglesia, en franca decadencia como fuerza espiritual antes de la revolución, ganó durante el siglo XIX en prestigio social más de lo que había perdido en poder económico. La monarquía, en sus diversas formas, no se mantuvo por desavenencias internas de tipo dinástico e ideológico. La revolución industrial fue tardía, quizá retardada por las largas guerras que Francia sostuvo. La sangría demográfica fue difícil de subsanar y será un problema permanente resuelto con la inmigración. Y lo que es más importante, la Revolución dividió a los franceses para siempre (al menos hasta ahora), como se vio en 1870, en el caso Dreyfus, en la Segunda Guerra Mundial (De Gaulle, Petain), y como aún se puede observar en la actual dinámica política, con una izquierda heredera espiritual de la revolución (jacobina) y una derecha que en gran parte tiene una vinculación emotiva y hasta estética con el Antiguo Régimen (recuérdese a Proust). No hay que olvidar, sin embargo, que el mayor éxito ''a posteriori'' de la Revolución, éxito sobre todo atribuible a Napoleón, fue, en el terreno nacionalista, la creación de un sistema admirable de enseñanza estatal y laica que hizo por primera vez de los franceses un pueblo homogéneo en lengua y en valores comunes diferenciados de otros países.

Los libros sobre la Revolución Francesa aparecieron pronto, y de entre ellos destacan los que salieron de la pluma del británico Edmund Burke y del francés José de Maistre, ambos adversarios ''de razón''. También Chateaubriand se unió a ese brillante dúo con su conservadurismo romántico. Pero será hacia los años treinta cuando se produzca la mayor floración de autores, muchos de ellos escritores-historiadores-políticos, en la época en la que el prestigio del oficio de historiador alcanzó su punto más alto; ahí tenemos a Guizot, Thiers, Lamartine y Michelet, que desde posiciones diversas (liberalismo autoritario, orleanismo, saisculotismo y nacionalismo romántico) justifican la Revolución y le conceden patente de legitimidad; al cumplirse el primer centenario de la toma de la Bastilla serán los historiadores profesionales, positivistas en su mayoría, quienes integrarán la Revolución dentro de una visión global de la historia nacional de Francia, y, por tanto, como un eslabón fundamental de la formación de su identidad. Ya en el siglo XX podemos observar en Jaurés y Guerin dos interpretaciones distintas, ambas desde la óptica marxista (el primero valora las tendencias socializantes de Babeuf y Roux como esenciales en la trayectoria de la Revolución, mientras que el segundo, trotskista, niega la existencia por prematura de la lucha de clases). Los historiadores de ''Annales'' se centrarán en estudios de carácter regional y buscarán, ampliando el espectro de los acontecimientos, explicaciones más allá del juego político. Por último, se intenta revisar, como ya hemos indicado, todo el esquema por parte de los historiadores especialistas en los aspectos económicos y sociales. A este grupo pertenece nuestro autor, Norman Hampson, profesor de la Universidad de Manchester.

Por varios motivos hemos elegido este libro, y no es el menos importante el derivado de la nacionalidad del autor, ya que nos permite alejarnos de las polémicas que dividen a los historiadores franceses (Rudé, Soboul, Lefebvre, Labrousse, Godechot, Furet). Otro aliciente es la forma, novedosa, en la presentación del tema, que, aunque en principio afirma hacerlo en sentido puramente cronológico, deriva en realidad hacia una estructuración bastante original, no recomendable sin embargo para quienes por primera vez se asoman a este período histórico. Y no menos interesante resulta la amenidad del relato. Como el título anuncia, no se trata de una historia pormenorizada de todos los planos observables, pues deja bastante de lado todos los aspectos del ordenamiento político y de las relaciones exteriores, y no entra en asuntos psicológicos o personales de los protagonistas, que, por el contrario, siempre aparecen insertados en una dinámica de grupo, sujetos además a cambios de táctica y aún de objetivos.

En diez capítulos va desgranando la materia. Los dos primeros (''Francia en vísperas de la Revolución'' y ''La victoria de la aristocracia'') corresponden a la fase que con acierto Vicens Vives denomina ''La Revuelta de los privilegiados''. El punto de partida se sitúa en los inicios de la década de los ochenta (1782), cuando se hace evidente la tremenda crisis financiera de la monarquía, endeudada, entre otros motivos, por los gastos derivados de la guerra contra Inglaterra y a favor de los rebeldes norteamericanos. Llamado Calonne para solventar el problema, las soluciones por él aportadas (reforma tributaria ''por decreto'', en la línea del Despotismo Ilustrado que había seguido Maupou en el caso de la estructura judicial) no son asumidas por el rey, presionado por una aristocracia cada vez más poderosa en la Corte, y que temía perder su inmunidad fiscal; en efecto, las reformas de Calonne eran una verdadera ''revolución desde arriba'' en el más puro estilo absolutista, pasando de una consideración personal en la distribución de las cargas contributivas a una base territorial con independencia de la condición social o jurídica de sus poseedores. Era un golpe de muerte a los residuos del feudalismo; al desautorizarlo el rey (como antes pasó con Maupou), Luis XVI renuncia a seguir siendo monarca absoluto y cae en las redes de la aristocracia, ansiosa de conservar y ampliar sus privilegios y su presencia política (la defensa de las ''libertades'' del Parlamento y de los estamentos privilegiados pasarán por ser una vuelta a la auténtica ''constitución'' del reino, es decir, una vuelta al pleno feudalismo que tanto había costado cercenar a la monarquía). Precisamente el poder recaerá en el líder de la facción aristocrática, Brienne, arzobispo descafeinado y prototipo del noble anclado en sus privilegios. La urgencia de la situación le obligó sin embargo a intentar, por la vía de la generosidad, una aportación económica de la nobleza y el clero que acabó en chantaje a la monarquía, condicionando hipotéticas ayudas a efectivas medidas a su favor. Fracasado este segundo intento, pero con los problemas cada vez más vivos, el rey decide confiar en la pericia de Necker cual prestidigitador que ofrecía fórmulas tranquilizadoras. A pesar de ser bien recibido (ya había tenido una primera actividad al servicio de la Corona en el mismo puesto, antes que Calonne, y había mostrado ingenio en reducir con malabarismos contables el monto del déficit), se encontró de nuevo con la dura respuesta de los Notables, que, razonando con criterios apoyados en la tradición, pedían ya la convocatoria de los Estados Generales, pensando que su control sobre tal organismo les permitiría dar el golpe de gracia al despotismo ilustrado. Mientras tanto, un invierno terrible había producido una típica crisis de subsistencias que provocó las primeras manifestaciones de rebeldía campesina, que entre sus objetivos tenían la destrucción de bienes señoriales. La convocatoria de los Estados Generales, hecha poco después fue tanto una vía impuesta a la Corona como una esperanza de ésta para salir de la encrucijada. Y la conclusión que se extrae, siguiendo el relato de Hampson, es que todo se torció al destituir a Calonne, que había sido el más clarividente de los servidores de la monarquía y por ello, odiado en la Corte.

Todo el mecanismo formal de convocatoria y procedimientos de elección de diputados se hizo siguiendo el modelo del último de los conocidos (1614), salvo que se señaló Versalles como sede y se duplicó la representación del Tercer Estado. Desde el mes de mayo al mes de julio de 1789 la monarquía se va a ver en el dilema de seguir las sugerencias del estamento popular (voto por cabezas, nueva Constitución con sistema representativo) o ceder ante la presión de la aristocracia cortesana (refeudalización). En ambos casos, se acabó el Despotismo Ilustrado. La influencia del conde de Artois (hermano menor del rey, futuro Carlos X), jefe del partido nobiliario, se impuso, haciendo que el rey cometiera la torpeza de oponerse a las moderadas pretensiones de la burguesía. Es el momento de máximo triunfo de los privilegiados, que pronto tendrán que hacer frente a las consecuencias de su atrevida apuesta (control de París por los burgueses y nueva sublevación antifeudal en el campo); el 14 de julio es la fecha que marca para algunos el inicio de la Revolución, y la prueba de ello es que provocó la primera emigración, la de los nobles cortesanos más intransigentes, incluido el conde de Artois. La decisión del rey de plegarse a los hechos consumados vino también condicionada por la evidencia de que los estamentos privilegiados no eran compactos, sino que estaban formados por diversos escalones en su nivel económico y prestigio social: nobles de provincias (no cortesanos), jóvenes nobles de mentalidad reformista (Lafayette) o con graves problemas (Mirabeau), clero rural (Roux, Gregoire), eclesiásticos no vocacionales (Sièyes, Fouché, Talleyrand - éste, obispo -) cambiaron de bando y reconocieron a la nueva Asamblea Nacional, uniéndose a ella y creando así un nexo moderador en vistas al proceso que se iba a iniciar. Así, la revuelta de los privilegiados acabó con la monarquía absoluta pero también trajo consigo el fracaso de sus proyectos.

''La victoria del Tercer Estado'' (cap. 3), ''El fracaso del compromiso'' (4 $^{\underline{{\rm o}}}$) y ''La reordenación de Francia'' (5$\underline{o}$) se enmarcan en el llamado período constituyente, finalizado hacia el otoño de 1791. Es evidente que la Constitución de ese año y la Declaración de Derechos que le había precedido responden a un consenso entre monárquicos moderados y la burguesía, y su consolidación habría sido un punto final de convivencia política estable; la Revolución habría acabado. Pero, como bien sabemos, no fue así, y el autor no distingue responsabilidades mayores en unos y en otras: el rey no vio más que los aspectos negativos del nuevo orden, pero por otro lado tenía justificados motivos para desconfiar del respeto hacia su persona y hacia su función por parte del pueblo parisino (traslado a las Tullerías, asalto de éstas) y de los dirigentes políticos. La generosa renuncia aristocrática de agosto de 1789 no se tradujo en la efectiva eliminación de los derechos feudales; la burguesía, a su vez, tenía que demostrar por un lado su sincero deseo de cerrar el ciclo revolucionario pero también, por otro, necesitaba controlar el ardor y el radicalismo de sus sectores más avanzados, que se iban haciendo cada vez más fuertes en el Ayuntamiento y en las secciones de distrito de la capital (''sansculottes''). Algunos Clubes (cordeleros, jacobinos) se mostraban francamente contrarios a la monarquía y deseaban llegar más lejos. La Constitución Civil del Clero y la desamortización de sus bienes crearon al rey un problema de conciencia que le hizo enfrentarse de modo abierto con la Asamblea, sin con ello evitar tales medidas. Parece que fue entonces cuando Luis XVI, antes remiso al camino de la fuerza en contra del nuevo orden, opta por considerarse al margen de él y se inclina por la contrarrevolución (cartas a los monarcas europeos, huida a Varennes). Como además los problemas económicos (los del gobierno y los del abastecimiento de la población) lejos de haberse mitigado, continuaban agravándose, el clima social sirvió de fermento a una mayor radicalización de la base revolucionaria. De este modo, apenas aprobada la Constitución, se había convertido ya en un instrumento inservible. El compromiso entre la monarquía y el Tercer Estado quedaba roto, y las responsabilidades también compartidas.

Esta ruptura da el poder a los republicanos, es decir, a la izquierda del espectro anterior. La nueva asamblea, la Convención, presenta (1792, septiembre) una distribución singular (Montaña, Llanura, Pantano); todos son republicanos, pero se perfilan diferencias: jacobinos y cordeleros forman el grupo más izquierdista (''Montagnards''), con su base social en las secciones de París. El resto ocupa los otros dos sectores de la cámara, pero pronto se perfilan como grupo dirigente de mayor empuje los girondinos (de procedencia bordelesa), que tenían por tanto una visión menos condicionada por los intereses de la capital. En principio, todos van a colaborar en la nueva Constitución (que nunca se aplicó), republicana, democrática y de carácter parlamentario; también habrá una legislación compartida de tinte modernizador (calendario, sistema métrico decimal) con diversa suerte; no hubo desacuerdo en hacer frente a las amenazas exteriores a partir del momento de la suspensión del poder del rey (1792) y de su ejecución (enero de 1793), pero la guerra fue una iniciativa un tanto imprudente de los girondinos, que contrasta con su intento de salvar la vida del rey. Todo ello replantea el escenario: los girondinos son la nueva derecha, la guerra - poco afortunada al principio - trae consigo sospechas de traición, el esfuerzo bélico exige nuevos gastos, que se traducen en una inflación cada vez mayor (los ''asignados'', lejos de ser retirados, se convierten en el procedimiento más fácil de financiar la guerra), lo que provoca una nueva crisis de subsistencias cuyas víctimas serán los campesinos y el proletariado urbano. Si el ''Viraje'' (Cap. 6) representa el fin del primer proyecto constituyente, la ''División de los republicanos'' (cap. 7) evidencia la imposibilidad de consolidar un segundo intento, más abierto y radical, con una doble dialéctica: lucha política dentro de la Convención (girondinos contra jacobinos) y lucha político-social entre la Convención, los ''sansculottes'' parisienses y los habitantes del resto del país (bretones, lioneses, marselleses). Leyendo a Hampson da la impresión de que la Convención estaba constantemente sometida a las presiones, a la iniciativa, de esas últimas: necesidad de aplastar, al norte sobre todo, la reacción vendeana, contemporización permanente respecto a los ''sansculottes''; en una primera fase se observa que la asamblea se presenta unida frente a los brotes reaccionarios, pero discrepa en el modo de atender las reivindicaciones del pueblo de París, cada vez más exigente: jacobinos y ultrarradicales hacen causa común y aprovechan su ascendiente sobre las secciones para ganar terreno en su lucha, más personal que ideológica (cree el autor) con los girondinos. Por el momento, la asamblea conservó su autonomía de decisión y se opuso casi sistemáticamente a las peticiones populares (ley del ''máximum'', curso forzoso de los asignados, ejército revolucionario de retaguardia); pero a la larga, la posición de los girondinos se fue debilitando y cedieron parcelas de poder a sus rivales, más hábiles en atraerse a los diputados no alineados de la Llanura. Y tras un año de lucha por el poder, la Montaña lo va a controlar al hacerse con los ''Comités'' antes de finalizar 1793, y mantendrá la hegemonía hasta los últimos días de julio de 1794 (Thermidor).

''La precaria victoria de los sansculottes'', es decir, el Terror, significa que Robespierre y sus aliados imponen por fin una política en la que los valores de libertad y propiedad, vigentes en teoría, se subordinarán a la voluntad general, siguiendo las tesis roussonianas. Con el triunfo, Robespierre tiene sin embargo que establecer nuevos límites a la revolución, pues la marcha victoriosa en el exterior, lejos de apaciguar los ánimos y relajar las reticencias, dio a las fuerzas radicales un impulso mayor y más agresivo; tampoco las subidas salariales y una mejora en el poder adquisitivo sirvieron de factores de amortiguamiento. Los ultramontanos, antes aliados del grupo cordelero-jacobino, van a ejercer ahora el papel que antes habían asumido los actuales gobernantes frente a los girondinos; Roux, Gregoire, Marat, Hebert y Babeuf lideran sucesivas intentonas populares en las que es difícil averiguar si son arrastrados por las masas o las manipulan en su favor. La respuesta escinde al grupo dirigente desgajándose una derecha que intentaba buscar un entendimiento con otras fuerzas estabilizadoras; Robespierre barrerá sin contemplaciones este conato (ejecución de Danton y Desmoulins) acusando a sus líderes de traición. La misma acusación (hacer el juego o estar al servicio de los intereses contrarrevolucionarios) esgrimirá frente a la ultraizquierda (suben al cadalso - a su debido tiempo - Roux y Hebert). Con los ''sansculottes'', sus principales partidarios, adoptarán una actitud de independencia en los principios (rechazo del ateísmo o de las burdas mascaradas antirreligiosas) y también en las medidas económicas (el ''máximum'' de precios desaparece de hecho mientras el de salarios se mantiene y refuerza); cada vez esta política de ''palo a la derecha, palo a la izquierda'' reduce más el consenso político; los jacobinos, como antes los republicanos y más allá los constitucionalistas, se han dividido y nadie, salvo los incondicionales del dictador, se siente seguro. Por ello, el golpe vendrá de los mismos jacobinos amenazados (Fouché, Tallien, Barras), no ha mucho famosos revolucionarios dados a un empleo intenso de la guillotina en Lyon, Burdeos y Marsella. El éxito, aún precario, de la rebelión parlamentaria se consolidó cuando los ''sansculottes'' permanecieron pasivos viendo a su antiguo ídolo camino del patíbulo; al fin y al cabo no les había privado de sus dirigentes más populares? No había hecho caso omiso de sus peticiones económicas? El fin de Robespierre y el fin del protagonismo ''sansculotte'' (hasta 1848, según Hampson), pero también el doble fracaso de la política de principios y del oportunismo.

Y aquí concluye Hampson la Revolución. Todavía tardarán un año los thermidorianos en desmontar el sistema anterior y arbitrar uno nuevo desprovisto de cualquier otro objetivo que el de permanecer en el poder, cada vez más dependientes de la fuerza militar. Es la liquidación de la revolución en beneficio de un ''aventurero afortunado'', Napoleón.

Un último capítulo analiza las consecuencias. Tanto las positivas como las negativas ya las hemos adelantado, pues coincide la enumeración exhaustiva de unas y otras, Con qué balance? Como buen inglés parece que se decanta por un mayor peso de los elementos negativos, sobre todo en función de la posterior trayectoria de la sociedad francesa, dividida hasta el presente más en espíritu que en asuntos económicos. Con ello se puede considerar como el precursor de la corriente revisionista actual.


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