El título, no muy afortunado, se refiere a la Segunda República (1931-1936), corto y debatido período de nuestra reciente historia que hasta ahora ha sido visto más con los ojos deformantes de las ideologías políticas que con la frialdad que exige su tremendo fracaso como proyecto de convivencia. El mensaje, en clave de ''cultura popular'' que desde la ''segunda democracia española'' - la actual - se ha generalizado, no en libros sino en debates, artículos de prensa y programas escolares, es que fue destruida por un levantamiento militar totalmente desprovisto de razones por su propia naturaleza cuartelera y derechista. Se diría que, cual nuevo medievo, los juglares retoman un tema diluido en la memoria colectiva, lo reelaboran y nos lo devuelven convertido en motivo épico, con héroes abatidos por la crueldad de las fuerzas regresivas. Cualquier parecido con esa visión está fuera de lugar. Por el contrario, asombra la prontitud con que desde el campo de la historia se va a abordar el estudio del fenómeno. Descartando la etapa de la guerra civil, que fue además epílogo necesario de la II República, ya en 1940 aparece una obra voluminosa, la de Josep Plá, irreprochable en estilo y rica en información; su sesgo condenatorio del régimen republicano no invalida la veracidad de los datos, que proceden de las fuentes más fiables y de un autor periodista no vulgar, bien situado para manejarlas.
Más tarde, después de una laboriosa etapa de preparación, se publica, entre 1956 y 1967, la obra homónima de Joaquín Arrarás, que todos hemos utilizado con la lógica precaución de no confundir la heurística con la hermenéutica. Es y seguirá siendo el soporte básico informativo para el estudio de la Segunda República, con todas las salvedades que nuevas aportaciones documentales y enfoques metodológicos exijan. Y, por último, Ricardo de la Cierva, en su monumental trabajo sobre los orígenes de la Guerra Civil, le dedicará una amplísima exposición, con novedades muy significativas tanto en la fijación de los hechos como en el número de fuentes consultadas. Se puede afirmar que, en el terreno que pisa el historiador, tras la publicación de las tres obras, el tema ha quedado brillantemente consolidado. En las décadas siguientes (70-80) el interés de los investigadores fue centrándose en aspectos parciales, bien cronológicos, bien sectoriales, del quinquenio republicano, y así éste se ha convertido en un buen filón de tesis doctorales para muchos de nosotros. Sin embargo, en bastantes casos se observa algo significativo: los estudios históricos se sitúan en la perspectiva actual, usando el período en cuestión como precedente frustrado de nuestras presentes instituciones políticas, con especial empeño en enraizar las problemas regionales, dándoles así una pátina de mayor raigambre histórica.
Es de agradecer, por otra parte, que los políticos que protagonizaron la vida del régimen de abril hayan sido más generosos de lo habitual en la historia contemporánea española y nos hayan proporcionado abundante caudal de ''Memorias'', innecesarias para la apreciación general del proceso, pero interesantes como reflejo de sus relaciones personales. En casi todas ellas (Alcalá-Zamora, Lerroux, los Diarios de Azaña, Gil Robles, Chapaprieta) se percibe la mediocridad ajena y el afán autojustificatorio. No hay reconocimiento, ni en los más afines, de capacidad de liderazgo, de buena voluntad o de generosidad. Aunque sólo fuera por eso, la consulta de todos estos testimonios describe un grupo de dirigentes bastante irresponsable.
Desde el exterior no ha faltado, incluyendo al propio Payne, interés por el tema, si bien en función de los acontecimientos posteriores tanto españoles como europeos. En los extremos podríamos situar, por el tratamiento, a J. B. Becarud, con un librito aséptico y de orientación sociológica, y a Ramos Oliveira, de manifiesta beligerancia marxista.
De este libro de Payne hay que resaltar, como en otros suyos, la densa base bibliográfica que le sirve de soporte; sólo por eso ya adquiere un valor indiscutible. Por otro lado no es difícil detectar, leyéndolo, un alejamiento personal del tema; no parece, afortunadamente, un apóstol desilusionado por la cerrazón de sus amados pero díscolos hispanos ni un neorromántico admirador de un pueblo apasionado, vital y dominado por fuerzas oscuras. Se limita a ver la trayectoria de un país como otro cualquiera de Europa, participante de los avatares de ésta y con una dinámica política más fruto de las circunstancias que de un específico particularismo.
Cuando, a modo de epílogo, se pregunta por qué fracasó la Segunda República, nos proporciona respuestas que confirman su alejamiento de tópicos o prejuicios ideológicos. De todas ellas al lector le debe sonar como más novedosa, por lo poco que se ha esgrimido, la contradicción en los objetivos de los dirigentes que a sí mismos se consideraban padres de la nueva democracia: si un objetivo básico era el de consolidar la República creando un sistema que integrara y encauzara a todos los segmentos de opinión no abiertamente antirrepublicanos, había sin embargo otro, incompatible con aquél, que tendía a considerar a la República como patrimonio de los republicanos, es decir, como posesión inalienable de la conjunción republicano-socialista. Y aun así quizá hubiera podido realizarse un consenso mínimo, de no ser por el fraccionamiento de la propia conjunción en un doble sentido, por expulsión del área centro-derechista (Maura, Lerroux), acusada de infiel, y por una lectura maximalista de la esencia del sistema (socialistas y radical-socialistas). Es fácil recurrir, para explicar este planteamiento, a la famosa frase a Azaña: ''Yo soy la derecha de la República''. De ese modo, vista la realidad sociológica y la estructura económica del país en aquellos momentos, se dejaba fuera del consenso, del régimen y de la legalidad, al menos a la mitad de los españoles.
Payne se ha atrevido, y le costará caro, a desmitificar la figura de Azaña, cada vez más sacralizada y, cosa curiosa, convertida en referente tanto del liberalismo puro (Federico Jiménez Losantos) como de la derecha democrática (Aznar). Dejando aparte su condición de escritor (que Payne salva y elogia, aunque ni entonces ni ahora sus obras rebasen el interés de los superespecialistas), nuestro autor le reprocha más que a ningún otro dirigente la falta de voluntad de consenso; prefirió el papel de jacobino impenitente antes que el de un estadista responsable y al tanto de los verdaderos problemas de la España del siglo XX; es, por ello, un radical decimonónico, un doctrinario, un sectario (él mismo gustaba de definirse como tal), en armonía con su personalidad ególatra y descalificadora de su entorno político. Queda en el aire, para el lector, un enigma, y es su actitud sumisa, pasiva, acrítica en relación con el partido socialista, desaprovechando el enorme prestigio que como político e intelectual se ganó en aquél desde su memorable discurso durante el debate constitucional acerca del artículo 26 (''España ha dejado de ser católica''); si en el período 1932-33 no dudó en machacar a los anarquistas y por ello perdió el poder, su sentido del Estado no le hizo percatarse de igual modo de la trayectoria anticonstitucional del socialismo desde 1934 sino que, por el contrario, unió su suerte a él. La patética situación en que se encontró desde febrero de 1936, era la renuncia ante lo imposible o cobardía?
Si Azaña arrastra para nuestro autor serias responsabilidades en el fracaso de la República, Lerroux es reivindicado como el verdadero pilar de un planteamiento conciliador. Hundido por turbios asuntos que afectaron a su partido y a él mismo (asunto del estraperlo y de la administración municipal barcelonesa), demasiado viejo para reaccionar y descalificado por sus antiguos socios, su fórmula de atraer al terreno republicano a la derecha, lejos de ser comprendida le fue reprochada por la izquierda. El partido radical no pudo cumplir su papel, exitoso en Francia en similar situación años antes, y su desaparición dejó frente a frente a la derecha y la izquierda como enemigas feroces y como debeladoras del sistema.
Otro personaje, Alcalá Zamora, en su intento de ejercer el papel de brujo, fracasó, y Payne le hace compartir a nivel personal, con Azaña, las responsabilidades máximas por el triste final: su vanidad, su torpeza en el ejercicio de las funciones presidenciales, el obstruccionismo ante la manifestación de la voluntad popular y sus antipatías precipitaron la crisis y la descomposición del orden constitucional. Su ceguera en el intento de desarbolar el centro político le llevó más tarde a buscar con igual falta de realismo la reconstrucción de ese centro alrededor de su persona sin ninguna posibilidad de éxito (el experimento Portela fue un error de mayor calibre que el ''error Berenguer'', y el paralelismo con el almirante Aznar resulta desolador).
A estas causas de tipo singular añade Payne como contexto negativo la dinámica política europea de la época, en clara contradicción con el proceso español; la década de los 30 es de franca regresión democrática en casi todo el continente y apenas si hay cuatro o cinco democracias consolidadas, y aún con problemas graves; el ascenso de los totalitarismos anima a quienes buscan fuera modelos políticos distintos: se busca un Lenin español, se busca un Hitler, o, al menos, un Dollfus.
Aun así, el hundimiento de la II República española no era irreversible. Hay una serie de causas que se han generalizado sin que tengan base real; por ejemplo, desde el punto de vista económico el país, que había iniciado un claro proceso de crecimiento a principios de siglo, acelerado en los años 20, no daba ya la imagen estática, rural y atrasada tan repetida por muchos historiadores, especialmente extranjeros; el impacto de la crisis del 29 fue leve, mucho menos negativo que en Alemania o en Francia, y, lo que es más significativo, a pesar de los problemas políticos y sociales, los años 1931, 35 y 36 fueron de excelentes resultados tanto en la producción agrícola como en el desarrollo industrial y urbano; el fascismo no tuvo eco en la opinión hasta ya entrado el año 1936, y la derecha antirrepublicana estuvo siempre en franca minoría; la derecha posibilista, la CEDA, se mostró, como mínimo, tan leal como los socialistas ante las instituciones, y el radicalismo antidemocrático de sus juventudes (JAP) paralelo al de las juventudes del PSOE, que llegaron a fusionarse con las comunistas a principios de 1936.
La modernización que la República representaba podía haber triunfado si la reforma del ejercito se hubiese realizado sin ofensas innecesarias y sin arbitrariedades; si la reforma agraria se hubiese abordado con criterios realistas y no demagógicos; si la secularización se hubiese hecho compatible con el respeto a las creencias de la mayoría, si la política laboral se hubiese ajustado más a la creación de un sistema amplio de seguridad social que a la imposición de salarios desproporcionados que generaban paro, si los dirigentes republicanos hubiesen tenido mayor preparación e interés en relación con la política económica, si no se hubiese subordinado la política de orden público a prejuicios sectarios...
Los cinco años de esa primera democracia empezaron con una Constitución que no reflejaba un afán de concordia entre los grupos de opinión mayoritarios, y aun así pareció insuficiente a nacionalistas y socialistas, que en 1934 intentaron superarla por la violencia; el reformismo constitucional de la derecha se mantuvo en el ámbito legal, salvo el esperpéntico episodio aristocrático-militar de la Sanjurjada, hasta que en 1936 la legalidad fue considerada por unos y otros como un obstáculo inútil. Si hombres lúcidos como Prieto percibieron con claridad la situación y, sin embargo, no abdicaron de sus objetivos de partido, no es de extrañar que cuando Martínez Barrio intentó por primera y única vez formar un gobierno que evitase el colapso del régimen llegara demasiado tarde, y, como dijo Mola, las bases propias y ajenas hubiesen visto tal esfuerzo como una traición a los ideales de cada futuro bando. Traicionar a la República era traicionar a una entelequia. Si la palabra República se mantuvo durante la guerra civil por parte de las izquierdas fue por la prima de legalidad que le confería hacia el exterior, y eso le llevó a ganar la guerra de la propaganda, aun perdiendo la real.