Más de 30.000 son las obras que hasta el presente han tratado total o parcialmente este acontecimiento de la historia de España; desde síntesis generales hasta monografías muy especializadas, la historiografía se ha dado la mano con textos procedentes de variados campos, en especial del periodismo. Pero es curioso que, salvo el caso de la Historia General de la Cruzada, publicada casi de inmediato y de enorme extensión, han tardado mucho en aparecer autores españoles interesados en ello. Ricardo de la Cierva es el único que, primero centrando su atención en la figura de Franco, luego en los prolegómenos de la guerra y por último en el desenlace, ha llegado finalmente a la elaboración de un también voluminoso libro en el año en que se cumple el sexagésimo aniversario del comienzo de la tragedia. Llena así un vacío preocupante, paralelo al que se ha producido también en el cine y en la literatura, con pobre y escasa utilización de una veta susceptible de proporcionar un enorme caudal de argumentos (Luis y Emilio Romero, así como recientemente Umbral y Haro Tecglen han entrado en ella con desigual fortuna, los primeros como cronistas dramáticos, los otros dos como espejos deformantes nostálgicos del bando republicano). Y es también digno de anotarse que hasta hora el predominio de los historiadores extranjeros era abrumador, y, del mismo modo, que la posición resulta adversa al bando nacional incluso en el caso de personas de talante conservador (como el por tanto tiempo considerado referente principal del tema y ennoblecido Hugh Thomas); es una excepción, pero tras un muy meditado cambio de criterio, el caso del norteamericano Burnett Bulloten, que contrasta con el paradigmático representante de la más dura condena de los rebeldes, su compatriota Southworth.
Era necesario este nuevo libro? Si consideramos la guerra civil como un acontecimiento donde la objetividad histórica debe ceder su puesto a un fin político en relación con los tiempos presente, no. Es, además, contraproducente. A veces una nueva etapa en la vida de un país, para que adquiera solidez, debe apoyarse en bases míticas más que en la realidad del pasado. Harmodio y Aristogitón fueron los tiranicidas, los héroes que permitieron con su sacrificio la llegada de la democracia a Atenas; el hecho de que su acción no estuviese motivada por un ideal político sino por los celos en un típico asunto amoroso pierde su evidencia en aras de una recreación al servicio de los acontecimientos posteriores; esa recreación lleva además consigo una redefinición del concepto ''tiranía'', que pasa de ser una mera designación, de procedencia alógena, empleada para designar una monarquía no hereditaria a convertirse en una referencia satanizada esencialmente perversa. La dictadura de César, ilegal, vierte sobre esa magistratura constitucional de la República romana un infamante desprestigio que hubiera indignado a un Camilo o a un Fabio Máximo.
Va a servir de algo este libro? Tampoco. Para bien o para mal, la valoración de la guerra civil y de sus consecuencias ya está hecha de un modo definitivo. Y lo está desde el principio. No han podido con ella ni los cuarenta años de régimen de Franco ni la caída del comunismo, su principal enemigo. Desde el mismo 18 de julio de 1936 la máquina de propaganda del gobierno del Frente Popular contó con bazas inigualables: la identificación de la izquierda con el progreso y la democracia, la legitimidad formal del gobierno de Madrid frente al carácter faccioso de los sublevados, la presencia en sus filas de intelectuales de prestigio que, con su apoyo, forjaron además una gloria añadida y esta vez invulnerable, la solidaridad con segmentos de opinión europeos y americanos que, acertados o no, homologaron los valores que la coalición de izquierdas defendía. Ni siquiera cuando tal coalición cedió su puesto a una disciplinada dirección comunista, no exenta de eficacia en el exterminio de los enemigos interiores, fue necesario pasar de la visión doctrinaria a la verificación de los hechos, por otra parte patentes y mostrados sin ambages. Si el régimen posterior intentó sensibilizar a propios y extraños aduciendo heroísmos como los del Alcázar de Toledo o el santuario de Santa María de la Cabeza, innegables, fue mucho mayor y ha quedado en la memoria colectiva el bombardeo de Guernica como muestra de la ferocidad de los unos y del sacrificio de los otros. En definitiva, la guerra civil la ganó, antes de su terminación y desde un principio, el gobierno del Frente Popular y luego su sucesor el gobierno dirigido por el partido comunista, y hasta el golpe de Estado frentepopulista de Casado contra aquél ha merecido la condena de los defensores de la legitimidad republicana. Por otro lado, moralmente, y sin que intervenga en ello voluntad expresa de desvirtuar la realidad, la sociedad, al menos quienes la representan en casi todos los órdenes, se ha alineado de lado de quien militarmente perdió la contienda, incluida la derecha, temerosa de no ver reconocido su carácter democrático y ser excluida del poder. Parece, yendo más allá, y no es metáfora, que la guerra civil no duró tres sino treinta y nueve años, que tuvo una fase inicial seguida de otra de oposición permanente a un gobierno ilegítimo vencido en 1975 y que fue tratado con excesiva generosidad por el vencedor (como se demostró en 1981). Esa es, queramos o no, la lectura válida, real, de lo que aconteció en España en tan largo período. El historiador no tiene derecho a contraponer hechos o testimonios documentales que invaliden tal creencia orteguiana. Como en la leyenda de Santiago, la falta de rigor histórico se supera con creces por la eficacia operativa que ejerce sobre la sociedad que se beneficia de la mistificación.
Queda, por tanto, sólo hablar de aquello que el libro aporta en relación con los anteriores desde un punto de vista técnico, analítico: verificación de fechas, fijación de cifras de combatientes, de bajas; procedimientos expositivos; seguimiento de la evolución de las operaciones; clarificación de tomas de decisiones tácticas y estratégicas, etc.
En este sentido hay que reconocer que la obra supera a todas las anteriores, por más que el mismo autor se reconoce tributario de muchas de ellas, incluidas algunas salidas de su misma pluma. Es desde luego el primer especialista en el tema. Otros han hecho magníficas incursiones en él (como la momumental obra de Salas Larrazábal sobre el ejército popular, o la de Martínez Bande, centrada en la marcha sobre Madrid). Ha valorado más que ningún historiador anterior los testimonios de Azaña y del general Rojo, y se declara ferviente admirador de su predecesor en el intento, el ya citado Bulloten (''La Guerra Civil española. Revolución y Contrarrevolución'', 1989). Se puede afirmar, sin embargo, que las obras que a partir de ahora se escriban sobre el asunto habrán de buscar su justificación, no ya en la aportación de datos de interés general, sino en otros objetivos que el tiempo quizá determine y exija.
Resta, así, establecer cuáles son esas aportaciones definitivas que la presente obra nos ha proporcionado, y que podemos sintetizar de este modo:
1
: La ruptura de la legalidad republicana por parte de
la izquierda y el nacionalismo catalán en octubre de 1934, para lo cual será
decisivo el testimonio de dos personajes: Indalecio Prieto, conjurado principal
confeso y arrepentido, y Azaña (''Mi rebelión en Barcelona''), cuya
opinión contraria al intento no ofrece dudas.
2
: La al menos formal defensa de las instituciones
republicanas por la derecha durante su período de co-gobierno con el
partido radical, así como el fracaso de las iniciativas golpistas de
elementos militares por rechazo de los más significados mandos del
ejército.
3
: La irregular e ilegal toma del poder por el Frente
Popular en febrero de 1936, propiciada por la irresponsabilidad tanto del
presidente de la República como del presidente del Gobierno; como
consecuencia, todo el proceso electoral quedó desvirtuado pasando la
coalición de izquierdas, de ser la minoría mayoritaria, a tener el
control absoluto del Parlamento mediante la arbitraria anulación de
actas de la derecha.
4
: La falta de voluntad de la izquierda obrera de
colaborar con el gobierno republicano, convirtiéndolo en un puente para
llegar lo antes posible a la revolución social y la creación de una
república popular que sustituyese a la república burguesa. En esa
dinámica entrarían: la anulación de Azaña como dirigente
político activo con su ilegal acceso a la presidencia de la República
(defenestrando al presidente constitucional con argumentos improcedentes
que por otro lado demostraban la parcialidad a favor de la izquierda de
Alcalá Zamora), la negativa del PSOE al nombramiento de Prieto para la
presidencia del Gobierno (que le habría obligado a renunciar a las
veleidades revolucionarias) y la campaña de prensa orientada hacia la
preparación y el estímulo de la nueva fase superadora de la democracia
burguesa.
5
: El miedo al adversario. La lucha, en los meses
anteriores a la guerra civil, entre derechas e izquierda no parecía
desarrollarse en relación con el control del gobierno; al menos a nivel de
bases, se generalizó el temor a la pérdida de la vida, al exterminio de una
parte por la otra. Era un sentimiento recíproco. Fue el temor lo que
generó el odio, y por tanto éste no surgió de un modo gratuito. En este
punto la responsabilidad está claramente repartida, con independencia de
las causas reales que justificaban tal estado de ánimo. Cada uno veía en
el otro a Caín.
6
: La indefinición inicial de los conspiradores
militares. Esta indefinición lo era a dos niveles: acerca del carácter
institucional posterior al triunfo que adoptaría el nuevo Estado, y en
relación con la presencia o no de determinados mandos, como Franco. Una
tercera incógnita era la fecha, varias veces modificada y, finalmente,
sometida a los acontecimientos de los días 13 y 14 de julio.
7
: El pesimismo sobre la duración del conflicto. Al
parecer, los conspiradores eran conscientes del fracaso parcial del golpe y de
lo inevitable de una guerra civil. El cálculo, en todo caso, no era en años
sino en meses.
8
: La inexplicable pasividad del gobierno, sabedor de lo
que se preparaba tanto por un lado como por el otro. La responsabilidad
directa y personal de Casares no deja lugar a dudas. Y la de Azaña? Su
hábil intervención, en agosto de 1932, no se ve repetida ahora, quizá por
falta de voluntad de lucha o por la premonición de lo inexorable del
acontecimiento.
9
: El movimiento insurgente (rebelde lo llama el autor
ateniéndose a la terminología que corresponde al plano formal) no fue
un golpe militar contra el pueblo.
El ejército estuvo dividido (los altos mandos quedaron mayoritariamente en
el bando que a sí mismo se llamó rojo, mientras la oficialidad se
decantó, por poco, hacia el bando que pronto se autodefiniría como
nacional).
El pueblo se dividió, como en febrero, en mitades más o menos iguales; la
lealtad posterior, una vez delimitadas las zonas iniciales, estaba también
determinada por la geografía, al menos para los indecisos.
Las bolsas de enemigos interiores
dieron lugar a una feroz represión: en el caso de la zona roja fueron
víctimas de ella las personas identificadas como católicas practicantes o
las que por su aspecto externo o profesión, de clase media, eran sospechosas
de ser ''fascistas''; en la zona nacional fueron los afiliados a sindicatos y
partidos de izquierdas, así como antiguas autoridades republicanas.
Numéricamente fue más dura en la zona roja, salvo en casos aislados (por
ejemplo, en Málaga). Tanto Franco como Mola manifestaron en más de una
ocasión que su movimiento era de defensa de las clases medias. Más tarde
se añadirían motivaciones culturales (lucha entre la barbarie roja y la
civilización) y religiosas (cruzada).
10
: Es patente el protagonismo inicial de Franco como
jefe ''de facto'' y centro de atención de los sublevados; aparte de su aureola
personal, el éxito de la operación del paso del Estrecho permitió asegurar
la creación de la zona nacional del sur completando la afortunada
intervención de Queipo de Llano en Sevilla. No hay duda, por otra parte, de
que el puente aéreo empezó con aviones propios y luego se continuó con
los obtenidos en Italia y Alemania; el paso del Estrecho por mar fue también
decisivo y se confirma la inoperancia de la flota gubernamental por la
ausencia de mandos adecuados y, en algún caso, por cobardía.
11
: La gran victoria moral de Toledo, para los
nacionales, quedó compensada por la capacidad de resistencia de Madrid
frente a las columnas atacantes. En este caso, sin embargo, no fue el pueblo
madrileño el héroe, pues se inhibió en su inmensa mayoría, sino la
acertada dirección de Miaja y la pronta llegada de las brigadas
internacionales lo que propició una gesta de tanta repercusión en todo el
mundo.
12
: El gran fracaso de Franco fue el frente de Madrid.
Insistió en exceso en la conquista de la capital retrasando otras acciones en
escenarios distintos (Aragón, Norte). No hubo, pues, por su parte, voluntad
deliberada de prolongar la guerra para hacer más eficaz la represión, o
por otros motivos.
13
La jefatura de Franco fue consecuencia de la lógica
y estaba desde el principio en la mente de todos. Si se confirmó
relativamente tarde fue por dilaciones de la Junta de Defensa y por la
condiciones del propio beneficiario, que no quería someter su autoridad
a ninguna limitación de poderes o de tiempo; tampoco hubo ningún truco
en la fórmula de acceso: la expresión jefe del Gobierno del Estado
Español, acompañada de la asunción de todos los poderes, le identifican
con claridad como jefe del Estado, no como presidente del Gobierno; la Junta
de Defensa, que desempeñaba la primera función, dejó de ejercerla en
virtud del mismo decreto.
14
: Durante los tres años de guerra el bando
autodenominado rojo (en el interior) pero que conservaba cara al exterior la
legalidad republicana y constitucional, tuvo dos fases políticas: en la
primera el gobierno se vio desbordado por la iniciativa de los partidos y
sindicatos revolucionarios, que despreciaron cualquier idea de asumir
directamente el poder formal, pero que ejercieron de manera descoordinada,
autónoma y a menudo contrapuesta el poder real. Ni hacían ni dejaban
hacer nada positivo, y el mismo Azaña ha dejado páginas muy reveladoras
sobre ello. Se perdió así un tiempo precioso para organizar la réplica.
El nombramiento de Largo Caballero (creación del ejército popular), el
aplastamiento de la CNT y el POUM en Barcelona y el realismo político
recomendado por Stalin al partido comunista fueron los pasos que llevaron
finalmente a una dictadura encubierta (Negrín) con el único objetivo
de ganar la guerra. Se puede afirmar que el nuevo gobierno sólo era
republicano de nombre, pues el más que minoritario partido comunista, con
la fiel colaboración de gran parte del PSOE y la UGT, tuvo absoluto poder de
decisión en el frente y en la retaguardia, de modo que a principios de 1938 el
ejército popular tiene por primera vez capacidad de medirse en
organización y disciplina de igual a igual con el adversario.
15
: Las peligrosas desavenencias políticas en la
zona nacional entre las distintas fuerzas que apoyaban a su ejército fueron
cortadas por las buenas cuando habían llegado incluso al
enfrentamiento físico. La minoritaria (minúscula antes de la guerra)
pero prepotente Falange se subsumió en una nueva formación
aglutinante que sólo a nivel teórico recogía parte del ideario
pseudofascista del partido. La incuestionada jefatura de Franco, el odio al
enemigo, los valores comunes en que coincidían todos y la voluntad de
vencer por encima de todo contrastan con el particularismo y la desunión
del bando contrario. Para el autor ahí está la clave del resultado: fue la
altísima moral de victoria que desde el principio tuvieron los nacionales
la razón más importante que explica todo el proceso.
16
: La intervención extranjera no fue en modo alguno
decisiva, aunque la defensa de Madrid quizá hubiera sido imposible sin la
llegada de las brigadas internacionales. La superioridad del aire estuvo
mucho tiempo en manos del bando rojo por la gran cantidad de material
procedente de Francia y Rusia, sin que la Legión Cóndor lo contrapesase
hasta una fase muy avanzada; en el caso de la guerra aérea fue más
determinante la calidad de los pilotos que el número de aparatos. Hay casos,
como el de Malraux, que sonrojan por lo que significan de frivolidad e
incompetencia.
17
: En ninguna otra obra acerca del tema queda tan
acertadamente expuesta la evolución de la organización militar y los
niveles de recursos humanos. Al principio se trata de una guerra de
movimientos con columnas rápidas y de exiguas fuerzas: unidades de seis o
siete mil hombres deciden la ganancia o pérdida de provincias enteras. En
los últimos meses de la guerra son grupos de ejércitos, como luego en la
Segunda Guerra Mundial, y en cada lado hay bajo las armas más de un
millón de combatientes. El primer paso para adecuar la estructura de las
fuerzas a una guerra que se prolongaba fue la creación de las brigadas
mixtas en el ejército republicano, y el embrión sería el famoso Quinto
Regimiento (luego Quinta Brigada, Quinta División...); las brigadas se
agruparon luego en divisiones, cuerpos de ejército, ejércitos y grupos de
ejércitos. Lo mismo sucedió en el ejército de Franco. En uno y otro es de
destacar, por otro lado, la presencia de oficiales provisionales que superaron
en número finalmente a los profesionales.
18
: La controversia sobre lo acertado o no de la
estrategia de Franco antes y durante la batalla del Ebro, que durante mucho
tiempo ha enfrentado a los analistas militares, parece que se ha decantado en
favor de la tesis de aquél, para quien el desgaste a la larga
significaría la práctica desaparición del ejército enemigo como
fuerza operativa (''No me comprenden; tengo ahí encerrado a lo mejor
del ejército rojo'').
La rápida campaña de Cataluña será la mejor prueba.
19
: Los últimos momentos de la guerra nos devuelven
al clásico pronunciamiento decimonónico: el coronel Casado, de acuerdo
con el general Miaja, los elementos del Frente Popular más anticomunistas
y los anarquistas (Cipriano Mera), dan un golpe de Estado en Madrid y restauran
o intentan restablecer un gobierno frentepopulista negando por tanto
obediencia al gobierno de Negrín (Azaña ya había dimitido y
ningún gobierno era legal); tal iniciativa no es sólo un guiño a Franco
para obtener buenas condiciones tras un posible armisticio, sino una
verdadera rebelión contra lo que consideraban un sectarismo insufrible
protagonizado por el partido comunista y sus fieles aliados socialistas.
20
: El balance económico de la guerra es posiblemente
la novedad más atractiva incorporada al estudio de la guerra. Analizando
multitud de cifras y con la ayuda del informe Larraz, semiolvidado o
totalmente desconocido por otros tratadistas, llega a la conclusión de que el
coste del esfuerzo bélico fue el doble de oneroso para Madrid que para
Salamanca-Burgos en términos de déficit presupuestario. Las condiciones
de la ayuda soviética y francesa, más exigentes y de mucha mayor
cuantía que las obtenidas de Alemania e Italia. Y hay que subrayar, por
lo sorprendente del dato, que el abastecimiento de petróleo al bando
nacional duplicó al del republicano gracias a la casi desinteresada ayuda de
la TEXACO, cuyo presidente no ocultó su clara militancia en favor de los
nacionales. Y tampoco hay que olvidar la decisiva contribución financiera
del banquero Juan March para la compra de los aviones que sirvieron para el
transporte del ejército de Africa.
Este extracto temático no es sino una muestra de caminos de investigación felizmente cumplidos, pero no agota los múltiples aspectos que un estudio así contiene, dada la complejidad del acontecimiento histórico relatado. La amplitud del tratamiento obliga también al autor a no insertar más que una muy selecta bibliografía, de acuerdo con su criterio. Se echa en falta una mayor cantidad de documentos de apoyo, aunque los transcritos tienen plenamente justificada su inserción.