Doña Elisa y el Sr Soto



                                                                                            Gemma Demarcos.  Sta. Pola, abril de 2008.


Hacía mucho tiempo que no pensaba en doña Elisa. No se que habrá sido de ella en todos estos años que han pasado desde que se fue de aquí.

 Recuerdo la última vez que la vi. Vino a mi casa a despedirse, y debió de ser la segunda o la tercera vez que estaba en ella, en toda una vida de amistad que había durado cuarenta años. Ella era así, y digo era porque dada su edad, que nunca llegué a saber con seguridad, debe de haber muerto.

 Como decía, una tarde se presentó en mi casa sin avisar.

-  Hola Aurora.

-  Hola doña Elisa, -  Ella siempre me tuteaba y yo siempre ponía el “doña” por delante.

-   ¿Qué hace usted aquí? Pero pase, pase y siéntese, ¿quiere tomar algo?

Entramos a mi sala de estar. Se la veía abatida. En realidad estaba así desde la muerte de su marido, don Fernando, hacía dos meses.

-  No, muchas gracias. Vengo a despedirme. Me voy con mi hija Marita a Alicante.

-  Me parece una buena idea.

-  Es que ¿sabes?, me siento muy sola desde que murió mi marido y no tengo aquí a nadie que me cuide.

-  Es comprensible. ¿Y que ha hecho, ha vendido su piso?

-  Sí, porque no pienso volver. Voy a ver si con ese dinero compro un piso en Alicante, cerca del de Marita. De momento pienso vivir con ella y su familia.

-  ¿Qué tal le va a Marita? Hace mucho que no la veo. ¿Qué tal su familia?

-  Están todos bien. Su marido José, como siempre, muy liado con la bodega, y los niños, estudiando y haciéndose grandes.

-  ¿Y que sabe de Flora, sigue en Estados Unidos?

-  Sí Aurora, esa niña acabara matándome, toda la vida de acá para allá con sus reportajes. Y a veces, no me lo cuenta hasta que ha pasado, se va a unos sitios peligrosísimos, incluso donde hay guerras.

-  No se preocupe doña Elisa, Flora sabe lo que se hace. Además desde que trabaja para la revista... esa de la naturaleza, no se ha vuelto a mover.

-  Creo que si se mueve, lo que pasa es que ya no me lo dice. Quizá sea mejor así pues mi corazón no lo resistiría.

Llamaron a la puerta.

-  Perdóneme un segundo que voy a ver quien es.

-  Será Marita que viene a buscarme. Le dije que venia a despedirme de ti.

Abrí la puerta y efectivamente era Marita.

-  Hola Aurora, ¿esta mi madre aquí?

-  Sí, pasa a la salita, está allí sentada.

-  Venga mamá, nos tenemos que ir porque hay mucho camino por delante, y no quiero llegar muy tarde, que Alfonso se preocupa.

-  Siéntate un poco, que llevamos toda la mañana recogiendo y debes estar cansada.

-  Sí Marita, siéntate y cuéntame algo de ti y de la familia. Hace muchísimo que no nos vemos.

-  Pues no hay grandes novedades Aurora, todos estamos bien. Yo desde que murió papá he venido a Madrid mucho más a menudo, pero es verdad que nunca nos hemos encontrado. Al que sí vi un día fue a tu hijo, pero nada, un momento, yo subía en el ascensor y él bajaba para irse a trabajar, nos saludamos y nada más. ¿Cómo le va?

-  Esta muy bien, su mujer y su hija también.

-  ¿Sigue tan pendiente de ti como siempre?

-  Que suerte tienes de tener un hijo como Gustavo. -  Intervino doña Elisa.- 

-  Sí es cierto, Gustavo es muy buena persona, y Clara, su mujer, también. Les gustaría que cuando me jubile me fuera a vivir con ellos, pero yo no estoy por la labor. Me gusta vivir en mi casa, a mi aire.

-  No lo entiendo Aurora, no se cómo puedes vivir sola, con lo bien que estarías con tu hijo.

-  No digo yo que no, pero ellos tienen otra vida, más mundana, y yo no estoy para eso.

-  Eso indica que el bufete va viento en popa. –Dijo Marita.- 

-  Con los problemas que hay ahora con los trabajadores, un bufete laboralista tiene que ir bien.

-  Pues me alegro mucho. Venga mamá, nos tenemos que ir. Aurora me alegro de verte.

-  Yo también me alegro de verte, y a usted doña Elisa, que le vaya bien en Alicante.

-  No se... no se... espero que mi salud no se deteriore con el cambio, ya sabes que soy muy sensible.

-  No te preocupes mamá, estarás estupendamente, y muy entretenida con tus nietos.

-  En verdad, esa es otra preocupación más.

Se fueron y no las he vuelto a ver ni a saber de ellas. Su piso lo compraron una pareja joven con los que también me llevo muy bien. Hace tiempo que me jubilé y vivo en mi piso de toda la vida. De vez en cuando recuerdo a doña Elisa y como nuestras vidas estuvieron unidas durante casi cuarenta años. Llegué a este piso con mi hijo que acababa de nacer. No conocía a nadie en Madrid ni en el trabajo pues venía trasladada desde Valladolid. Yo soy una madre soltera y eso en aquella época era un baldón para toda la familia, por eso pedí el traslado en el Ministerio del Aire, donde había ganado unas oposiciones para personal civil, y dejé tranquila a mi familia para que no tuvieran que avergonzarse de mi.

Cuando llegué a este piso que había alquilado y después de instalarme, llamé a la puerta de al lado para saludar, ya que íbamos a ser vecinos. Me abrió una chica de servir.

-  Hola, ¿quieres decirle a la señora que salga? Sin moverse de la puerta se volvió y gritó.

-  Doña Elisaaa, aquí hay una mujer que la busca.

Oí unos pasos y apareció doña Elisa.

-  Pero criatura ¿es que no puedes decirme las cosas sin gritar?

-  Es que... usted me dijo... que no dejara la puerta abierta...

-  Anda vete, vete. Ya atiendo yo a la señorita. Buenos días, ¿qué deseaba?

Era una mujer un poco más mayor que yo, era bastante guapa, con el pelo moreno
recogido en un moño, tenía la piel muy blanca y unas manos muy arregladas. Estaba embarazada.

-  Verá señora, me llamo Aurora Montes y soy su nueva vecina. Solo quería saludarla.

-  Muy bien, encantada de conocerla, yo soy doña Elisa, pero pase, pase, no se quede en la puerta.

La seguí a una sala de estar muy acogedora. Estaba oyendo la radio.

-  Siéntese, ¿quiere tomar algo?

-  No, muchas gracias. Solo quería presentarme y decirle que me tiene aquí al lado para todo lo que necesite.

-  Muchas gracias, igualmente. Ya he oído estos días el trasteo de la mudanza. Háblame un poco de ti.

-  Pues verá, acabo de venir de Valladolid trasladada por el Ministerio del Aire, que es donde trabajo. Tengo un niño de tres meses.

-  Y tu marido, ¿dónde trabaja?

-  Soy viuda. –Es lo que decía siempre a todos los que no me conocían.- 

-  ¡Cuánto lo siento! Con un niño de tres meses y ya viuda, que pena. ¿Y cómo fue?

-  ¿Se refiere a lo de mi marido? Pues fue en un accidente, murió antes de que naciera mi hijo.

-  ¡Que terrible!

Se veía que lo decía de corazón. Me cayó bien.

-  ¿Usted tiene hijos?

-  Sí, tenemos una niña, Flora, está en el colegio, tiene cuatro años. Mi marido se llama don Fernando y es viajante, vende maquinaria agrícola.

Me hizo gracia la fijación que tenía con los tratamientos.

-  Bueno, no la entretengo más doña Elisa, espero que nos veamos a menudo.

-  Yo también lo espero.

Me acompaño hasta la puerta y me fui a mi piso. En los meses siguientes nos hicimos muy amigas. Yo no conocía a nadie y a ella no le gustaba relacionarse con los vecinos, salvo conmigo. Me fui enterando de su vida, y ella de la mía. Su marido, don Fernando, como ella siempre le llamaba, viajaba mucho, de hecho solo estaba en Madrid los fines de semana, y no todos. Vendía la maquinaria por toda Castilla la Vieja y era un territorio muy amplio para poder venir a su casa todos los días. Era un buen hombre, callado y culto, era muy guapo y su hija Flora se parecía mucho a él. Pero sobre todo, lo que más destacaba en él es que besaba por donde pisaba doña Elisa, la adoraba y se le notaba en todo. Ella le manejaba como quería, a él y a todo lo que la rodeaba pues tenía mucho carácter, pero bueno. Formaban una pareja muy bien avenida.

Enseguida le conté la verdad sobre mi y mi soltería. No me juzgó, solo me preguntó cómo había pasado y yo se lo conté. El padre de mi hijo era mi novio, llevábamos tres años de relaciones y él era muy apasionado. Al final paso lo lógico, lo que pasaba en esa época donde no había métodos anticonceptivos. Cuando supo que yo estaba embarazada me dijo, que el no podía hacerse cargo ni de mi ni del niño, pues estaba haciendo oposiciones a notarías y no podía ponerse a trabajar.

Además no quería que sus padres lo supieran. Así que que tuvo que decírselo a sus padres, y darles el disgusto de su vida, fui yo. Menos mal que hacía un año que había ingresado, como personal civil, en el Ministerio del Aire y no tuve problemas para que me trasladaran y quitarme del medio.

Cuando doña Elisa dio a luz, ya éramos inseparables así que me pidió que yo fuera la madrina de la niña. Acepte encantada.

El día del bautizo vi por primera vez al señor Soto. Era un hombre elegante, delgado, quizá demasiado, con el pelo entrecano y una sonrisa triste. Le vi hablar solo con doña Elisa y don Fernando, estuvo un rato, acarició en el pelo a Flora y charló con ella como si fuera un adulto. No le vi irse.

Un tiempo después estaba en casa de doña Elisa visitándola, pues aunque ella no iba nunca a casa de nadie, le gustaba mucho recibir visitas, así que su casa era el centro de su familia y amigos. Estábamos hablando, mientras Flora y Gustavo jugaban, cuando se presento el señor Soto. Me fue presentado como un amigo de la familia. Merendamos juntos y estuvimos toda la tarde charlando los tres pues no hubo mas visitas. Era una persona muy inteligente y preparada y su conversación era muy amena.

Cuando se fue, doña Elisa me contó su historia. Estaba casado y muy enamorado de su mujer. Tenia dos hijos mayores estudiando en la universidad. Y tenía un problema muy grande e insoluble que le hacia tener ese aspecto, mayor de lo que le correspondía a su edad, y esa tristeza permanente. Su mujer tenía una enfermedad mental que no le permitía salir de casa ni ver a nadie. Cuando el señor Soto y sus hijos salían de casa por la mañana, ella salía de su habitación y cerraba la puerta de la calle por dentro, entonces se bañaba, se arreglaba y hacía la comida y ponía la mesa. Cuando lo dejaba todo preparado, quitaba el cerrojo de la puerta y se metía en su habitación, de la que no salía hasta que no volvía a quedarse sola. Por la tarde, el señor Soto tenía contratada a una criada que iba y limpiaba. Llevaban sin verla, sus hijos y él, mas de quince años. Todos los médicos a los que había consultado, pero a los cuales ella no había consentido ver, le aconsejaban que la internase en una institución. Él no quería, decía que ella no era peligrosa y si así era feliz, no quería sacarla de la vida de ellos tres, pues aunque no la veían la sentían y eso les consolaba.

A partir de ese momento lo vi venir muchas veces a casa de doña Elisa, pero
curiosamente, siempre que no estaba don Fernando. No quiero significar nada con esto, pues don Fernando no solía estar nunca.

A medida que fue pasando el tiempo la cosa se fue haciendo más rara. El señor Soto iba todas las tardes a casa de doña Elisa a merendar, a dar clase de recuperación de matemáticas a las niñas, a arreglar algún desperfecto de la casa, para lo cual don Fernando ni sabía ni tenía tiempo, a poner el belén durante la Navidad, en fin, que yo viéndolo desde fuera, pero con acceso a la familia, me fui dando cuenta de como se iba haciendo más y más necesario y como se iba integrando en el núcleo familiar. Incluso, si don Fernando no podía coger vacaciones, el señor Soto acompañaba a doña Elisa y a las niñas, que cada vez eran menos niñas, a cualquier lugar donde ellas quisieran ir.

 Nunca supe qué clase de relación había entre ellos, ni cuando se habían            conocido, ni en que circunstancias. Pero conociendo a doña Elisa, era imposible pensar mal. Claro que si pensabas bien las cosas no cuadraban. Nunca supe lo que opinaba don Fernando de todo esto, pero de lo que si me dí cuenta, es que no se le ocultaba nada, todo se hacía a las claras, y supongo, con la aquiescencia de él.
Jamás me atreví a preguntar nada ni a insinuar nada.

Un día, que si mal no recuerdo, era la primera vez que doña Elisa venía a mi casa, se presentó desencajada. Me contó que el señor Soto le había llamado por teléfono para decirle por qué no había ido la tarde anterior. Por lo visto llevaba, dos o tres días sin oír a su mujer y como sus hijos ya no vivían con él, no podía preguntarles. Se asustó mucho y llamó repetidamente a la puerta de su habitación, como no contestaba, acabó llamando a un cerrajero para que quitara la cerradura, pues la puerta era maciza y no se podía echar abajo así como así. Cuando lograron entrar, la encontraron tumbada en la cama, vestida de novia y muerta. Llamaron a la policía que vino con el juez para levantar el cadáver y hacerle la autopsia.

Mientras esperaba que la policía le dijera algo había aprovechado para avisar a sus hijos y contárselo a ella.

La calmé como pude, pues estaba teniendo un ataque de nervios y había venido a mi casa para que no la vieran las niñas así. Después de tomarse dos o tres tazas de tila, se fue tranquilizando y volvió a su casa. Pero nunca me dijo por qué le había afectado tanto la muerte de la señora Soto, ni siquiera sé si la conocía.

La autopsia descubrió que había muerto de muerte natural, lo que era espeluznante, pues dado como iba vestida y la posición en la que estaba, una de dos, o bien supo que le llegaba la muerte o bien se tumbó y espero a morirse. La policía cerró el caso.

Las cosas no volvieron a ser como antes, el señor Soto dejó de ir todas las tardes y solo les visitaba de vez en cuando. Seguía viviendo en la misma casa y había condenado la habitación de su mujer tal y como la dejó. Mando tapiar la puerta y la ventana con ladrillos, y pintó encima como si nunca hubiera existido.
No sé si en su corazón hizo lo mismo, pero las pocas veces que coincidí con él en casa de doña Elisa, lo encontré consumido y con los ojos afiebrados. Doña Elisa no volvió a hablarme de él así que no supe si ella lo volvió a ver. Yo no volví a verlo y nunca supe si estaba vivo o muerto.

Recordaba todas estas cosas como si hubieran pasado ayer. Ya debo de estar muy vieja pues me olvidó de lo que ha pasado hace un minuto, e incluso olvido mis pensamientos. Pero me acuerdo muy bien de doña Elisa y del señor Soto.

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