COLABORACIÓN DE FERNANDO FUERTES SANTAMARÍA
                                                                                                                            

UN VERANEANTE EN SANTA OLAJA (VER FOTOS)
                   Por Fernando Fuertes

                               El río                                    

 A finales de los años 70 comenzamos a frecuentar de una forma esporádica y dominical el pueblo de Santa Olaja de la Varga y sus alrededores.
 La relación se inicio dada  la insistencia de mi suegro Diógenes Sánchez, hijo del lugar, y para mas referencias sobrino del ilustre  personaje que a la sazón era D. Inocencio,  Obispo de Cuenca, cuya familia mantenía aún la casa paterna aunque arrendada a un vecino, por  que conociéramos donde  se había desarrollado su juventud.
         A falta de otro lugar, utilizábamos para la acampada la orilla del río, en un rincón entre rocas y una pequeña pradera  situada por debajo del recodo que formaba la  carretera  para salvar la  pared montañosa  de la Peña de Requejo, sobre la que se respaldaba la casa deshabitada del abuelo de mi suegro, herrero para mas datos, de cuya ocupación tomó  nombre al paraje de La Fragua. Nuestra parcela, lo digo por la parte que nos pudiera corresponder como familia, debió ser en origen huerto anexo a la casa de cuyas señas de identidad unos guindales, un peral bravo y  un rosal  descastado, eran los  restos que junto con la vegetación autóctona nos proporcionaba guindas para el orujo y sombra para resguardarnos. Si a esto le añadimos el río, disfrute de grandes y pequeños, teníamos mas que motivos  para desplazarnos desde León cada domingo a “la finca” , llegando  el periodo estival, unos urbanitas como nosotros con ganas de solazarse en plena naturaleza. A principio de temporada mi suegro segaba la alta hierba bien regada por la proximidad al agua,  sobre la que extender la manta que servia de colchoneta, mesa y cama indistintamente a lo largo de la jornada. Una hondonada en la roca hacía las veces  de cocina donde prender la fogata en la que hervía la correspondiente paella.
         El río se deslizaba lento y verde, corriente abajo, mientras que hacia arriba discurría rápido y saltarín por el cascajal de rocas semihundidas de formas irregulares gestadas por la erosión, con el telón de fondo de Pico Moro.  Entre ellas, arrimadas a su sombra las voraces truchas encaraban la corriente a la espera  de algún gusarapo reptando por el fondo o mosquito flotando en su superficie. La transparencia del agua permitía verlas balanceando la cola para mantenerse inmóviles  en su posición a pesar de la fuerza de la corriente. El río, en sus largas horas invernales en solitario, se dedicaba a horadar la roca firme de nuestro asentamiento, cuan artesano del mueble pétreo se tratase, sembrándola de anatómicos hoyos que permitían la colocación del “cuerpo”, arrellanado en sus formas mejorando su  comodidad. Entrantes  en la roca formando pequeñas bahías, a medida que  el nivel del río bajaba su caudal,  se convertían en bañeras donde los niños se lo pasaban en grande. Disputábamos con las lagartijas nuestro puesto al sol, aunque siempre quedaba sitio para todos. Las ranas cantaban unos metros más allá si las dejaban en paz los críos. Los zapateros con sus flotadores estilo barca polinesia, se desplazaban a impulsos sobre la calmada superficie de las orillas dejando una estela de ondas. ¡Y los cangrejos! Cada piedra tenía su morador. Tímidos, en retroceso cuando los descubrías, eran los basureros del río, toda carne muerta pasaba con delicadeza, de sus gruesas pinzas a la boca como un exquisito gourmet. Años después los vi desaparecer, corroída su armadura de caballero por los óxidos de los hongos.¡ Una gran perdida!.
         En este paraíso natural también había música, de eso se encargaban  los pájaros y el ruiseñor era el  más aplicado en lo suyo, ósea, cantar ininterrumpidamente sin agotar las pilas   entre la fronda de las mimbreras. Desde el cielo, planeando entre los riscos pelados, no faltaban el milano  o el águila, vigilando el suelo, recordando su presencia con un grito desafinado.
        En aquel rincón unas aprendieron a hacer el arroz, otros perfeccionaron la siesta, los mas sedientos donde enfriar el vino sin peligro que  la corriente se lo llevase. Los niños se iniciaron en la natación, los pescadores nos sacaron algún pez que otro, de esos con pintas rojas y carne deliciosa.  ¡ Todos recibimos algo y agradecidos!.
        Cuando la casa del pueblo quedo libre de arrendamiento, la hicimos nuestro cuartel general donde discurrían las vacaciones del mes de julio con la siguiente rutina diaria:
Bajábamos con los niños propios y algún sobrino apegado desde Santa Olaja, para pasar la mañana a la orilla o en el medio del agua, leyendo o bañándonos. Hasta ahí todo muy soportable, pero el merito estaba en volver  cuesta arriba. ¡Imaginaos! Dos de la tarde, el sol vertical  recorriéndote el cuerpo hasta las sandalias. El primer tramo, recién bañados, fresquitos, se soportaba, pero en cuanto cruzabas la carretera e iniciabas el ascenso…., a mayores dejábamos el asfalto para salirnos por un sendero de piedras que atajaba, mas pinado, en chanclas y con las bolsas de baño a rastras…¡que valor!,  ¡por si era poco lo hacíamos cantando como un pelotón de marines de marcha!.
         Durante unos años mantuvimos la relación y cuando se interrumpió no fue por nuestra culpa, fue por culpa del río, mejor dicho por el uso que hicieron los hombres de sus aguas, doblegándolas entre altas paredes de cemento en Riaño, impidiéndole discurrir , como habían hecho toda la vida, sesteando entre raseras soleadas calentando la cinta plateada de su caudal natural. Lo había vaticinado mi suegro: “cuando hagan el pantano se fastidio el río”. El frío intenso de las profundidades del embalse arrastrado en un curso  tumultuoso y gris,  nos echo. Intentamos volver pero no podíamos vivir de los recuerdos, la realidad implacable determino nuestra ruptura, así que hicimos el numero de la cabra,¡ tiramos al monte!.

 

 El monte

 Sabíamos que existía por que nos rodeaba, pero no le habíamos sacado todo su partido. El  alejamiento del río supuso “el principio de una larga amistad” como decían en  aquella celebre película, con cuestas pedregosas,  lomas tapizadas de suave pradera,  robles, pinos y flores silvestres que desde todos los rincones salpicaban de colores el campo.
          Las casas de Santa Olaja estaban construidas sobre una ladera escalonada  que llegaba hasta la carretera en donde se detenía su expansión. Esta situación nos  permitía, con solo asomarse a las ventanas del primer piso, disfrutar de  unas vistas magnificas, sin ser molestados por otros  edificios.. Abríamos el balcón  de la fachada al levantarnos,  y el corredor se inundaba de luz; al frente, enmarcado como un cuadro  entre sus listones de madera reseca,  el  Pico de la Peña,  también  llamado La Cruz por tener en lo alto plantada una cruz de hierro  recuerdo de las misiones.
        La ruta más frecuentada por nosotros era la que seguía  por  la calle barrio arriba hasta el final del asfalto, para después, girando a la derecha, continuar por un  camino de tierra, paralelo a fincas abandonadas flanqueadas por viejos  cerezales  que extendían sus ramas sobre él.  Al final una bifurcación  nos llevaba, hacia la derecha,  a una explanada utilizada como era. Un  lugar  singular, porque además de vistas magnificas de la cara Norte del pico de Peñacorada y alrededores, muros de piedra colocadas en semicírculos bordeaban los extremos,  conteniendo  la tierra de posibles deslizamientos sobre las viviendas, como si de murallas se tratase, dando la sensación de encontrarnos ante los  restos de un  castro primitivo.  Desde allí se percibía, como si fueras un  espectador desde un palco de teatro, el discurrir de la vida del pueblo, los tejados, las chimeneas humeantes, el ladrido de los perros atenuado por la distancia, los gritos de la chiquillería correteando por la plaza. A veces, cuando venia alguna amistad invitada a pasar el día con nosotros, la paseábamos para deslumbrarla de paisajes, por estos altos, para terminar en La Era frente a una vista casi cenital del pueblo, haciéndonos inevitablemente la consiguiente pregunta: - “¿Por donde queda vuestra casa?”. Es muy fácil perder las referencias cuando el objeto a localizar cambia de perspectiva: - “¿Ves el tejado de Uralita?, pues al lado”.
        Por el entorno, donde acababa la pradera y comenzaban las rocas, en la época de floración recogíamos orégano con el que hacíamos ramilletes que se dejaban secar a la sombra. Normalmente se perdía en los confines de la despensa guardado en un tarro de los de mermeladas, con su etiqueta, hasta el año siguiente. Un catarro invernal tratado con orégano cocido en leche a la que se le añadía miel y un chorrito de coñac, te ponía en su sitio. ¡  Si por aquellos tiempos  ya hubieran estado las pizzas de moda,  algo más de utilidad le  hubiésemos sacado!.
         Por el este, la loma se deslizaba hasta terminar a las puertas del cementerio, junto al Duerna,  el “ río chico” como le decían, un río modesto  que venia encarrilado desde Ocejo de la Peña, de someras aguas trasparentes frecuentadas por truchas, que atravesaba la vega del pueblo, repartiendo generosamente su bolsa liquida antes de ser absorbido por el gran Esla. Pero,  sigamos por los altos.
         Si nos desviábamos del camino hacia la izquierda, nos adentrábamos en terreno de cereales y praderas,  desde donde el paisaje se superaba. ¡ Mi favorito!. Estábamos sobre la loma de Peña Requejo cayendo en vertical sobre el río.  Unas magnificas vistas del valle del  Esla,  con las aguas refulgiendo entre frondas de árboles. La carretera recta  corría paralela, cruzaba Aleje y se perdía de vista hacia Alejico y Verdiago. Sentados  sobre la hierva recién segada ante aquel panorama, se sentía uno sublimado. Los vencejos pasando al ras del suelo demostraban su pericia como pilotos naturales a la caza de los abundantes saltamontes, bocado mucho más consistente que los irrisorios mosquitos. Este paseo era normalmente de tarde, acompañado debidamente de  su merienda con   tortillita de patata, hogaza,  bota de vino (agua para los niños por supuesto) y el chorizo cular en rama   comprado en la cantina del cruce de Sabero, para completar  la ingesta, si acaso  alguno se quedaba con hambre. Jugábamos a rodar por la cuesta o con las raquetas de plumas. Todo era valido para pasar un rato divertido, hasta comprobar las enseñanzas del abuelo cuando les hablaba a  los niños sobre las peculiaridades de la planta del gordolobo. Por allí abundaba,  sobre todo a las orillas de los caminos, de hojas verde pálido aterciopeladas y tallo rígido de 50 cm. del que brotaban  multitud de flores amarillas. La leyenda  consistía en dar un golpe seco al tronco, rezar un padre nuestro y a su finalización, las flores se soltarían de las ramas cayendo en cascada al suelo. La anécdota  divertía mucho a los chavales que lo intentaban en su versión laica, sin rezo, y como las historias son así, mejor no despanzurrarlas y quedémonos con que ciertamente algunas caían.
         Cuando las sombras se apoderaban de la Peña  de Sabero, era el momento de marchar para casa con el ánimo bien dispuesto por haber disfrutado de la jornada.
        De los caminos más espectaculares a la vez que más fuertes, destacaría el del Valle de Nuestra Señora. ¡ Aquí,  la marcha requería una planificación mas compleja!.  Una vez por temporada, cuando considerábamos que el te de roca estaba en floración, preparábamos excursión para todo el día. El inicio lo hacíamos tomando  el camino de la vía, restos de una antigua explotación minera de  la que trasportaban el carbón en vagonetas hasta la rivera del Esla. Pasábamos por túneles perforados en la roca, restos de lajas abandonadas de una vieja explotación, el Puente de los Ojos, la Fuente de la Cantera, desde donde arrancaban los ramales de abastecimiento de aguas para el pueblo, (en los que intervino el abuelo Lucio) , siguiendo el curso ascendente del río Chico.
        Al  llegar a los pies de la roca denominada El Castillo, antiguo asentamiento celta, romano y medieval, iniciábamos el ascenso lateralmente por un camino mal cuidado, pero que según nos contaba mi suegro, en sus tiempos juveniles, estaba limpio y empedrado para facilitar la subida y bajada de carros con hierva y madera del monte. Los primeros sudores  se pegaban a las gorras y la saliva se volvía pastosa,¡ excusas para darle un tiento a la bota!. A media ascensión, un camino a la izquierda, se desviaba hasta la cueva del Carrascal en medio de un bosque de encinas pequeñas.  El acceso era practicable pues no estaba cerrada, pero si íbamos al valle no nos desviábamos por ella. El camino terminaba en una cancilla de troncos impidiendo el paso del ganado que pastaba en el Valle. Hiervas altas y espinos enmarañados que en su día fueron podados y cuidados para dar sombra al rebaño cubrían las partes bajas, regadas por pequeños riachuelos en los que se habían  excavado estanques como abrevadero. Las vacas te miraban al pasar, medio salvajes, con algún amago, no sabemos si por curiosidad o defensivo,   de acercamiento, pero no las hacíamos caso, aunque las mirábamos de reojo por si las diera…Según decía mi suegro al anochecer se guardaban en lo que llamaban la Cuevona, un refugio en una oquedad de la ladera. Yo no la vi nunca, pero supongo que los animales actuaban de una forma instintiva para defenderse de los posibles ataques  de los lobos u osos.
        El valle se cerraba con una empinada cuesta de piedras sueltas entre las que crecía el te. Íbamos subiendo como si no quiere la cosa recolectando las espigas moteadas de amarillo, hasta que nos cansábamos y volvíamos  hasta la fuente donde estaba la bota enfriando, buscábamos la sombra y ¡venga bocadillos!.
        Para un paseo mas descansado era recomendable, no desviarnos hacia el valle, y seguir toda la vía hasta Ocejo de la Peña. Prados de un verde lujurioso, aguas cristalinas dando trompicones entre las peñas, flores con sus vivos colores reclamando sea invadida su intimidad, por todo insecto viviente, mariposas, escarabajos, abejas, para distribuir su polen a cambio de  un chupito de néctar almibarado. Lagartos huidizos verdes y azules desperezados por nuestra presencia. El cielo,  más alto, encerrado entre las paredes de piedra de la collada, en Ocejo se abre de nuevo enseñoreado por el vuelo majestuoso del alimoche. Casas de verano, en invierno, no queda nadie. 

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