La Cronología geopolítica es una parte, no definida aún formalmente pero de uso habitual desde la antigüedad, de la cronología aplicada a la Historia. Frente a una cronología mal llamada ''general'' (que en realidad es el estudio sistemático de todos los aspectos relacionados con la datación temporal), que sincroniza los hechos con independencia de su procedencia geográfica o su contenido --político, cultural, religioso...--, aquélla coloca por igual los ejes territorial y temporal, respondiendo así con mejor fortuna que otros procedimientos a la afirmación de Bacon de que la geografía y la cronología son los ''ojos de la Historia''. El marco territorial depende, por su parte, del contenido histórico al que se haga referencia. Al tratarse de unidades políticas --imperios, reinos, estados de todo tipo pero soberanos--, cada una de ellas es un ciclo cronológico autónomo, cerrado o no según si tal unidad política permanece o ya ha desaparecido. Es evidente, además, que el territorio correspondiente no se mantiene uniforme, pues, como en el caso de Roma, partiendo de una Ciudad-Estado, se llega a la formación de un imperio tricontinental, o, por el contrario, bajo el mismo nombre encontramos espacios progresivamente disminuidos, como sucede con Austria. Estos cambios obedecen, sin embargo, a la propia dinámica de la historia. Por ello, el fenómeno histórico, la ''creación humana'' llamada Estado ahora alcanza prioridad y debe protagonizar, en relación con los elementos espacio-temporales de orden más estático, la estructura formal de una obra que aborde estas cuestiones.
Por fuerza, éste fue ya el punto de partida de las más antiguas manifestaciones del interés por mantener el recuerdo de los hechos históricos: lo limitado del mundo conocido, la inexistencia de una cronología compartida entre los pueblos y aún de una cronología absoluta propia en cada uno de ellos obligaron a utilizar una cronología relativa basada en acontecimientos de conocimiento común para las gentes, momentos que servían para marcar un ''antes de'' o un ''después de''. Este es el caso de los relevos en los puestos gobernantes (muertes, coronaciones) y, en segundo término, sucesos ocurridos durante un período de gobierno concreto (guerras, catástrofes). Bien es verdad que en casi todas las ocasiones la iniciativa partió de los mismos gobernantes para perpetuar su memoria una vez comenzó el uso de la escritura, y es por ello que la Historia empieza en los palacios y serán funcionarios áulicos los primeros logógrafos. Este inicial esbozo del conocimiento del pasado se materializó en ''Listas Reales'', la mayoría de las cuales, con el fin de aureolar al monarca reinante, enlazaban datos auténticos contemporáneos con mitos (para demostrar que ''la realeza bajó del cielo''). De ahí que la cronología así consignada abunde en reinados de duración fabulosa, como sucede también en la serie patriarcal de la Biblia. Otro inconveniente, añadido, deriva de la unificación política, lo que lleva a convertir en listas diacrónicas series dinásticas de una misma época (fenómeno corriente en Mesopotamia y que también se dio en Egipto durante la dominación de los hicsos en el norte). Ambos errores no pudieron ser evitados ni siquiera en el siglo III a.C. cuando tanto Beroso en el primer caso como Manetón en el segundo procedieron a registrar ordenadamente tales listas.
El siguiente paso consistiría en una bifurcación antitética: por un lado los grandes imperios propiciaban el surgimiento de una cronología absoluta (''Era Babilónica'', ''Era Seléucida''...), mientras, por otro, las Ciudades-Estado mediterráneas tendían a una relativización todavía mayor que la anterior, tras la caída de las monarquías, usando el procedimiento de contar por años, según la secuencia de las magistraturas electivas. Esta alternativa, de la que las ciudades griegas y Roma fueron ejemplos notorios, dará lugar, a su vez, a una segunda fase historiográfica, la de los analistas, esto es, la secuenciación anual de los acontecimientos tomando como punto de partida los nombres de los magistrados. No estaba este procedimiento exento de errores, pues muchas veces las listas eran ficticias o, si auténticas, habían quedado destruidas por guerras o incendios. Por esa razón hoy desconfiamos de los minuciosos relatos de Livio o Dionisio de Halicarnaso, pues sabemos que los ''Fastos consulares'' anteriores a la segunda guerra púnica, al menos, son pura fantasía, incluyendo en tal categoría los mismos nombres de los magistrados. El arraigo del sistema sin embargo permitió que perdurara y fuese usado también por historiadores más cercanos a los hechos (Tácito), sirviera de soporte a las ''Crónicas'' medievales y resurgiera con fuerza en el Renacimiento como una prueba más de admiración por la antigüedad.
Pero la búsqueda de una cronología absoluta dio también buenos frutos. En Grecia y Roma, junto a las listas anuales, se abre camino la utilización de Eras (olimpíadas, 776 a.C.; Ab Urbe Condita, 753 a.C.), que en plena época imperial romana permitirán a los historiadores, y a la gente culta en general, disponer de un amplio abanico de referencias cronológicas para el presente y para el pasado. En todo caso, no obstante, vuelve a utilizarse junto a ellas la Era personal de monarca, en ocasiones origen de un ciclo permanente. Así sucedió con la llamada ''Era Hispánica''(38 a.C.) vinculada a la persona de Octavio tras la pacificación ''oficial'' de la Península. Este acontecimiento trajo consigo otra novedad: precisamente el nombre de ''Era'' plural de ''Aes'' (cobre, hace referencia al tributo impuesto por el futuro Augusto como símbolo del triunfo romano sobre los últimos rebeldes indígenas, y por analogía, ha venido a significar ''ciclo cronológico''.
Poco éxito posterior han tenido otras creaciones romanas en este sentido (el ''lustro'' y la ''indicción'', períodos cíclicos de cinco y quince años respectivamente, sólo usados con posterioridad con fines religiosos), aunque mucho más el siglo ''saeculus'' y el milenio, celebrados ampliamente por Augusto y Filipo el Árabe.
Por el contrario, la fecha de la fundación de Roma siguió ganando terreno y, curiosamente, fue la Iglesia el principal factor de expansión del procedimiento; es posible que los Papas vieran en ello también un buen sistema para uniformizar en su beneficio a las iglesias locales, del mismo modo que se buscaba la unificación litúrgica. No es de extrañar, por tanto, que en el siglo VI, el más importante en ese esfuerzo, surgiese la idea de sustituir la Era romana por otra de raíz cristiana, la ''Era de la Encarnación'' o ''Era de Jesucristo''; su autor, Dionisio ''El Exiguo'' (por su tamaño físico), un diácono romano, la situó, en su origen, en el año 753 de la fundación de Roma; hoy sabemos que se equivocó en cuatro años y que la verdadera datación sería la del 749, año de la muerte de Herodes el Grande. Una variante de ésta, la ''Era del Nacimiento o de la Natividad'', quizá de procedencia española, retrasaría en un año casi el comienzo de la nueva Era cronológica.
Aunque hoy nos parezca extraño, ni una ni otra se impusieron con facilidad. En plena Edad Media, Europa aun utilizaba procedimientos distintos de datación. En España, hasta el siglo XV los documentos oficiales de las cancillerías de los reyes usaron preferentemente la ''Era Hispánica'', lo que obliga a los medievalistas a restar 38 años, o en su caso (Natividad) 39 a los consignados en los textos. En cambio, fue mucho más rápida la implantación de la ''Hégira'' (Era de Mahoma, 662 d.C.), que tiene la particularidad de contar por años lunares, de modo que no existe correspondencia exacta con la Era cristiana.
A partir del siglo XVI, y, especialmente, tras la definitiva reforma del calendario por Gregorio XIII en 1582, hemos llegado ya a la ''mayoría de edad cronológica'' (si bien aún en la actualidad ni el mundo musulmán ni la igesia ortodoxa lo aceptan). Esta seguridad aportada por la cronología general sirvió, a su vez, para desarrollar por vez primera una investigación del pasado que permitiera fijar con rigurosidad la datación de los acontecimientos, soporte necesario para cualquier trabajo heurístico. Y en esto se centraron algunos eruditos, de entre los que destaca la labor de la Orden Benedictina, especialmente en Francia, a partir del siglo XVII. A ellos les debemos la confección de las primeras tablas cronológicas de carácter geopolítico, así como otras de orden eclesiástico (episcopologios, pontificales, etc.). Este arduo esfuerzo culminó en el siglo XIX abarcando ya toda la tierra.
No es preciso señalar que, cuando quedó de este modo ''codificada'' la cronología geopolítica, la base informativa sobre la que los cronólogos habían trabajado (realidad hitórica, acontecimientos y protagonistas) era todavía endeble. Ni la crítica histórica había avanzado lo suficiente ni la arqueología había iniciado su fantástico camino de éxitos. Por ello, la mayor parte del admirable trabajo anterior quedó obsoleto muy pronto. El origen de la Historia se retrasaba cada año en milenios, se descifraban lenguas desconocidas y nuevos documentos aportaban un caudal de datos que rompían con los esquemas previos. La especialidad en la historiografía se convirtió en una necesidad. La visión global de la historia, antes abarcable por cualquier tratadista, cedió el paso al conocimiento de épocas concretas y aspectos temáticos determinados, pues así lo exigía el momento. Había que rehacer, paso a paso, todo el proceso humano y allí estaba un cúmulo de materiales esperando ser inventariados.
Este nuevo esfuerzo en el campo de la Historia no despreciaba los aspectos cronológicos. Muy por el contrario, pronto se vio, especialmente en el terreno de la arqueología y en el de la paleografía, que los principales problemas atañían a este punto; sólo resolviéndolos se podía avanzar luego en la reconstrucción del pasado. Por desgracia, las investigaciones concernientes a todo ello quedaban registradas en revistas académicas y pocas veces pasaban a los libros. La segmentación del saber histórico, tributo a la eficacia, imponía un compás de espera hasta que fuera posible reunir otra vez en un conjunto inteligible el conocimiento de nuestro pasado.
Por fortuna, podemos afirmar que a finales del siglo XX se está en condiciones de hacer un balance muy positivo de la investigación histórica. Ha sido un siglo lleno de avances decisivos. La mayoría de los problemas se han resuelto, lo hipotético ha cedido el paso a la evidencia. La frontera entre el mito y la realidad es cada vez más nítida. Mucho queda por hacer, pero los fundamentos del saber histórico están sólidamente implantados de acuerdo con los criterios más exigentes.
Ello hace que debamos volver a insistir en algo que nunca se puede olvidar: es hora de que recordemos que la Historia, para que satisfaga su propia razón de ser, para que sirva a quienes a través de ella buscan respuestas, es Historia Universal, como lo es cualquier otro conocimiento. Considerar las Historias particulares o temáticas como un fin en sí mismas tiene una justificación técnica y hasta profesional, pero no deja de ser para el receptor de la información un elemento complementario para la visión de una realidad parcial. Además acecha el peligro de no comprender la verdadera dimensión que le corresponde; bastante lo hemos sufrido viendo a la Historia convertirse en generadora de insensatas teorías de prepotencia nacional o de otro orden.
Esa Historia Universal, la historia de la diversidad y de la unidad de la humanidad, es el punto final del trabajo del historiador y el nexo con la sociedad a la que aporta sus conocimientos. Y esa sociedad es generosa también con quienes así la enriquecen. La prueba de ello es la enorme demanda de libros de historia en personas de alta y mediana cultura, demanda que supera con mucho a la de cualquier otro tipo de información científica.
Estudiantes de Historia y público culto se encuentran, sin embargo, con una limitación: el marco espacio-temporal en el que incluir la información que reciben --marco que ha crecido enormemente hasta abarcar toda la tierra y casi cuatro milenios, sin contar la prehistoria--, sin el cual es imposible situar la realidad histórica, está lleno de lagunas. Ningún libro, que sepamos, lo ofrece. Es preciso ''vaciar'' centenares de obras especializadas para, de este modo, construir ese indispensable cañamazo que sirva de guía de un conocimiento que tiene un enemigo mortal en el anacronismo y su antítesis en la ucronía. Es verdad también que proliferan las obras que ofrecen datos similares referentes a nuestro mundo actual, y la prensa no deja de ser una constante fuerte a este respecto. Pero ni los unos ni la otra nos dan la perspectiva adecuada, sino que, por el contrario, pueden incitarnos a pensar que la estructura geopolítica actual siempre ha existido en la forma presente.