Siguiente: Javier TUSELL: FRANCO, ESPAÑA Arriba: Historia Contemporánea Anterior: Ricardo de la CIERVA:   Índice General

José Manuel CUENCA: HISTORIA DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Falta hacía en España una historia completa de la más grande tragedia del siglo XX, que la arrancase del campo del periodismo o de la ideología, entre los cuales ha fluctuado hasta ahora. Descartadas las entregas fasciculadas, de gran impacto visual, que han buscado un público poco cualificado en su capacidad de análisis, hoy no existe una clara conciencia globalizada de lo que representó aquélla, salvo la explotada cantera del exterminio de judíos. Los historiadores españoles no se han sentido atraídos por el tema, al parecer a causa de una especie de complejo de inferioridad, como si únicamente desde el mundo de los vencedores estuviera legitimado; a lo sumo, se han abordado aspectos parciales, siempre referentes a algún problema que nos concernía. Bien es verdad que tampoco en el exterior abundan síntesis de este tipo, pues sólo conocemos una de cierta relevancia, la del francés Roger Ceré, con el mismo título y que no nos consta que haya sido traducida al español; aún así, se trata de un breve esquema, integrado en la colección ''Que sais-je?'', claro y sistemático, aunque no suficiente para comprender la plenitud de los acontecimientos.

Resulta por ello sorprendente que un historiador español se haya atrevido a llevar a cabo una labor que no tiene nada de sencilla por la disparidad de los escenarios, lo complejo de las situaciones, las innovaciones técnicas de carácter militar, y, sobre todo, las incógnitas que aparecen detrás de muchos fenómenos. Pero el mayor de los inconvenientes es la existencia de convencionalismos de enfoque o explicativos acarreados por los intereses creados en sus resultados políticos. Nunca ha estado tan claro que la historia la escriben los vencedores y jamás ha habido un espíritu crítico más diluido; se ha seguido viviendo de las simplificaciones que la propaganda de guerra creó, las cuales eran tan cuestionables como las esgrimidas por la propaganda del bando contrario, que a buen seguro hubiera inspirado igual tratamiento postbélico de haber triunfado. Película de buenos y malos, el desconocer muchas de las realidades surgidas de la conflagración ha condenado a las generaciones posteriores a no poder comprender su propio entorno político. La historiografía, por tanto, ha tenido más que nunca, quizá una grave responsabilidad por omisión y tergiversación, puestas al servicio de verdades ajenas, de lo ''políticamente correcto''. Estas consideraciones no significan ni mucho menos que la revisión del tema traiga consigo la inversión de los valores, la reivindicación de los vencidos, pues, aparte de que ya se ha intentado, tiene las mismas taras que la versión de los vencedores, aumentadas por el rencor y el fanatismo que suele haber en actitudes de revancha; la revisión tiene que venir por otros caminos. En primer lugar, por el dominio y la selección desapasionada de las mejores fuentes de información disponibles, sin prejuicios hacia el género de que provienen, pero aquilatando la verosimilitud de sus autores. Y en segundo, por la presentación del tema mediante un ensamblaje equilibrado que permita además observar las conexiones, hasta ahora poco estudiadas, entre lo político y lo militar, entre escenarios dispares y entre los hechos y sus fundamentos (recursos, nivel de utilización, competencia mayor o menor de las estructuras de mando...). Para el historiador, en su afán de sentirse seguro en sus conclusiones, aún falta quizá un acervo informativo que pueda resultar decisivo, los archivos soviéticos, por fin disponibles, y esperemos que, en el futuro, rentables. Pero aun sin esperar a verificar tales materiales, a la altura de los años ochenta ya se hacía posible cumplir con los otros requisitos. Y esto es lo que ha hecho el autor de este libro, como se evidencia tanto por la riqueza y variedad del aparato crítico como por la disposición y tratamiento de los fenómenos expuestos.

Con excepción del capítulo l y de los tres últimos (9, 10 y 11), dedicados respectivamente a los orígenes y a las consecuencias, el resto, del 2 al 8, es una magnífica panorámica, minuciosa pero no excesiva, de los hechos bélicos en su orden cronológico inicial y con las prioridades derivadas de la importancia relativa de los escenarios una vez se hacen éstos simultáneos. Así, se agrupan en el cap. 2 las campañas de lo que podíamos llamar ''guerra europea'': Polonia, Escandinavia y Francia; para muchos que lo vivieron, aquello fue en sí mismo una contienda en dos fases (otoño de 1939-primavera de 1940), que bien pudo ser el final del enfrentamiento, con victoria alemana; así al menos parece que se consideró en España; era la inversa de la guerra de 1914-1918, tal como lo simbolizó el doble uso del vagón de tren de Compiegne en ambos armisticios. El por qué no fue seguido el segundo armisticio de una paz inmediata entre Alemania y Francia no tiene respuesta clara, pero la consecuencia sí es visible: la victoria no era definitiva.

Cuesta entender, de parte germana, el empecinamiento que significó la ''Batalla de Inglaterra'' (cap. 3). Si en verdad no pretendían los líderes nazis otra cosa que un ''modus vivendi'', un condominio anglo-alemán en la Europa Occidental, la conquista de Inglaterra aun con una generosa oferta de paz alemana posterior no tenía sentido si se tiene en cuenta la dificultad del esfuerzo, imposible por tierra o por mar. No lo pensaba así Goering, que creyó suficiente la acción de la Luftwaffe. Su fracaso, dice el autor, tiene dos causas fundamentales: el error al elegir los objetivos de destrucción (se centraron en ciudades y no en puntos de interés económico y estratégico) y el desfase tecnológico (el radar fue un factor básico del éxito de la defensa británica). Pero este apartado también se refiere a otro aspecto, asociado a esta batalla: el uso del arma naval; la conclusión principal es ésta: tanto la marina alemana como la italiana, que experimentaron un gran avance en el número de navíos, adolecieron de una visión anticuada al desechar el portaaviones en beneficio de otros tipos de buques más convencionales (acorazados, cruceros) como consecuencia, entre otras razones, del exclusivismo de la fuerza aérea autónoma (Goering también aquí aportó su granito de arena para la derrota); la ceguera fue menos excusable todavía en el caso de los submarinos, relegados a un segundo plano en el esfuerzo constructor, a pesar del éxito en la Primera Guerra Mundial de las advertencias del almirante Doetnitz; fue este arma la única que resultó eficaz hundiendo barcos mercantes aliados en cantidad espectacular pero insuficiente para impedir el abastecimiento de Gran Bretaña, sobre todo tras el acuerdo anglo-norteamericano (''Ley de Préstamo y Arriendo''). Los navíos de superficie alemanes e italianos o fueron fácilmente destruidos (Bismarck, ataque a Otranto) o permanecieron inactivos. La importancia de la destrucción de la flota italiana se demostraría cuando fue incapaz de transportar al norte de Africa los recursos materiales y humanos necesarios para ese frente. La ''batalla del Atlántico'' por su parte, la batalla de submarinos contra convoyes, activará la colaboración entre Roosevelt y Churchill (''Carta del Atlántico'') y explicará la absurda declaración de guerra alemana tras el ataque japonés a Pearl Harbour.

La otra campaña excéntrica, la del norte de Africa, algo posterior en su inicio, aparece aquí tratada de modo unitario para hacer más evidente su carácter específico; es una guerra distinta, similar a los combates navales; no importa el dominio de un espacio completo, sino el aniquilamiento de las fuerzas adversarias. El desenlace tardó en producirse casi tres años y en él intervinieron elementos que no derivan de la pericia estratégica (inglesa) o táctica (alemana), sino de los recursos y, en última instancia, del desembarco norteamericano en Argelia y Túnez, que cogió a Rommel entre dos fuegos. La indudable habilidad del ''Zorro del Desierto'' no obsta para que se desvelen sus errores en más de una ocasión y se aprecien las magníficas cualidades de los jefes británicos (Wavel, Auchinleck, Cunningham, Montgomery). Por lo demás, es impecable la descripción de las sucesivas maniobras, ataques y repliegues de uno y otro bando, y de especial mérito todo lo referente al intento, malogrado primero, y logrado más tarde, de Rommel por expugnar la plaza y el puerto de Tobruk, que tanto juego ha dado en el cine y en la literatura.

Desde junio de 1941 hasta el verano de 1943 hay otra formidable batalla, la de Rusia, que sólo en la última fecha presenciará una involución en su tendencia, antes de predominio germánico. No es preciso entrar en los pormenores del ataque y de los aspectos militares, que son harto conocidos, sino más bien en los objetivos y los recursos asignados para ellos; en este sentido es indudable que los éxitos iniciales fueron puro espejismo, que además trajeron consigo una falsa evaluación de la marcha de los acontecimientos; al revés que en el caso anterior, no se mantuvo como objetivo principal la destrucción del poder adversario, que en este caso no radicaba sólo en las fuerzas oponentes, sino en el control de los centros de decisión; copar y coger prisioneros a centenares de millares de hombres fue tarea fácil, pero la capacidad rusa de reponer efectivos humanos era casi ilimitada; la rapidez del avance, sobre todo hacia Moscú, cuya captura hubiera sido en verdad de valor insuperable para la moral del enemigo, quedó disminuida por la falta de divisiones acorazadas; las unidades dependían en exceso de medios de tracción animal; cuando llegó el mal tiempo antes de lo previsto, se evidenció que el material (camiones, tanques) era inadecuado y que la tropa no disponía de indumentaria adecuada. Aun así, durante ésta y la siguiente campaña, los ejércitos rusos estuvieron a la defensiva, pero la resistencia era ya un factor que actuaba a la larga como decisivo. Otro objetivo político (la imagen de una Alemania que no retrocedía nunca) va a demostrar ser contraproducente por cuanto impidió al mando militar reagrupar tropas con pérdida de espacio pero con el fin de crear líneas de contención más cortas y menos vulnerables. El error más conocido en este sentido fue la orden de mantener Stalingrado a toda costa, mientras que una actitud más realista hubiera permitido salvar todo un ejército allí inmovilizado y luego destruido.

Por su parte, la ''batalla del Pacífico'' (cap. 6), que enfrentará a Japón con Estados Unidos y Gran Bretaña, va a ofrecer en principio, por parte de los nipones, una perfecta coordinación entre las tres armas, que dio sus frutos al ser ocupada con una rapidez pasmosa toda el área (Indochina, Birmania, Indonesia, Filipinas, Carolinas). Con ello Japón obtenía recursos ''in situ'', especialmente petróleo y caucho. Poco a poco las ventajas iniciales fueron reduciéndose desde el punto de vista tecnológico y de efectivos materiales y humanos: portaaviones y aviones norteamericanos en cantidades enormes eran incorporados al escenario bélico a un ritmo muy superior a las pérdidas y en una medida que no podían alcanzar sus enemigos; pero, como dice el autor, el resultado final dependió más bien de una diferencia cualitativa entre el combatiente norteamericano, muy bien entrenado y con buenos apoyos de intendencia y sanidad y el japonés, improvisado las más de las veces y expuesto a mayores penurias. Ni el fanatismo final (''kamikazes'') pudo contrarrestar esta ventaja en el factor humano. Aunque tampoco cabe descartar la pericia demostrada por el mando naval norteamericano (Nimitz) en el momento de hacer frente a las grandes batallas navales, donde también volvió a demostrarse, como en el Atlántico, la superioridad en el número y maniobrabilidad de los portaaviones; no se puede decir lo mismo de las tropas de tierra, a la defensiva durante la mayor parte del tiempo y, en realidad, subordinadas a los planes de la Marina, de la cual fue también la iniciativa cuando se procedió a la práctica generalizada de desembarcos de la Infantería de Marina, tan sangrientos, por otro lado. Si la batalla se prolongó hasta agosto del 45 fue, en gran medida, por la prioridad dada al Atlántico y a la lucha contra Alemania (''Europa primero''), debido a la insistencia de Stalin y Churchill. Pero una vez acabada la guerra allí (mayo), el único problema era, ya en territorio nacional japonés, evitar al máximo el sacrificio de vidas humanas, razón que llevó al expeditivo procedimiento de lanzar las bombas atómicas.

El otro escenario, el europeo, no tenía más que un frente, el oriental; a pesar del fracaso alemán en lograr sus objetivos, Stalin veía necesario que el enemigo fuera acosado desde un segundo frente al oeste o al sur; ambos llegaron a hacerse realidad, pero en orden inverso: el del sur, como consecuencia del dominio del norte de Africa y el desplome de la resistencia italiana en Sicilia (julio de 1943); el occidental, un año después (junio de 1944) con el desembarco de Normandía. Y resulta significativo que allí donde parecía más factible el avance, Italia, la resistencia alemana resultó casi inexpugnable (primero en Monte-Casino, luego en la ''línea Gótica''), mientras que Francia no ofreció casi dificultades. Estas sobrevinieron cuando las tropas aliadas intentaron penetrar en Alemania, encontrándose con una reacción imprevista de Von Runstedt, que estuvo a punto de repetir la maniobra inicial y provocar otro Dunquerque (batalla de las Ardenas). Pero una vez cruzado el Rin se impuso el ritmo deseado por los aliados (con una lentitud calculada para dejar a los rusos la posibilidad de ser ellos los que ocuparan toda la Alemania oriental, así como Bohemia); la decisión numantina de Hitler no fue más que el corolario de un fanatismo que, como indica su testamento, llamaba a las generaciones futuras a la realización de sus designios.

Las conferencias de Teherán y Yalta y el descubrimiento de los campos de exterminio nazis centran el capítulo 9. En cuanto a aquéllas, destaca la iniciativa de Stalin, secundada por un Roosevelt fascinado por su personalidad y convencido de sus sinceras intenciones democráticas, y un Churchill receloso pero impotente para terciar con éxito, sospechoso ante sus aliados de querer apuntalar ante todo su imperio colonial. La existencia de campos de concentración y de exterminio, de la que todo el mundo, incluidos los mismos alemanes, pareció sorprenderse, es otro de los aspectos ambiguos de esta guerra; para el autor, la evidencias directas o indirectas eran tantas (desde 1933) que resulta imposible creer en una desinformación total al respecto; no manifiesta duda alguna tanto sobre los procedimientos criminales empleados en ellos como sobre la cantidad de víctimas y la mayoritaria pertenencia de éstas al colectivo judío (en realidad, fija en un número más alto del habitual el de afectados, que sitúa alrededor de los once millones, incluyendo, claro está, a emigrados y supervivientes).

Tras describir los acuerdos de Potsdam (ratificación de las conferencias anteriores), la entrada de Rusia en la guerra contra Japón, la derrota de este imperio y el nacimiento de la ONU, que pone fin al aislacionismo norteamericano y certifica la existencia de dos superpotencias - USA y URSS -, pasa en el último capítulo a las consecuencias, en forma de legado al mundo de posguerra, legado que parcela en varios apartados: militarismo y civilismo (con la tesis de que la Segunda Guerra Mundial fue ante todo dirigida por civiles en uno y otro bando, cosa que es indudable pero que suele pasarse por alto); unas consecuencias políticas que tienen su punto crucial en el paso del capitalismo puro al Estado del Bienestar (cita como antecedente básico el ''informe Beveridge''), aspiración que se extiende a todo el mundo occidental, mientras que el socialismo soviético y su bloque entrarán en una fase de ineficacia burocrática; consecuencias culturales en las que primarán aquellas vinculadas a la tradición filosófica y de mentalidad europea frente al modo americano de vida; en la política internacional, si bien hay tratados de paz con países menores (Italia, Yugoslavia, Rumana, etc.) se pospone ''sine die'' el que correspondía a Alemania, pero en su lugar aparece como novedad en la historia de las posguerras el juicio a los vencidos (Nuremberg), acusados de ''crímenes de guerra'', con toda razón pero sin cobertura legal previa y con el obligado silenciamiento de las atrocidades cometidas por los vencedores en algunos casos concretos (Dresde, Kattyn). La última consecuencia analizada, referente a España, no se materializó en el sentido deseado por la mayoría de los vencedores (derrocamiento del régimen de Franco) y quedó en una vaga condena que permitió a Franco aguantar hasta que el distanciamiento entre los aliados revalorizó su posición anticomunista.

Una hecatombe de magnitud nunca conocida en número de muertos o heridos y en destrucciones materiales, propiciada en especial por la aplicación sistemática a la guerra de los conocimientos científicos convertidos en tecnología devastadora, merece que nos detengamos y reflexionemos acerca de algunas cuestiones que atañen al proceso en su conjunto, que, más que de la lógica de los hechos, dependió de opciones asumidas por los dirigentes políticos. De todos ellos no hay duda que Hitler llevó la iniciativa, tanto en el desencadenamiento como en las diversas fases. La tendencia a considerarlo un loco y un insensato, lego además en el arte militar resulta cómoda pero es una afrenta a quienes soportaron la formidable máquina de guerra alemana; se acerca más a la verdad el aceptar que Hitler tuvo intuiciones geniales, que la prudencia de los altos mandos alemanes hubiera desechado, y se le ha de atribuir gran parte de los éxitos estratégicos; su capacidad de análisis de las situaciones está fuera de toda duda, si acaso hasta que el reflujo le hizo confundir los recursos disponibles con su deseo de victoria, al que no renunció. Por el contrario, no es habitual al juzgar su actuación detenerse en el aspecto político, en los objetivos finales que le guiaban y en las decisiones que tomó a ese nivel y que repercutieron luego en el escenario bélico. Se puede afirmar, una vez el historiador se halla en disposición de ver la concatenación de los hechos desde el principio hasta el final, que Hitler cometió errores de tal magnitud en este terreno que superan, en sentido negativo, todos sus logros en el aspecto estratégico-militar. Entresacando los más significativos, tenemos los siguientes: pérdida de la oportunidad de liquidar el frente occidental mediante una paz generosa con Francia; transgresión del principio, que él mismo se había impuesto, de no luchar en dos frentes; ataque a Rusia sin atender a lo inoportuno del momento (verano y no primavera), a los recursos materiales necesarios y a una coordinación con Japón que hubiera obligado a Rusia a luchar en dos frentes (Acaso aquí se impuso la prevención racista de Hitler, temeroso de que la raza amarilla se extendiera por Siberia?); la absurda declaración de guerra a los Estados Unidos sin que hubiera un ''casus belli'' concreto y dando a Roosevelt la oportunidad y la justificación que necesitaba; la renuncia a valerse del anticomunismo como bandera para aglutinar a los rusos y ucranianos y confiarles la administración de las zonas conquistadas creando aparatos estatales alternativos a los de Stalin, lo que al menos hubiera obligado a éste a abandonar la orientación patriótica, no comunista, de su propaganda...Son demasiados errores para que la extremada competencia profesional del ejército germano y la misma habilidad que el Führer demostró en su mando pudieran compensarlos. Pero, si no en el origen, sí en el desenlace podemos observar graves equivocaciones de los líderes aliados, y, de todas ellas la más grave es la que exigía la rendición incondicional, pues impidió que existiese la posibilidad de una paz negociada con un gobierno alemán desligado del régimen nazi. No se puede descartar que, de ser otras las exigencias, hubiera triunfado un golpe de Estado militar cuando los altos mandos del ejército se percataron, a principios de 1943, de que la guerra estaba perdida; de este modo la duración de la guerra se hubiera reducido en dos años, el saldo hubiera sido menos terrible y quizá la reordenación de Europa hubiera permitido a ésta conservar un papel de colchón entre las dos superpotencias europeas. Ojalá, al menos, estas reflexiones sirvan para disminuir todo lo que de mitología hay alrededor del carisma de los líderes - unos y otros -, que incrementaron sin razón el tributo de sangre de sus pueblos.


Siguiente: Javier TUSELL: FRANCO, ESPAÑA Arriba: Historia Contemporánea Anterior: Ricardo de la CIERVA:   Índice General