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Lucas MALLADA: LOS MALES DE LA PATRIA Y LA FUTURA REVOLUCION ESPAÑOLA

Creo que la primera vez que supe de este libro fue leyendo el comienzo de la ''Estructura económica de España'' de Tamames, obra que merece comentarios admirativos de excepción, verdadera culminación sistemática y rigurosa de balbuceos seculares. Es la pobre dotación en infraestructuras naturales que nuestra Península tiene lo que nos remite a la inicial valoración hecha, desde la perspectiva de un ingeniero, por Mallada. Y en eso no hay materia opinable, pues los datos, las realidades, son contundentes.

Una vez establecido este nexo, convendrá también una ligera referencia a opiniones menos objetivas, fruto de observaciones rápidas y de comparaciones no siempre correctas, que una serie de viajeros extranjeros (prototuristas) emitieron desde finales del XVI y hasta el siglo pasado. En ellas también se resalta la pobreza del paisaje español, siempre con la excepción de las huertas levantinas (como en las ''Memorias'' de Casanova), pero se evidencia mucho más el asombro ante las malas infraestructuras de responsabilidad humana (carreteras, posadas, carruajes...). A ello se une por otra parte una cierta prevención ante los lugareños (torvos, míseros y pasivos), y el absoluto control de mentalidades, actitudes, costumbres o rutinas en manos del clero, sobre todo del regular, al que se achaca sin compasión muy baja calidad intelectual y demasiada afición a las supersticiones (el escándalo es preocupante si tenemos en cuenta que los viajeros son católicos o anglicanos en su mayoría, es decir, no venían de otra galaxia religiosa). Simultáneamente, en la propia España, una pléyade de arbitristas veían otra dimensión de esa nefasta realidad: la mala política de los gobiernos, a los que reprochaban, más que a otros factores, la decadencia del país.

Qué había sucedido con un territorio, la vieja Hispania, tan alabado en la Antigüedad por sus recursos, florón y granero de Roma, lugar escogido por los visigodos tras dos siglos de migraciones a lo largo de toda Europa? No fue real la vitalidad que demostró a lo largo de siglo y medio (XV-XVI), convirtiéndose en la avanzadilla de la Civilización Occidental e iniciando la expansión planetaria de ésta?

Parece que, mientras los gobiernos seguían haciendo una política de gran potencia a escala mundial, las nuevas realidades jugaban en contra de España; lo que aquí se despreciaba como vil materialismo (y no había de qué comer) se fue abriendo paso en otros lugares corrigiendo a la naturaleza mediante una técnica cada vez menos rudimentaria, permitiendo a los ciudadanos una mayor autonomía en sus fines, haciendo respetable el trabajo y, de vez en cuando, atentando contra la sagrada institución real. El foso se fue ensanchando, y, tras el espejismo del reformismo borbónico, la vieja España resurgió y se atribuyó la victoria sobre el francés (''preferimos una España miserable antes que francesa'', decía más o menos un panfleto de la época). Quienes después intentaron reconducirnos hacia los nuevos valores implantados en Europa Occidental sólo triunfaron en apariencia, por la fuerza militar, montando un Estado liberal fantasmagórico, corrupto, incompetente e inestable, vigilado e intervenido por las bayonetas y sin un sustrato humano extenso que sintonizase con la mentalidad de más allá de los Pirineos.

No había más remedio que hacer todo este preámbulo, pues creo que es el marco en el que se hace comprensible el libro de Lucas Mallada. Quienes le increparon y tildaron de pesimista lo hicieron porque no eran conscientes de que el mundo había cambiado mucho desde los ''laudes Hispaniae'' y que el hombre podía hacer milagros para mejorar sus condiciones de vida y no sólo esperarlos de instancias sobrenaturales para salir de la miseria personalmente. Lucas Mallada tenía razón a finales del XIX, en el contexto de la época, como San Isidoro tenía razón en el VI al loar a su tierra. La Civilización Occidental, al acrecentar el desarrollo técnico, ha hecho ver pobreza donde otras culturas ven la eterna condición humana de la que es casi un pecado salir.

Si Lucas Mallada hubiera comparado a España con Africa o la mayor parte de Asia, es posible que hubiera destacado los aspectos positivos que habían llevado a nuestro país a ser más próspero que los de aquellos continentes. Pero lo hace con las naciones más adelantadas, y, en consecuencia, no puede eludir ver a la suya a la cola de todas las estadísticas. Y su pesimismo no es sólo por la realidad que observa (que nadie podrá desmentir con datos), sino porque no ve señales de cambio; todo lo más, un tanto únicamente, al final, confía en que las generaciones posteriores lo asuman (de ahí la segunda parte del título, que de hecho nunca se cita).

La obra fue publicada en 1890. Han pasado más de cien años. No le afectan, por tanto, desastres como el del 98 (profetizado) o la Guerra Civil de 1936. Ahora veremos, con la perspectiva que él no tuvo, si era o no un catastrofista.

La infraestructura física no ha cambiado, como es de rigor, pero las mejoras que el hombre ha introducido en ellas en el último siglo (regadíos, recursos hidráulicos, reforestación, comunicaciones) hubieran confirmado el pesimismo de nuestro autor. La agricultura y la ganadería siguen estando bastante lejos de la media europea comunitaria, y su futuro es aún peor que su pasado. Sólo se ha mejorado en la educación de los campesinos y en el mayor acercamiento a los ámbitos urbanos. Pero si hoy no emigran como entonces en cantidades que proporcionalmente alcanzarían las cien mil personas al año es porque no hay una América que les dé esperanzas.

La industria y el comercio son el mejor activo que podemos ofrecer al redivivo Mallada, pues, aunque tarde, hicimos nuestra revolución industrial. Mas quizá nos reprocharía la baja productividad y la falta de un adecuado aprovechamiento de los recursos mineros. A pesar de todo, al menos, se llevaría una alegría al presenciar una manifestación sindical en demanda de trabajo.

Sin embargo, creería vivir todavía en su época al percatarse de la mentalidad del español de hoy. Esa inmoralidad que reprochaba a sus contemporáneos y que ahora llamamos corrupción sólo ha cambiado de nombre para evitar connotaciones religiosas; no existe espíritu cívico ni sentido de la responsabilidad social; las frases ''lo que hay en España es de los españoles'', ''pleitos tengas y los ganes'' (maldición gitana por antonomasia), ''quien trabaja para el común no trabaja para ningún'' y otras que ya circularon en tiempos de nuestros bisabuelos son aún de uso corriente. La corrupción se asienta, como entonces, por duplicado en la sociedad y en la Administración y se alimentan y justifican mutuamente. En fin, los años ochenta del presente siglo no tienen parangón más que con ciertos momentos de especial desarticulación social, y, en el caso del Estado sólo se puede comparar, y perdiendo, con la época del duque de Lerma o con los mismos ochenta del siglo pasado, largo período de gobierno de Sagasta (corrupto confeso).

La última parte del libro tiene vocación de permanencia para explicar la actuación de los partidos políticos. Creo que se podría reproducir, tal cual, con sólo cambiar los nombres de los partidos y los líderes. La prensa podría, todos los días, reimprimir esas pocas páginas como si fueran del momento (escribo en el verano de 1995, apoteosis del rufianismo político). El paralelismo entre las dos fases finiseculares es tremendo y únicamente desde la desvergüenza se puede negar: en ambos casos, un partido político chantajea a la Corona, a la sociedad y al sentido común empleando las palabras más nobles del vocabulario para esconder las actividades más espurias; la democracia como premisa mayor del cohecho, la prevaricación y el saqueo de los bienes del Estado; y, en la retaguardia, el argumento, que también Mallada anota, de los delincuentes: ''todos lo hacen''. La dignidad de la democracia y la de los ciudadanos honrados es así burlada y no sólo perseguida como en los gobiernos dictatoriales. La persecución fortalece a lo que es digno, pero cuando los estafadores se revisten con los ropajes de la virtud cívica ésta ha dejado de ser elemento básico de cohesión y referencia social, ha dejado de ser una creencia en sentido orteguiano y se convierte en una trampa para ilusos. En su tiempo Lucas Mallada veía atisbos de regeneración en el otro partido, el conservador, más homogéneo aunque con muy inferior ''pedigree'' democrático. Los hechos, a la larga, no le dieron la razón y, por el contrario, fue el otro partido, el desahuciado, el que estuvo a punto de encontrar el camino, pero el atentado mortal contra Canalejas lo impidió. Y a Maura, la esperanza de la derecha, lo bloquearon los propios intereses del sistema.

Lucas Mallada, como Joaquín Costa y otros regeneracionistas (nuestro autor, ''avant la lettre''), han sido incluidos entre los ideólogos de las dictaduras españolas del siglo XX. Es probable que un Lord Beveridge o un Harry Hopkins, si hubieran sido españoles, también hubiesen sido catalogados del mismo modo. Ellos, sin embargo, siempre pusieron por encima de cualquier otro contenido de progreso el que llevara al ciudadano a vivir con más dignidad material y social y a alcanzar mediante la educación una mayor conciencia de sus responsabilidades.

Queda otra duda a despejar: Creía Mallada en los ''caracteres nacionales''? En la época en que escribió era difícil sustraerse a paradigmas generalizados (almas nacionales, tipos humanos lombrosianos, racismo pseudocientífico). Le gusta mucho emplear la palabra ''patria'' en un sentido que hoy nos parece excesivo. En algún momento se decanta, o así se podría interpretar, por considerar las diferencias peculiares como fruto también del atraso y de la falta de instrucción, pero sólo hace referencia a ello cuando trata de las regiones y las comarcas. Me temo que en este punto Lucas Mallada participa del mito organicista nacional; no obstante, y ahí está su penitencia, se siente avergonzado de él; le ha tocado ser español, como decía Cánovas, ''porque no podía ser otra cosa''.


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