Desarrollo, revolución industrial y capitalismo son términos equivalentes para el historiador; los tres hacen referencia al gran momento en que la Humanidad da el gran salto desde el uso de energías de bajo rendimiento a las de alto poder calorífico, hace del ahorro un instrumento dinámico para la inversión, transforma las infraestructuras de transporte y se lanza a una carrera de innovaciones mecánicas que aumentan considerablemente la capacidad productiva. Pero también, cada uno de esos términos suele reflejar una perspectiva determinada al ser elegidos por separado; en el primer caso, el centro de interés está en encontrar el momento del despegue y los factores concretos que lo determinan; como es además el concepto relativamente reciente, surgido en función de los contrastes entre un mundo ya industrializado desde hace dos centurias y otro que intenta sumarse en la actualidad al mismo proceso, no existen, o son escasos, los libros dedicados al estudio de las secuencias que llevaron a los países europeos por los caminos del crecimiento a partir de las economías preindustriales, y ése es también el caso de España. Cuando, por otra parte, es la Revolución Industrial el marco asumido, el protagonismo lo adquieren el equipamiento tecnológico y los problemas sociales que conlleva. Por último, cabe situar en el centro de la óptica historiográfica las novedades relacionadas con la presencia de un volumen de capital, acumulado en la fase anterior por hombres salidos del mundo empresarial no productivo (comerciantes), que ya habían ensayado en la agricultura una primera forma de empresa capitalista productiva. Aunque parezca extraño, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX no existían en España libros que abordaran tampoco estas dos orientaciones, salvo en el contexto de estudios generales de la época contemporánea o en obras de historia económica de España (como en la conocida de Vicens Vives). Hoy, afortunadamente, disponemos de ambos, y sus autores son también hombres de la Escuela de Barcelona: Jordi Nadal y Gabriel Tortella.
Los dos libros (''El fracaso de la revolución industrial en España'', y el que aquí comentamos), sintonizan plenamente en el diagnóstico que tan claro aparece en el título del primero. Sin embargo, es éste, sobre los orígenes del capitalismo español, el pionero en el análisis de las causas de ese fracaso relativo (al fin y al cabo, la industrialización llegó, pero su trayectoria no es comparable a la de las grandes potencias europeas. En todo caso, y a nivel mundial, España ha ocupado y ocupa en la actualidad una situación envidiable, casi milagrosa si repasamos los errores y las deficiencias con que chocó nuestra modernización, no del todo superadas todavía).
Las tesis de Tortella y Nadal son, pues, concordantes, y se pueden
resumir de esta manera: después de una prometedora etapa de cambios en la
línea reformista europea del Despotismo Ilustrado dieciochesco, una
serie de causas van a separarnos de los ritmos seguidos por el resto de
países avanzados:
1
una estructura social desigual y rígida;
2
: los obstáculos naturales del medio; y
3
: la pérdida de la mayor parte del imperio colonial
ultramarino.
El ejemplo inglés, tras la independencia de sus colonias
americanas, nos demuestra que el primer factor era superable, y sólo la
miopía política - largo período de ruptura de relaciones con los
antiguos dominios - lo convirtió en una realidad negativa. El segundo, de
mayor envergadura, era un inconveniente serio tanto para la creación de
un mercado amplio como para la fluidez de las comunicaciones; pero eso
mismo iba a resultar un estímulo al ser precisamente la revolución
industrial la desencadenante de transformaciones decisivas gracias a la
aparición del ferrocarril, como se demostró en los Estados Unidos. Nos
queda así como principal inconveniente el fardo histórico, asunto en el
que se entrecruzan varios inmovilismos (religioso, social, político,
económico), creadores de una mentalidad reacia a los cambios; la
Revolución Francesa y su incidencia en España (Guerra de la
Independencia) serán oportunidades aprovechadas por esa mentalidad para
eliminar las novedades surgidas bajo el reformismo borbónico; la etapa
siguiente, salvo el breve paréntesis del Trienio Constitucional, estará al
servicio de la misma causa (se veía con horror en los círculos
oficiales cualquier proyecto de tendido ferroviario, por ejemplo) y, mientras
nuestros vecinos utrapirenaicos comenzaban su despegue firme en los años
treinta, aquí se desarrollaba una feroz y destructiva guerra civil que
sepultó enormes cantidades de capital y torció el significado de la reforma
agraria. Victorioso el bando liberal, la facción moderada en el poder
desconfía del pleno liberalismo económico - reducido al campo
progresista - y no se cansará de poner trabas a la articulación de una
economía abierta.
Cuando España se una a la carrera, a partir de los años cincuenta, elegirá un camino equivocado priorizando por encima de todo la construcción de la red ferroviaria, cuyo núcleo principal se terminó en 1864. La rapidez con que se realizó exigió un esfuerzo financiero considerable, pues el coste por kilómetro era muy superior al de la media de los demás países europeos. El estado asumió el proyecto como asunto propio aportando mediante subvenciones generosísimas gran parte del gasto (mientras en Inglaterra todo corría a cargo de la iniciativa privada). Una propaganda muy efectiva encauzó los capitales nacionales y extranjeros en esa dirección, y, siendo los primeros muy limitados, abandonaron la tendencia hacia las inversiones industriales, menos especulativas y de rentabilidad a medio o largo plazo.
El fundamento de unos y otros, Estado e inversores particulares, consistía en una hipótesis razonable que, por desgracia, resultó falsa: la red ferroviaria, al contrarrestar las deficiencias naturales de las comunicaciones y permitir la existencia de un sistema de transporte más barato y rápido, crearía una demanda mayor para los productos industriales, y, con ello, se induciría a ese sector a un mayor crecimiento. Pero, una vez en funcionamiento las líneas principales, se vio que tal demanda no existía, por falta de poder adquisitivo del medio rural; pobre densidad de población y la falta de mercados urbanos en las rutas elegidas se añadían como respuestas complementarias. Mientras se estaba aún construyendo la red, el espejismo derivado de los beneficios inmediatos (subvenciones por kilómetro construido) hizo de las acciones ferroviarias objeto de amplia acogida que las sobrevaloró; una vez enfrentadas las nuevas compañías con la explotación de las líneas, a pesar del alto precio de los billetes, apareció el déficit y con ello el derrumbe de las cotizaciones y quiebras; dos años más tarde, una crisis general a escala europea agravará más todavía la situación en España, prólogo económico de la revolución de 1868.
Las medidas adoptadas por el nuevo régimen estarán en consonancia con el liberalismo de los vencedores - progresistas y demócratas -: librecambismo, desregulación de las actividades financieras o industriales, nueva fase desamortizadora. Pero una vez más la buena voluntad y la ortodoxia cedió el paso a problemas de carácter político y militar (guerra carlista de nuevo, caos administrativo, inestabilidad de los regímenes revolucionarios). Con la Restauración, volverá a imponerse la filosofía del moderantismo y se optará por el fácil recurso al ''proteccionismo arancelario''.
Capitales, ferrocarriles e industria, son, por tanto, los puntos centrales que precisarán de un análisis pormenorizado. En realidad, el mismo autor manifiesta su primitiva intención de restringir su estudio al primer apartado, pero la propia dinámica de la investigación le llevó a ampliar su campo de atención a pesar de lo cual hay que reseñar que más de la mitad de la obra trata prioritariamente de los aspectos financieros, que tienen su punto de partida en la creación del Banco de San Carlos, durante el reinado de Carlos III. Este primer banco nacional, surgido tardíamente a imitación de los ya veteranos de Amsterdam e Inglaterra, tiene con este último una mayor similitud de origen por responder a las exigencias de liquidez del Tesoro, debido a los gastos derivados de la guerra contra la misma Gran Bretaña y en apoyo de los rebeldes americanos; de este modo se convirtió en un medio para financiar el déficit público con la emisión de vales reales. El marasmo de las luchas antirrevolucionarias y de la Guerra de la Independencia desprestigiaron al banco y a sus billetes pero el procedimiento era demasiado tentador para ser abandonado, y así aparece más tarde el Banco de San Fernando para ejercer la misma función con mayores expectativas de éxito, que no se cumplieron debido a una nueva fase de urgencias presupuestarias durante el período de guerras civiles; saneado en parte gracias a Ramón de Santillán, en perpetua liza con los ministros de Hacienda de turno (él también pasó por el cargo como un relámpago), se encontrará ante un nuevo obstáculo cuando la habilidad política de Salamanca provoque la fusión del viejo banco con el casi quebrado de Isabel II, hasta entonces de capital privado y de trayectoria en exceso especulativa al servicio del citado banquero. La ambigüedad de sus estatutos no creaba un verdadero banco nacional y sus relaciones con el Tesoro se paliarán en los años del sexenio revolucionario cuando Echegaray lo transforme en un banco de España con el monopolio de emisión de billetes, pero habrá que esperar a 1894 para que se homologue a los demás bancos centrales europeos mediante nuevos estatutos y una plena autonomía.
La estructura bancaria privada - bancos de emisión y comerciales - apenas sí existía a principios del siglo XIX. Sólo el banco de Barcelona y el de Cádiz (antigua sucursal éste del de San Carlos) llenan el hueco, y, a pesar de que pervivieron hasta los inicios del siglo XX su trayectoria no es muy boyante y su papel de financiadores de la industria es casi nulo, ya que, en su mayor parte, destinaban sus recursos a la compra de deuda pública. Además, la legislación restrictiva en materia de sociedades anónimas (común a otros países europeos) hacía difícil la presencia de una banca privada de más amplios vuelos. Y la ley de 1848 - tras la crisis general de los años anteriores, que creó un verdadero pánico a escala continental - aún hizo menos visible ese camino. Por contra, a partir de 1856 se abren nuevas posibilidades para otro tipo de establecimientos de crédito, las Sociedades así llamadas a imitación de Francia, donde estaban alcanzando enorme auge; se trataba de lo que hoy llamaríamos bancos industriales, que también eran de depósitos para captar el ahorro nacional. Sin embargo, las más potentes de estas sociedades (Crédito Mobiliario Español, Sociedad Española Mercantil e Industrial y Compañía General de Crédito) eran iniciativa de banqueros franceses, los Pereire, Rothschild y Prost respectivamente, con inversores españoles asociados en forma minoritaria, aunque incorporando a los consejos de administración a políticos, militares y aristócratas influyentes. Son estas sociedades las que financiarán y de hecho controlarán las compañías ferroviarias (Caminos de Hierro del Norte, M.Z.A.) beneficiando así de paso a los proveedores de materiales foráneos. Habría que consignar, no obstante, que los Pereire intentaban crear un verdadero imperio industrial que partiendo de los ferrocarriles, desarrollara la industria minera de Asturias y León y permitiera la instalación en la ruta Madrid-Norte de una cadena de factorías siderúrgicas; lástima que las expectativas en exceso optimistas de los recursos hulleros no se vieran confirmadas en la realidad, determinando una concentración de inversiones no rentables. En contraste, fueron inversionistas nacionales los creadores de sociedades de crédito en Cataluña y Valencia (Catalana General de Crédito, Sociedad Valenciana de Fomento, luego Sociedad Valenciana de Crédito y Fomento desde 1859, dirigida por José de Campo, el más importante financiero valenciano de siglo XIX), y también a ellos se debe la iniciativa en el tendido ferroviario de ambas regiones con sustanciosos beneficios. Las leyes liberales de 1855 permitieron también la creación de bancos en Bilbao y Valladolid; el primero, aún existente (BBV) reunió capitales precedentes de los beneficios de la minería vizcaína y sirvió para financiar la vía férrea de Tudela a Bilbao, cuya quiebra posterior no afectó seriamente al banco. El segundo parecía indicado para captar el ahorro de esa zona triguera, ahorro que hasta entonces estaba ''enterrado'' sin función productiva; mucho costó aflorarlo, pero quienes accedieron a situarlo en el banco se vieron defraudados por los administradores, cuya actuación fue de lo más corrupta.
A un período de ''vacas gordas'' (1856-1864) sucedió otro de ''vacas flacas'' (ya mencionado) que se prolongará durante más de diez años. La mayoría de los bancos entraron en crisis, así como también las sociedades de crédito; el monopolio de emisión del banco de España añadió dificultades al prohibirse tanto la emisión de billetes como de obligaciones a corto plazo que de hecho tenían la misma consideración. De ese modo, el sistema crediticio español seguía, a finales de siglo, tan endeble como antes, incapaz de asumir las adecuadas responsabilidades de financiación de una economía moderna.
La trayectoria de la industria no está, por todo ello, muy ligada al sistema bancario. Baste decir que el total de inversiones en este sector estuvo muy por debajo de las asignadas - públicas y privadas, nacionales y extranjeras - a los ferrocarriles, cuando, en el caso de la Gran Bretaña éstas representaban sólo una tercera parte y eran exclusivamente privadas y nacionales. Aun así, Cataluña inicia el siglo con una potente industria textil que por desgracia sufrió las consecuencias de los destrozos de las guerras (Independencia y Carlista); hacia los años treinta se rehace y adquiere tecnología nueva (los Bonaplata compran en 1832 la primera máquina de vapor, poco después destruida por un movimiento ludita), pero no de un modo generalizado; el proteccionismo moderado hizo innecesaria la modernización, con lo que perdió la posibilidad de ser competitiva a escala internacional; más tarde, en los años sesenta, la Guerra de Secesión trajo consigo la disminución de la materia prima importada produciendo una crisis que pronto empalmó con la de los ferrocarriles y la crisis cíclica general; la consecuencia fue el hundimiento de parte de esta industria minifundista (a excepción de la España Industrial y otras dos, el resto eran casi artesanales). Las medidas liberalizadoras de la revolución de 1868 (impulsadas por el catalán Figuerola) no hicieron sino agravar el problema, que se resolvió, sin renovación tecnológica, con la vuelta al proteccionismo.
Excepto el caso de Madrid, sede ''política'' de gran número de empresas, el mapa industrial de España se completa con dos pequeñas áreas; una, la de Vizcaya, con otra más pequeña en Asturias, anuncia el norte industrial, pero aún es precaria su capacidad productiva siderúrgica, pese a la existencia de varios altos hornos (en 1864 el total de hierro colado producido por todos los altos hornos españoles fue de 50.000 Tn., frente a los cerca de seis millones de Inglaterra y un millón de Francia). Sorprende que la otra zona sea la provincia de Málaga, donde existían dos altos hornos aprovechando las minas de hierro cercanas, pero con dificultades de combustible, en general vegetal y por ello de precio casi prohibitivo; y aún es más desconocido el hecho de que también allí estuviera radicada una importante industria textil; una y otra hicieron de esa provincia una de las pioneras en la industrialización del país, fracasadas ambas a pesar de la presencia de hombres de empresa poderosos y decididos (los Heredia, Larios...).
El balance ya ha sido anunciado de antemano, pero no estaría de más recalcar, como lo hace el autor, el papel casi siempre negativo del Estado, más perturbador que promotor de la industrialización, en unos casos por apremios de tipo militar (no siempre necesarios), en otros por simple ignorancia e incompetencia de los políticos de todo signo. Si es verdad que los ferrocarriles absorbieron gran parte de las inversiones, al fin y al cabo se trató de la creación de un bien que a la larga incidió favorablemente en el abaratamiento de los transportes y el aumento de la demanda. Pero los capitales dilapidados por el Estado representaron un monto superior y contribuyeron a mantener unas estructuras administrativas inadecuadas.