Durante más de sesenta años el tema del fascismo ha pertenecido al debate político vivo, no al campo del historiador. Desde los orígenes del fenómeno hasta principios de los años ochenta era el necesario concepto antitético del marxismo y servía para definir, con fluctuante amplitud según los tiempos, a las fuerzas políticas, ideas y actitudes discordantes con la perspectiva marxista-leninista, es decir, bolchevique. En determinados momentos se incluyó también como integrante al socialismo democrático (socialfascismo), pero con casi absoluta continuidad a todo el espectro de centro derecha. En la antigua Unión Soviética los ideólogos del Partido Comunista reflejaban de oficio la línea marcada por el máximo dirigente de acuerdo con los intereses de la política exterior rusa, y el impacto de sus planteamientos no transcendía con carácter apodíctico al resto del mundo intelectual.
Más influencia, y claramente decisiva, han tenido las ideologías de Occidente a lo largo de todo este período. Si bien la dialéctica Este-Oeste a partir de 1945 imponía la aceptación de sistemas liberal-democráticos en el área de control norteamericano, la mayoría de los intelectuales (filósofos, profesores, periodistas) europeos y no pocos yanquis veían en el comunismo la culminación del proceso democrático, la realización final de los principios de igualdad y libertad. Cuando algunos discrepantes, como Raymond Aron, insistían en lo antitético de tal supuesto, sus palabras eran desautorizadas por la inmensa mayoría de sus colegas en la universidad y la prensa; no tenía nada que hacer frente a Sartre, su antiguo condiscípulo siempre presto a buscarle la yugular. Por supuesto que la discrepancia era prueba de defensa del fascismo.
Este dominio del campo ideológico por parte de los pensadores marxistas a nivel casi planetario llegó a su apogeo en los años sesenta y setenta; en el primer caso, la guerra del Vietnam demonizó a los Estados Unidos (aunque curiosamente no a Kennedy, su impulsor); Johnson y sobre todo Nixon se convirtieron en prototipos redivivos de Hitler; la animadversión hacia el último (''Dick el Tramposo'') superó cualquier nivel razonable y se hizo clamorosa cuando, cogiendo a todo el mundo con el pie cambiado, normalizó relaciones con China popular y tres años después acabó con la guerra indochina. En los años setenta la imagen del fascismo se instaló en la agonizante España franquista; a nadie con instinto de conservación se le ocurría negar la ecuación franquismo-fascismo, fundamentada, por encima de todo, en el anticomunismo impertérrito del viejo caudillo.
Con el derrumbe implosivo del socialismo real a partir de 1989 se produce un viraje asombroso, aunque anunciado años antes en España, en el planteamiento del tema. Los intelectuales se apuntan al nacionalismo emergente allí donde podía socavar las estructuras estatales amplias y en su mayoría ya consolidadas, como si las nuevas unidades ''naturales'' de comunidad política fueran el marco adecuado para realizar los ideales que antes tenían al planeta como punto de referencia. Y el enemigo sigue siendo el mismo: el fascismo. Este ahora es el referente de las fuerzas reaccionarias que se oponen a la libre autodeterminación de los pueblos, a la búsqueda de la identidad nacional desde la defensa de los Estados que no se ajustan a criterios étnico culturales.
Quienquiera que, a lo largo de estos años, haya estudiado la historia del siglo XX con un poco de honestidad, se habrá podido percatar de que todo el pensamiento político, en lo que se refiere al asunto en cuestión, se había divorciado por completo de la realidad, aun siendo ésta muy manipulable por los mismos historiadores. Para muchos, además, su propia experiencia vivida choca con los análisis de los influyentes comunicadores. Cómo salir del laberinto? Libros sobre el fascismo los hay desde el principio del fenómeno, pero, o son obras que lo explican desde dentro (como las de Gentile, Hitler, Malaparte y otros) o son ensayos de enfoques unidimensionales, especialmente sociológicos (Ernst Weber, Griffin, Felice) y reduccionistas, o, en el peor de los casos, se trata de descalificaciones doctrinarias cercanas a lo escatológico (en el sentido menos noble del ambiguo término). La urgencia de una clarificación desde el terreno de la historiografía desapasionada se hacía mayor cuanto que la nueva izquierda ha vuelto, como en los años treinta, a identificar como no democrático, es decir, fascista, al liberalismo político y económico. Naturalmente, lo democrático es el colectivismo económico y el colectivismo étnico, con énfasis especial en el segundo y moratoria expectante en cuanto al primero.
Payne lleva ya treinta años acercándose al tema, y no es ajeno a su interés su vinculación al estudio de la historia española del siglo XX. Sus libros sobre la Falange, la Revolución española, el régimen de Franco y la propia figura de éste han ido decantando la capacidad de análisis y comprensión de lo que es y no es concordante con el difuso término ''fascismo'', tan alegremente utilizado.
Por ello la aparición de su libro ''Historia del Fascismo'' ha coincidido con una necesidad perentoria de disponer de un estudio lo más completo posible desde el punto de vista historiográfico puro, que quizá sólo podía venir del mundo anglosajón, el menos ideologizado seguramente.
La lectura de la obra colma, en mi opinión, todas las expectativas: es sistemática, exhaustiva, rigurosa, amplia de perspectiva y de interés ascendente, si cabe, a pesar de su densidad y amplitud. Es un verdadero poso de información, con muchos peligros para paseantes distraídos. Y sin embargo el autor se mantiene siempre en un plano no valorativo, dejando que los datos y las distintas interpretaciones acumuladas queden en manos del lector.
Sin agotar, ni mucho menos, las posibilidades de abordar toda la temática desarrollada, resaltan dos características que acampanan al nacimiento del fascismo como movimiento típico del siglo XX: la reacción ante el marxismo y el ultranacionalismo. La primera no se debe entender, de entrada, por ''contra'', sino como condición necesaria; sin marxismo no hay fascismo; a partir de ahí el abanico de interpretaciones es casi infinito: socialismo nacional (herejía marxista), agente de la burguesía para impedir el triunfo del socialismo (tesis marxista-leninista), movimiento de clases medias para defender su ''status''. La segunda no tiene tales contrastes: todos los especialistas la contemplan del mismo modo, siguiendo literalmente el significado del término ultranacionalismo.
Esa consustancialidad entre pensamiento marxista (como replanteamiento o como rival revolucionario) y ultranacionalismo, descarta, para el autor, a la mayoría de los grupos políticos y regímenes autoritarios de derecha moderada o radical que, como en los casos de Salazar, Horthy o Antonescu, por ejemplo, en realidad se comportaron como valladades que impidieron la maduración del fascismo, situación que también se dio allí donde el poder militar era decisorio (caso de España). Por contra, se hacen evidentes las afinidades del fascismo nacionalsocialista con el comunismo soviético, cubano o rumano, con un sinnúmero de elementos comunes: importancia decisiva del liderazgo personal, capitalismo de Estado, violencia contra la oposición, persecución de minorías...
Apartados los regímenes autoritarios de derecha, el concepto de fascismo se reduce a dos modelos, el italiano y el alemán, en su doble dimensión de movimientos y regímenes establecidos. Según Payne no es casual que en ambos países se diera tal afinidad: se trata de países de nacionalismo tardío (1870), menos cohesionado por tanto que en otros lugares (Reino Unido, Francia, España), y por ello más necesitado de mitología vitalista; y, en segundo lugar, de países en rápida transformación económica y social, con estructuras más fluidas que en los de industrialización consolidada (Reino Unido) o atraso considerable (España, Rumanía). Vistas las similitudes, las discrepancias son enormes; hay un factor diferencial determinante: el nacionalsocialismo es substancialmente racista, el fascismo italiano no (ni tampoco antisemita, si queremos ser precisos); si bien es verdad que el acceso al poder fue muy parejo (vía coaliciones parlamentarias), el resultado tampoco es homologable en lo que se refiere a los límites del respeto al Estado de Derecho y a los derechos de los ciudadanos; en este sentido es mayor la semejanza entre nacionalsocialismo y estalinismo; por lo que hace a las medidas de intervención económica y de prestaciones sociales a raíz de la crisis del 29 los paralelismos con Roosevelt son innegables.
Bien es verdad que hay otro rasgo común, obligado: ambos perdieron la Segunda Guerra Mundial y por ello se hundieron sus regímenes; la derrota militar ha supuesto el factor decisivo de deslegitimación. Fascismo y nacionalsocialismo murieron y las condiciones que les permitieron surgir ya no existen en el mundo de posguerra. No es correcto, por tanto, aplicar ninguno de los dos términos para las dictaduras de la época de la ''guerra fría'', ''sensu strictu''.
El optimismo con que el autor parece zanjar la cuestión de la no pervivencia del fascismo genérico se nubla, sin embargo, al acercarse a los años noventa: grupos autodenominados neofascistas o neonazis, otros así definidos por sus detractores, regímenes ultranacionalistas, interclasistas y con casi permanente recurso a la violencia interna y exterior (Sadam Hussein, Gadaffi...), perfilan un panorama internacional preocupante, una vuelta a los valores irracionales, al fanatismo y a la mitología pseudorreligiosa. A lo que parece, si hay que volver a desempolvar el concepto de fascismo para definir estos nuevos movimientos y regímenes, tendremos que reconocer que, lejos de tratarse de una variante perversa de la modernidad (como el comunismo), el neofascismo la rechaza y pretende deshacer gran parte del camino iniciado con la Revolución Francesa: si el fundamentalismo religioso nos retrotrae a la Guerra de los Treinta Años, los micronacionalismos (balcánicos, postsoviéticos y de otros ámbitos más cercanos) parecen hundir sus raíces en plena Edad Media. La restricción de los derechos personales ya no es un sacrificio necesario para un mundo mejor ni una medida de emergencia ante la descomposición social: es el definitivo triunfo de la tribu sobre el individuo y la negación de los valores universales tan lentamente asumidos a partir del siglo XVIII.