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Javier TUSELL: FRANCO, ESPAÑA Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Javier Tusell es quizá el historiador más prolífico de su generación; es también amplio en el objeto de su interés, que, centrado sobre todo en la postguerra española, hace incursiones acertadas en otros períodos contemporáneos menos cercanos. Ha revitalizado con dignidad la biografía como método ortodoxo de acercarse a la verdad histórica (Carrero, Maura y hace poco el rey Juan Carlos quedan bien perfilados gracias a él). Y ha tenido acceso privilegiado, seguido de un adecuado uso, a fuentes poco o nada consultadas, algunas de ellas por no estar disponibles hasta ahora; los archivos particulares de altos personajes, así como los documentos oficiales, especialmente de carácter diplomático, dan a sus conclusiones una fuerza probatoria bastante sólida.

Acercarse al tema que aquí trata no era fácil, pues la densidad informativa y la complejidad de las situaciones lo convierten en un reto enorme. Nadie antes había intentado sintetizar esos pocos pero decisivos años de nuestras relaciones internacionales, pues tanto las fuentes como las obras de carácter parcial eran escasas. Algunos hemos contribuido, en el segundo caso, a aportar enfoques de limitado espectro, y también aquí el autor ha buceado con anterioridad dándonos algunos anticipos de lo que ahora recoge (''Franco y Mussolini'', en colaboración con Genoveva García). En lo que se refiere a fuentes, se disponía desde los años cuarenta y cincuenta de ''Memorias'' escritas por protagonistas de primera fila (Serrano Suñer, Carlton Hayes, Sir Samuel Hoare, Diarios de Ciano y Mussolini...), que no eran material suficiente que permitiera abordar el tema con la máxima garantía.

La hipótesis de que parte Tusell es ésta: la prudencia de Franco durante la Segunda Guerra Mundial, que permitió a España quedar al margen de la lucha, es un mito. Todo el mundo sabe que España tenía poca capacidad de maniobra y no controlaba los acontecimientos; esto también forma parte de la versión oficial en apoyo del gobierno español de la época. Lo que Tusell añade es que incluso la decisión de entrar o no en la guerra no correspondió a Franco, sino que, en los momentos decisivos, fue desestimada por el Eje. Las mínimas condiciones exigidas por el Caudillo parecieron a Hitler, y también a Mussolini, un compromiso excesivo en relación con las ventajas de una asociación efectiva al Pacto Tripartito. Queda claro que nunca se ofreció una participación de España sin contrapartida, pero parece evidente que el espejismo de una rápida victoria italo-alemana superó las consideraciones negativas que la situación del país reflejaban (penuria de alimentos, falta de petróleo, armamento deficiente...). El único mérito de Franco en esta etapa fue no sucumbir al delirante espíritu germanófilo de Serrano Suñer. El desinterés posterior de Hitler, el respeto de Mussolini por la autonomía decisoria española y las amenazas anglo-americanas (por la dependencia que de los productos antes citados tenía España) mantuvieron al gobierno español desde 1940 a 1943 en una posición ambigua, de no beligerancia benevolente ante el Eje (prebeligerancia a la italiana en el ambiente de la época).

La destitución de Serrano no fue, según Tusell, un anuncio de cambio de la línea anterior, sino consecuencia de acontecimientos más bien relacionados con asuntos internos y con las propias relaciones personales entre los dos cuñados. La prueba de ello es que Jordana tuvo durante más de un año frente a sí a casi todo el Consejo de Ministros y no veía en Franco un valedor claro; en todo caso, le dejaba hacer y luego se apropió, cuando le convino, de la nueva orientación, más neutral, del responsable de Exteriores.

La neutralidad fue honestamente deseada por Jordana incluso antes de que se convenciera él mismo del cambio de signo de la guerra. Era monárquico y antifalangista, aunque su fidelidad al Caudillo era absoluta y, en este sentido, su labor estaba en función de la consolidación del régimen. Y para aumentar las garantías de esa neutralidad promovió un mayor acercamiento a Portugal, cuya proclividad hacia Inglaterra era tradicional: el Pacto Ibérico sería una doble garantía que primaba la cohesión peninsular sobre las amistades de cada Estado.

El curso posterior de la guerra obligó a Jordana a resistir las presiones aliadas para que España se sometiera a sus iniciativas, y a tomar distancia de los antiguos camaradas. Pero aun así tuvo en Franco un problema más que un apoyo. La elección que hizo, al morir Jordana, para sustituirle fue recibida con asombro, dada la trayectoria anterior de Lequerica. Este, sin embargo, por realismo político (era un cínico y presumía de ello) buscó en Estados Unidos una nueva referencia de sintonía y en el catolicismo un nuevo ideal a esgrimir (junto al anticomunismo). Aquí ya parece que Franco toma las riendas de la política exterior y se convierte, apoyado en su eminencia gris (Carrero) en el definidor de una línea de resistencia en espera de mejores tiempos; es decir, atento a la ruptura de la antinatural alianza entre las democracias y el comunismo. Y aquí sí que acertó.

Las conclusiones de Tusell son, como he dicho antes, muy sólidas, por estar avaladas documentalmente desde distintas posiciones. Pero no se puede negar que en ellas hay también un legítimo juicio de intenciones que, por fuerza, nunca podremos transformar en evidencia real. Si, como el mismo autor afirma, nunca hubo intención de intervenir ''por gusto'', sino que, en mayor o menor medida, se pusieron condiciones aún en el momento de mayor hegemonía del Eje (cuando hasta sus enemigos estaban desconcertados por sus éxitos militares), sin fiar en la generosidad futura de Alemania e Italia, ello parece razón suficiente para considerar que sólo la voluntad de Hitler, al valorar los pros y los contras, resolvió la cuestión. No hay duda, por otra parte, de la equivocación de Franco al creer que la guerra ya estaba decidida tras la batalla de Francia, y esto quizá hubiera sido determinante para que otro, en su lugar, hubiera aprovechado la ocasión para participar en la victoria. La libertad de maniobra de Franco era menor de lo que podría parecer, y Tusell lo refleja: parte del ejército, y más en los niveles altos, no secundaba la ola probelicista y la razón no era ideológica sino material (ni las fuerzas armadas ni el país estaban en condiciones de hacer frente a esa situación, aun en el mejor de los casos). Por otro lado, la beligerancia de la Falange era casi una imposición que no sería muy del agrado del Generalísimo. Y la opinión pública - no la publicada - era al menos dispar y quizá sentía sobre todo temor a otra guerra.

Hay un argumento que Tusell no emplea pero que creo que hay que tener en cuenta: hasta junio de 1941 no había un pretexto ideológico que pudiera arrastrar al país a la aventura y, en teoría, eran aún válidas las razones que Franco adujo en su mensaje de septiembre de 1939; el extraño maridaje nazi-soviético no acababa de ser comprendido por los vencedores de la guerra civil y quienes sintonizaban con ellos. Las reivindicaciones territoriales en Marruecos y Gibraltar sólo afectaban a los militares africanistas y a los afiliados a Falange; eran objetivos que para una más amplia capa de la base social del régimen no valían una guerra. Y entrar en ésta, además, en un momento desesperado para los aliados, no entraba en los modos de actuación de un país que tenía una cierta idea del honor.

Tras el ataque alemán a Rusia la ideología hacía posible el cambio de actitud a favor de la guerra. De hecho, la División Azul es un paso efectivo que podía haber sido valorado como tal por los ingleses. Es aquí donde se encuentra el momento crucial, puesto que se conjuga la hegemonía con la lucha anticomunista. Y sin embargo Franco no se decide. Para Tusell, es Alemania, despreocupada del espacio mediterráneo, la que no tiene interés en la intervención española. Además, hubo en España, por vez primera, una manifestación pública de solidaridad al abrirse los banderines de enganche para los voluntarios. Serrano Suñer vive sus mejores momentos de poder y actúa casi como un jefe de Estado bis. Y sin embargo, Franco no se decide, aunque no es dudoso que deseara la victoria alemana.

Qué razones le obligaron a mantener esa situación de casi esquizofrenia personal entre sus deseos y su análisis de la realidad? Sería atrevido aventurarnos en una hipótesis, pero quizá no veía contrapartidas claras para un segundo período bélico cuando las secuelas del primero aún estaban presentes. En todo caso, la trayectoria posterior de Franco no se distinguió por la fidelidad a ninguna ideología y sí por el pragmatismo, aunque sea el pragmatismo del pequeño tendero al que no le salen las cuentas.

No hay que olvidar que Franco fue beligerante en la prensa. Desde las primeras victorias hasta principios de 1943 la española no era menos entusiasta que si España hubiera sido la protagonista. Y esa prensa estaba casi totalmente mediatizada por el gobierno y, en especial, por la Falange. Esta alternativa a la guerra real sirvió de desfogue a la demagogia falangista y de señuelo a los ''camaradas'' combatientes, y quizá de ''autojustificación'' al propio Franco, si es que tenía alguna mala conciencia respecto a quienes le habían apoyado en su guerra. Al menos así lo he reflejado en mi modesta aportación al asunto.

Los aliados, por sus propios testimonios lo sabemos, valoraron de un modo extraordinario la neutralidad española en dos momentos: en enero de 1941 (Operación Fénix) y en noviembre de 1942 (Operación Torch). Tusell lo recoge pero minimiza el papel del gobierno español, que en ambos casos actuó arrastrado por las circunstancias: Qué hubiera pasado en caso contrario? Desde la perspectiva posterior, dado el enorme potencial norteamericano, no hay duda de que el resultado no hubiese variado, pero quizá hubiera producido un desarrollo distinto de los acontecimientos (entrada en guerra de los Estados Unidos antes) y posiblemente se habría prolongado más la conflagración.

Las reflexiones anteriores son fruto, no de un intento de discrepar del autor, cuyo esfuerzo es digno de mérito tanto en la cantidad de información aportada como en su valoración, sino una consecuencia lógica del interés que el libro despierta. No se podrá escribir ningún otro que no tenga a éste como punto de referencia esencial, y aunque nuevos documentos maticen o en parte contradigan los resultados aquí expuestos, entraban dentro de la natural función enriquecedora del conocimiento que todo investigador agradece y desea.


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